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CAPÍTULO 1 DEL LIBRO DE EDWARD ROSSET “¡LOS DE CHILE…!”
¡Los de Chile…!
La expedición de Almagro.
Diego de Almagro, doblado sobre su caballo, levantó una mirada cansina, agotada, hacia el horizonte. Ante sus ojos se alzaba, majestuoso, un tropel de picachos…, una muchedumbre de montañas nevadas que formaba una hosca turbamulta, vigilando, apretujada, la entrada de Chile. Los cerros andinos, en formación cerrada se hacían multitud en línea de batalla, guardando los pasos y poniendo sus cascos helados sobre los escasos y tortuosos senderos. Los picachos se alineaban incontables, alineados, firmes, uniformes, cubriendo todo lo que alcanzaba la vista. Mientras los expedicionarios avanzaban agónicamente por el estrecho sendero que les conduciría hacia el puerto de montaña menos inaccesible —cinco mil metros de altura—, el adelantado repasaba en su mente los pasos que le habían conducido a aquella expedición La desavenencia con su socio, Francisco Pizarro, sobre la posesión de Cuzco, había sido, sin duda, el motivo principal que le impulsó a hacer uso de la célula real de Carlos I, autorizándole a conquistar la tierra situada al sur de la que correspondía a la gobernación de Pizarro. Era ésta una célula extendida en Toledo, en la que se designaban aquella vagas tierras ignotas con el nombre de Nueva Toledo. En la cartografía de la célula aparecía el nombre de una población, Toledo, en el norte, junto a Copiapó; y Puerto Toledo sobre el río Maullín, en la región de Puerto Mont. El Adelantado había meditado y preparado bien su expedición, poniendo a prueba todo el talento organizador que había demostrado reiteradamente en los preparativos hechos en la conquista del Perú. Inmensamente rico, Almagro había podido disponer de todos los elementos necesarios: caballos, armaduras, víveres, regalos generosos para sus soldados y capitanes… Las condiciones que se daban en él por su energía y capacidad, por su experiencia militar y dotes extraordinarias de jefe, se añadían a todo aquel conjunto de circunstancias, de suerte que se hubiera podido pensar que era imposible encontrar una oportunidad mejor. Ciento veinte cargas de plata y veinte de oro — a ciento veinte kilos la carga—, habían sido necesarias para sufragar los cuantiosos gastos ocasionados por la expedición, teniendo en cuenta los altísimos precios que alcanzaban las mercancías en Perú. El Adelantado había sido informado ampliamente, por los indios amigos de todos los detalles relacionados con su proyectado viaje. Estudiaron con minuciosidad, de antemano, los caminos existentes. —Caminos sólo dos —le habían explicado—. Dos caminos sigue mucho tiempo ejércitos incas. Uno va línea recta, siguiendo costa. —¿Y cuál es el problema de éste camino? —había indagado Almagro. —Atacama —replicó el indio—. Cientos kilómetros no agua, calores mucho… El gesto del hombre fue en extremo elocuente. —Hum —gruñó Almagro—. ¿Y el otro? —Segundo camino —explicó el indio— baja lago Titicaca, avanza por puna hacia sur. Después cruzas montaña. Mucha nieve y frío. Muchos mueren. —Así que tenemos para elegir —gruñó Almagro—, entre morir de calor o de frío. El indio asintió vigorosamente. —Sí —dijo. —Consultaré con mis capitanes —había replicado Almagro pensativo. La mayoría de éstos estaba por el segundo camino. Quien más quien menos estaba acostumbrado a la puna. Cruzar la cordillera de Este a Oeste les pareció menos difícil que descender de Norte a Sur a lo largo de un inmenso desierto. —Podríamos consultar con el Inca Manco —sugirió Rodrigo Orgóñez—. Y más todavía, ¿por qué no le pedimos que designe personas importantes para que nos acompañen y preparen el camino. —Me parece una idea magnífica —asintió Almagro—. Me entrevistaré con él. El resultado de la entrevista fue el acuerdo de que Paullú Tupac, hermano del Inca y Villac Umu, sumo sacerdote, irían con la expedición, allanándoles el camino. —Marcharemos en tres grupos —decidió Almagro—. Yo abriré camino con doscientos cincuenta hombres y seis mil indios. Nos seguirá un segundo grupo de treinta hombres al mando de Orgóñez, con dos mil porteadores, y cerrará la marcha el resto de los hombres al mando de Juan de Rada. “Bajaremos por la pendiente oriental de la cordillera, siguiendo el río Jujuy en dirección a Salta. Cuando lleguemos a este paso en cuestión —dijo señalando el mapa—, al que llamaremos San Francisco, lo cruzaremos, llegando a la región de Copiapó. Tengo entendido que es un valle fértil y muy poblado”. —¿Cuánto tiempo creéis que necesitaremos, capitán? —Teniendo en cuenta que llevamos un rebaño de cinco mil llamas y otro de cerdos, las jornadas no pueden ser muy largas. Además, tendremos que defendernos de los ataques de los incas en la puna. Echémosle ocho o nueve meses…
Paullú y el sumo sacerdote portados en literas por quinientos indios salieron delante del ejército español para anunciar su paso por aquella vía oriental. Con ellos marchaban tres españoles, Juan de Sedizo, Antonio Gutiérrez y Diego Pérez del Río, con órdenes de esperar al grueso de la expedición en Tupiza. Sin embargo, cuando Almagro consiguió llegar a esa población recibió de Paullú una extraña nueva. —Los tres hombres siguieron adelante por su cuenta —dijo. Almagro le miró extrañado. —¡Cómo que siguieron por su cuenta…! —¡A mí también me extrañó —respondió el Inca—, pero se empeñaron en seguir avanzando y cumpliendo la misión de advertir a los jefes indígenas de vuestro paso. Almagro encontró difícil de creer aquellas palabras. Conocía a los tres españoles, y, sabía que no eran irresponsables. Eran hombres que conocían la puna y el malestar que producía, hasta en los hombres más sanos, el subir hasta alturas de cinco mil metros con vientos helados, a veinte grados bajo cero. Todos habían tenido experiencias en las que las fuerzas de un hombre se agotaban rápidamente hasta perecer de frío en aquel viento implacable. Sin embargo, a pesar de sus recelos, poco podía hacer Almagro. Después de asegurarse de que los tres hombres habían partido, dio la orden de marcha por el camino previsto.
