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CAPÍTULO 1 DEL LIBRO DE EDWARD ROSSET "LA REBELIÓN DE LOS MARAÑONES"

 

Capítulo1

En busca de El Dorado

El embarcadero de Topesana se hallaba invadido por una muchedumbre abigarrada. Por un lado,
estaban los soldados que partían en la expedición, y por otro, los vecinos del poblado además de
los que habían acudido desde Santa Cruz y otros lugares para presenciar la partida y despedir a
los que se embarcaban en busca de El Dorado.
Todo era una algarabía de voces, gritos y colores. Los capitanes daban las últimas órdenes
dirigiendo el embarque de los soldados; arcabuceros y ballesteros veteranos fanfarroneaban
mostrando su veteranía; los bisoños se pavoneaban mostrando la ilusión en los ojos al tomar parte
por primera vez en una gran empresa; carpinteros y herreros daban los últimos toques a las
embarcaciones; sirvientes y criados apilaban provisiones y materiales.
La expedicionarios rebosaban de entusiasmo. No en vano pronto volverían todos cargados de oro de
la lejana región de Omagua. Todo ello a pesar de los graves contratiempos que ya había sufrido la
expedición antes de comenzar. De los dos bergantines y diez “chatas” —enormes barcas sin quilla,
aptas para transportar doscientas personas y cuarenta caballos—, siete de estas últimas se habían
quebrado por defectos de fabricación.
Pero tal percance no había enfriado el ánimo. En cuestión de diez días se labró, de un árbol
gigantesco de la selva, una canoa capaz de transportar cincuenta personas, y otras muchas de
menor tamaño, así como balsas hechas con troncos..
Sin más dilación, el 26 de septiembre de 1560, los expedicionarios se aposentaron lo mejor que
pudieron en las innumerables embarcaciones de todo tamaño que llenaban el anchuroso río.
La pérdida de las chatas significó tener que dejar en tierra una gran cantidad de
abastecimientos, ganado, y lo que era peor, los caballos. De casi doscientos nobles brutos que
habían traído los soldados, sólo se pudieron embarcar treinta en una de las barcas, y eso robando
espacio a las provisiones. Los soldados experimentaban dos sentimientos contradictorios. Por un
lado, sus hatos y caballos abandonados les inducían a tristeza y pesadumbre, pero, por otra
parte, estaban animosos y contentos. ¡El Dorado estaba a su alcance!
Sin embargo, a nadie se le ocultaba que ahora tendrían que vivir de la caza y de la pesca.
El capitán general de la expedición, Pedro de Ursúa y doña Inés, una mestiza de gran belleza,
subieron al bergantín principal, acomodándose ella en la confortable cámara que el comandante de
la expedición había mandado construir expresamente para ella. Las otras mujeres iban en una de
las chatas, que parecían casas flotantes, con un pabellón que tenía por techo un toldo encerado,
para resguardarlas de la lluvia.
En el muelle, el joven capitán, Pedrarias de Almestos no podía apartar su mirada de una joven,
casi una niña, que acaba de entrar junto con las otras mujeres. No tendría más de quince años,
pero ya poseía una figura atractiva; era alta, esbelta, con un cabello oscuro como el azabache
cayéndole en cascada sobre unos hombres bien torneados. Acompañándola iban dos personas, una
mulata que respondía al nombre de Juana, sin duda su aya, y un hombre de unos cuarenta y cinco
años de mediana estatura, robusto, escaso pelo y una mirada penetrante; tenía una ligera cojera
al andar.
—Aquí estaréis bien acomodadas —les dijo el hombre—. Y tú, hija mía, no tienes nada que temer. Yo
cuidaré de ti. Nada te faltará.
Pedrarias no podía apartar los ojos de la escena.
—¡No está mal la niña, eh!
El joven hijodalgo se volvió hacia el que había hablado. Era Gonzalo de Zúñiga. Habían estado
juntos en algunas acciones contra los cimarrones, en Panamá. Zúñiga tenía el clásico historial
aventurero. Con apenas diecisiete años, de Sevilla, donde nació, había pasado a Santa Marta,
permaneciendo seis años en el Nuevo Reino. Había sido en aquel período cuando se entrecruzaron
por primera vez, las vidas del capitán Pedro de Ursúa y de Gonzalo de Zúñiga. Este último sirvió
como soldado bajo sus órdenes, e intervino en la fundación de las ciudades de Pamplona y Tudela y
en la reducción de los indios sublevados de Santa Marta y Tairona. Le gustaba escribir y tomaba
nota de todas las acciones como cronista, emulando lo que Bernal Díez había hecho con Hernán
Cortés. Del Nuevo Mundo se había dirigido a Perú. Allí había participado en las rebeliones de
Hoyon en Popayan, y de Silva en Piura.
