VOLVER

Balboa 1                                                                                                 

La expedición de Bastidas

 

 

El viento soplaba cada vez con más fuerza mientras el mar rugía embravecido alrededor de las dos pequeñas naves. Para mediodía, el fuerte viento del norte se había transformado en una violenta galerna con peligro para todo el aparejo.

—¡Arriad la mayor!

La tripulación se apresuró a cumplir la orden del capitán de la “Santa María de Gracia”, al tiempo que la nao se colocaba de bolina.

—¡Fuera la mesana!

Reinaba la oscuridad a pesar de que apenas eran las doce del día. Una fría lluvia azotaba implacable a los marineros en las drizas. El grito esporádico del timonel rompió a través del fuerte viento: ¡Guarda! ¡Guarda!

El costado de sotavento se hundió en el agua con un fragor de espuma.

Era la primera tormenta con la que se enfrentaba la expedición desde su salida de Canarias.

A simple vista se podía apreciar que había dos clases de hombres a bordo: los marineros, que caminaban con soltura, acomodándose a los vaivenes del barco, y los hombres de tierra, que eran derribados una y otra vez, aferrándose con desesperación a obenques y escotas.

La tarde transcurrió bajo un fino velo de lluvia que cubría los barcos y empapaba la trinqueta, única vela todavía desplegada.

No había sitio donde guarecerse de los elementos y los hombres que estaban libres de servicio se acurrucaban como podían en el castillo de popa. Desde allí podían oír los aterrorizados relinchos de los caballos en la bodega, cuando eran lanzados a un lado y a otro de la bamboleante nave.

A media tarde, el viento amainó y el cocinero, un grueso portugués con ronchas de grasa en la cintura y cuello de toro, preparó una comida fría: nadie comería caliente hasta después de la tormenta. Se repartió un trozo de pan, queso, higos y un cuartillo de vino.

Los marineros devoraron su ración mientras que casi todos los hombres de armas tenían el estómago demasiado revuelto para probar bocado. En realidad, los seis que viajaban en la Santa María de Gracia llevaban horas doblados por encima de la borda, arrojando la poca bilis que todavía quedaba en sus estómagos.

Entre ellos había un joven de veinticinco años, Vasco Núñez de Balboa, que de no haber sido por el color amarillento que cubría su rostro se podría llegar a la conclusión de que era un hombre apuesto. Poseía facciones agradables y sus ojos verdes estaban enmarcados en una frente ancha. Tenía una nariz recta y labios finos. Era rubio, casi pelirrojo, alto y gallardo.

Al igual que los otros hombres de armas embarcados en la expedición, Vasco ya se arrepentía de haberlo hecho. La sensación de mareo era tan grande que se sentía morir en aquella pequeña carabela. Y la vista de los marineros comiendo aquellas hogazas de pan duro con queso con tan buen apetito no le ayudaba en nada a paliar el horrible malestar.

No se podía imaginar cómo alguien era capaz de meter nada en el estómago. Él se juró a sí mismo que no volvería a comer en toda su vida.

Al anochecer, el viento cesó casi por completo y se produjo una calma inesperada. Las altas crestas de las aguas se transformaron, primero, en amplios valles profundos, y luego, gradualmente en un lago de increíble quietud.

—¡No os hagáis ilusiones! —dijo un viejo marinero, mostrando una boca desdentada—, no durará mucho —señaló el horizonte gris—. Esto es, sencillamente, el centro de la tormenta. La que se prepara es mayor que la anterior.

Las palabras agoreras del lobo de mar no contribuyeron para mejorar el ánimo de los soldados. Y menos aún cuando el capitán del barco se dirigió a la tripulación.

—Echaremos a suertes para ver quién cumple el voto —dijo.

Los soldados se miraron los unos a los otros sin comprender. Sin embargo, los marineros asintieron. Uno de ellos, un joven imberbe con un bonete rojo, les explicó.

—Si salimos vivos de la tempestad —dijo—, el que saque el garbanzo negro tendrá que ir descalzo a la iglesia de Santa María la Antigua de Sevilla a poner unas velas a la Virgen —una por cada tripulante—, y deberá permanecer toda la noche rezando.

Vasco miró al capitán de la nave y de la expedición. Rodrigo Galván de las Bastidas, más conocido, simplemente, por Rodrigo Bastidas. Era un hombre de unos treinta y cinco años, más bien bajo, pero de complexión robusta. Llevaba en la mano un bonete lleno de garbanzos. Sacó uno y lo sostuvo entre el índice y el pulgar de la mano izquierda. Con la mano derecha tomó un trocito de carbón vegetal que le ofrecía uno de los grumetes y trazó en la legumbre una pequeña cruz.

Dejó caer el garbanzo junto a los demás y agitó la gorra para mezclarlos.

El bonete fue pasando de mano en mano, empezando por el mismo capitán. Al cabo de un momento, uno de los marineros agitó el garbanzo marcado en el aire.

—¡Me ha tocado a mí! —gritó. Hizo la señal de la cruz con él, lo besó y lo arrojó al mar.

A continuación, los marineros entonaron la Salve Regina. El coro de voces roncas y desafinadas se vio inmediatamente acompañado por el ulular del viento entre gavias, drizas y obenques.

Pero no hubo milagro. Si alguien esperaba que el canto a la Virgen apaciguara las aguas, se equivocó. Poco o poco, éstas se volvieron más bravías, los surcos en el mar más pronunciados y los movimientos más violentos.

En la otra nave, su capitán, Juan de la Cosa, estaba dando órdenes de cazar la trinqueta. Así, la San Antón quedaba enarbolando solamente la vela de abanico, familiarmente conocida como cebadera:  era una pequeña vela sujeta al bauprés —palo que se proyectaba de la proa como un ariete —y que ayudaba a mantener el rumbo, sin que la nave sufriera la terrible presión del fuerte viento en los palos y ende en la estructura de la nave.

Rodrigo Bastidas imitó a su amigo y dio órdenes para recoger la vela del trinquete. Sólo restaba dejar que la nave corriera delante del viento casi sin velamen. El barco quedaba ahora en manos del timonel, quien, metido en una especie de cueva, debajo de la cubierta superior de popa, iba completamente separado del resto de la nave. Desde su ‘caverna’ ni siquiera se veía dónde empezaba el cielo abierto, pues justo delante tenía la base del palo de mesana, la brújula y una escalera que subía hasta una escotilla que llevaba a la cubierta superior.

Desde allí, el piloto o capitán le comunicaba las órdenes a gritos, y el encargado de la gruesa barra del timón tenía que guiar el barco fiándose solamente de la sensación de la gruesa barra en sus manos y del movimiento del barco bajo sus pies.

En principio, las naves estaban diseñadas para navegar con el viento de popa. Eso quería decir que cuanto más fuerte soplara el viento, más altas serían las olas en la popa, y mientras que al subir el agua, el timón quedaba sumergido, al retirarse las olas, tres cuartas partes del mismo quedaban, de repente, al aire.

Por otro lado, las olas rompían contra el timón dándole unos golpes tremendos que podían mandar al timonel dando tumbos hasta el otro extremo de la cubierta. Para evitar eso y para mantener siempre controlada la caña del timón, se había diseñado un sistema de poleas y cordajes que la sujetaban a medida que aumentaba la fuerza del agua. El timonel controlaba la tensión del cordaje de guía moviendo la polea central a lo largo del palo de la caña.

También se colocaban otras sogas auxiliares en el exterior del casco, que evitaban que el timón girara más de 60 grados y, además, lo sujetaban en caso de que se saliera de las bisagras.

La noche fue interminable para los que sufrían su primera tempestad. Aquellos hombres, poco acostumbrados a ver el escalofriante espectáculo de unas ingentes montañas de agua, creían aterrados que había llegado su última hora. Olas tan altas como casas se cernían sobre sus cabezas y agitaban las pequeñas naves como si fueran cáscaras de nuez.

Un amanecer titubeante trajo consigo una pequeña mejoría del tiempo. Las olas dejaron de tener el tamaño del palo mayor para convertirse en largas rampas onduladas que hacían cabecear a los barcos menos intensamente. Aunque la tempestad les había separado durante la noche, todavía estaban al alcance de la vista la una de la otra.

Juan de la Cosa ordenó izar la trinqueta, no tardando el capitán de la Santa María de Gracia en imitarle.

A pesar de no haber tenido desplegado velamen alguno, los barcos probablemente habían avanzado más de treinta leguas en las últimas veinticuatro horas, impulsados por el viento del este.

Vasco Núñez de Balboa comenzó a sentirse algo mejor. Al menos no tenía tantos deseos de morirse como el día anterior. Con un poco de suerte, quizá sobreviviera.

Aunque todavía el pensamiento de la comida le hacía sentir arcadas, al menos, la cabeza no parecía que le fuera a estallar de momento. Sentado sobre el pequeño baúl en el que tenía todo lo que poseía en el mundo, Vasco contempló con envidia a los marineros y grumetes trepar ágilmente por las jarcias e izar la vela de proa que, por lo visto, era la que llamaban ‘trinqueta’. Casi inmediatamente, la nueva superficie se tensó y el barco sintió un nuevo empuje hacia delante.

Mientras los marineros maniobraban las velas, un individuo de unos cuarenta años,  alto, huesudo, con barba descuidada se acercó a la proa con una madera atada a un largo cordel en la mano. Vasco le conocía, era Andrés de Morales, piloto de Huelva.

Vio cómo el piloto arrojaba la madera al agua al tiempo que daba la vuelta a un pequeño reloj de arena para controlar el tiempo que tardaba aquel objeto flotante en recorrer la longitud del barco. Vasco ya le había visto hacer esa misma operación varias veces y sabía que era la manera que tenían los marineros de calcular la velocidad de la nave y la única forma de medir la longitud, es decir, la distancia que el barco recorría de este a oeste. Como nadie sabía cuál era la circunferencia de la tierra, los cálculos eran bastante erráticos. Cuando, una vez al día, se juntaban los pilotos y los capitanes, para determinar la distancia recorrida por el barco y su situación, los cálculos que habían llevado a cabo cada uno individualmente eran muy diferentes y pocas veces se ponían de acuerdo.

Por fin, Morales terminó de hacer sus números y sacó un astrolabio de un estuche. Miró a su alrededor y se dirigió a uno de los grumetes que estaba encaramado en las jarcias.

—Luis —gritó—, échame una mano con esto.

El joven grumete, de apenas trece años de edad, saltó sobre cubierta con agilidad y se abrió camino sobre los obstáculos que la inundaban: rollos de cuerda, remos, velamen, cubos, baúles y arcones.

Vasco les vio dirigir el pequeño telescopio hacia un sol débil que se reflejaba entre nubes. Con el astrolabio se solía calcular la latitud, es decir, la distancia hacia el norte y hacia el sur, por medio de la estrella polar, pero cuando esto no era posible debido al mal tiempo, se trataba de llevar a cabo la medición durante el día, mirando al sol —si se dejaba ver. Los capitanes llevaban un libro que indicaba la altura del astro solar sobre el ecuador, a mediodía, durante todos los días del año y con cuatro años de antelación. Así, si se conseguía calcular la altura del sol al mediodía, con las tablas se podía averiguar a qué latitud se encontraban.