Los doscientos cincuenta españoles y más de seis mil indios que componían la primera partida habían recorrido ya un largo camino y habían sufrido los hielos y las dificultades de la altiplanicie, con frecuentes escaramuzas, que les obligaban a detenerse para rechazar el ataque de los nativos. La mayor desgracia que les podía ocurrir acaeció al cruzar un río desbordado. En él se perdió la mayor parte del rebaño de llamas y una buena parte de cerdos. Finalmente, en marzo de 1536, en pleno invierno austral, el ejército emprendió la subida para cruzar la cordillera. A partir de ese momento, las penalidades se sucedieron. Los expedicionarios comenzaron a ser azotados por el hambre, el frío, los huracanes y toda clase de inclemencias de la cordillera inhóspita. El llamado paso de San Francisco, que hubieron de seguir, estaba casi a cinco mil metros de altura. No había vegetación, ni recursos vegetales de ninguna clase, ni leña para encender fuego. Los expedicionarios, hambrientos y helados, avanzaban a duras penas con la nieve hasta la cintura. Los indios, menos protegidos que los españoles, caían a docenas. Unos se atollaban en la nieve, quedando sepultados en ella; otros se arrimaban a una peña y se quedaban como petrificados mostrando los dientes en una trágica risotada… “riendo de frío”. La ruta comenzó a poblarse de postes humanos en todas las posturas. Pronto alinearon el camino docenas, cientos de hombres. Cuando Almagro mandó parar, para pasar la noche, la ventisca soplaba en toda su furia a casi treinta grados bajo cero. Un viento helado se filtraba en los huesos atravesando las más gruesas pellizas. los españoles se refugiaron junto a sus caballos. Muchos de los hombres, a punto de perecer, abrieron los vientres de los animales y se acurrucaron dentro de ellos, aprovechando hasta el último aliento de calor que podían proporcionar aquellas bestias. Por la mañana, Almagro recibió las desastrosas nuevas. —¡Setenta caballos han muerto, Adelantado —le anunció uno de sus oficiales—. Además, varios cientos de indios y casi todos los esclavos negros han quedado congelados. —¡Dios se apiade de nosotros! —exclamó Almagro apretujando su pelliza—. ¿Y españoles? —Seis soldados muertos y varios tienen congelados los pies y manos. El capitán Jerónimo Costilla al sacarse las botas ha perdido los dedos de los pies. —¡Voto al cielo! —exclamó Almagro—. ¡Tenemos que atravesar este maldito paso…!, ¿cuánto nos queda…? —Según aseguran los indios guías, más de cien kilómetros todavía. Las montañas parecen no tener fin. —Reuniré a una veintena de jinetes y nos adelantaremos a marchas forzadas en busca de socorros —dijo Almagro. Mientras se alejaba con los veinte hombres, elegidos entre los más fuertes, Almagro creyó que nadie podría sobrevivir a aquella ventisca infernal. En lo más alto del paso les alcanzó de lleno el llamado “viento blanco”, denominado así porque arrastraba un polvillo de nieve que cegaba los ojos a los caminantes, ocasionándoles, a menudo, la pérdida de la vista. Sin embargo, al día siguiente, los veinte expedicionarios alcanzaron el fin de la cordillera. Desde aquel punto pudieron divisar, aliviados, un extenso y fértil valle, Copiapó. Los veinte hombres, exhaustos, descendieron hasta el poblado en el que les esperaban el Príncipe Paullú y el sumo sacerdote. —Enviad ayuda, rápido —pidió Almagro—. ¡Comida y ropa!
Dos semanas más tarde llegó el grupo capitaneado por Rodrigo Orgóñez. Cuando, el oficial se hubo recuperado un tanto, Almagro se acercó a su tienda. —Rodrigo, ¿cómo estás? —Bien, señor. Me estoy recuperando bien. ¿Y mis hombres…? —Han muerto seis, y casi todos los indios y negros que os acompañaban. La cara de Orgóñez se entristeció. —Lo siento por ellos. La travesía ha sido terrible. Seguimos vuestros pasos, pero el frío era intensísimo. No teníamos nada que comer, ni siquiera hierba. Tampoco podíamos hacer fuego. No había nada que quemar… —Lo sé —asintió Almagro—. Lo sé… —Hay algo más que debéis saber —dijo el oficial. —¿Ah, sí?, ¿y qué es? —La hostilidad con que nos encontramos en todo momento fue constante, demasiado constante. Nos enteramos por un prisionero que ha estallado una sublevación del Inca Manco contra los españoles. —¡Una sublevación! —exclamó Almagro—. ¡Por las barbas de Judas!, eso cambia las cosas... —Sí —dijo Orgóñez—, y no sólo las cambia en Perú sino aquí, también. ¿Qué harán el príncipe Paullú y el sumo sacerdote? —No lo sé —dijo el Adelantado—, pero no creo que se atrevan nada contra un ejército de quinientos españoles… —No, eso es verdad, pero habrá que tener cuidado con ellos. —Sí, montaremos doble guardia a partir de este momento. —También tenemos que pensar —dijo Orgóñez— en Juan de Rada y sus hombres. —Sí, mandaremos ayuda.