—¿Quiénes son? —preguntó Pedrarias.
—Él se llama Lope de Aguirre, le llaman “el loco”, y ella es su hija. Elvira.
—¡Es preciosa!
—Lo es —sonrió Zúñiga.
Con un esfuerzo, Pedrarias consiguió apartar sus ojos de la joven.
—¿Y dices que a él le llaman “el loco”?
—Sí —asintió el cronista—. Cuando tengamos un rato te contaré sus andanzas. Es una persona muy
curiosa… y peligrosa. No te cruces en su camino.
—Su hija merece que uno se arriesgue.
—Te jugarías la vida, te lo aseguro. Ese hombre quiere a esa niña con locura. Se desvive por
ella.
—Pues no me parece esta expedición la más idónea para traer una criatura tan delicada.
—Efectivamente, pero parece que la madre de la joven murió hace poco y no tenía con quien
dejarla.
—Pues seremos dos para protegerla, pues yo tampoco me lo perdonaría si le sucediera algún daño.




Mientras la pequeña armada se extendía y alargaba a lo largo del río, Pedrarias paseó la mirada
por las embarcaciones. Todo eran risas, canciones y parabienes. Los de tierra agitaban las manos
y gritaban sus últimos adioses. Los expedicionarios se mecían en las más dulces ilusiones,
olfateando ya las riquezas de El Dorado. Entre los que partían se podían distinguir, en una
curiosísima mezcolanza: comendadores, escribanos, pajes, cirujanos, carpinteros de ribera,
herreros, gentes de oficio, ladrones y asesinos huidos de la justicia y hasta frailes escapados
de sus conventos. Mientras que, entre los sirvientes, había indios e indias de caras de rostro
cetrino, esclavos negros, traídos de África, mestizos de semblante distendido y mulatos de faz
aceitunada.
También había mujeres, capaces de abandonarlo todo, afrontando los peores peligros, para marchar
a la aventura en pos de los hombres. Unas lo hacían por amor y otras, las más, buscando una fácil
fortuna a cambio de sus favores.
Las incesantes lluvias y el tormento de los mosquitos, no mitigaban los ardores aventureros de
aquella gente. La vida regalada en Lima o Quito, o la dulce existencia en las orillas del
Pacífico, no se podían comparar con lo que sus apasionadas imaginaciones soñaban que sería la
vida en Omagua, rodeados de oro.
¿Pero dónde estaba Omagua? Alonso Esteban, un viejo superviviente de la gesta de Orellana, que
los acompañaba, lo situaba, con el gesto, muy lejos, en una lejanía vaga y borrosa, pero pocos
reparaban en aquella pequeña imprecisión.



El Huallaga era un río caprichoso, ancho y manso unas veces, estrecho y peligroso otras. A
menudo, se desbocaba en impetuosas y difíciles corrientes que hacían muy difícil la navegación,
mientras, otras veces, transcurría mansamente durante interminables y monótonas leguas. En uno de
estos largos períodos de tranquilidad, Pedrarias se acercó a Zúñiga, que sesteaba en una de las
chatas.
—Me dijiste que me contarías algo sobre Elvira y su padre —dijo—. Ahora es una buena ocasión.
El cronista se desperezó ruidosamente.
—De acuerdo —dijo incorporándose—. Vamos allá. Verás: por todo lo que sé, Lope de Aguirre es un
cristiano viejo, de padres acomodados, hijodalgo. Nació en el pueblo de Oñate, es, por lo tanto,
vizcaíno.
“Desembarcó en Cartagena de Indias el año 34 con poco más de veinte años. No tardó mucho en hacer
sus primeras armas, en unas expediciones que organizó el gobernador, Pedro de Heredia, en busca
de los tesoros enterrados en las sepulturas indias.
