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CAPÍTULO 1 DEL LIBRO DE EDWARD ROSSET “EL MAPAMUNDI”

 

                   

 

Cosa 1                    El Mapamundi

 

 

La Batalla de Guinea

 

—¡Largad  el juanete! ¡Sacad el botalón!

Pedro de la Cosa vio, con el ceño fruncido, cómo, siguiendo sus órdenes, algunos de los veinticinco marineros y doce grumetes que tripulaban “La Gallega” trepaban ágilmente por las jarcias, unos para soltar los cabos que sujetaban la vela sobre el mastelero de la mayor, otros para sacar, por la proa, el bauprés y su pequeña vela que llamaban cebadera.

El cántabro sabía que con ello no iba a aumentar mucho la velocidad de la nave, pero en un combate naval era trascendental ganarle el barlovento al enemigo, y para ello había que emplear hasta el último palmo de velamen disponible.

El casco sufrió un estremecimiento tras el desplegue del nuevo trapo.

—¡Templad más la contrabraza del trinquete! —rugió el contramaestre.

A lo lejos, se podía divisar perfectamente el contorno de las doce naves que componían la escuadra portuguesa de Fernán Gómez. Estaba claro que los lusos estaban decididos a defender las islas de Cabo Verde. El combate se presentaba duro, pues, aunque los barcos españoles sumaban quince, todo dependía del potencial de fuego de los portugueses. El viento sería un factor decisivo en la batalla.

A ambos lados de “La Gallega” las demás naves castellanas estaban también largando hasta el último palmo de velamen para coger velocidad, tal como estaban haciendo ellos.

Los marineros, sudorosos, con los torsos desnudos, subían descalzos por las jarcias o trepaban directamente por los flechastes, y, una vez arriba, caminaban descuidadamente por las vergas desatando nudos y desplegando las velas.

—¡Sacad los cañones!

Los cuatro bombarderos de a bordo estaban ya preparados, así que en cuanto oyeron la voz de su capitán, ayudados por marineros y grumetes, abrieron los pañoles y asomaron por ellos otras tantas pesadas bombardas, dos por cada lado. Otros marineros, mientras tanto, subían de la bodega dos espingardas y un falconete, así como seis arcabuces, picas y sables. También acarreaban, sudorosos, barriles de pólvora y cajas de pesadas bolas de hierro y piedra.

—¡Colocad las espingardas en la popa y el falconete en la proa! —gritó de la Cosa—. ¡Pedro, distribuye las armas!

El contramaestre, Pedro de la Villa, paisano suyo, asintió.

—¡Bien, capitán! —gritó.

Los hombres habían ya terminado con las tareas de desplegar el velamen y ahora se reunían en pequeños grupos en popa, junto a las brazas de mesana, hablando y mirando nerviosamente a los barcos que se aproximaban. La mayoría no había tomado parte en ningún combate naval, y éste sería para ellos su bautizo de fuego. Los veteranos, pavoneándose, les aconsejaban lo que tenían que hacer y cómo vérselas con el enemigo.

 

 

 

“La Gallega” avanzaba majestuosamente junto a la nave capitana de Carlos de Valera al encuentro de los portugueses. A ambos lados, iban carracas y carabelas, estas últimas más ágiles que la pesada nao que capitaneaba Pedro de la Cosa, pero mucho menos sólidas.

La escuadra española siguió avanzando hacia el enemigo. Aunque el viento se había mantenido inestable y cambiante, toda la mañana, en este momento soplaba a su favor y no les sería muy difícil flanquearles por barlovento con un poco de suerte.

 El comandante portugués, Fernán Gómez, ya se había dado cuenta de la situación y trataba desesperadamente de conseguir alguna ventaja para su armada pero no le iba a ser fácil.

El joven grumete, Juan de la Cosa, inmóvil en el castillo de popa, seguía atentamente las evoluciones de las dos escuadras. Apenas les separaba una milla. Ya se podía divisar, perfectamente, el velamen de las naves enemigas y ver a qué clase pertenecían. La mayoría eran carabelas redondas. Esto significaba que eran de pequeño tamaño, y, por lo tanto, tendrían pocos cañones. La mayoría de estas carabelas solía llevar una bombarda en cada lado, aparte de las espingardas o falconetes que podían disparar bolas de kilo y medio a quinientos metros.