Juan de Rada había seguido la misma ruta con sus ochenta y ocho hombres y dos mil indios. Y si Orgóñez había pasado dificultades para conseguir comida, Rada encontró completamente imposible conseguir nada de los indígenas sin cogérselo por la fuerza, ya que cuanto había disponible lo habían consumido los hombres de Almagro y Orgóñez. Cuando los componentes del grupo enviado a socorrerlos les encontraron, vieron a un grupo de espectros caminando, erráticamente, como zombis hundiéndose en la nieve a cada paso. El camino estaba jalonado de estatuas congeladas de indios muertos indicándoles mudamente el sendero a seguir. Con los españoles a salvo, Almagro tenía ante sí una difícil decisión. Estaba claro que no podían seguir con la conquista de Chile mientras en Perú se libraba una batalla que podía barrer de un plumazo todo lo que Pizarro y él mismo habían conseguido con tanto esfuerzo. Y, sin la ayuda del norte, era inútil proseguir hacia el sur. Almagro reunió a los capitanes. —Y bien, señores. ¿Qué os parece que deberíamos hacer? Rodrigo Ordóñez fue el primero en contestar. —Está claro que no podemos permitirnos el lujo de seguir hacia el sur. Sin los refuerzos del Perú, la empresa sería imposible. —Además —dijo Juan de Rada—. Según dicen, esta zona está muy poblada de indios belicosos. —Eso por un lado —asintió Almagro—. Pero lo que yo veo más importante es que se cuestiona la propia existencia del Perú. Si Pizarro está siendo amenazado, debemos acudir en su ayuda lo antes posible. Quinientos hombres podrían significar la diferencia entre victoria y derrota. Hubo unanimidad en todos los presentes. En la memoria de todos estaban los hechos que habían acaecido no hacía todavía mucho tiempo. Una vez que la conquista de Perú se había supuesto terminada, Francisco Pizarro había considerado peligroso tener a tanto soldado inactivo, así que desparramó a capitanes y soldados en todas direcciones. Unos para dedicarse a trabajar los campos y minas, otros para explorar nuevos territorios. Trescientos hombres, al mando de Pero Anzúrez, partieron para someter a los indios chunchos, remontando la cordillera. Otras tantos, al mando de Diego de Rojas emprendieron la conquista de los indios chiriguanos. Belálcazar de dirigió hacia el norte, a Pasto y Popayán, más allá de la frontera norteña del imperio inca. Diego de Tapia se dirigió al río Angasmayo, a pacificar a los indios quillacinga... —Explicaré la situación a los hombres esta noche —dijo Almagro—. Otra cosa que tenemos que decidir es por qué ruta volver. —Después de haber atravesado los Andes y sufrido lo indecible, creo que todos los hombres elegirán volver por el desierto —dijo Ordóñez—. Además, parece ser que hay pozos cada cierta distancia. —Sí —dijo Almagro—. Yo también creo que es lo mejor. Aquella noche, el Adelantado convocó asamblea general. —Me imagino —dijo—, que todos estáis al tanto de la situación. En Perú, Manco Inca se ha rebelado contra los españoles. En estos momentos controla un inmenso ejército de doscientos mil hombres. Como comprenderéis, en estas circunstancias no nos es posible proseguir con nuestro plan de poblar Chile. Debemos volver cuanto antes para ayudar a nuestros compatriotas a luchar contra los incas… Un murmullo de desencanto ahogó la voz del jefe de la expedición. Quien más, quien menos había arriesgado su hacienda en aquella expedición. Muchos habían firmado recibos de deudas con Almagro para poder comprarse, equipo, armas, caballos y algún esclavo negro. Y, ahora, después de indecibles sufrimientos, les decían que lo habían perdido todo y que tenían que volver atrás. —¡Capitán! —dijo una voz—. Yo invertí todo lo que tenía y mucho más en esta jornada… Ahora nos decís que todo lo hemos perdido… Almagro se agachó para sacar de un cofre una serie de recibos, que exhibió ante todos. —Estos son los recibos que muchos de vosotros firmasteis por vuestras deudas —dijo rompiéndolos en trozos—. Yo nunca deseé dinero ni hacienda sino para darlas. Nada me debéis. Pero no por perdonaros vuestras deudas pienso dejar de exigiros que sigáis dando de vosotros mismos todo lo que tenéis por vuestro rey. El murmullo de los soldados le indicó que todos estaban con él. El gesto de perdonarles sus deudas le honraba como buen comandante. Aquellos hombres le seguirían hasta el fin del mundo.
El gran ejército inca que avanzaba sobre Lima hizo que Pizarro, desesperado, escribiera pidiendo auxilios al rey Carlos I, a los gobernadores de Panamá, Guatemala, Cuba y a Hernán Cortés en Méjico. Las cartas estaban redactadas en términos parecidos. “… la rebelión se a extendido por todas las provincias e todos los indios salen rebeliosos simultáneamente. Los ejércitos enemigos se dicen ya a cuarenta leguas de Lima. Imploramos ayuda. Que la Santísima Virgen nos proteja…” Por otro lado, Pizarro mandó mensajeros a sus capitanes, inmersos en otras conquistas, para que regresaran inmediatamente. Para cuando las malas nuevas llegaron a España, ya hacía meses, en febrero de 1536, el obispo Berlanga, que había regresado del Perú, informaba al rey que el gobernador Pizarro permitía a los conquistadores dar un mal trato a los nativos, violando todas las órdenes recibidas de España al respecto. Sobre todo, en Cuzco, el Inca estaba recibiendo un trato vejatorio, y, a todas luces, injusto, que podría acarrear graves consecuencias en el futuro. Estaba claro que ese futuro había llegado ya. En abril, el licenciado Gaspar de Espinos escribió desde Panamá, contando al Rey cómo habían ocurrido ya las primeras matanzas de colonos españoles en el área de Cuzco. Pero, las noticias del sitio de la capital inca no cruzaron el Atlántico hasta últimos de agosto. Los primeros informes del levantamiento decían que… “Hernando Pizarro había sido el culpable de la rebelión ya que había torturado al Inca para que les entregara oro y plata”. Lo cual, en vista de lo ocurrido, no era, en absoluto, exacto, pues si alguien había tratado de granjearse la amistad del inca había sido, precisamente, Hernando. En realidad, los culpables habían sido sus hermanos, Juan y Gonzalo.