Sin embargo, Vasco había oído de las dificultades con las que se topaban los marineros. Si ya era difícil de calcular la altura de la Estrella Polar, calcular la del sol lo era mucho más. Para empezar, sólo se podía medir en un momento determinado, justo al mediodía, que era cuando estaba más alto. Además, no se podía mirar directamente al astro, ya que de hacerlo el observador se habría quedado ciego y aunque a veces se utilizaba un trozo de cristal ahumado para ponerlo en la mira, tampoco ése era un buen sistema. Normalmente lo que se hacía era sujetar un papel detrás del astrolabio, y cuando éste se encontraba alineado con el sol, entonces aparecía sobre el papel un punto de luz brillante. No obstante, la lectura tampoco resultaba muy exacta, y, como además, el sistema de medición del tiempo tampoco era demasiado perfecto, tenían que empezar a observarlo antes del mediodía e ir leyendo a medida que el sol iba subiendo hasta que llegaba al punto más alto y empezaba a descender.

Por fin, el piloto pareció satisfecho de los cálculos y guardó el astrolabio con mucho cuidado en una caja de madera que metió en un arcón, junto al timonel.

Aquella zona, la única relativamente seca del barco, la compartía con el contramaestre.

El joven Vasco Núñez de Balboa cerró los ojos al tiempo que sacudía la cabeza. Definitivamente, no se haría marinero. Él necesitaba tierra sobre la que andar, montañas que cruzar y ríos que atravesar. El estar encajonado en una cáscara de nuez como aquella, a merced de los elementos no era lo suyo.

Su mente retrocedió hasta Jerez de los Caballeros, en Badajoz. Allí había nacido hacía veinticinco años, en la casa solariega de los Balboas. Sus antepasados, hidalgos de alto linaje habían luchado contra los moros durante muchas generaciones. Sus brazos y sus espadas siempre habían estado al lado del rey de Castilla de turno, hasta que un día los musulmanes capitularon ante el empuje de los Reyes Isabel y Fernando y, de repente, ya no había nadie contra quien luchar. Los hijosdalgos se encontraron sin trabajo.

Los Balboa no eran ricos. Su forma de vida, como la de otros muchos hidalgos, había sido siempre la guerra, en donde podían conseguir un buen botín después de una batalla. En tiempos de paz no les era fácil conseguir dinero. Sus tierras eran áridas y no había agua para regarlas. Sólo el pastoreo les proporcionaba una magra fuente de ingresos que apenas les daba para vivir.

La familia Balboa era de origen gallego. Había sido, antaño, rica y poderosa y por sus venas corría sangre de los reyes godos y de la casa real de León. En tiempos del gran adelantado Garci Rodríguez de Valcárcel y Balboa, y durante un siglo después, había habido prelados y ministros que habían moldeado la historia con sus propias manos. Sin embargo, en los tiempos actuales la mayor parte del primitivo lustre estaba empañada. La familia carecía ya de fuerza e influencia.

Lo mismo que sus tres hermanos, Juan, Álvaro y Gonzalo, Vasco había entrado joven a servir como paje de uno de los señores locales. En su caso había sido don Pedro de Portocarrero, señor de Moguer.

Si bien, había estudiado latín y griego, matemáticas y gramática, en lo que verdaderamente destacó Vasco era en el manejo de la espada. La esgrima era su pasión y llegó a ser tal el dominio que adquirió sobre el florete, el sable, el estoque o la tizona que pocos eran los que le aguantaban más de un asalto.

Mirando hacia atrás, Vasco pensó en su niñez. Apenas recordaba a su madre, pues había muerto cuando él era todavía muy niño. A su padre, Nuño Arias de Balboa, por el contrario, lo tenía muy presente en su memoria. Era alto, seco y con ojos duros como el acero. Como buen soldado había educado a sus hijos en la misma disciplina y régimen militar en que su propia vida había transcurrido. No se había vuelto a casar, por lo que muy pocas mujeres habían entrado en la infancia de Vasco.

Como era el menor de cuatro chicos, su existencia siempre había estado envuelta en luchas y peleas de las que, al principio, siempre llevaba la peor parte. No obstante, de ello sacó un buen provecho, pues pronto aprendió a defenderse y aguantar las palizas y burlas de sus hermanos mayores.

Una vez, a los cuatro años, acudió a su padre, llorando, en busca de justicia. Gonzalo le había robado su espada de madera y no quería devolvérsela.

Su padre le miró fríamente.

—Vasco —dijo—. No me vengas con lloriqueos. En esta vida tendrás que aprender a defender lo que es tuyo. Si no lo haces lo perderás. Así es la vida de dura. Yo no estoy dispuesto a mediar entre vosotros. Cada cual tendrá que apañarse como pueda.

A partir de aquel día, Vasco había aprendido a buscar alianzas. Unas veces se aliaba con Juan contra Álvaro y Gonzalo. Otras lo hacía con Gonzalo contra Juan y Álvaro. Pronto supo que cuando se quedaba solo y los tres hermanos se metían con él, la vida podía ser miserable, así que procuraba siempre buscar la protección y ayuda de un aliado, aunque ello le costara sacrificar una manzana o un juguete.

Cuando a los once años, Vasco entró al servicio de Pedro de Portocarrero su vida cambió radicalmente. Los Portocarreros vivían en un pequeño palacio en Badajoz, en lo que se podía considerar una pequeña corte.

Don Pedro era un hombre corpulento de cincuenta años con tez rojiza y ojos inyectados en sangre. Un enorme mostacho bordeaba el labio superior de una boca fina y firme. El mentón estaba cubierto con una perilla recortada cuidadosamente.

Su esposa, Adriana, era todo lo contrario que su marido. Pequeña, escurridiza, de tez pálida y cubierta de maquillaje y aceites.

No tenían hijos por lo que habían recurrido a crear una corte pueblerina, animando su vida con la presencia de jóvenes pajes y doncellas en su entorno.

Cuando Vasco llegó al palacete por primera vez, se encontró que tenía que convivir con media docena de pajes de todas las edades. Afortunadamente para él, el duro aprendizaje que había recibido en su casa le valió para defenderse en su nueva vida. Y, aunque en la mayoría de las peleas salía mal parado, nunca se le pasaba por la imaginación quejarse a nadie. Se mordía los labios y se tragaba la amargura de las injusticias, esperando y rumiando el tiempo de la venganza.

Como paje, el joven Vasco Núñez de Balboa aprendió a comportarse en un ambiente refinado. No tardó en aprender danza y buenos modales. También consiguió fluidez en el arte de la palabra y la escritura.

A los dieciséis años, Vasco recibió su iniciación en el ritual del amor. Fue de manos de una criada que le llevaba diez años. Era voluptuosa, morena de un pelo largo y suave. Se llamaba Ana. Su saya blanca marcaba una cintura estrecha que contrastaba con un corpiño que mostraba generosamente, la parte superior de sus pechos. Por lo que se podía adivinar, eran unos senos blancos, turgentes, y que hacían que a Vasco se le secara la boca cada vez que pensaba en ellos.

Nunca había visto a una mujer desnuda y su joven imaginación apenas conseguía proporcionarle un atisbo de lo que podía ser el cuerpo femenino, basándose, solamente,  en lo que los chicos mayores le habían contado.

Pero aquel día, Vasco lo averiguó.

Habría sido difícil saber si el encuentro fue casual, pero poco importaba. Ocurrió en la cocina. Vasco había ido en busca de una manzana. Ana estaba terminando de limpiar el suelo. Se hallaba de rodillas y la postura era propicia para que el joven viera una porción mayor de lo habitual de su pecho.

Ambos se quedaron mirando mutuamente. La joven se apercibió de la dirección de la mirada de Vasco y no hizo nada por ocultar sus encantos, más bien al contrario, se inclinó un poco más, al tiempo que observaba al joven de reojo. Era divertido ver cómo el joven trataba de encontrar saliva en una boca reseca.

Además, Ana desde su posición podía percibir claramente el bulto que se había formado en la entrepierna del joven. Se levantó despacio, con estudiada lentitud, a muy poca distancia de donde se hallaba Vasco, que se había quedado petrificado. La respiración del joven se había vuelto afanosa y entrecortada.

—¿Deseáis algo, mi joven señor? —dijo Ana inclinando la cabeza y mirándole de reojo.

Vasco pasó la lengua por unos labios resecos.

—Una..., una manzana... —consiguió balbucear.

Ana señaló por encima del hombro del joven.

—Están allí —dijo.

Al tiempo que hablaba se inclinó hacia delante para coger una. Al hacerlo rozó con su pecho el brazo de Vasco. Éste sintió que un estremecimiento le recorría la espina dorsal. Aquella sensación era increíble. Nunca había sentido nada parecido. Sin poderse contener atrajo hacia sí el cuerpo de la doncella. Ésta no opuso resistencia. Vasco, tembloroso, introdujo la mano en su corpiño palpando un seno de una suavidad increíble.

Ella le hizo agacharse detrás de los fogones. Vasco no estaba muy seguro de qué había que hacer en ese momento, pero ni siquiera llegó a averiguarlo pues tal era su excitación que de repente sintió como si algo explotase en su cabeza y un líquido pegajoso mojó sus calzones antes de que pudiera quitárselos.

A partir del primer fiasco, su aprendizaje fue rápido. Ana era una experta en la materia y enseñó al joven todos los trucos que sabía, que no eran pocos.

A Ana le siguieron Lucía, María, Gertrudis y otras sirvientas del palacio: lavanderas, planchadoras, proveedoras de verduras..., cuyos nombres Vasco ya no se acordaba. Las únicas que se le resistían algo más eran las damas de compañía de la señora del castillo. Ellas no caían tan fácilmente, pues su futuro dependía en gran parte, de su virginidad. Muchos caballeros no aceptarían a una doncella por esposa si no iba al altar sin tacha.

Sin embargo, había medios para evitar la desfloración de una doncella... y la excitación de llevarse a una joven virgen al huerto compensaba con el inconveniente de retenerse y evitar la penetración.

Para los veinte años, Vasco era un experto en mujeres, desde prostitutas de taberna hasta doncellas quinceañeras. Para los veinticinco, el sexo había perdido gran parte de su atractivo. La vida ya no le proporcionaba las emociones que le habían supuesto los primeros encuentros a escondidas con recatadas doncellas. Cada vez buscaba más excitación y esto solo lo encontraba en riñas taberneras y duelos, a menudo, ocasionados por el exceso de vino.

Fue en aquel momento cuando llegó a sus oídos que se estaba preparando una expedición a las tierras recién descubiertas por Colón. La expedición estaba siendo organizada por Rodrigo de Bastidas y por Juan de la Cosa. Este último era famoso por el mapamundi que acababa de dibujar de las nuevas tierras y que había dado a los reyes.

No le sería difícil a Vasco Núñez de Balboa conseguir que le dieran oportunidad de zarpar con la expedición. Un joven experto con la espada vendría bien a cualquier empresa en los nuevos territorios.

 

 

Rodrigo Galván de las Bastidas contempló desde el puente de mando de la Santa María de Gracia, la popa de la nave de su viejo amigo Juan de la Cosa. Mientras lo hacía, a su mente acudieron memorias lejanas y recientes.

