John Hawkins contempló alternativamente a los dos portugueses sentados al otro lado de la mesa de su despacho. Antonio Luis era más bien alto, moreno, de ojos sombríos bajo las cejas rectas y pobladas. Tenía la nariz puntiaguda, boca ancha, con labios finos de gesto impasible. Su cuello largo y delgado daba a su cabeza un cierto aspecto de ave de rapiña. Apenas se movía al hablar, permaneciendo sentado muy erguido en su silla.
Gaspar Caldeira, por el contrario, era bajo, macizo, de rostro abotargado. Tenía cejas prominentes y una frente en declive con un cierto parecido a la de un chimpancé. Su nariz era chata y sus orejas pequeñas, aplastadas al ras de la cabeza.
—La empresa es sencilla —tranquilizó a Hawkins—, los negros no oponen resistencia, y si lo hacen es con armas rudimentarias.
Gaspar Caldeira le apoyó en su argumentación.
—Hay miles de nativos esperando que los atrapen. Es un negocio de lo más rentable. Vuestra merced lo sabe.
Hawkins asintió lentamente. No sería el primer viaje que hacía a Guinea. De hecho sería el tercero, aunque los dos anteriores había ido sólo con dos barcos y con la mercancía ya apalabrada por un tratante portugués En esta ocasión, sin embargo, la empresa en la que se había embarcado animado por estos dos hombres, renegados de su patria, era mucho más grande, muchísimo más ambiciosa. Era la mayor expedición jamás organizada desde suelo inglés. Se barajaba la idea de establecer una base en la región. Y lo que era más importante, dos de los barcos de mayor tamaño pertenecían a la Reina. La escuadra se encontraba ya completando su avituallamiento y esperando en el puerto de Plymouth un viento favorable.
—De acuerdo —asintió—, saldremos antes de tres semanas.
No sabía mucho Hawkins sobre los dos renegados. Habían sido mercaderes en Portugal, pero las razones por desertar su propio país no estaban claras. Ellos aseguraban que habían comerciado por toda la costa guineana ejerciendo los privilegios de comercio que la Bula papal de Alejandro VI había otorgado en exclusiva a la corona portuguesa.
Por todos era sabido que había formidables ganancias que esperaban a los que se arriesgaban a comerciar con licencia real. En toda la costa africana se podía adquirir pimienta, canela y nuez moscada entre otras cosas a precios ridículos. Productos que más tarde se podían vender a precios exorbitantes en los mercados europeos. También había tráfico de esclavos que suplían a los nativos de las Indias que estaban siendo exterminados por los españoles. Más abajo siguiendo la costa abundaba el oro en polvo y el marfil.
En contra de todas estas riquezas estaban los peligros del viaje; de barcos pequeños y a través de aguas traidoras sin mapas fiables. También estaban las enfermedades y las traiciones. A pesar de ello había mucha gente que estaba dispuesta a afrontar los riesgos y no sólo en Portugal. Los franceses, que tenían pocos escrúpulos sobre la esclavitud, no estaban dispuestos a respetar el santuario del monopolio portugués. Sus barcos recorrían las costas de Senegal y Guinea desafiando los monopolios otorgados al país luso. Y los ingleses no querían ser menos.
Había sido a los franceses a los que Luis y Caldeira habían propuesto la idea al salir de Portugal. Y, al parecer, de tal manera habían tenido éxito que se organizó una fuerte expedición con gran secreto. En 1566 zarparon cerca de cuatrocientos hombres en seis barcos bajo el mando de Pierrot de Monluc. Su objetivo era conseguir oro, especias y esclavos en zonas inexploradas todavía.
Al llegar a la altura de la isla de Madeira, la flota entró en el puerto en busca de agua y provisiones, pero los portugueses les recibieron a cañonazos. Los franceses respondieron y se originó una batalla en la que los atacantes se llevaron la mejor parte. Sin embargo, la victoria resultó desastrosa para la expedición. Su jefe, Pierrot Monluc resultó muerto y los franceses, sin un líder, saquearon la ciudad y se volvieron a casa.
Antonio Luis y Gaspar Caldeira no se desanimaron. Ofrecieron sus servicios a España, intentando persuadir a Felipe II para que enviara unos barcos, pero el rey español no estaba dispuesto a arriesgarse en esta empresa. Así que los dos portugueses se acercaron a la corte inglesa.
Y aunque la Reina Elizabeth no les ofreció cooperación oficial de la corona, tampoco tenía, por otro lado, mucho cariño al monopolio portugués en África y estaba dispuesta, en cuanto se presentase la ocasión, a animar a sus súbditos a que violasen la bula papal.
Para la presente expedición se había formado un sindicato que estaba dispuesto a arriesgar su dinero en una empresa que prometía grandes ganancias. Y para capitanear la empresa se había elegido a John Hawkins, un hombre joven de treinta y cinco años, que combinaba astucia y experiencia, además de valentía.
Hawkins procedía de una familia de Plymouth y ya desde su juventud había tomado parte en empresas marineras al mando de barcos y hombres. Cuando le llamaron, se encontraron con un hombre de aspecto serio y de modales reservados. Tenía una boca enmarcada por una barba recortada, de color castaño. Su rostro mostraba a menudo un ceño fruncido que indicaba un fuerte carácter, muy testarudo. No era Hawkins ostentoso ni desaliñado en su vestimenta. A menudo aparecía vestido con un jubón negro adornado con fina batista en cuello y en muñecas. Usaba calzones del mismo color y medias de seda. Lucía botones y hebillas dorados con alguna pequeña perla. El espadín que colgaba de su cintura era de acero damasquinado y enfundado en una vaina de terciopelo. Y por la gravedad de su compostura aparentaba mucha más edad de la que tenía.