La lucha por Lima duró diez días. Una vez más, la caballería española, a las órdenes de Pedro de Valdivia y Francisco Orellana, como se había hecho habitual en los días precedentes, se mantenía a la expectativa, mientras contemplaban la inmensa muchedumbre de indios que cubría los campos cercanos. Detrás de ellos, por encima de sus cabezas, las lombardas lanzaron una andanada mortífera de metralla. La primera oleada de indios vio aclararse sus filas al caer muchos de ellos. Por un momento, pareció como si una mano detuviera el ímpetu de la carga, pero eran muchísimos los que empujaban por detrás a los que vacilaban. Pronto los huecos se cubrieron y los que venían en segunda fila pasaron por encima de los caídos. El avance continuó. En ese momento, salió la caballería al galope, cargando a ciegas contra la multitud. Cabalgaban con la lanza baja. —¡Abatid a los jefes! —gritó Pedro de Valdivia. Los indios caían bajo los cascos de los caballos como el trigo bajo la guadaña del segador. Por allá por donde pasaba un jinete, quedaba tras sí un surco profundo de muerte en el inmenso mar que formaban los incas. Pero, a pesar de todo, la ingente masa humana se agolpaba ya en las primeras calles de la ciudad. La suerte, pareció favorecer a los españoles, pues el alarde de valentía insensata que hizo gala el general inca Quizo le supuso caer bajo una lanza española. Era una muerte que podía decidir la batalla, ya que, junto a él, cayeron en los primeros momentos, cuarenta jefes. Por otro lado, los indios que se habían adentrado en las calles de la ciudad comenzaban a recibir los disparos de los arcabuces y de las ballestas. Durante todo el día, continuó la matanza. Los españoles empujaron hacia atrás la gran masa de combatientes, que, poco a poco fue retrocediendo hasta la colina de San Cristóbal, donde se hicieron fuertes. A la mañana siguiente, sin embargo, la colina se encontraba vacía. Los incas habían retrocedido hasta la seguridad de sus montañas. La lucha había sido corta pero intensísima. Se había demostrado, una vez más la inmensa superioridad de los españoles en la llanura. Los indios no tenían ningún arma que oponer a una carga de caballería, y, mucho menos, a las armas de fuego y cañones.
A muchas leguas de distancia, mientras Francisco Pizarro luchaba por Lima, su hermano Hernando se defendía, como podía, en Cuzco. Manco Inca, animado por su victoria en Ollantaytambo, decidió lanzar otra vez un ejército contra el Cuzco, que tan cerca había estado de caer hacía cuatro meses. Después, de unas intensas luchas que duraron muchos días y noches, Gonzalo Pizarro fue encargado de llevar a cabo una salida desesperada en busca de provisiones. La salida duró seis días, y, aunque tuvo éxito, estuvo a punto de terminar en un desastre. Manco, en cuanto se enteró de que un grupo de españoles había dejado la ciudad, colocó a dos ejércitos en una gran meseta al norte de Cuzco. A la vuelta, los españoles pasaron, sin saberlo, entre los dos contingentes. Ellos mismos se habían dividido en dos pequeños grupos al mando de Gonzalo Pizarro y Alonso de Toro. Cuando despuntó el alba, los españoles se encontraron, cara a cara, con el enemigo. Toro enfrentándose con los incas que venían del norte del imperio, mientras que Gonzalo Pizarro tenía que vérselas con las fuerzas de Manco, los mejores guerreros del ejército inca. —¡Por San Judas! —exclamó Gonzalo—. Tendremos que abrirnos paso por entre toda esa morralla. ¡Vamos a por ellos! Era una batalla desesperada, el pequeño grupo de jinetes trató de abrirse camino entre la muralla humana que se lo impedía, pero, los españoles eran pocos y sus enemigos muchos. Aunque los castellanos se abrían hueco, paso a paso, eran muchos los golpes y las heridas que recibían jinetes y caballos. Éstos pronto empezaron a dar señales de cansancio, una espuma sanguinolenta caía de sus fauces y la respiración se convirtió en una lucha por conseguir algo de oxígeno en sus pulmones. Los indios más atrevidos se agarraban a la cola de los animales. Otros se arrojaban entre las patas para impedir su avance. De repente, una vez más, fue como si un ente divino tuviera a su cargo la protección de los españoles, pues, en aquel momento, avisados por unos indios cuñaris, llegaron de la ciudad los últimos ocho caballos que quedaban. Una carga desesperada consiguió dispersar a los nativos lo suficiente como para dar un respiro a los hombres de Gonzalo. Además, en aquel momento, llegaban, también los hombres de Toro. Entre todos consiguieron volver a la ciudad, maltrechos y agotados, pero vivos. Aquella había sido, sin duda, la hora más negra que habían pasado los defensores de la ciudad. Pero, increíblemente, aquel fue el momento elegido por los españoles para contraatacar. Cuando Manco les creía lamiéndose las heridas, con el rabo entre piernas, los castellanos reunieron todos los caballos que podían caminar. —Atacaremos esta misma noche —anunció Hernando Pizarro a los agotados jinetes—. Lo último que esperan esos hideputas es un ataque inmediato. —Y no es de extrañar —comentó Alonso Enríquez de Guzmán con ironía—. Los caballos están tan agotados que quizá tengamos que empujarlos cuesta arriba… Hernando pasó por alto el sarcasmo. —La sorpresa es el elemento clave para ganar cualquier batalla —solemnizó—. Si ya de por sí tienen pánico de los caballos, imaginaos un ataque nocturno, cuando estén profundamente dormidos, con un centenar de caballos llevando cascabeles en los arneses. Nos limitaremos a cazarlos como a conejos. Acordaos de Cajamarca. El tiempo dio la razón a Hernando Pizarro. El ataque se lanzó en plena madrugada sobre el contingente de Manco, y la sorpresa fue completa. La caballería de Gonzalo alcanzó un éxito rotundo, masacrando a los indios que huían en