Recordaba las calles polvorientas del barrio de Triana donde había transcurrido su juventud; las peleas con los chicos de su edad. Luego vendría el aprendizaje con su padre, primero de las letras y números, luego de los intríngulis del comercio. Su primogenitor nunca había hecho dinero, pero había conseguido que su familia tuviera lo suficiente para vivir. Los Galván compraban lana en los pueblos de Extremadura como Trujillo, Don Benito y Medellín y la vendían en Sevilla a un precio ligeramente más alto. Esa diferencia les proporcionaba suficiente dinero como para no pasar hambre. Una vez al año, en el puerto se embarcaba la lana para países como Holanda y Dinamarca donde se cardaba, batanaba y tejía, produciendo las telas que luego se volverían a exportar a España y Francia a un precio muchísimo más alto.

Rodrigo había tenido una mocedad borrascosa. Durante un año había estudiado en Salamanca hasta que consiguió que le echaran a causa de su fama de espadachín y pendenciero. Le gustaba tocar la guitarra y se entregaba a fáciles amores.

Se pasó la mano por la cara. En ella, medio oculta por la barba se conservaban rastros de añejas pendencias. Sin embargo, los años habían transformado su carácter completamente, y de movedizo y pendenciero se había convertido en apacible y tranquilo.

Bastidas había embarcado con Colón en su segundo viaje como escribano, pero pronto vio que podía ganar mucho más dinero comerciando en La Española que rellenando interminables documentos oficiales. Los colonos carecían, prácticamente, de todo y estaban dispuestos a pagar, por cualquier cosa, el doble de lo que valía en España.

Durante cinco años, Bastidas les proporcionó desde ropa y calzado hasta ollas y mosquetes. Al final de este tiempo, el de Triana había amasado una pequeña fortuna.

Sin embargo, muy dentro de sí tenía la intención de aumentarla, sobre todo, desde que se enteró de las riquezas de Paria por los marineros que habían acompañado a Colón a esa zona. Aquel viaje había supuesto el descubrimiento del nuevo continente y le había proporcionado al Almirante ingentes cantidades de perlas y oro..., que, por cierto, había ocultado a la Corona.

Cuando Bastidas propuso a Juan de la Cosa partir con él en un viaje a Paria, el de Puerto antes de contestar, le hizo entrar en una habitación, donde un enorme mapamundi, casi terminado, estaba extendido sobre una mesa.

—¿Qué os parece? —preguntó Juan de la Cosa.

Bastidas se acercó al mapa. Era un rectángulo de unos cinco pies de ancho por tres de alto. No había duda de que era un mapamundi, pues abarcaba todo el mundo conocido, aunque no estaba dibujado a escala. Las tierras recién descubiertas tenían más relevancia.

—¡Dios del cielo! —exclamó—. Es verdaderamente maravilloso! ¿Qué piensáis hacer con él?

—Es para los Reyes —respondió el de Puerto.

Bastidas leyó lo que había escrito Juan de la Cosa en la parte inferior:

“Juan de la Cosa la fizo en el Puerto de Santa María en anno de 1500.

En la línea del eje había una gran rosa de los vientos, de donde partían dieciséis arrumbamientos, siendo notable que el centro de la rosa estuviera adornado con una imagen de María, que no era obra del dibujante de la Carta, como la de San Cristóbal, sino que estaba cortada de un grabado y pegada sobre el pergamino.

La rosa de los vientos, la imagen postiza de la Virgen con el Niño y los ángeles laterales se hallaban en el eje, en un sitio estratégico y simbólico, en mitad del mar sobre el epígrafe vertical de Mare Oceanum. Todo ello estaba situado justo por donde habían navegado las tres naves al salir del puerto de Palos.

El dibujante había hecho gala de su fantasía en los pasajes de tierra adentro que podía llenar sin entorpecer la atención del marino que buscara arrumbamientos y distancias. En la situación de capitales importantes, de los puertos más concurridos o de las fortalezas reputadas, había pintado catedrales, torres, mares y castillos. En cada reino había estampado al soberano vestido de sus atributos, sin olvidar en el centro de Asia a los tres Reyes Magos a caballo. A lo largo de las costas había indicado con Céciro, la dirección de los vientos reinantes. Carabelas y naos estaban retratadas según su nacionalidad respectiva y se había valido de las banderas para especificar la pertenencia o posesión de los puertos y de las islas.

Bastidas se fijó que las banderas plantadas en todas las islas y tierras descubiertas eran acuarteladas, rojas y blancas, con los castillos y leones.

—También habéis puesto reyes en África —comentó.

Juan de la Cosa asintió.

—He puesto dos reyes de Etiopía, uno en el centro del continente africano y otro más occidental, cerca del golfo de Guinea. También he colocado la imagen del preste Juan en su lugar aproximado. Y no lejos de la costa oriental de África veréis un Rey sarraceno.

—Habéis dibujado Cuba como una isla —comentó Bastidas—. ¿No es eso una contradicción cuando vos mismo jurasteis y firmasteis que era parte del continente?

Juan de la Cosa se encogió de hombros.

—Aquello fue una absurda obligación que nos impuso Colón. Nos jugábamos la vida.

—¿Y estáis seguro de que es una isla?

—Sí. Varios capitanes han dado ya la vuelta. Nadie duda que lo es.

Bastidas volvió a centrar la vista en el mapa. Visto desde lejos parecía una tela de araña. A distancias prudenciales, Juan de la Cosa había colocado rosas de los vientos muy características de aquellos mapas, siete pequeñas y una grande. Aquellas rosas de donde partían las rayas o líneas que se entrecruzaban con otras se les llamaba ombligos.

La ausencia de paralelos no era absoluta, pues se hallaban dibujados el Ecuador y el Trópico de Cáncer. Había, asimismo, algún meridiano.

—Si habéis terminado de examinar el mapa —dijo Juan de la Cosa—, os invito a un vaso de vino mientras mi mujer prepara algo para comer...

No fue hasta después de los postres cuando los dos hombres se retiraron a charlar, que Bastidas abordó el tema que le había traído a casa del cartógrafo.

—Seguí con mucho interés vuestro viaje con Ojeda —dijo—. Tuvisteis mala suerte.

Juan de la Cosa se encogió de hombros.

—Se nos adelantaron las carabelas de Niño, Guerra y Pinzón. Cuando llegamos no quedaba ni una mísera perla. En fin, —añadió resignado—, pagamos los gastos con lo poco que pudimos rescatar y algo sobró. Además, los Reyes quedaron satisfechos con la exploración y eso es importante.

—Y le dieron a Ojeda un territorio enorme para su gobernación...

—Sí, en Coquibocoa.

—Donde, según dicen, conseguisteis una serie de diamantes...

—Unos pocos, que se los regalamos a la Reina.

Bastidas echó un trago de vino.

—Donde hay unos diamantes se pueden encontrar más —dijo—. He conseguido una capitulación de la Corona para ir a descubrir, ¿os gustaría venir conmigo como socio y piloto?

Juan de la Cosa no respondió inmediatamente. Había hecho ya tres viajes a los nuevos territorios, dos con Colón y uno con Ojeda. De ninguno de los viajes había sacado gran provecho, como no fuera su conocimiento de la zona, lo que le había impulsado a dibujar el mapamundi.

En la actualidad, estaba contratado por la Casa de la Contratación como cartógrafo.

—Había pensado fundar una escuela de cartografía —dijo—, tal como existen en Barcelona y Baleares.

—Eso lo podéis hacer a la vuelta —dijo Bastidas—. Tenéis un barco, tengo entendido.

—Sí, pero lo tengo arrendado hasta octubre.

—Necesitaríamos dos naves —dijo Bastidas, sacando un documento del jubón y alargándoselo a Juan de la Cosa.

El de Puerto leyó la licencia. Estaba expedida el 5 de junio de 1500 y en ella se consignaban las excepciones de rúbrica: el respetar los derechos de Portugal y los descubrimientos de Colón. Además, figuraban unas líneas comprensivas de los otros descubrimientos, en la siguiente forma:

“...ni las que son descobiertas e e descobrieren antes que vos, por otra, o otras personas por mandado e con licencia Nuestra...”

La licencia se limitaba a dos naves explicando que se les daba permiso para descubrir islas o tierra firme en las partes de las Indias o en otra parte cualquiera.

Seguidamente, consignaba las salvedades. Curiosa era la cláusula de las ganancias.

“...todo el oro e plata e cobre e plomo e estaño e azogue e otro cualquier metal e aljófar, e perlas e piedras preciosas, e joyas e esclavos e negros e loros que en estos Nuestros Reynos sean habidos e reputados por esclavos e monstruos e serpientes e otras cualquier animales; e pescados e aves e especiería e droguería e otras cualesquier cosas, de cualquier nombre e calidad e valor que sean, sacando la armazón a flote e gastos que en el dicho viaje e armada se ficiere, de lo que quedare, Nos, hayamos la cuarta parte de todo ello e las otras cuartas partes sean libremente para vos el dicho Rodrigo Galván de las Bastidas, para que podáis facer dellas lo que quisiéredes, e por bien toviérades como de cosa vuestra, propia, libre e desembargada...”

—Parece —comentó Juan de la Cosa—, que la Corona ya no se conforma con el quinto tradicional. Ahora aspira a un cuarto de los rescates...

En otra parte del documento decía que en las naves iría un representante de los soberanos para evitar fraudes. Todo lo rescatado debería llevarse a Cádiz con el fin de que lo examinaran los oficiales reales.

Juan de la Cosa devolvió el documento a Bastidas.

—Dadme un par de días para pensarlo —dijo—. Debo consultar con mi esposa.

—Claro —dijo Bastidas—. Volveré dentro de una semana. Necesitaré otro piloto. Si sabéis de alguno que esté buscando viaje os agradeceré que me lo indiquéis.

—Andrés de Morales es un buen piloto —dijo Juan de la Cosa—, Hace unos días comentaba que estaba deseando embarcarse.

—Pues decidle que ya tiene trabajo.

—Se lo diré esta noche. Seguro que le encuentro en la taberna del ‘Tuerto’. También Juan Rodríguez de palos sé que está disponible.

—Magnífico.

 

Aquella noche Juan de la Cosa habló con su mujer, Juana. Estaba dando el pecho a la pequeña Elvira cuando entró en la cocina. Aunque tenía ya treinta años, Juana conservaba el buen ver que le había hecho enamorarse de ella hacía cinco años. Era morena, y llevaba el pelo recogido con una red. Después del reciente embarazo estaba todavía rellena, pero, Juan esperaba que recobrara pronto la figura escultural que había tenido de más joven.

—¿A qué ha venido tu amigo? —preguntó la mujer sin ambages.

El cartógrafo se sentó en un taburete junto a ella.

—Los Reyes le han concedido licencia para ir a descubrir.

—Y quiere que vayas con él...

—Sí.

—¿Y qué le has dicho?

—Que consultaría contigo.

—¿Y quieres saber mi opinión?

—Claro.

Juana sacó los aires del bebé. Fuera se oía jugar en el patio al pequeño Pedro de tres años.

—Pues quédate aquí con nosotros. ¿No decías que querías dedicarte a hacer cartas marinas aquí en Puerto y crear una escuela?

—Y lo sigo pensando. Pero ésta es una oportunidad única.

—¿Para hacerte rico?