“Más tarde, se trasladó al Perú, en el momento álgido de la lucha entre Pizarro y Almagro. Parece
ser que Aguirre tomó parte en la lucha del lado del ganador. Después de la batalla de Salinas y
de la ejecución de Diego de Almagro, Pizarro decidió emplear tanto soldado desocupado en nuevos
descubrimientos y conquistas, así que, dio la Gobernación de extensas regiones de la periferia de
Perú a sus principales capitanes, con la misión de extender el dominio de Castilla por nuevas y
desconocidas regiones”.
Pedrarias seguía el relato atentamente. A cien metros escasos de su chata, navegaba pacíficamente
la de las mujeres. En ella, sin duda, estaba la joven Elvira, fuera de miradas indiscretas.
—Sigue —dijo—. Es muy interesante.
Zúñiga levantó un botijo y bebió un largo chorro de agua.
—Pues, verás, Francisco Pizarro dio a su hermano menor, Gonzalo, el gobierno de Quito, desde
donde podía organizar expediciones en busca de los territorios de la Canela y El Dorado. A Pedro
de Valdivia le encomendó la conquista de Chile. A Pedro Ansúrez le encargó el apaciguamiento de
los Chunchos y a Diego Rojas una expedición a la Tarija. Parece ser que Lope de Aguirre tomó
parte en estas dos últimas. Estas “entradas”, como se llamaban, sólo produjeron desastres. El oro
quedó atrás, en Perú. En la malhada expedición a los Chunchos, por ejemplo, no se halló ni una
pepita del codiciado metal. Los hombres sólo se encontraron con selvas impenetrables, ciénagas,
pantanos, hambre, fiebres y todas las penalidades imaginables. Los pocos que regresaron venían
enfermos y maltrechos.
“El mismo Gonzalo Pizarro, apenas llegado a Quito, comenzó a organizar la expedición destinada a
descubrir los territorios de la Canela y El Dorado, pues no quería ceder a nadie la gloria de
aquella conquista”.
—Algo que no entiendo —interrumpió Pedrarias—, es por qué se empeñaban estos hombres en ir
personalmente en estas expediciones cuando tenían a su disposición todo el oro que podían ansiar
y gastar en media docena de vidas. ¿Por qué no se quedaban tranquilamente en sus palacios
disfrutando de la vida?
—Ya te lo he dicho. ¡La gloria! Y, por otra parte, tenían que demostrar a los demás que eran los
mejores, y los más valientes. ¿Sabes lo que mi colega, el cronista Pedro Cieza de León escribió
hace poco?
—No. Tú me dirás.
Zúñiga hizo memoria y recitó:
“… y digo que no hallo gente que por tan áspera tierra, grandes montañas, desiertos y ríos
caudalosos, puedan andar como los españoles, sin más ayuda que sus personas. Ellos en tiempo de
sesenta años han superado y descubierto otro mundo mayor que el que teníamos noticia, sin llevar
carros de vituallas, ni gran recuaje de bagaje, ni tiendas para se recostar, ni más que una
espada y una rodela y una pequeña talega que llevan debajo, en que es llevada por ellos su
comida, y ansi se meten a descubrir lo que no saben ni han visto”.
—Interesante.
—Volviendo a Lope de Aguirre. Tengo entendido que tomó parte en la batalla de Chupas, a las
órdenes de Carvajal, aunque también hay quien dice que no lo hizo. Hasta ese momento “las
entradas” en las que había tomado parte habían sido todas muy desafortunadas y el hombre se
encontraba tan pobre como el día en que llegó a las Indias.
“Por otra parte, en los cuatro años que llevaba en Perú habían tenido lugar dos guerras civiles y
entre ambas, los asesinatos de Francisco Pizarro. Lope de Aguirre nunca se decantó por ninguna de
las partes, y como resultado, tampoco obtuvo ninguna recompensa. Quizá ésa fuera una de las
lecciones que este hombre aprendió: si uno no se arriesga, nada obtiene a cambio.
“Por entonces, ocurrió un hecho que había de influenciar la vida de Lope de Aguirre”.
—¿Ah, sí? ¿Y qué ocurrió?
—Pues que llegó al Nuevo Mundo un caballero llamado Blasco Núñez Vela, a quien Carlos I había
nombrado virrey del Perú, con el cargo especial de hacer cumplir las Nuevas Leyes relativas a la
libertad de los indios.