A media tarde empezaron las primeras escaramuzas. Las primeras bolas de hierro cayeron cortas de sus objetivos. Los artificieros ajustaron el ángulo de sus lombardas y esperaron a que las distancias se redujeran. Cada uno de los barcos había elegido ya a su contrincante y se dirigía directamente hacia él.

El joven Juan de la Cosa veía a Pedro García Ruiz, el jefe bombardero ir de un cañón a otro para asegurarse de que estaban bien cebados los cuatro, que la pólvora estaba bien prieta y que la bola no se caería mansamente al agua. Para ello había que mantener la bambarda en un ángulo muy elevado para compensar el movimiento del barco.

El capitán de “La Gallega” también escuchaba atentamente las órdenes que gritaba su paisano, aunque tenía plena confianza en él. No en vano habían navegado tantos años juntos y habían hecho innumerables veces la ruta de Guinea.

—¡Disparad a las velas! —gritó desde el puente mando—. No queremos enviar su preciosa mercancía al fondo del mar.

Cuando la distancia se redujo a menos de quinientos metros, de la Cosa se dirigió al timonel.

—¡Preparado para girar! —gritó.

El timonel metido en su “caverna”, debajo del castillo de popa, no veía dónde empezaba el cielo abierto. Justo delante de él tenía la base del palo de mesana y una escalera que subía hasta la escotilla que llevaba a la cubierta superior. Desde esta cubierta le comunicaban las órdenes a gritos, y él tenía que guiar la nave fiándose sólo de la sensación de la barra del timón en sus manos y del movimiento del barco bajo sus pies.

—¡Cuando quieras, capitán! —contestó.

—¡Ciento ochenta grados a babor! —gritó el cántabro, al mismo tiempo se dirigió al contramaestre—. Pedro, mantén la nave al pairo… y preparaos para cambiar de amura.

El barco pareció pararse bruscamente entre las olas, al tiempo que presentaba las bocas de sus dos bombardas, apuntando al enemigo.

—¡Fuego a discreción!

Los dos artificieros de estribor aplicaron al unísono el fuego de sus antorchas a la pólvora de la recámara. ”La Gallega” trepitó bajo la sacudida de los dos cañonazos. Las bolas describieron un arco con un siseo y cayeron a ambos lados de la nave enemiga. El capitán portugués estaba tratando desesperadamente de buscar un poco de viento a favor para maniobrar, pero se veía obligado a orzar y navegar en bolina para ganar algo de maniobrabilidad. A duras penas consiguió presentar su amura de babor para poder usar su bombarda, cuando ya los artilleros de “La Gallega” habían cargado las suyas, uno con una bola de hierro y otro con metralla.

Los tres cañones dispararon su carga mortífera a la vez. La dos bolas de hierro se cruzaron en el camino cayendo ambas en el mar, pero la metralla de “La Gallega” dio de pleno en el velamen de su enemigo, produciendo grandes desgarrones.

—¡Bien! —gritó Pedro de la Cosa—. Ya los tenemos.

Si antes la situación del barco portugués era comprometida a causa del viento en contra, ahora, con la mitad del velamen en jirones, era desesperada.

Sin embargo, antes de que los castellanos pudieran beneficiarse de su ventaja, otro barco portugués se acercó por el lado de babor.

Los artificieros de esa amura no esperaron órdenes, dispararon cuando la nave enemiga estaba apenas a doscientos metros. Una de la dos bolas golpeó el casco, produciendo una pequeña vía de agua, pero que no ponía en peligro la nave. La otra destrozó las jarcias y el velamen del trinquete. A su vez, “La Gallega” recibió un impacto directo en la popa, a pocos metros de donde se hallaba el grumete, Juan de la Cosa.

Para ahora, los falconetes y las espingardas habían entrado en acción, en todas las naves y la batalla se había generalizado de tal manera, que cada cual disparaba a quien encontraba más cerca. El estruendo era ensordecedor.

Varias de las naves se habían abordado y se luchaba sobre las cubiertas con picas, sables y hachas.

A bordo de “La Gallega” no se cesaba de disparar. Los artilleros estaban ennegrecidos por la pólvora. El barco recibió otros dos impactos seguidos, no se sabía muy bien de dónde, y había varios heridos, pero en nada habían afectado los disparos a su maniobrabilidad. Su velamen seguía intacto.

—¡Capitán! Un barco intenta escapar.

Pedro de la Cosa siguió con la vista la dirección que apuntaba Pedro de la Villa.

—¡Vamos a por él! —gritó— ¡Timonel! ¡Un cuarto a babor!