—Para hacernos ricos los dos, Juana. Para dar a nuestros hijos la oportunidad de llegar a ser personas de alcurnia. Pedro podría ingresar como paje al servicio de algún noble.

Juana se cubrió el pecho cuando la pequeña Elvira terminó de mamar.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera, esta vez?

—Menos de un año.

La joven esposa retuvo las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos.

—La última vez volviste herido. ¿Cómo volverás esta vez?

—Esta vez volveré rico, Juana. Traeré una montaña de oro, perlas y diamantes para ti.

 

 

Para mediados de octubre de 1500 los dos barcos estaban casi ya listos. El muelle se encontraba en pleno ajetreo. El ir y venir de las carretas tiradas por bueyes era continuo. En ellas transportaban un sinfín de barriles de salazón, de agua, de conservas, frutos secos, pan endurecido, carne, verduras, pescado salado, arroz, trigo, grano. Una vez en el borde de la mar, los estibadores metían todo en grandes barcazas y lo acercaban a las dos naves. Luego, los marineros subían todo a bordo y lo distribuían en las bodegas. Era importante que las barricas estuvieran bien cerradas y sujetas con cuerdas para que no se perdiera nada en la mar picada.

Bastidas y Juan de la Cosa miraban con satisfacción los preparativos.

—Ya queda poco —exclamó el de Puerto—. Podremos zarpar antes de fin de mes.

—¿Harán falta más hombres para las tripulaciones?

—Tenemos sesenta marineros —dijo Juan de la Cosa—. Treinta para cada barco. Son más que suficientes.

Bastidas asintió.

—Necesitaríamos también una docena de hombres de armas y algunas mujeres —dijo.

—Conseguiremos algunos soldados —dijo Juan de la Cosa—. En cuanto a mujeres..., no tardarán en aparecer unas cuantas. Siempre lo hacen.

Bastidas sabía que en todas las expediciones había mujeres que se ofrecían voluntarias para el viaje. Solían ser viudas jóvenes y fuertes que se ganaban la vida tanto lavando, cocinando o cosiendo como ofreciendo sus favores a la caída del sol entre el velamen de proa.

—Lo sé... —dijo.

En ese momento, se acercó a ellos un joven alto, de aspecto hidalgo. Llevaba espada al cinto, jubón de cuero y capa.

—Disculpen vuestras mercedes —dijo—. Estoy buscando a Rodrigo Bastidas.

—Lo tienes delante.

—Tengo entendido —prosiguió el joven—, que preparáis una expedición para las Indias.

Bastidas señaló las dos naves que se mecían en medio de la bahía.

—Esas son las naves —dijo.

—Me gustaría tomar parte en la expedición.

—¿Eres marinero?

El joven negó con la cabeza.

—No —dijo—, pero manejo tan bien la pluma como la espada. Os puedo ser muy útil.

Bastidas miró al joven detenidamente.

—No os arrepentiréis de llevarme —insistió el joven.

—¿De dónde eres?

—De Jerez de los Caballeros. He estado catorce años al servicio del señor de Moguer en Badajoz.

—¿Cómo te llamas?

—Vasco Núñez de Balboa.

—Bien, Vasco —dijo Bastidas—. Si maese Juan de la Cosa no encuentra inconveniente, pasarás a formar parte de la expedición. No hay sueldo, pero tendrás una parte de las ganancias.

 

 

Al primitivo interés por las Indias habían seguido seis años tibios, en los que el descubrimiento encontró pocos voluntarios. El primer rapto de entusiasmo de 1493 se había evaporado con la desilusión del segundo viaje. Por mucho que Colón jurara que La Española era, en realidad Cipango y que Cuba era Mangi, una provincia de China, la evidencia le contradecía. ¿Dónde estaban las nobles ciudades de un millón de chimeneas, casas con tejados de oro, puertos abarrotados de juncos, mandarines en sus palacios marmóreos y calles con aceras plateadas. En Europa habían oído hablar de China, e incluso de Mangi, y las islas de la Mar Océana ciertamente no se parecían mucho a lo que contaban de aquellos lejanos países. Lejos de ofrecer los ricos cargamentos de Oriente, aquellas tierras no parecían producir nada que pudiera compensar los gastos y riesgos del viaje. Colón había tratado de paliar la falta de oro con la venta de esclavos, pero los Reyes habían terminado por prohibir aquella venta ilegal. Bien era verdad que se habían hecho algunos viajes clandestinos, en los que, sin duda, se obtuvieron beneficios deshonestos, pero la Corona estaba recelosa, sobre todo, por los abusos administrativos cometidos por Colón. No obstante, a finales de 1499 la depresión de las Indias había terminado, y se abría un brusco renacer de la confianza con mejores esperanzas.

En su tercer viaje, Colón había descubierto Paria.

El relato colombino del nuevo hallazgo había constituido una mezcolanza de realidad y desbordada fantasía, llena de pasajes acerca del Paraíso terrenal, la extraña forma del otro hemisferio —como un pecho de mujer—, y la lozanía natural de un territorio que gozaba de un clima delicioso por su proximidad al cielo. Pero, a su vez, estaba perfectamente claro en cuanto a las posibilidades de conseguir oro y perlas en abundancia y la disposición de los nativos a cambiarlas por baratijas.

Además, se sugería que Paria podía formar parte de un continente. Colón intuía la existencia de un gran río por el volumen de aguas frescas que endulzaban el mar, aunque no había llegado a verlo. El Almirante se inclinaba a creer que era el río que fluía podría ser el Árbol de la Eterna Juventud, que se creía estaba en una isla. Pero, por otro lado, su tamaño indicaba una cuenca hidrográfica mucho mayor que la que cualquier isla podía proporcionar. Aquellas noticias eran sensacionales, pues si la nueva costa era la tierra firme del Sur, de la que los indios solían hablar, anunciaba posibilidades ilimitadas.

La información, que había sido ampliamente difundida, había producido un inmediato torrente de peticiones de licencia para explorar. Las oficinas del obispo, encargado de los descubrimientos, hervían de actividad. Capitanes y pilotos discutían las rutas, las regalías, las garantías financieras. Los maestres, las minucias del tonelaje, los bastimentos y las tripulaciones. Y los armadores, los contratos.

El obispo Fonseca había sido, y seguía siendo, el espíritu inspirador de la Casa de Contratación. Tenía que enfrentarse con tantos viajes y tal cantidad de hombres que le agobiaban con sus peticiones. Sólo había una forma de controlar aquella avalancha y era por medio de una Casa que tomara nota de cada viaje: bastimentos, personal, ruta, tiempo requerido. La misma Casa comenzó a hacerse cargo de la información que cada viaje proporcionaba: nuevos mapas, cartas de navegación, corrientes marinas, islas y territorios.

Juan Rodríguez de Fonseca había comenzado sus contactos con las Indias en 1486 —antes de descubrirse—, al intervenir en un estudio del proyecto colombino de hallar un camino hacia Oriente por el Occidente. Luego, en 1496, los Reyes le nombraron oficialmente proveedor de las Indias. Esto quería decir que por sus manos tenían que pasar, forzosamente, todos los permisos para descubrir.

Hombre de gran corpulencia, pálido y arrogante, Fonseca gozaba fama de ser escrupulosamente justo en la vida pública, aunque en privado, sus favores eran notorios por su extravagancia.

El convenio suscrito con Rodrigo Bastidas no había sido el primero del nuevo siglo, pero sí que fue el primero en el que se establecieron las reglas para los viajes con el doble propósito de exploración y explotación.

Curiosamente, Bastidas no era ni navegante ni caballero, pertenecía a la clase media, habiendo sido durante algún tiempo escribano público en Sevilla, donde gozaba de una buena reputación por su prudencia y su sobria respetabilidad. Estaba casado y tenía dos hijos.

Bastidas había sido descrito como hombre de alma sosegada. Sin embargo, se requerían muchas virtudes para sobrevivir en las Indias, y Bastidas había hecho más que sobrevivir. Se había establecido y enriquecido en ellas.

En esta expedición Bastidas estaba demostrando ser un organizador eficiente. Había conseguido, sin aparentes dificultades, contratos, barcos, oficiales bien calificados y un grupo de armadores que le proporcionaron fondos para los pertrechos, asuntos que, a menudo, volvían locos a capitanes experimentados. Las vituallas y las baratijas para cambiar a los indios habían sido conseguidas mediante crédito; los armadores habían asumido los riesgos. Y los tripulantes, por su lado, en lugar de sueldos, aceptaban una participación de los beneficios.

Como remate a su éxito, Bastidas había conseguido persuadir a Juan de la Cosa para que fuera con él en calidad de asociado y piloto mayor.

En cuanto al contrato, redactado por Fonseca, una vez despojado de tecnicismos legales, era sencillo. Podía ir adonde quisiera más allá de la línea de demarcación, con excepción de las costas ya descubiertas por otros exploradores y negociar para conseguir lo que quisiera: desde oro hasta monstruos. Eso sí, debía someter a su armada a una inspección antes de zarpar y otra a su regreso a Cádiz. Y para asegurarse de ello, viajaría con la expedición Diego de Colmenar, hombre alto, huesudo con larga perilla, que era el representante de sus Majestades, y que velaría por sus intereses.

Después de entregar a la Corona su parte —que esta vez sería un cuarto en vez de un quinto—, Bastidas se quedaría con el resto, libre de gravámenes. Por último, en consideración a la fianza prestada y a la seguridad que ofrecía el antiguo escribano, Bastidas fue nombrado capitán de dichos navíos y de la gente que iba en ellos, con plena autoridad y jurisdicción civil y criminal.

La inspección pasó rápidamente, sin problema alguno. Todo estaba en orden: la marinería, las licencias, los permisos de exploración, los aparejos nuevos, la carga debidamente empaquetada y sujeta... En el momento de levar anclas cada hombre se hallaba físicamente bien y en gracia de Dios después de confesar y comulgar. Estas eran las preocupaciones de todo el que partía para las Indias, aparte de hacer testamento.

Una travesía atlántica no era ninguna broma, aunque ya se había perdido en gran parte el miedo a lo desconocido de los primeros años. Algunos de los tripulantes de Bastidas ya habían hecho el viaje y conocían bien las islas que se extendían entre Cuba y Trinidad. Uno de los pilotos, Juan Rodríguez de Palos había participado en el descubrimiento de Paria; otro Andrés Morales, había explorado con el Almirante entre los años 1493 y 1496.

Esta expedición prometía ser, sobre todo, práctica. La especulación se dirigía al oro y a las perlas. Estas últimas parecían ser una opción segura. Si se habían recogido a montones cerca de Paria por expediciones anteriores no había razón alguna para que no lo fueran también esta vez. Todo el mundo soñaba con ellas, incluso las perlas deformes —llamadas aljófares—, que servían como poderoso remedio para las dolencias cardíacas, las hemorragias y las fiebres malignas...

 

 

 

Los dos bajeles zarparon de la bahía de Cádiz el 29 de octubre de 1500. Después de hacer aguada y comprar carne y verdura fresca en la isla de Gomera, emprendieron definitivamente el rumbo a poniente el 10 de noviembre.