todas direcciones. La carga terminó en el lago de Chincheros lanceando por la espalda a los nativos que se habían echado al agua. Por su parte, el grupo de Hernando se enfrentó con arqueros que habían sido reclutados de la jungla, diezmándolos, a pesar de la numerosas heridas recibidas por las flechas. Para maximizar la victoria psicológica sobre los indios, Hernando Pizarro hizo reunir a todos los cautivos en la gran plaza. —¡Cortadles la mano derecha a todos ellos —ordenó—. Así aprenderán a no levantarla contra los españoles. La batalla por el Cuzco había alcanzado un punto muerto. Los defensores tenían ahora suficiente comida como para sobrevivir la estación de las lluvias aunque todavía estaba cortada toda comunicación con el exterior. Manco se había convencido para entonces que no podría tomar la ciudad al asalto. Deberían armarse de paciencia y esperar a que los españoles y sus aliados efectuaran una salida en falso. Por otro lado, no podía mantener un ejército tan enorme indefinidamente. Tenía que reconocer que el principal propósito de su rebelión había fallado: la aniquilación total y fulminante de los españoles. Otra cosa inquietaba profundamente a Manco: el balance total de las fuerzas en el Perú. El puerto de San Miguel era testigo continuo de la llegada de grandes contingentes de tropas. Si bien, los primeros auxilios para Pizarro habían tardado tres meses en venir, éstos habían empezado a llegar en grandes cantidades: Pedro del Río, hermano del Gobernador de Nicaragua, llegó con un enorme galeón con más de cinto cincuenta hombres; Hernán Cortés envió desde Méjico dos barcos llenos de hombres, armas y caballos al mando de Rodrigo de Grijalba; el Licenciado Gaspar de Espinosa, Gobernador de Panamá mandó hombres y caballos; el presidente de la Audiencia de Santo Domingo, en la Española envió a su hermano, Alonso de Fuenmayor con cuatro barcos que contenían cuatrocientos soldados españoles y doscientos negros. La Corona también había respondido a la petición de auxilio. En noviembre de 1536 llegaba a Perú el capitán Penanzures con cincuenta arcabuceros y otros tantos ballesteros.
Manco Inca esperaba volver a reunir un gran número de guerreros después de la estación lluviosa de 1537, pero lo que ignoraba era que dos grandes ejércitos españoles se dirigían hacia la capital. Uno desde el norte, al mando de Alonso de Alvarado que había vuelto del territorio de los chachapoyas, dejando para más adelante la pacificación de aquella zona. Y el otro gran ejército era el de Almagro que volvía de Chile. Cuando veinte meses antes, los expedicionarios habían salido del Cuzco, nadie sabía si la capital inca caía dentro de la jurisdicción de Pizarro o la de Almagro. Los decretos reales decían que Pizarro gobernaría doscientas sesenta millas más allá del puerto de San Miguel, pero no especificaba si la distancia había que medirla hacia el sur en latitud, o hacia el sudeste a lo largo de la línea de la costa. Tampoco decía cómo había que calcular la distancia, si a vuelo de pájaro o subiendo y bajando los Andes. Cuando Almagro salió de Cuzco hacia el sur, todos esperaban que la expedición fuera un éxito, con lo que el territorio conquistado pudiera satisfacer la ambición de todos. Desgraciadamente, el viaje había resultado un fracaso. Después de veinte meses de marchas, cruzando las terribles sierras nevadas y el terrible desierto de Atacama, volvían desengañados por la pobreza del territorio. Al menos, eso era lo que se decía. En el antiplano, en un lugar llamado Potosí habían tropezado con algo de plata, pero la desecharon como mineral muy pobre, y consideraron que no merecía la pena hacerse con aquel mineral. Así, famélicos, y hambrientos llegaron los quinientos supervivientes al Collao donde Almagro empezó a recibir noticias contradictorias acerca de la sublevación del Manco Inca. La mayoría de las noticias ofrecían un panorama desolador. Casi todos afirmaban que Pizarro había muerto. Almagro envió una carta al Inca Manco, ofreciéndole su antigua amistad. Al mismo tiempo, ordenó recoger maíz y ganado para llegar a Cuzco y socorrer a los sitiados. Por fin, el Adelantado partió el 12 de marzo de 1537 con sus quinientos hombres y tres mil porteadores. Según se acercaba a Cuzco las noticias fueron llegando, dándole una perspectiva más real de la situación. Cuando, por fin se presentó con su ejército a las puertas de la antigua capital inca fue para reclamar sus derechos sobre la ciudad. Mandó dos mensajeros, Lorenzo de Aldana y Vasco de Guevara, para exigirle a Hernando Pizarro que le entregara el mando de la ciudad. Presentaba las Reales Provisiones para reclamar tales derechos. Al verlas, Hernando se enfureció. —¡No hemos estado defendiendo la ciudad durante un año, para entregarla ahora al primero que venga —rugió—. Si la quiere tendrá que venir a quitárnosla. Vasco de Guevara no se inmutó al responder. —¡Ved que somos más de quinientos! —dijo—, y según tengo entendido, más de uno de los vuestros pasará a nuestras filas. —¡Lucharemos hasta el final…! —bramó Hernando. A pesar de todas las amenazas de Hernando Pizarro de defender la ciudad hasta la última gota de su sangre, la verdad fue que el 18 de abril de 1537 Almagro se apoderó de Cuzco sin apenas disparar un tiro. Aparte de un grupo de incondicionales de los Pizarro, ningún otro disparó contra sus compatriotas. A la veintena de seguidores de Hernando se les encerró en la misma mazmorra en que había estado prisionero Manco Inca. Días después, cuando el ejército de Alonso de Alvarado se presentó ante Cuzco se encontró con hechos consumados. Muy a pesar suyo, tuvo que ceder ante la superioridad de las fuerzas de Almagro, con lo que el ejército de éste se vio aumentado considerablemente. Era el 12 de junio de 1537.