“Aunque estas leyes estaban inspiradas en los más puros sentimientos de humanidad, no se habían
previsto los serios problemas que acarrearía su aplicación. Era lógica la rotunda negativa de los
pobladores blancos a dar libertad a los indios que tenían trabajando en minas y encomiendas. Por
otra parte, las Nuevas Ordenanzas incidían muy desfavorablemente en las expediciones que se
organizasen, pues prohibían que los indios fuesen cargados. Te puedes imaginar que un soldado
bastante tenía con cargar con sus armas; mal podía llevar a cuestas la impedimenta y bastimentos,
y ésta era la misión que se encomendaba a los indios.
“La aplicación de las Nuevas Leyes en ese momento era, incluso inoportuna para los mismos indios,
pues, aunque se habla mucho de los abusos y atropellos que se cometen con ellos, a los indios no
les desagrada que les tomemos a su servicio; al fin y al cabo, sus anteriores amos eran peores”.
—Tengo entendido —dijo Pedrarias—, que los Incas hacían matar a la tercera parte de estos indios
cada tres años.
—Exactamente —respondió Zúñiga—. El caso es que desde el mismo momento en que el virrey llegó a
Panamá, empezó a aplicar las nuevas disposiciones, poniendo en libertad a todos los indios. No
hizo caso de los consejos de oidores y magistrados.
“Las noticias volaron a través de los mares y por encima de las Cordilleras, causando en el Perú
la más honda conmoción. Los hombres que habían sacrificado su vida para obtener minas,
encomiendas y repartimientos no estaban dispuestos a que se lo quitaran de un plumazo.
“La intransigencia del virrey hizo estallar el polvorín. Los descontentos se unieron en defensa
de sus intereses y eligieron por jefe a Gonzalo Pizarro.
“La falta de tacto del virrey había provocado en Perú la tercera guerra civil. Pizarro consiguió
reducir a prisión a Núñez Vela y la Audiencia se hizo cargo del poder provisionalmente. Todos los
aventureros corrían a alistarse bajo las banderas de Gonzalo Pizarro. Incluso consiguió atraerse
a su causa a Francisco de Carvajal.




—El famoso demonio de los Andes —murmuró Pedrarias—. He oído hablar de él. Dicen que carecía de
todo sentimiento religioso. A los condenados a muerte les negaba el consuelo de la confesión.
—Sí —dijo Zúñiga—. Era un gran general, pero despiadado con sus enemigos. Pues bien, una vez
detenido el virrey, quedaban dos poderes frente a frente: Gonzalo Pizarro y Diego de Cepeda que
presidía la Real Audiencia. Pronto, Carvajal se encargó de aclarar la situación. Prendió a los
principales miembros de la Audiencia que se oponían a Pizarro y los colgó de un árbol. Aunque…
eso sí; les dio a elegir la rama de la que preferían ser colgados.
“A la vista de estas irrebatibles razones, la Audiencia proclamó a Gonzalo Pizarro gobernador del
Perú, “por unanimidad”.
“Sin embargo, no todos abandonaron al virrey. En algunos, el sentimiento de lealtad era más
fuerte que la aversión que sentían por Blasco Núñez y no tardó en fraguarse una conjuración para
libertarle. Y fue en esa conjura donde participó Lope de Aguirre. Nunca estuvo claro por qué lo
hizo. Desde luego, que no fue por amor a los indios… Me imagino que si lo hizo fue pensando que
ganaría más inclinándose por aquel bando.
“En el ejército de Pizarro jamás saldría de la mediocridad en que transcurría su existencia,
teniendo en cuenta los brillantes generales con que contaba Pizarro. Y, por el contrario, si
conseguían libertar al virrey, podría convertirse en un personaje importante.
“Pero, una vez más, la fortuna le volvió la espalda. La conspiración fracasó y nuestro hombre
tuvo que huir con otros muchos a Nicaragua.
“De todas formas, a pesar del fracaso, el virrey, Blasco Núñez, desde el norte del Perú, organizó
un ejército contra los rebeldes. Carvajal se encargó en desvanecer los sueños del virrey,
derrotándole y persiguiendo a sus hombres a través de los Andes hasta Popayán. Por su parte,
Gonzalo Pizarro aplastaba otra sublevación en el Cuzco y Las Charcas.
“Poco después, Sebastián Belalcázar, que se había unido al virrey, presentó batalla a Pizarro en
Añaquito el 18 de enero del 46, y aquí, Gonzalo alcanzó una espléndida victoria. Belalcázar fue
hecho prisionero y Pizarro se encontró dueño absoluto del Perú.