Juan de la Cosa siguió la ruta tanto de Ojeda como de Colón en su tercer viaje.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 1 DEL LIBRO DE EDWARD ROSSET “EL MAR DEL SUR”

 

HAGA CLIC EN CUALQUIER PUNTO DE ESTA FRASE PARA VOLVER ATRÁS

 

Balboa 1                                                                                                 

 

La expedición de Bastidas

 

 

El viento soplaba cada vez con más fuerza mientras el mar rugía embravecido alrededor de las dos pequeñas naves. Para mediodía, el fuerte viento del norte se había transformado en una violenta galerna con peligro para todo el aparejo.

—¡Arriad la mayor!

La tripulación se apresuró a cumplir la orden del capitán de la “Santa María de Gracia”, al tiempo que la nao se colocaba de bolina.

—¡Fuera la mesana!

Reinaba la oscuridad a pesar de que apenas eran las doce del día. Una fría lluvia azotaba implacable a los marineros en las drizas. El grito esporádico del timonel rompió a través del fuerte viento: ¡Guarda! ¡Guarda!

El costado de sotavento se hundió en el agua con un fragor de espuma.

Era la primera tormenta con la que se enfrentaba la expedición desde su salida de Canarias.

A simple vista se podía apreciar que había dos clases de hombres a bordo: los marineros, que caminaban con soltura, acomodándose a los vaivenes del barco, y los hombres de tierra, que eran derribados una y otra vez, aferrándose con desesperación a obenques y escotas.

La tarde transcurrió bajo un fino velo de lluvia que cubría los barcos y empapaba la trinqueta, única vela todavía desplegada.

No había sitio donde guarecerse de los elementos y los hombres que estaban libres de servicio se acurrucaban como podían en el castillo de popa. Desde allí podían oír los aterrorizados relinchos de los caballos en la bodega, cuando eran lanzados a un lado y a otro de la bamboleante nave.

A media tarde, el viento amainó y el cocinero, un grueso portugués con ronchas de grasa en la cintura y cuello de toro, preparó una comida fría: nadie comería caliente hasta después de la tormenta. Se repartió un trozo de pan, queso, higos y un cuartillo de vino.

Los marineros devoraron su ración mientras que casi todos los hombres de armas tenían el estómago demasiado revuelto para probar bocado. En realidad, los seis que viajaban en la Santa María de Gracia llevaban horas doblados por encima de la borda, arrojando la poca bilis que todavía quedaba en sus estómagos.

Entre ellos había un joven de veinticinco años, Vasco Núñez de Balboa, que de no haber sido por el color amarillento que cubría su rostro se podría llegar a la conclusión de que era un hombre apuesto. Poseía facciones agradables y sus ojos verdes estaban enmarcados en una frente ancha. Tenía una nariz recta y labios finos. Era rubio, casi pelirrojo, alto y gallardo.

Al igual que los otros hombres de armas embarcados en la expedición, Vasco ya se arrepentía de haberlo hecho. La sensación de mareo era tan grande que se sentía morir en aquella pequeña carabela. Y la vista de los marineros comiendo aquellas hogazas de pan duro con queso con tan buen apetito no le ayudaba en nada a paliar el horrible malestar.

No se podía imaginar cómo alguien era capaz de meter nada en el estómago. Él se juró a sí mismo que no volvería a comer en toda su vida.

Al anochecer, el viento cesó casi por completo y se produjo una calma inesperada. Las altas crestas de las aguas se transformaron, primero, en amplios valles profundos, y luego, gradualmente en un lago de increíble quietud.

—¡No os hagáis ilusiones! —dijo un viejo marinero, mostrando una boca desdentada—, no durará mucho —señaló el horizonte gris—. Esto es, sencillamente, el centro de la tormenta. La que se prepara es mayor que la anterior.

Las palabras agoreras del lobo de mar no contribuyeron para mejorar el ánimo de los soldados. Y menos aún cuando el capitán del barco se dirigió a la tripulación.

—Echaremos a suertes para ver quién cumple el voto —dijo.

Los soldados se miraron los unos a los otros sin comprender. Sin embargo, los marineros asintieron. Uno de ellos, un joven imberbe con un bonete rojo, les explicó.

—Si salimos vivos de la tempestad —dijo—, el que saque el garbanzo negro tendrá que ir descalzo a la iglesia de Santa María la Antigua de Sevilla a poner unas velas a la Virgen —una por cada tripulante—, y deberá permanecer toda la noche rezando.

Vasco miró al capitán de la nave y de la expedición. Rodrigo Galván de las Bastidas, más conocido, simplemente, por Rodrigo Bastidas. Era un hombre de unos treinta y cinco años, más bien bajo, pero de complexión robusta. Llevaba en la mano un bonete lleno de garbanzos. Sacó uno y lo sostuvo entre el índice y el pulgar de la mano izquierda. Con la mano derecha tomó un trocito de carbón vegetal que le ofrecía uno de los grumetes y trazó en la legumbre una pequeña cruz.

Dejó caer el garbanzo junto a los demás y agitó la gorra para mezclarlos.

El bonete fue pasando de mano en mano, empezando por el mismo capitán. Al cabo de un momento, uno de los marineros agitó el garbanzo marcado en el aire.

—¡Me ha tocado a mí! —gritó. Hizo la señal de la cruz con él, lo besó y lo arrojó al mar.

A continuación, los marineros entonaron la Salve Regina. El coro de voces roncas y desafinadas se vio inmediatamente acompañado por el ulular del viento entre gavias, drizas y obenques.

Pero no hubo milagro. Si alguien esperaba que el canto a la Virgen apaciguara las aguas, se equivocó. Poco o poco, éstas se volvieron más bravías, los surcos en el mar más pronunciados y los movimientos más violentos.

En la otra nave, su capitán, Juan de la Cosa, estaba dando órdenes de cazar la trinqueta. Así, la San Antón quedaba enarbolando solamente la vela de abanico, familiarmente conocida como cebadera:  era una pequeña vela sujeta al bauprés —palo que se proyectaba de la proa como un ariete —y que ayudaba a mantener el rumbo, sin que la nave sufriera la terrible presión del fuerte viento en los palos y ende en la estructura de la nave.

Rodrigo Bastidas imitó a su amigo y dio órdenes para recoger la vela del trinquete. Sólo restaba dejar que la nave corriera delante del viento casi sin velamen. El barco quedaba ahora en manos del timonel, quien, metido en una especie de cueva, debajo de la cubierta superior de popa, iba completamente separado del resto de la nave. Desde su ‘caverna’ ni siquiera se veía dónde empezaba el cielo abierto, pues justo delante tenía la base del palo de mesana, la brújula y una escalera que subía hasta una escotilla que llevaba a la cubierta superior.

Desde allí, el piloto o capitán le comunicaba las órdenes a gritos, y el encargado de la gruesa barra del timón tenía que guiar el barco fiándose solamente de la sensación de la gruesa barra en sus manos y del movimiento del barco bajo sus pies.

En principio, las naves estaban diseñadas para navegar con el viento de popa. Eso quería decir que cuanto más fuerte soplara el viento, más altas serían las olas en la popa, y mientras que al subir el agua, el timón quedaba sumergido, al retirarse las olas, tres cuartas partes del mismo quedaban, de repente, al aire.

Por otro lado, las olas rompían contra el timón dándole unos golpes tremendos que podían mandar al timonel dando tumbos hasta el otro extremo de la cubierta. Para evitar eso y para mantener siempre controlada la caña del timón, se había diseñado un sistema de poleas y cordajes que la sujetaban a medida que aumentaba la fuerza del agua. El timonel controlaba la tensión del cordaje de guía moviendo la polea central a lo largo del palo de la caña.

También se colocaban otras sogas auxiliares en el exterior del casco, que evitaban que el timón girara más de 60 grados y, además, lo sujetaban en caso de que se saliera de las bisagras.

La noche fue interminable para los que sufrían su primera tempestad. Aquellos hombres, poco acostumbrados a ver el escalofriante espectáculo de unas ingentes montañas de agua, creían aterrados que había llegado su última hora. Olas tan altas como casas se cernían sobre sus cabezas y agitaban las pequeñas naves como si fueran cáscaras de nuez.

Un amanecer titubeante trajo consigo una pequeña mejoría del tiempo. Las olas dejaron de tener el tamaño del palo mayor para convertirse en largas rampas onduladas que hacían cabecear a los barcos menos intensamente. Aunque la tempestad les había separado durante la noche, todavía estaban al alcance de la vista la una de la otra.

Juan de la Cosa ordenó izar la trinqueta, no tardando el capitán de la Santa María de Gracia en imitarle.

A pesar de no haber tenido desplegado velamen alguno, los barcos probablemente habían avanzado más de treinta leguas en las últimas veinticuatro horas, impulsados por el viento del este.

Vasco Núñez de Balboa comenzó a sentirse algo mejor. Al menos no tenía tantos deseos de morirse como el día anterior. Con un poco de suerte, quizá sobreviviera.

Aunque todavía el pensamiento de la comida le hacía sentir arcadas, al menos, la cabeza no parecía que le fuera a estallar de momento. Sentado sobre el pequeño baúl en el que tenía todo lo que poseía en el mundo, Vasco contempló con envidia a los marineros y grumetes trepar ágilmente por las jarcias e izar la vela de proa que, por lo visto, era la que llamaban ‘trinqueta’. Casi inmediatamente, la nueva superficie se tensó y el barco sintió un nuevo empuje hacia delante.

Mientras los marineros maniobraban las velas, un individuo de unos cuarenta años,  alto, huesudo, con barba descuidada se acercó a la proa con una madera atada a un largo cordel en la mano. Vasco le conocía, era Andrés de Morales, piloto de Huelva.

Vio cómo el piloto arrojaba la madera al agua al tiempo que daba la vuelta a un pequeño reloj de arena para controlar el tiempo que tardaba aquel objeto flotante en recorrer la longitud del barco. Vasco ya le había visto hacer esa misma operación varias veces y sabía que era la manera que tenían los marineros de calcular la velocidad de la nave y la única forma de medir la longitud, es decir, la distancia que el barco recorría de este a oeste. Como nadie sabía cuál era la circunferencia de la tierra, los cálculos eran bastante erráticos. Cuando, una vez al día, se juntaban los pilotos y los capitanes, para determinar la distancia recorrida por el barco y su situación, los cálculos que habían llevado a cabo cada uno individualmente eran muy diferentes y pocas veces se ponían de acuerdo.

Por fin, Morales terminó de hacer sus números y sacó un astrolabio de un estuche. Miró a su alrededor y se dirigió a uno de los grumetes que estaba encaramado en las jarcias.

—Luis —gritó—, échame una mano con esto.

El joven grumete, de apenas trece años de edad, saltó sobre cubierta con agilidad y se abrió camino sobre los obstáculos que la inundaban: rollos de cuerda, remos, velamen, cubos, baúles y arcones.

Vasco les vio dirigir el pequeño telescopio hacia un sol débil que se reflejaba entre nubes. Con el astrolabio se solía calcular la latitud, es decir, la distancia hacia el norte y hacia el sur, por medio de la estrella polar, pero cuando esto no era posible debido al mal tiempo, se trataba de llevar a cabo la medición durante el día, mirando al sol —si se dejaba ver. Los capitanes llevaban un libro que indicaba la altura del astro solar sobre el ecuador, a mediodía, durante todos los días del año y con cuatro años de antelación. Así, si se conseguía calcular la altura del sol al mediodía, con las tablas se podía averiguar a qué latitud se encontraban.