El siguiente paso era entrevistarse con Francisco Pizarro para aclarar una vez por todas la polémica sobre el Cuzco. Almagro decidió dirigirse él mismo hacia la costa. Pero, al poco de su marcha, ocurrieron una serie de acontecimientos en el Cuzco que hicieron cambiar el curso de la historia. Gonzalo compró la voluntad de uno de los guardas con oro. —Sácame de aquí y te haré rico —le prometió—. Tendrás tanto oro que no sabrás lo que hacer con él. El hombre se humedeció los labios, nervioso. —Pedro de Rojas me hará matar —dijo—. ¿De qué me servirá el dinero? —Ven conmigo —le ofreció Gonzalo—. En Lima estarás a salvo.
En Lima, mientras tanto, se estaban tomando toda clase de medidas militares. Pizarro avisó a los de Trujillo para que se fortificaran, y alrededor de la nueva ciudad mandó hacer trincheras para la artillería. Como maestre de campo designó a Pedro de Valdivia. Por entonces recibió Pizarro la noticia de que su hermano Gonzalo había conseguido escapar de las manos de Almagro y se hallaba ya cerca. Al mismo tiempo, Almagro le envió un mensajero para solicitarle que se viera con él. Pizarro, por fin, accedió y salió para Mala el 10 de noviembre de 1537. Y mientras él iba a la reunión, su hermano Gonzalo preparaba, a sus espaldas, un ejército de setecientos hombres para apoderarse de Almagro a traición. Cuando los dos ex socios se encontraron frente a frente, después de dos años sin verse, Almagro hizo un gesto como para abrazar a su socio, pero éste sólo se limitó a llevarse la mano a la celada. Después se dirigió a los acompañantes del Adelantado, que venían sin armas ni cotas. —¿Vais de Rúa, señores? —dijo con sarcasmo. Estaba claro que las conversaciones no empezaban con un clima de cordialidad. No tardaron los dos socios en enzarzarse en una agria discusión. —O sea que quieres apoderarte de lo que con tanto sacrificio conquistamos y fundamos nosotros —dijo Pizarro con una mirada fría. —Todos hemos hecho sacrificios —contestó Almagro—. ¿qué me vas tú a hablar de sacrificios a mí, cuando hemos estado dos años atravesando las tierras más hostiles del mundo?, y, encima, arruinándome en la empresa. Ahora veo cuál era tu intención cuando querías que fuera a “conquistar” hacia el sur. Querías quitarme de en medio, para hacer y deshacer a tu antojo. Pues, bien, no lo has de conseguir. Si bien, me has hecho gastar hasta el último peso, no lograrás quedarte con Cuzco, que, al fin y al cabo, es lo único que vale en las tierras que me ha dado el rey. —¡Eso lo veremos! —contestó Pizarro—. El Cuzco no es negociable. Y mucho menos, después de lo que han pasado mis hermanos defendiéndolo un año entero de los incas. Además, cuando llegaste, lo primero que hiciste fue aliarte con Manco Inca. —¡Eso es falso! —dijo Almagro—. Traté en todo momento de reconciliar ambos bandos. Bien sabes tú que fueron tus hermanos y sus amigos los que maltrataron y vituperaron al Inca, obligándole a rebelarse. Esos hermanos tuyos son unos verdaderos canallas. —¡No consiento que se hable así de ellos! —explotó Pizarro—, y mucho menos cuando tienes a uno encadenado como si fuera un asesino. ¡Exijo su inmediata libertad! —¡No estás en situación de exigir nada! —respondió airadamente el Adelantado—. Si quieres medir tus fuerzas con las armas nos veremos en el campo de batalla. —¡Pues así será si ése es tu deseo! En ese momento Francisco de Godoy entró corriendo y se acercó a Almagro. —¡Gonzalo Pizarro está a pocas millas de aquí con un gran ejército! —dijo azorado—. ¡Es una celada! —¡Huyamos! —gritó Almagro. Desconcertado Pizarro se volvió a Godoy, mientras afuera atronaban en el aire los cascos de Almagro y los suyos. —¿Qué significa esto? —preguntó. —Vos lo deberíais saber —replicó Godoy—. Puesto que es vuestro hermano el que está ahí fuera. —¡Os juro, por Dios, que nada sabía de esto!, ¡ordenaré ahora mismo que se vuelvan a Lima! —Demasiado tarde —murmuró Godoy—. El daño está ya hecho… Mucha sangre española se derramará por esto…
A pesar de la celada preparada por Gonzalo Pizarro, las dos partes volvieron a reunirse, aunque no ya a nivel de jefes supremos. Se nombró al licenciado Bobadilla para que actuara como juez. Y después de muchas discusiones, Bobadilla dio su laudo, el cual no podía ser más juicioso. 1. Se tomaría la altura, tanto por unos como por otros, en el puerto de San Miguel, en vista de las discrepancia. 2. Se devolvería Cuzco a Pizarro momentáneamente. 3. Pizarro proporcionaría un navío a Almagro para poder comunicarse con el rey. 4. Ambos permitirían a los mercaderes hacer compras y ventas. 5. Se desharían los dos ejércitos, enviando a los hombres a poblar las tierras. 6. Almagro se retiraría a Nuzca y Pizarro a Lima en espera del informe de los pilotos. 7. El rey sería avisado de este pacto y concordia, para que viera cómo sus capitanes deseaban servirle. Además de estos puntos, Pizarro insistía en la liberación de su hermano Hernando. Sin embargo, cuando estos artículos le fueron presentados a Almagro, éste no estuvo de acuerdo. —Pediré a Bobadilla otra sentencia —dijo. Mientras tanto, en el otro bando, Pizarro estaba recibiendo muchas presiones para que tomara Cuzco por la fuerza. Pero el gobernador no se decidía. —No puedo arriesgar la vida de mi hermano —confesó—. Cualquier medida de violencia acarrearía su muerte. En aquel estado de ánimo recibió a los enviados de Almagro. Éstos le propusieron nuevos puntos de acuerdo que Pizarro firmó. Los puntos acordados fueron los siguientes: 1. Almagro poseería un puerto. 2. Pizarro le daría un navío. 3. Almagro se quedaría con Cuzco hasta que el rey dispusiera lo que había de hacerse, o nombrase juez. 4. Se dividirían los indios encomendados. 5. Cada uno conservaría lo ocupado, hasta que el rey dispusiera en firme. 6. Se despoblaría la ciudad de Almagro, recién fundada por éste, en Chicha. 7. El Adelantado dejaría una guarnición en el puerto.