La carabela portuguesa era, sin duda, mucho más ligera y rápida que la pesada nao con vela cuadrada de Pedro de la Cosa, pero había recibido una cañonazo en la línea de flotación por el que entraba abundante agua, además de tener parte del velamen desgarrado.

Durante media hora la carabela intentó desesperadamente la huida, pero, inexorablemente, “La Gallega” fue ganando terreno. Su costado de sotavento se hundía en el agua en un fragor de espuma.

—¡Colocad los falconetes en proa!

El intercambio de bolas de kilo y medio no hizo gran daño a ninguna de las dos embarcaciones, pero un vez que “La Gallega” ganó el barlovento a la carabela portuguesa y sus dos lombardas comenzaron a lanzar sus proyectiles, la cosa cambió, sobre todo, cuando una de las bolas acertó en la cofa del trinquete, viniéndose abajo el mastelero con todo su aparejo.

—¡Hurra, capitán! ¡Voto al diablo que ya los tenemos!

Efectivamente, parecía que el capitán portugués estaba convencido de que más valía salvar la vida y perder el barco, que morir como héroes.

—¡Se rinden, capitán!

Pedro de la Cosa sonrió satisfecho al ver el trapo blanco que un marinero llevaba en la mano mientras trepaba por las jarcias. Instantes después, caían las velas, mientras los marineros se agrupaban a popa, junto a las brazas de mesana.

El capitán español se dirigió a su contramaestre.

—Encierra a los portugueses en la bodega —ordenó— y  envía una docena de los nuestros para que manejen la carabela.

Cuando los dos barcos regresaron al campo de batalla. Todo había terminado. Diez barcos habían caído en manos de los castellanos, uno había conseguido huir y otro se había hundido. En el lado español, media docena de naves estaban desarboladas y las demás presentaban diversos daños.

Carlos de Varela llamó a todos los capitanes a bordo de su nave.

—Nos dirigiremos a las islas de Cabo Verde para reparaciones —dijo—. Con estos diez barcos cargados hasta los topes y el botín que podamos conseguir en las islas creo que no nos hará falta bajar hasta Guinea como habíamos previsto.

—¿Qué haremos con los prisioneros? —preguntó uno de los capitanes.

—Dejaremos en las islas a los marineros y nos llevaremos a España a los capitanes y pilotos.

 

 

La llegada de la armada española en la isla de Antonio de Cabo Verde fue recibida con la consiguiente alarma por la población portuguesa, y, mucho más, al ver que traían con ellos diez barcos portugueses capturados. Pero poco era lo que los pacíficos isleños podían hacer contra quinientos hombres armados. Tuvieron que contemplar impotentes cómo los castellanos allanaban sus moradas, se apoderaban de todo lo que podían conseguir de valor y llenaban sus barcos con lo que ellos atesoraban en sus almacenes: maderas nobles, brasil, especias, herramientas, armas, barricas de vino, queso…

Además, los españoles capturaron a Antonio de Noli, descubridor de las islas y ahora gobernador de las mismas.

Por el contrario, la entrada de la flota española en Cádiz el 15 de junio de 1476 supuso un motivo de regocijo para la población. Agarrado a las jarcias de “La Gallega” saludaba a la muchedumbre el joven grumete Juan de la Cosa, sobrino del capitán de la nave.

 

 

Estaba claro que las contiendas con Portugal, por la posesión de las Canarias, se habían agudizado con la lucha dinástica sostenida por Alfonso V, el Africano con los Reyes Católicos. La fricción se había hecho muy frecuente en las costas de Andalucía cercanas a la raya portuguesa. A ello se unía el tráfico clandestino a Guinea, en el cual eran maestros los marinos de Palos y del Puerto de Santa María.

El rey Fernando había acudido a todos los medios para lograr la supremacía en el mar, y ya el año anterior había organizado una flotilla en las costas de Valencia al mando de Álvaro de Nava. En aguas andaluzas ahuyentaron al pirata portugués Alvar Méndez, que había llegado con sus naves al Guadalquivir. Nava, con su flotilla, remontó el Guadiana y destruyó a sus adversarios.

No mucho después, se armó una flota de treinta carabelas para emprender una expedición a Guinea. En ella participaron los marinos de Palos y del Puerto de Santa María. En aguas de Gibraltar se trabó un combate entre una flota castellana y unas embarcaciones portuguesas que llegaban de Oriente.