Sin embargo, Vasco había oído de las dificultades con las que se topaban los marineros. Si ya era difícil de calcular la altura de la Estrella Polar, calcular la del sol lo era mucho más. Para empezar, sólo se podía medir en un momento determinado, justo al mediodía, que era cuando estaba más alto. Además, no se podía mirar directamente al astro, ya que de hacerlo el observador se habría quedado ciego y aunque a veces se utilizaba un trozo de cristal ahumado para ponerlo en la mira, tampoco ése era un buen sistema. Normalmente lo que se hacía era sujetar un papel detrás del astrolabio, y cuando éste se encontraba alineado con el sol, entonces aparecía sobre el papel un punto de luz brillante. No obstante, la lectura tampoco resultaba muy exacta, y, como además, el sistema de medición del tiempo tampoco era demasiado perfecto, tenían que empezar a observarlo antes del mediodía e ir leyendo a medida que el sol iba subiendo hasta que llegaba al punto más alto y empezaba a descender.

Por fin, el piloto pareció satisfecho de los cálculos y guardó el astrolabio con mucho cuidado en una caja de madera que metió en un arcón, junto al timonel.

Aquella zona, la única relativamente seca del barco, la compartía con el contramaestre.

El joven Vasco Núñez de Balboa cerró los ojos al tiempo que sacudía la cabeza. Definitivamente, no se haría marinero. Él necesitaba tierra sobre la que andar, montañas que cruzar y ríos que atravesar. El estar encajonado en una cáscara de nuez como aquella, a merced de los elementos no era lo suyo.

Su mente retrocedió hasta Jerez de los Caballeros, en Badajoz. Allí había nacido hacía veinticinco años, en la casa solariega de los Balboas. Sus antepasados, hidalgos de alto linaje habían luchado contra los moros durante muchas generaciones. Sus brazos y sus espadas siempre habían estado al lado del rey de Castilla de turno, hasta que un día los musulmanes capitularon ante el empuje de los Reyes Isabel y Fernando y, de repente, ya no había nadie contra quien luchar. Los hijosdalgos se encontraron sin trabajo.

Los Balboa no eran ricos. Su forma de vida, como la de otros muchos hidalgos, había sido siempre la guerra, en donde podían conseguir un buen botín después de una batalla. En tiempos de paz no les era fácil conseguir dinero. Sus tierras eran áridas y no había agua para regarlas. Sólo el pastoreo les proporcionaba una magra fuente de ingresos que apenas les daba para vivir.

La familia Balboa era de origen gallego. Había sido, antaño, rica y poderosa y por sus venas corría sangre de los reyes godos y de la casa real de León. En tiempos del gran adelantado Garci Rodríguez de Valcárcel y Balboa, y durante un siglo después, había habido prelados y ministros que habían moldeado la historia con sus propias manos. Sin embargo, en los tiempos actuales la mayor parte del primitivo lustre estaba empañada. La familia carecía ya de fuerza e influencia.

Lo mismo que sus tres hermanos, Juan, Álvaro y Gonzalo, Vasco había entrado joven a servir como paje de uno de los señores locales. En su caso había sido don Pedro de Portocarrero, señor de Moguer.

Si bien, había estudiado latín y griego, matemáticas y gramática, en lo que verdaderamente destacó Vasco era en el manejo de la espada. La esgrima era su pasión y llegó a ser tal el dominio que adquirió sobre el florete, el sable, el estoque o la tizona que pocos eran los que le aguantaban más de un asalto.

Mirando hacia atrás, Vasco pensó en su niñez. Apenas recordaba a su madre, pues había muerto cuando él era todavía muy niño. A su padre, Nuño Arias de Balboa, por el contrario, lo tenía muy presente en su memoria. Era alto, seco y con ojos duros como el acero. Como buen soldado había educado a sus hijos en la misma disciplina y régimen militar en que su propia vida había transcurrido. No se había vuelto a casar, por lo que muy pocas mujeres habían entrado en la infancia de Vasco.

Como era el menor de cuatro chicos, su existencia siempre había estado envuelta en luchas y peleas de las que, al principio, siempre llevaba la peor parte. No obstante, de ello sacó un buen provecho, pues pronto aprendió a defenderse y aguantar las palizas y burlas de sus hermanos mayores.

Una vez, a los cuatro años, acudió a su padre, llorando, en busca de justicia. Gonzalo le había robado su espada de madera y no quería devolvérsela.

Su padre le miró fríamente.

—Vasco —dijo—. No me vengas con lloriqueos. En esta vida tendrás que aprender a defender lo que es tuyo. Si no lo haces lo perderás. Así es la vida de dura. Yo no estoy dispuesto a mediar entre vosotros. Cada cual tendrá que apañarse como pueda.

A partir de aquel día, Vasco había aprendido a buscar alianzas. Unas veces se aliaba con Juan contra Álvaro y Gonzalo. Otras lo hacía con Gonzalo contra Juan y Álvaro. Pronto supo que cuando se quedaba solo y los tres hermanos se metían con él, la vida podía ser miserable, así que procuraba siempre buscar la protección y ayuda de un aliado, aunque ello le costara sacrificar una manzana o un juguete.

Cuando a los once años, Vasco entró al servicio de Pedro de Portocarrero su vida cambió radicalmente. Los Portocarreros vivían en un pequeño palacio en Badajoz, en lo que se podía considerar una pequeña corte.

Don Pedro era un hombre corpulento de cincuenta años con tez rojiza y ojos inyectados en sangre. Un enorme mostacho bordeaba el labio superior de una boca fina y firme. El mentón estaba cubierto con una perilla recortada cuidadosamente.

Su esposa, Adriana, era todo lo contrario que su marido. Pequeña, escurridiza, de tez pálida y cubierta de maquillaje y aceites.

No tenían hijos por lo que habían recurrido a crear una corte pueblerina, animando su vida con la presencia de jóvenes pajes y doncellas en su entorno.

Cuando Vasco llegó al palacete por primera vez, se encontró que tenía que convivir con media docena de pajes de todas las edades. Afortunadamente para él, el duro aprendizaje que había recibido en su casa le valió para defenderse en su nueva vida. Y, aunque en la mayoría de las peleas salía mal parado, nunca se le pasaba por la imaginación quejarse a nadie. Se mordía los labios y se tragaba la amargura de las injusticias, esperando y rumiando el tiempo de la venganza.

Como paje, el joven Vasco Núñez de Balboa aprendió a comportarse en un ambiente refinado. No tardó en aprender danza y buenos modales. También consiguió fluidez en el arte de la palabra y la escritura.

A los dieciséis años, Vasco recibió su iniciación en el ritual del amor. Fue de manos de una criada que le llevaba diez años. Era voluptuosa, morena de un pelo largo y suave. Se llamaba Ana. Su saya blanca marcaba una cintura estrecha que contrastaba con un corpiño que mostraba generosamente, la parte superior de sus pechos. Por lo que se podía adivinar, eran unos senos blancos, turgentes, y que hacían que a Vasco se le secara la boca cada vez que pensaba en ellos.

Nunca había visto a una mujer desnuda y su joven imaginación apenas conseguía proporcionarle un atisbo de lo que podía ser el cuerpo femenino, basándose, solamente,  en lo que los chicos mayores le habían contado.

Pero aquel día, Vasco lo averiguó.

Habría sido difícil saber si el encuentro fue casual, pero poco importaba. Ocurrió en la cocina. Vasco había ido en busca de una manzana. Ana estaba terminando de limpiar el suelo. Se hallaba de rodillas y la postura era propicia para que el joven viera una porción mayor de lo habitual de su pecho.

Ambos se quedaron mirando mutuamente. La joven se apercibió de la dirección de la mirada de Vasco y no hizo nada por ocultar sus encantos, más bien al contrario, se inclinó un poco más, al tiempo que observaba al joven de reojo. Era divertido ver cómo el joven trataba de encontrar saliva en una boca reseca.

Además, Ana desde su posición podía percibir claramente el bulto que se había formado en la entrepierna del joven. Se levantó despacio, con estudiada lentitud, a muy poca distancia de donde se hallaba Vasco, que se había quedado petrificado. La respiración del joven se había vuelto afanosa y entrecortada.

—¿Deseáis algo, mi joven señor? —dijo Ana inclinando la cabeza y mirándole de reojo.

Vasco pasó la lengua por unos labios resecos.

—Una..., una manzana... —consiguió balbucear.

Ana señaló por encima del hombro del joven.

—Están allí —dijo.

Al tiempo que hablaba se inclinó hacia delante para coger una. Al hacerlo rozó con su pecho el brazo de Vasco. Éste sintió que un estremecimiento le recorría la espina dorsal. Aquella sensación era increíble. Nunca había sentido nada parecido. Sin poderse contener atrajo hacia sí el cuerpo de la doncella. Ésta no opuso resistencia. Vasco, tembloroso, introdujo la mano en su corpiño palpando un seno de una suavidad increíble.

Ella le hizo agacharse detrás de los fogones. Vasco no estaba muy seguro de qué había que hacer en ese momento, pero ni siquiera llegó a averiguarlo pues tal era su excitación que de repente sintió como si algo explotase en su cabeza y un líquido pegajoso mojó sus calzones antes de que pudiera quitárselos.

A partir del primer fiasco, su aprendizaje fue rápido. Ana era una experta en la materia y enseñó al joven todos los trucos que sabía, que no eran pocos.

A Ana le siguieron Lucía, María, Gertrudis y otras sirvientas del palacio: lavanderas, planchadoras, proveedoras de verduras..., cuyos nombres Vasco ya no se acordaba. Las únicas que se le resistían algo más eran las damas de compañía de la señora del castillo. Ellas no caían tan fácilmente, pues su futuro dependía en gran parte, de su virginidad. Muchos caballeros no aceptarían a una doncella por esposa si no iba al altar sin tacha.

Sin embargo, había medios para evitar la desfloración de una doncella... y la excitación de llevarse a una joven virgen al huerto compensaba con el inconveniente de retenerse y evitar la penetración.

Para los veinte años, Vasco era un experto en mujeres, desde prostitutas de taberna hasta doncellas quinceañeras. Para los veinticinco, el sexo había perdido gran parte de su atractivo. La vida ya no le proporcionaba las emociones que le habían supuesto los primeros encuentros a escondidas con recatadas doncellas. Cada vez buscaba más excitación y esto solo lo encontraba en riñas taberneras y duelos, a menudo, ocasionados por el exceso de vino.

Fue en aquel momento cuando llegó a sus oídos que se estaba preparando una expedición a las tierras recién descubiertas por Colón. La expedición estaba siendo organizada por Rodrigo de Bastidas y por Juan de la Cosa. Este último era famoso por el mapamundi que acababa de dibujar de las nuevas tierras y que había dado a los reyes.

No le sería difícil a Vasco Núñez de Balboa conseguir que le dieran oportunidad de zarpar con la expedición. Un joven experto con la espada vendría bien a cualquier empresa en los nuevos territorios.

 

 

Rodrigo Galván de las Bastidas contempló desde el puente de mando de la Santa María de Gracia, la popa de la nave de su viejo amigo Juan de la Cosa. Mientras lo hacía, a su mente acudieron memorias lejanas y recientes.