El 24 de noviembre de 1537 se firmaban los acuerdos y se depositaba una fianza de doscientos mil pesos —cien mil para el rey y cien mil para la parte obediente. En caso de ruptura, se tomaban los requisitos judiciales pertinentes y se prestaba pleito homenaje según el fuero de Castilla. Quedaba pendiente lo de la libertad de Hernando, a lo que se oponía frontalmente, Rodrigo Orgóñez. Sin embargo, Almagro pensó que sería suficiente garantía un depósito de cincuenta mil pesos oro así como la obligación de presentarse al rey con el proceso que se le había incoado en Cuzco, y de no salir de la gobernación hasta que su hermano Francisco hubiera entregado el prometido navío. —Cuando hayáis depositado las fianzas y prestado juramento y pleito homenaje, podéis iros —le comunicó Almagro—. Pero antes, permitid que os invite a cenar.
Cuando todo parecía estar arreglado, llegó de España Pedro Ansúrez con células firmadas por la Corona, el 13 de noviembre de 1536, fecha en la que, naturalmente, se desconocían los últimos acontecimientos En la célula se ordenaba a cada gobernador que se mantuviera dentro de su gobernación y explorara solamente dentro de la misma. Una de las células desautorizaba la acción de Almagro de haber ocupado Cuzco. En cuanto las células llegaron a manos de Pizarro, éste envió un mensajero con las mismas a Almagro. Éste, sin embargo insistió en atenerse a lo ya pactado. “…e si no se cumpliere —dijo—, que no sea yo el culpable de la guerra”. Era la primera vez que se mencionaba la palabra “guerra”. Hernando, ya en libertad, también había leído las células recién llegadas. —Deja que vaya a España con el quinto del rey —dijo—. Con la excusa de entregar a su Majestad sus seiscientos mil pesos oro, puedo hablarle sobre la actitud intransigente de ese viejo tuerto y de ese hijo de perra de Ordóñez. Pizarro negó con la cabeza. —De momento te necesito —dijo.
El Adelantado, mientras tanto, había enfermado en el camino al Cuzco. Los dos bandos se movían en las cercanías de Guaytara. No tardaron en dar comienzo las escaramuzas. Orgóñez ordenó fortificarse en la puna a sus capitanes Chávez y Salinas. Por parte de Pizarro, se pusieron al mando de varios ejércitos, los capitanes Rojas, Francisco de Orellana, Alonso de Alvarado y Pedro de Valdivia. El grupo comandado por este último cayó por la espalda sobre los defensores de los pasos de Guaytara, poniéndoles en fuga. La batalla había comenzado. Finalmente, los dos ejércitos se enfrentaron en las campas de Las Salinas. Ya era muy avanzada la cuaresma del año 1538. El lugarteniente de Almagro había reunido quinientos hombres, de los cuales, doscientos eran de a caballo, y unos cien arcabuceros. Contaba, así mismo con seis mil indios auxiliares. El seis de abril, víspera del Domingo de Ramos, amaneció plomizo, como si el sol se hubiera ocultado para no ser testigo de la lucha fratricida que estaba a punto de tener lugar en aquel recóndito paraje andino. Curiosamente, en las laderas de las colinas vecinas, una multitud asombrada de los habitantes de los pueblos vecinos, se arremolinaba para presenciar aquel espectáculo tan increíble como inédito para todos ellos: una lucha entre cristianos. Apenas había amanecido cuando la primera descarga de arcabuces atronó el aire, y, mientras éstos cargaban sus armas, trescientos caballos iniciaban una carga aterradora. Aunque Orgóñez tenía ventaja en la caballería, los doscientos arcabuces de Hernando inclinaban la balanza a su favor, pues tenían un mayor alcance que las ballestas. Y, cargándolos con perdigón, producían verdaderos estragos. Durante dos horas, el resultado de la batalla fue incierto. La caballería de Orgóñez trataba una y otra vez de atacar los flacos de sus enemigos, pero se veían impotentes ante la resistencia de los grupos capitaneados por Francisco de Orellana y Pedro de Valdivia, ambos excelentes jinetes y capitanes. Con cincuenta hombres a caballo cada uno, defendían los flancos de manera que cerraban el paso a los de Orgóñez, mientras que los arcabuces iban diezmando las filas de los almagristas. Para mediodía, algunos de los de Chile empezaron a retirarse o desertar. Y, aunque Orgóñez se multiplicaba y parecía estar en todos los sitios, incansable, no había ya duda sobre los resultados. Los hombres de Hernando no tardaron en adueñarse del campo. Un arcabuzazo acabó con el caballo del lugarteniente de Almagro, y, cuando éste rodaba por tierra, un tal Fuentes, criado de Hernando, acabó con su vida de un lanzazo. A continuación, le cortó la cabeza y la levantó con su lanza. Los heridos se rindieron, pero eso no impidió que muchos de los hombres de Pizarro les traspasaran con sus lanzas y espadas sin piedad. La masacre duró todo el día. A la noche, Almagro, muy enfermo, fue llevado a presencia de Hernando. —¡Así que aquí tenemos al puto viejo que nos ha causado tantos problemas! —exclamó—. ¿creías, vejestorio que ibas a salirte con la tuya? Almagro no contestó. Se limitó a mirar a su enemigo con ojos velados por la fiebre y el dolor. —¡Encerradlo con grillos y cadenas en el mismo lugar donde estuvo yo! —gritó Hernando —También tenemos a su hijo —dijo Fuentes. —¡Magnífico!, ¡encerradlo con su padre!