“Nada le impedía proclamarse independiente de España, y esto era lo que no cesaba de aconsejarle
Carvajal. Debería crear un reino con condes y marqueses a imitación de las monarquías europeas.
Después de haber luchado contra el virrey y haberle cortado la cabeza, no podía esperar el perdón
real. Pero Gonzalo se resistió a tales incitaciones; su lealtad a la Corona era más fuerte que su
ambición. En realidad, él nunca se había rebelado contra el Rey; simplemente se había alzado en
armas contra las Nuevas Leyes. Él seguía teniendo una fe ciega en que Su Majestad le confirmara
en su nuevo cargo como Gobernador del Perú”.
—Y en eso se equivocó —adivinó Pedrarias.
—De cabo a rabo. Curiosamente, para solucionar ese problema, el rey echó mano, no de un gran
ejército que cruzara los mares en una armada, sino de un simple clérigo, el licenciado don Pedro
de Lagasca, a quien otorgó los más amplios poderes.
—¿Y qué fue, mientras tanto, de Lope de Aguirre? —preguntó Pedrarias.
—Lope de Aguirre, Melchor Verdugo y algunos más, al llegar a Panamá, informaron a la Audiencia de
la situación y solicitaron refuerzos para luchar contra los rebeldes. Embarcaron en un lago de
Nicaragua y salieron al Atlántico por el río Desaguadero, que, por cierto, fueron los primeros en
descubrir.
“Con esta pequeña fuerza, Verdugo y Lope de Aguirre atacaron a los pizarristas de Panamá y
consiguieron apoderarse de la ciudad Nombre de Dios. Pero, no tardaron en ser arrojados de ella
por Pedro de Hinojosa, que mandaba las tropas y la flota de Pizarro en Panamá. Verdugo y Lope de
Aguirre con su gente se refugiaron en Cartagena de Indias.
“Fue por entonces cuando llegó a Panamá el enviado del Rey, Pedro de Legasca, y enseguida dio
comienzo su habilísima labor de captación. Contrastando con la soberbia y el despotismo de Blasco
Núñez, Legasca rebosaba simpatía y persuasión. Manejando alternativamente las promesas de perdón
y el ofrecimiento de recompensas, al mismo tiempo que tocaba la fibra de la lealtad a la Corona,
el clérigo alcanzó un rotundo éxito.
“Pedro de Hinojosa y sus oficiales se pasaron al servicio del Rey y entregaron a Legasca la flota
de Pizarro junto con el dominio y control de Panamá.
“Con respecto a Lope de Aguirre y Verdugo la situación era un tanto comprometida. Era lógico que
pasaran a engrosar las fuerzas que controlaba ahora Legasca, pero Hinojosa y los suyos no querían
ni oír hablar de ellos, a causa de los desmanes que habían cometido en Nombre de Dios.
“Así que, una vez más, Lope de Aguirre se quedaba relegado al olvido, a la hora de unas posibles
recompensas”.
—¿Y qué pasó con Legasca? —preguntó Pedrarias que seguía la narración con todo interés.
—Legasca desembarcó en Tumbez, en el norte del Perú y empezó a organizar las fuerzas realistas.
Al mismo tiempo, mandó un emisario para ponerse en contacto con Diego Centeno, de la Audiencia
del Perú, que había conseguido reunir otro ejército en el sur.
“La situación de Pizarro y Carvajal se había puesto muy complicada pues estaban cogidos entre dos
fuegos, y la gente desertaba de sus filas masivamente. Así que decidieron jugárselo todo a una
carta. Se enfrentaron con Centeno y lo derrotaron completamente en la batalla de Huarina, en
octubre del 47.
“Curiosamente, aunque ese triunfo elevó enormemente las moral de los pizarristas, no le
impresionó en absoluto a Legasca. No tenía prisa. El tiempo jugaba a su favor. Dejó pasar los
meses mientras su ejército crecía, gracias, principalmente, a las células de perdón de las que
iba bien abastecido.
“Gonzalo Pizarro y Carvajal, que habían derrotado a los mejores generales del Nuevo Mundo,
sentían que el suelo se agitaba bajo sus pies. Aquel clérigo estaba resultando más peligroso que
los mejores soldados de las Indias. Armado solamente con su breviario y una buena provisión de
células, producía más bajas en el ejército enemigo que un centenar de cañones.