Recordaba las calles polvorientas del barrio de Triana donde había transcurrido su juventud; las peleas con los chicos de su edad. Luego vendría el aprendizaje con su padre, primero de las letras y números, luego de los intríngulis del comercio. Su primogenitor nunca había hecho dinero, pero había conseguido que su familia tuviera lo suficiente para vivir. Los Galván compraban lana en los pueblos de Extremadura como Trujillo, Don Benito y Medellín y la vendían en Sevilla a un precio ligeramente más alto. Esa diferencia les proporcionaba suficiente dinero como para no pasar hambre. Una vez al año, en el puerto se embarcaba la lana para países como Holanda y Dinamarca donde se cardaba, batanaba y tejía, produciendo las telas que luego se volverían a exportar a España y Francia a un precio muchísimo más alto.

Rodrigo había tenido una mocedad borrascosa. Durante un año había estudiado en Salamanca hasta que consiguió que le echaran a causa de su fama de espadachín y pendenciero. Le gustaba tocar la guitarra y se entregaba a fáciles amores.

Se pasó la mano por la cara. En ella, medio oculta por la barba se conservaban rastros de añejas pendencias. Sin embargo, los años habían transformado su carácter completamente, y de movedizo y pendenciero se había convertido en apacible y tranquilo.

Bastidas había embarcado con Colón en su segundo viaje como escribano, pero pronto vio que podía ganar mucho más dinero comerciando en La Española que rellenando interminables documentos oficiales. Los colonos carecían, prácticamente, de todo y estaban dispuestos a pagar, por cualquier cosa, el doble de lo que valía en España.

Durante cinco años, Bastidas les proporcionó desde ropa y calzado hasta ollas y mosquetes. Al final de este tiempo, el de Triana había amasado una pequeña fortuna.

Sin embargo, muy dentro de sí tenía la intención de aumentarla, sobre todo, desde que se enteró de las riquezas de Paria por los marineros que habían acompañado a Colón a esa zona. Aquel viaje había supuesto el descubrimiento del nuevo continente y le había proporcionado al Almirante ingentes cantidades de perlas y oro..., que, por cierto, había ocultado a la Corona.

Cuando Bastidas propuso a Juan de la Cosa partir con él en un viaje a Paria, el de Puerto antes de contestar, le hizo entrar en una habitación, donde un enorme mapamundi, casi terminado, estaba extendido sobre una mesa.

—¿Qué os parece? —preguntó Juan de la Cosa.

Bastidas se acercó al mapa. Era un rectángulo de unos cinco pies de ancho por tres de alto. No había duda de que era un mapamundi, pues abarcaba todo el mundo conocido, aunque no estaba dibujado a escala. Las tierras recién descubiertas tenían más relevancia.

—¡Dios del cielo! —exclamó—. Es verdaderamente maravilloso! ¿Qué piensáis hacer con él?

—Es para los Reyes —respondió el de Puerto.

Bastidas leyó lo que había escrito Juan de la Cosa en la parte inferior:

“Juan de la Cosa la fizo en el Puerto de Santa María en anno de 1500.

En la línea del eje había una gran rosa de los vientos, de donde partían dieciséis arrumbamientos, siendo notable que el centro de la rosa estuviera adornado con una imagen de María, que no era obra del dibujante de la Carta, como la de San Cristóbal, sino que estaba cortada de un grabado y pegada sobre el pergamino.

La rosa de los vientos, la imagen postiza de la Virgen con el Niño y los ángeles laterales se hallaban en el eje, en un sitio estratégico y simbólico, en mitad del mar sobre el epígrafe vertical de Mare Oceanum. Todo ello estaba situado justo por donde habían navegado las tres naves al salir del puerto de Palos.

El dibujante había hecho gala de su fantasía en los pasajes de tierra adentro que podía llenar sin entorpecer la atención del marino que buscara arrumbamientos y distancias. En la situación de capitales importantes, de los puertos más concurridos o de las fortalezas reputadas, había pintado catedrales, torres, mares y castillos. En cada reino había estampado al soberano vestido de sus atributos, sin olvidar en el centro de Asia a los tres Reyes Magos a caballo. A lo largo de las costas había indicado con Céciro, la dirección de los vientos reinantes. Carabelas y naos estaban retratadas según su nacionalidad respectiva y se había valido de las banderas para especificar la pertenencia o posesión de los puertos y de las islas.

Bastidas se fijó que las banderas plantadas en todas las islas y tierras descubiertas eran acuarteladas, rojas y blancas, con los castillos y leones.

—También habéis puesto reyes en África —comentó.

Juan de la Cosa asintió.

—He puesto dos reyes de Etiopía, uno en el centro del continente africano y otro más occidental, cerca del golfo de Guinea. También he colocado la imagen del preste Juan en su lugar aproximado. Y no lejos de la costa oriental de África veréis un Rey sarraceno.

—Habéis dibujado Cuba como una isla —comentó Bastidas—. ¿No es eso una contradicción cuando vos mismo jurasteis y firmasteis que era parte del continente?

Juan de la Cosa se encogió de hombros.

—Aquello fue una absurda obligación que nos impuso Colón. Nos jugábamos la vida.

—¿Y estáis seguro de que es una isla?

—Sí. Varios capitanes han dado ya la vuelta. Nadie duda que lo es.

Bastidas volvió a centrar la vista en el mapa. Visto desde lejos parecía una tela de araña. A distancias prudenciales, Juan de la Cosa había colocado rosas de los vientos muy características de aquellos mapas, siete pequeñas y una grande. Aquellas rosas de donde partían las rayas o líneas que se entrecruzaban con otras se les llamaba ombligos.

La ausencia de paralelos no era absoluta, pues se hallaban dibujados el Ecuador y el Trópico de Cáncer. Había, asimismo, algún meridiano.

—Si habéis terminado de examinar el mapa —dijo Juan de la Cosa—, os invito a un vaso de vino mientras mi mujer prepara algo para comer...

No fue hasta después de los postres cuando los dos hombres se retiraron a charlar, que Bastidas abordó el tema que le había traído a casa del cartógrafo.

—Seguí con mucho interés vuestro viaje con Ojeda —dijo—. Tuvisteis mala suerte.

Juan de la Cosa se encogió de hombros.

—Se nos adelantaron las carabelas de Niño, Guerra y Pinzón. Cuando llegamos no quedaba ni una mísera perla. En fin, —añadió resignado—, pagamos los gastos con lo poco que pudimos rescatar y algo sobró. Además, los Reyes quedaron satisfechos con la exploración y eso es importante.

—Y le dieron a Ojeda un territorio enorme para su gobernación...

—Sí, en Coquibocoa.

—Donde, según dicen, conseguisteis una serie de diamantes...

—Unos pocos, que se los regalamos a la Reina.

Bastidas echó un trago de vino.

—Donde hay unos diamantes se pueden encontrar más —dijo—. He conseguido una capitulación de la Corona para ir a descubrir, ¿os gustaría venir conmigo como socio y piloto?

Juan de la Cosa no respondió inmediatamente. Había hecho ya tres viajes a los nuevos territorios, dos con Colón y uno con Ojeda. De ninguno de los viajes había sacado gran provecho, como no fuera su conocimiento de la zona, lo que le había impulsado a dibujar el mapamundi.

En la actualidad, estaba contratado por la Casa de la Contratación como cartógrafo.

—Había pensado fundar una escuela de cartografía —dijo—, tal como existen en Barcelona y Baleares.

—Eso lo podéis hacer a la vuelta —dijo Bastidas—. Tenéis un barco, tengo entendido.

—Sí, pero lo tengo arrendado hasta octubre.

—Necesitaríamos dos naves —dijo Bastidas, sacando un documento del jubón y alargándoselo a Juan de la Cosa.

El de Puerto leyó la licencia. Estaba expedida el 5 de junio de 1500 y en ella se consignaban las excepciones de rúbrica: el respetar los derechos de Portugal y los descubrimientos de Colón. Además, figuraban unas líneas comprensivas de los otros descubrimientos, en la siguiente forma:

“...ni las que son descobiertas e e descobrieren antes que vos, por otra, o otras personas por mandado e con licencia Nuestra...”

La licencia se limitaba a dos naves explicando que se les daba permiso para descubrir islas o tierra firme en las partes de las Indias o en otra parte cualquiera.

Seguidamente, consignaba las salvedades. Curiosa era la cláusula de las ganancias.

“...todo el oro e plata e cobre e plomo e estaño e azogue e otro cualquier metal e aljófar, e perlas e piedras preciosas, e joyas e esclavos e negros e loros que en estos Nuestros Reynos sean habidos e reputados por esclavos e monstruos e serpientes e otras cualquier animales; e pescados e aves e especiería e droguería e otras cualesquier cosas, de cualquier nombre e calidad e valor que sean, sacando la armazón a flote e gastos que en el dicho viaje e armada se ficiere, de lo que quedare, Nos, hayamos la cuarta parte de todo ello e las otras cuartas partes sean libremente para vos el dicho Rodrigo Galván de las Bastidas, para que podáis facer dellas lo que quisiéredes, e por bien toviérades como de cosa vuestra, propia, libre e desembargada...”

—Parece —comentó Juan de la Cosa—, que la Corona ya no se conforma con el quinto tradicional. Ahora aspira a un cuarto de los rescates...

En otra parte del documento decía que en las naves iría un representante de los soberanos para evitar fraudes. Todo lo rescatado debería llevarse a Cádiz con el fin de que lo examinaran los oficiales reales.

Juan de la Cosa devolvió el documento a Bastidas.

—Dadme un par de días para pensarlo —dijo—. Debo consultar con mi esposa.

—Claro —dijo Bastidas—. Volveré dentro de una semana. Necesitaré otro piloto. Si sabéis de alguno que esté buscando viaje os agradeceré que me lo indiquéis.

—Andrés de Morales es un buen piloto —dijo Juan de la Cosa—, Hace unos días comentaba que estaba deseando embarcarse.

—Pues decidle que ya tiene trabajo.

—Se lo diré esta noche. Seguro que le encuentro en la taberna del ‘Tuerto’. También Juan Rodríguez de palos sé que está disponible.

—Magnífico.

 

Aquella noche Juan de la Cosa habló con su mujer, Juana. Estaba dando el pecho a la pequeña Elvira cuando entró en la cocina. Aunque tenía ya treinta años, Juana conservaba el buen ver que le había hecho enamorarse de ella hacía cinco años. Era morena, y llevaba el pelo recogido con una red. Después del reciente embarazo estaba todavía rellena, pero, Juan esperaba que recobrara pronto la figura escultural que había tenido de más joven.

—¿A qué ha venido tu amigo? —preguntó la mujer sin ambages.

El cartógrafo se sentó en un taburete junto a ella.

—Los Reyes le han concedido licencia para ir a descubrir.

—Y quiere que vayas con él...

—Sí.

—¿Y qué le has dicho?

—Que consultaría contigo.

—¿Y quieres saber mi opinión?

—Claro.

Juana sacó los aires del bebé. Fuera se oía jugar en el patio al pequeño Pedro de tres años.

—Pues quédate aquí con nosotros. ¿No decías que querías dedicarte a hacer cartas marinas aquí en Puerto y crear una escuela?

—Y lo sigo pensando. Pero ésta es una oportunidad única.