Pocos días más tarde, Hernando dictaba sentencia de muerte contra Almagro. El licenciado Felipe Gutierrez le advirtió que estaba cometiendo una equivocación. —Sólo el rey tiene autoridad para castigar a uno de sus gobernadores —le advirtió—. Podéis estar buscándoos problemas. Hernando, enojado, le despidió con malos modales. —¡Dejadme a mí preocuparme de mis negocios. Ocupaos vos, de los vuestros! Aunque Hernando había preparado una ejecución pública, su hermano Gonzalo le advirtió del peligro que aquello representaba. —Se están juntando muchos amigos y partidarios del viejo en las calles —le dijo—. Podría ocasionarse un intento de sublevación si le sacamos afuera. Hernando se acarició la barba. —Está bien —cedió—. Le daremos garrote aquí en la prisión. Luego sacaremos el cuerpo a la plaza para cortarle la cabeza. Instantes después, sentaron al débil Almagro en una silla, sujeto entre dos soldados, mientras el verdugo le pasaba un lazo al cuello. Insertó luego un palo entre el lazo y la garganta y lo hizo girar rápidamente haciendo torniquete. Las vértebras se rompieron con un crujido escalofriante y la cabeza del viejo gobernador cayó a un lado, roto el cuello. A continuación, sacaron el cadáver a la plaza, donde se le cortó la cabeza, mientras se leía el pregón habitual: ¡Ésta es la justicia que manda hacer Hernando Pizarro, en nombre del Rey, a los que se rebelan contra el poder legítimo!
Francisco Pizarro estaba en Abancay cuando le comunicaron lo que acababa de ocurrir en el Cuzco. —¡Almagro ha sido ajusticiado! Pizarro tiró de las riendas y se quedó mirando al mensajero con ojos desorbitados mientras el color huía de su rostro. —¡Diego… ajusticiado…! ¡Dios mío…! —balbuceó. Un nudo se formó en la garganta del Gobernador mientras unas lágrimas furtivas resbalaban por sus mejillas. —¡Cuéntame…, cuéntame lo ocurrido! Según iba el emisario dándole cuenta de los hechos acaecidos últimamente, el dolor que traspasaba el corazón de Pizarro fue en aumento. No pudo evitar que sus pensamientos volvieran atrás, a los tiempos felices en los que los dos socios disfrutaban de una vida cómoda en su hacienda en Panamá. Diego de Almagro, de cuerpo ruin, pobre y abandonado como él, por la fortuna, se había elevado por su propio esfuerzo y con una voluntad de hierro. A pesar de haber perdido un ojo en las campañas iniciales, era valiente y animoso en la guerra, generoso y espléndido en la paz. Pizarro se mordió los labios pensando en la muerte infame que habían dado a su socio, cuando su ya quebrada naturaleza, apenas le mantenía con una chispa de vida.
Hernando se movió inquieto en la repujada silla en la que estaba sentado. —Algunos de sus hombres se preparaban para liberarle —mintió—. Además, le hice un juicio justo. Hay más de dos mil folios escritos sobre el mismo… —¡Un juicio justo…! —exclamó irritado Francisco Pizarro—. ¡Dos mil folios…! ¡Por todos los santos!, ¿cómo vamos a responder, primero ante el rey, segundo ante su hijo, y tercero ante la historia?, ¿cómo puedo justificar semejante acción?, ¡mandar ajusticiar a mi socio…! Bien es verdad que tuvimos nuestras disputas, quizá nuestras desavenencias, y, admito, incluso, que tuvimos que luchar contra sus hombres…, pero de ahí a mandar dar garrote a mi viejo amigo… Eso es algo que no puedo concebir. —Hernando se defendió como un jabalí herido. —¡Recuerda que tú mismo ordenaste dar garrote a Atahualpa! —Lo recuerdo muy bien —bufó Francisco—, y bien que me arrepiento de ello. No debí hacer caso a los que me aconsejaban que lo matara. De todas formas, el caso era muy distinto. Estamos hablando aquí de un gobernador nombrado por el rey y de una disputa sobre un territorio que debía resolver la Corona. —Ese hombre nos habría causado muchos disgustos en el futuro —replicó Hernando. Francisco se llevó las manos a la cara. —¡Por todos los santos!, ¿qué digo yo a su hijo ahora…?, ¡apenas hace unos días le prometí que no le pasaría nada a su padre…!
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