“Los refuerzos afluían de todas partes. Sebastián de Belalcázar llegó de Popayán, Pedro de
Valdivia de Chile y Diego Centeno, repuesto de su derrota, del Alto Perú. Cuando Legasca tuvo ya
mil quinientos soldados a su disposición pensó que había llegado el momento de enfrentarse con
Pizarro.
“—Y hubo una gran batalla, me imagino, ¿no? —preguntó Pedrarias.
—Pues no —dijo Zúñiga—. Los dos ejércitos se encontraron en Xaquixaguana, pero no llegaron a
combatir. Los hombres de Pizarro desertaron en masa a la vista de aquellas células que Legasca
agitaba tentadoramente.
“Como resultado, Pizarro y Carvajal fueron hechos prisioneros y condenados a muerte”.
—¿Y cómo murieron —preguntó Pedrarias.
Zúñiga tomó un respiro en su narración y bebió un trago de agua del botijo.
—Los dos murieron con entereza. Gonzalo se aprestó a morir como un caballero cristiano. Se puso
su mejor ropa, dirigió unas palabras a los que presenciaban la ejecución, oró de rodillas ante un
crucifijo, y, sin consentir que le vendaran los ojos, ofreció su cuello al verdugo.
—¿Y Carvajal?
—El diablo de los Andes murió haciendo gala del grotesco humor que le caracterizaba. Si a los
demás, él enviaba a la muerte con gracia y donaire, de la misma manera, fue él a la suya. Nunca
perdió su ironía.
“Cuando cayó prisionero, algunos soldados intentaron maltratarle, pero Centeno lo impidió echando
en cara a los soldados tal proceder. Carvajal le preguntó con una sonrisa:
—¿Quién es vuesa merced, que así me defiende?
“Centeno, sorprendido, respondió:
—¿Pero no me conocéis? Soy Diego de Centeno.
Carvajal se dio una palmada en la frente como mostrando sorpresa.
—¡Por todos los diablos! Ahora caigo. Excusadme, Don Diego, pero es que hasta ahora sólo os había
visto de espaldas, siempre corriendo delante mío…
“Al fraile que intentó confesarle, estuvo contándole chistes verdes toda la noche. Y a la mañana
siguiente, mientras le llevaban al cadalso, iba canturreando canciones obscenas en el camino:
—¡Es increíble! —murmuró Pedrarias—, ¿Y mantuvo la entereza hasta el final?
—Sí. Hubo un momento en que los curiosos se apretujaban tanto alrededor del cadalso que no
dejaban moverse al verdugo. Así que Carvajal se dirigió a éstos con una sonrisa.
—¡Apártense vuesas mercedes, y dejen que el señor verdugo haga su trabajo!
—¿Y así terminó la rebelión?
—Así terminó esa rebelión.
—Pero no me has dicho nada sobre Lope de Aguirre, ¿qué fue de él?
—Ah, sí —dijo Zúñiga—, Lope de Aguirre regresó al Cuzo tan pobre como había salido. Allí estuvo
viviendo algunos años, domando y amaestrando potros para ganarse la vida, pero sin conseguir el
oro y la plata que tanto añoraba. Mientras tanto, tuvo una hija con una nativa, a la que llamó
Elvira. Con ellas se trasladó a Potosí, en donde estaban las minas de plata más ricas del mundo,
en espera a que se organizase alguna “entrada” para descubrir y conquistar
“La ocasión llegó en 1551 y en esta expedición, hacia el territorio de Tucumán, Aguirre figuraba
como jefe de cuadrilla. A pesar de las Nuevas leyes, todos llevaban indios para el servicio. Y
aquí, una vez más, la mala fortuna se cebó en Aguirre. El licenciado Francisco de Esquivel se
encontraba en la ciudad para asegurarse que se cumplían las disposiciones relativas al servicio
de indios.
“Cuando el licenciado comprobó que había una transgresión, dejó pasar las cuadrillas hasta que
llegó la última, la cual detuvo. Como puedes adivinar, ésta iba al mando de Lope de Aguirre y
llevaba dos indios de servicio.
“Aguirre fue detenido y condenado a pagar una fuerte multa. En caso de impago debería sufrir
doscientos latigazos.