—¿Para hacerte rico?

—Para hacernos ricos los dos, Juana. Para dar a nuestros hijos la oportunidad de llegar a ser personas de alcurnia. Pedro podría ingresar como paje al servicio de algún noble.

Juana se cubrió el pecho cuando la pequeña Elvira terminó de mamar.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera, esta vez?

—Menos de un año.

La joven esposa retuvo las lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos.

—La última vez volviste herido. ¿Cómo volverás esta vez?

—Esta vez volveré rico, Juana. Traeré una montaña de oro, perlas y diamantes para ti.

 

 

Para mediados de octubre de 1500 los dos barcos estaban casi ya listos. El muelle se encontraba en pleno ajetreo. El ir y venir de las carretas tiradas por bueyes era continuo. En ellas transportaban un sinfín de barriles de salazón, de agua, de conservas, frutos secos, pan endurecido, carne, verduras, pescado salado, arroz, trigo, grano. Una vez en el borde de la mar, los estibadores metían todo en grandes barcazas y lo acercaban a las dos naves. Luego, los marineros subían todo a bordo y lo distribuían en las bodegas. Era importante que las barricas estuvieran bien cerradas y sujetas con cuerdas para que no se perdiera nada en la mar picada.

Bastidas y Juan de la Cosa miraban con satisfacción los preparativos.

—Ya queda poco —exclamó el de Puerto—. Podremos zarpar antes de fin de mes.

—¿Harán falta más hombres para las tripulaciones?

—Tenemos sesenta marineros —dijo Juan de la Cosa—. Treinta para cada barco. Son más que suficientes.

Bastidas asintió.

—Necesitaríamos también una docena de hombres de armas y algunas mujeres —dijo.

—Conseguiremos algunos soldados —dijo Juan de la Cosa—. En cuanto a mujeres..., no tardarán en aparecer unas cuantas. Siempre lo hacen.

Bastidas sabía que en todas las expediciones había mujeres que se ofrecían voluntarias para el viaje. Solían ser viudas jóvenes y fuertes que se ganaban la vida tanto lavando, cocinando o cosiendo como ofreciendo sus favores a la caída del sol entre el velamen de proa.

—Lo sé... —dijo.

En ese momento, se acercó a ellos un joven alto, de aspecto hidalgo. Llevaba espada al cinto, jubón de cuero y capa.

—Disculpen vuestras mercedes —dijo—. Estoy buscando a Rodrigo Bastidas.

—Lo tienes delante.

—Tengo entendido —prosiguió el joven—, que preparáis una expedición para las Indias.

Bastidas señaló las dos naves que se mecían en medio de la bahía.

—Esas son las naves —dijo.

—Me gustaría tomar parte en la expedición.

—¿Eres marinero?

El joven negó con la cabeza.

—No —dijo—, pero manejo tan bien la pluma como la espada. Os puedo ser muy útil.

Bastidas miró al joven detenidamente.

—No os arrepentiréis de llevarme —insistió el joven.

—¿De dónde eres?

—De Jerez de los Caballeros. He estado catorce años al servicio del señor de Moguer en Badajoz.

—¿Cómo te llamas?

—Vasco Núñez de Balboa.

—Bien, Vasco —dijo Bastidas—. Si maese Juan de la Cosa no encuentra inconveniente, pasarás a formar parte de la expedición. No hay sueldo, pero tendrás una parte de las ganancias.

 

 

Al primitivo interés por las Indias habían seguido seis años tibios, en los que el descubrimiento encontró pocos voluntarios. El primer rapto de entusiasmo de 1493 se había evaporado con la desilusión del segundo viaje. Por mucho que Colón jurara que La Española era, en realidad Cipango y que Cuba era Mangi, una provincia de China, la evidencia le contradecía. ¿Dónde estaban las nobles ciudades de un millón de chimeneas, casas con tejados de oro, puertos abarrotados de juncos, mandarines en sus palacios marmóreos y calles con aceras plateadas. En Europa habían oído hablar de China, e incluso de Mangi, y las islas de la Mar Océana ciertamente no se parecían mucho a lo que contaban de aquellos lejanos países. Lejos de ofrecer los ricos cargamentos de Oriente, aquellas tierras no parecían producir nada que pudiera compensar los gastos y riesgos del viaje. Colón había tratado de paliar la falta de oro con la venta de esclavos, pero los Reyes habían terminado por prohibir aquella venta ilegal. Bien era verdad que se habían hecho algunos viajes clandestinos, en los que, sin duda, se obtuvieron beneficios deshonestos, pero la Corona estaba recelosa, sobre todo, por los abusos administrativos cometidos por Colón. No obstante, a finales de 1499 la depresión de las Indias había terminado, y se abría un brusco renacer de la confianza con mejores esperanzas.

En su tercer viaje, Colón había descubierto Paria.

El relato colombino del nuevo hallazgo había constituido una mezcolanza de realidad y desbordada fantasía, llena de pasajes acerca del Paraíso terrenal, la extraña forma del otro hemisferio —como un pecho de mujer—, y la lozanía natural de un territorio que gozaba de un clima delicioso por su proximidad al cielo. Pero, a su vez, estaba perfectamente claro en cuanto a las posibilidades de conseguir oro y perlas en abundancia y la disposición de los nativos a cambiarlas por baratijas.

Además, se sugería que Paria podía formar parte de un continente. Colón intuía la existencia de un gran río por el volumen de aguas frescas que endulzaban el mar, aunque no había llegado a verlo. El Almirante se inclinaba a creer que era el río que fluía podría ser el Árbol de la Eterna Juventud, que se creía estaba en una isla. Pero, por otro lado, su tamaño indicaba una cuenca hidrográfica mucho mayor que la que cualquier isla podía proporcionar. Aquellas noticias eran sensacionales, pues si la nueva costa era la tierra firme del Sur, de la que los indios solían hablar, anunciaba posibilidades ilimitadas.

La información, que había sido ampliamente difundida, había producido un inmediato torrente de peticiones de licencia para explorar. Las oficinas del obispo, encargado de los descubrimientos, hervían de actividad. Capitanes y pilotos discutían las rutas, las regalías, las garantías financieras. Los maestres, las minucias del tonelaje, los bastimentos y las tripulaciones. Y los armadores, los contratos.

El obispo Fonseca había sido, y seguía siendo, el espíritu inspirador de la Casa de Contratación. Tenía que enfrentarse con tantos viajes y tal cantidad de hombres que le agobiaban con sus peticiones. Sólo había una forma de controlar aquella avalancha y era por medio de una Casa que tomara nota de cada viaje: bastimentos, personal, ruta, tiempo requerido. La misma Casa comenzó a hacerse cargo de la información que cada viaje proporcionaba: nuevos mapas, cartas de navegación, corrientes marinas, islas y territorios.

Juan Rodríguez de Fonseca había comenzado sus contactos con las Indias en 1486 —antes de descubrirse—, al intervenir en un estudio del proyecto colombino de hallar un camino hacia Oriente por el Occidente. Luego, en 1496, los Reyes le nombraron oficialmente proveedor de las Indias. Esto quería decir que por sus manos tenían que pasar, forzosamente, todos los permisos para descubrir.

Hombre de gran corpulencia, pálido y arrogante, Fonseca gozaba fama de ser escrupulosamente justo en la vida pública, aunque en privado, sus favores eran notorios por su extravagancia.

El convenio suscrito con Rodrigo Bastidas no había sido el primero del nuevo siglo, pero sí que fue el primero en el que se establecieron las reglas para los viajes con el doble propósito de exploración y explotación.

Curiosamente, Bastidas no era ni navegante ni caballero, pertenecía a la clase media, habiendo sido durante algún tiempo escribano público en Sevilla, donde gozaba de una buena reputación por su prudencia y su sobria respetabilidad. Estaba casado y tenía dos hijos.

Bastidas había sido descrito como hombre de alma sosegada. Sin embargo, se requerían muchas virtudes para sobrevivir en las Indias, y Bastidas había hecho más que sobrevivir. Se había establecido y enriquecido en ellas.

En esta expedición Bastidas estaba demostrando ser un organizador eficiente. Había conseguido, sin aparentes dificultades, contratos, barcos, oficiales bien calificados y un grupo de armadores que le proporcionaron fondos para los pertrechos, asuntos que, a menudo, volvían locos a capitanes experimentados. Las vituallas y las baratijas para cambiar a los indios habían sido conseguidas mediante crédito; los armadores habían asumido los riesgos. Y los tripulantes, por su lado, en lugar de sueldos, aceptaban una participación de los beneficios.

Como remate a su éxito, Bastidas había conseguido persuadir a Juan de la Cosa para que fuera con él en calidad de asociado y piloto mayor.

En cuanto al contrato, redactado por Fonseca, una vez despojado de tecnicismos legales, era sencillo. Podía ir adonde quisiera más allá de la línea de demarcación, con excepción de las costas ya descubiertas por otros exploradores y negociar para conseguir lo que quisiera: desde oro hasta monstruos. Eso sí, debía someter a su armada a una inspección antes de zarpar y otra a su regreso a Cádiz. Y para asegurarse de ello, viajaría con la expedición Diego de Colmenar, hombre alto, huesudo con larga perilla, que era el representante de sus Majestades, y que velaría por sus intereses.

Después de entregar a la Corona su parte —que esta vez sería un cuarto en vez de un quinto—, Bastidas se quedaría con el resto, libre de gravámenes. Por último, en consideración a la fianza prestada y a la seguridad que ofrecía el antiguo escribano, Bastidas fue nombrado capitán de dichos navíos y de la gente que iba en ellos, con plena autoridad y jurisdicción civil y criminal.

La inspección pasó rápidamente, sin problema alguno. Todo estaba en orden: la marinería, las licencias, los permisos de exploración, los aparejos nuevos, la carga debidamente empaquetada y sujeta... En el momento de levar anclas cada hombre se hallaba físicamente bien y en gracia de Dios después de confesar y comulgar. Estas eran las preocupaciones de todo el que partía para las Indias, aparte de hacer testamento.

Una travesía atlántica no era ninguna broma, aunque ya se había perdido en gran parte el miedo a lo desconocido de los primeros años. Algunos de los tripulantes de Bastidas ya habían hecho el viaje y conocían bien las islas que se extendían entre Cuba y Trinidad. Uno de los pilotos, Juan Rodríguez de Palos había participado en el descubrimiento de Paria; otro Andrés Morales, había explorado con el Almirante entre los años 1493 y 1496.

Esta expedición prometía ser, sobre todo, práctica. La especulación se dirigía al oro y a las perlas. Estas últimas parecían ser una opción segura. Si se habían recogido a montones cerca de Paria por expediciones anteriores no había razón alguna para que no lo fueran también esta vez. Todo el mundo soñaba con ellas, incluso las perlas deformes —llamadas aljófares—, que servían como poderoso remedio para las dolencias cardíacas, las hemorragias y las fiebres malignas...

 

 

 

Los dos bajeles zarparon de la bahía de Cádiz el 29 de octubre de 1500. Después de hacer aguada y comprar carne y verdura fresca en la isla de Gomera, emprendieron definitivamente el rumbo a poniente el 10 de noviembre.

Juan de la Cosa siguió la ruta tanto de Ojeda como de Colón en su tercer viaje.