Formaban la escuadra de Castilla unas naves vizcaínas, mandadas por Juan de Mendaro, y otras andaluzas, a las órdenes de Carlos de Valera. La mayoría eran carabelas.

En realidad, carabelas eran las naves que Enrique de Portugal había enviado desde el puerto de Sagres, para explorar hacia el sur, a lo largo de la costa africana. Posiblemente, la mayoría de los barcos que se desplegaban a un par de millas para hacerles frente, lo fueran. Se trataba de embarcaciones pequeñas, lo suficientemente ligeras como para poder manejarse a base de remos cuando hacía falta, y en cuya cubierta se podían almacenar al menos cuatro largos remos, cada uno de los cuales era manejado por cuatro hombres. Para hacerlo tenían que caminar hacia delante y hacia atrás sobre la cubierta.

Estas carabelas rara vez tenían elevados castillos de proa o popa, ya que las estructuras un poco altas estorbaban el movimiento de las velas. En cuanto a los obenques, seguían el trazado obligatorio en las carabelas: iban directamente a la cubierta principal donde se sujetaban con cordajes.

La carabela tenía muchas ventajas: el diseño del casco mantenía las cualidades de las buenas barcas de pesca, y se podía utilizar sin que importara el tiempo que hiciera: tenía poco calado, era resistente y al mismo tiempo, ligera, fácil de manejar y rápida incluso con el viento en cara. Era una nave ideal para la exploración de costas.

Algunas carabelas llevaban velas latinas, otras las llevaban cuadradas, ambas tenían sus pros y sus contras. Cuando había que cambiar de amura en un barco de vela latina, la tripulación no lo tenía nada fácil: no solamente había que hacer girar tanto la vela como la verga alrededor del palo, sino que, además, había que cambiar de sitio todos los obenques.

Por su parte, un barco que llevara la vela cuadrada —puesta a lo ancho de la embarcación—, no podía aprovechar los vientos tan bien como otro que llevara las velas latinas, pero para cambiar de amura lo único que había que hacer era mover la vela por medio de cordajes. A causa de ello, muchos capitanes habían decidido adaptar la carabela para combinar la vela cuadrada y la latina, y el resultado había sido la llamada, carabela redonda.

Al añadirle esta nueva vela, el palo del trinquete se desplazaba hacia la proa, y entonces hubo que añadir un bauprés para sujetar un estay de trinquete que mantuviera firme el palo, y al que se sujetaban también las bolinas que mantenían el borde de la vela en la posición adecuada para aprovechar el viento.

 

 

Por aquella época se había publicado una real célula de Isabel la Católica, expedida en Valladolid el 19 de agosto de 1475, referente a Guinea.

“Bien sabedes o debedes saber, que los reyes de gloriosa memoria, mis progenitores, de donde yo vengo, siempre tovieron la conquista de las partes de Africa y Guinea, e llevaron el quinto de todas las mercaderías que de las dichas partes de Africa e Guinea se resgataban, fasta que nuestro adversario de Portogal se entremetió en entender, como ha entendido e entiende, en la dicha conquista e lieva el quinto de las dichas mercaderías por consentimiento quel señor rey Enrique, mi hermano, que haya santa gloria, le dió para ello, lo cual ha sido y es un gran daño e detrimento de los dichos mis reinos e de mis rentas dellos, e porque yo entiendo provar e remediar cerca dello, e tomar e reducir la dicha conquista, e la apartar del dicho adversario de Portogal, e de facer e mandar facer guerra e todo el mal e daño, como adversario, por cuantas vias e maneras, asimismo aplicar el dicho quinto a mis rentas”.

Tal era el clima bélico de aquel momento. El documento era una invitación o aliento a sus vasallos para que se lanzasen a los mares de Guinea en busca de presas de las que el real tesoro cobraría un quinto de los preciados rescates.

Más significativo era todavía otro privilegio concedido por los reyes, en Toro, el 6 de diciembre de 1476, en virtud del cual se daba a Luis González, su secretario, el oficio de escribano mayor de todas las carabelas o de cualquier navío que fuese a los rescates de Guinea, e aun adelante de Sierra Leona”.

El documento, en cuestión terminaba con un pasaje.

“…mandamos que esta nuestra carta se pregone públicamente en los lugares acostumbrados de las cibdades de Sevilla e Jerez e Cádiz, e en las villas de Sanlúcar de Barrameda, e del Puerto de Santa María e Palos e de Huelva”.