“Nuestro hombre alegó que todo el mundo llevaba indios de servicio, pero el juez no admitió tales
descargos y confirmó la sentencia. Como Aguirre no tenía dinero, tendría que ser azotado.
“Aguirre advirtió a Esquivel que él era hijodalgo y que prefería que lo ahorcasen antes de sufrir
un castigo tan infame, propio de esclavos, pero Esquivel se mantuvo inflexible.
—¿Y le azotaron? —preguntó Pedrarias horrorizado.
—Doscientos latigazos, uno por uno, y eso, después de pasearle medio desnudo en un asno. Te
puedes imaginar que, durante los días que tardó en curar y reponerse, tuvo tiempo sobrado para
rumiar su venganza. Trece años había estado sirviendo abnegadamente a Su Majestad y, no
solamente, no había hecho fortuna, sino que, como burla sangrienta, había sido azotado como un
vulgar criminal, a pesar de no haber cometido delito alguno. Estaba claro que el concepto de la
justicia se trastocó en su mente en aquel momento.
—¿Y ése es el padre de esa adorable criatura?
—Sí, pero no lo has oído todo, todavía.
—¿Queda más?
—Ya lo creo, escucha. Lope había jurado vengarse a toda costa proclamándolo a los cuatro vientos.
Cuando sanó de las heridas, aguardó pacientemente a que Esquivel dejara de ser alcalde de
justicia y entonces se dispuso a obrar.
—El licenciado se trasladó a Lima a quinientas leguas de distancia creyéndose seguro en aquella
ciudad, pero ante su sorpresa, dos meses más tarde, —el tiempo que tardó Lope en recorrer el
trayecto a pie—, un día reconoció a su acérrimo enemigo que le espiaba en la oscuridad con ojos
de pocos amigos.
“Ni corto ni perezoso, decidió ir al Cuzco, donde contaba con amigos que, pensaba, le
protegerían”.
—¿Y Lope de Aguirre fue detrás de él?
—Exacto. Olfateando el rastro de Esquivel como un sabueso, Aguirre llegó también al Cuzco. Había
llegado el momento de la venganza. Eligió el momento oportuno, cuando el sol pegaba recio, el
momento de la siesta. Entró sigilosamente en casa de Esquivel, husmeó por salas y pasillos,
descubriendo finalmente al licenciado durmiendo plácidamente en su despacho con la cabeza apoyada
sobre un libro que había estado leyendo.
—¿Y lo mató?
—Le clavó un cuchillo largo en la sien con tanta furia que el cuchillo atravesó el cráneo y se
incrustó en el libro. ¡Se había cumplido la venganza!
—¿Y no le cogieron?
—Estuvo escondido varios días en casa de un amigo. Y luego salió de Cuzco disfrazado de esclavo
negro, con la cara untada con el jugo de un fruto salvaje.
—¿Y adónde fue a parar?
—Se refugió en Las Charcas, en el Alto Perú. Coincidió con un alzamiento protagonizado por
Sebastián de Castilla, Egas de Guzmán y Vasco Godínez. Lope de Aguirre se unió a la rebelión, sin
titubear. Si triunfaba podría salir de su condición de perseguido por la justicia.
“Los conjurados asesinaron a Pedro de Hinojosa, pero el motín no prosperó y Lope de Aguirre tuvo
que esconderse durante más de un año hasta que se produjo otra guerra civil, esta vez
protagonizada por Francisco Hernández Girón.
“Numerosos oficiales siguieron sus bandera, quejosos y descontentos con la Corona. En 1554 la
rebelión había adquirido tanto auge que la Audiencia se vio obligada a publicar un perdón general
para todos los que se alistasen bajo el estandarte real contra el rebelde.
“Aguirre aprovechó la coyuntura para salir de su escondite y alistarse en las fuerzas reales bajo
las órdenes de Alonso de Alvarado. El ejército de este último persiguió a los hombres de
Hernández Girón con los que se enfrentó, y en la lucha, Lope de Aguirre recibió dos arcabuzazos
en la pierna derecha que le produjeron una cojera para toda la vida.
—¿Y qué fue de Girón?
—Fue conducido a Lima, donde rodó su cabeza como habían rodado las de los dos Almagro, Gonzalo
Pizarro y Carvajal.
—¿Así que esa es la historia de nuestro hombre?
—Ese es el retrato del padre de tu adorada Elvirita.