La reina había confiado en él dos años antes concediéndole el mando del barco Jesús of Lubeck y no se arrepintió de haberlo hecho. Cuando Hawkins volvió un año más tarde con la embarcación intacta, sus bodegas rebosaban de especias, marfil, oro, cueros, azúcar y perlas.
En esta ocasión, el sindicato le había convencido para que aceptase el mando de una flota. Hawkins había aceptado aunque se mostraba escéptico ante las promesas de los dos renegados portugueses. Había oído muchas historias parecidas antes y no se fiaba de ellas. Sin embargo, una vez aceptada la misión había puesto en ella sus cuatro sentidos.
El objetivo de su viaje era la costa guineana que ya había explorado en dos ocasiones. En ambas la expedición había sido sencilla. Había recogido los nativos a lo largo del río y una vez cargado su barco se había dirigido al Caribe vendiendo su cargamento de esclavos a los españoles a cambio de su oro.
Durante las últimas semanas, Hawkins había supervisado, el arreglo, calafateado y embarque de agua y provisiones en los seis barcos que iban a formar la escuadra.
Corría el verano del año 1567 y apremiaba la salida de la flota antes de que comenzara el mal tiempo. Terminaba agosto cuando los dos barcos de la Reina Elizabeth, el Jesus y el Minion zarparon de Londres para unirse al resto de la flota en Plymouth. Casi al mismo tiempo, los mercaderes y los supercargos que le acompañarían en el viaje salieron por carretera con el mismo destino. Con ellos viajaban los dos portugueses.
Fue la noche antes de zarpar que le dieron la noticia.
—Los portugueses han desaparecido, señor.
Hawkins se volvió a su contramaestre. Peter Williams era un hombre de cuerpo robusto, cejijunto y de barba hirsuta. Aunque de aspecto tosco, Williams gozaba de toda confianza por parte de Hawkins.
—¿Estás seguro? —preguntó.
—Sí, capitán. No hay duda. No aparecen por ningún sitio.
Hawkins apretó los labios. Era demasiado tarde para echarse atrás. Tendrían que zarpar y amoldarse a los acontecimientos de un día para otro.
—Bien —dijo—, zarparemos según lo previsto.
Cuando Williams salió de su cabina, Hawkins terminó de escribir su carta a la reina.
…y os aseguro, Majestad que llevo suficientes hombres para defendernos de nuestros enemigos, con la ayuda de Dios, y tened confianza que no volveré con menos de cuarenta mil marcos de oro, conseguidos sin haber cometido ofensa alguna contra los aliados y amigos de su Majestad...
Firmó la carta y la selló con laca.
Y mientras la carta hacía su viaje a Londres, a manos de un mensajero, Hawkins terminaba los preparativos. En la bodega superior se amontonaban los fardos y las barricas mientras en la sentina se hacía sitio para acomodar a los esclavos. Para alimentarlos llevaba en el Jesús cientos de sacos de alubias secas, la comida que se acostumbraba a dar a los negros en el interminable viaje a las Indias.
Curiosamente, esas alubias habían estado a punto de traicionarle cuando alguien le contó al Embajador español, D. Guzmán de Silva sobre la ingente cantidad de esos sacos que llevaban a bordo. Tanto la Reina como el ministro de asuntos internos le habían asegurado que las preparaciones de Hawkins no estaban destinadas a un viaje a las Indias.
De Silva se dio por satisfecho, sobre todo cuando Hawkins, con quien mantenía buenas relaciones, también le había asegurado lo mismo.
Sin embargo, un cargamento de alubias no podía ser pasado por alto. Las alubias significaban esclavos y los esclavos sólo se podían vender en las Indias. Una vez más, de Silva fue con sus dudas a la Reina, quien de nuevo le aseguró que no tenía nada que temer.
La impaciencia de Hawkins crecía. Había sido costoso preparar la expedición y estaba ansioso de levar anclas aprovechando un viento propicio. Le habría gustado zarpar con el respaldo de todas las partes implicadas, pero como no era posible, estaba dispuesto a hacerlo y resolver los problemas según surgían. El asunto de las alubias sólo había sido el comienzo. Comenzaba a temer que la desaparición de los dos portugueses no fuera sino una segunda parte del drama que se iba a desarrollar rápidamente.
Tampoco podía olvidar el incidente que había ocurrido en el Támesis, cuando el Jesus y el Minion estaban a punto de zarpar. La cubierta de ambos barcos estaba atestada de gente que había acudido a despedir a los marineros, cuando, sin previo aviso, uno de los motones había caído sobre cubierta matando a una niña que se hallaba debajo. Curiosamente, un desgraciado accidente similar había sucedido en su último viaje en 1564. Cuando estaban a punto de zarpar, un oficial fue aplastado por una vela que cayó desde lo alto con su verga correspondiente. En ambos casos el incidente fue considerado como de mal augurio.
Sin embargo, los dos barcos fueron acompañados por un buen viento hasta Plymouth donde echaron ancla en Catwater y todo el mundo se olvidó del incidente.
En ese puerto, los dos barcos se unieron al resto de la flota. Allí había echado el ancla el William and John, un barco de ciento cincuenta toneladas propiedad de la compañía que poseían los hermanos Hawkins y que estaba al mando de Thomas Bolton, El William and John acababa de regresar del Caribe como parte de una pequeña flota comandada por John Lovell, que había llevado un cargamento de esclavos. En su tripulación había un joven sobrino de Hawkins, Francis Drake. Este viaje había sido la primera experiencia del joven a sitios distantes y había abierto su apetito de aventuras.
Otro de los barcos del escuadrón de Novell había sido el Swallow, que había sido reparado durante el verano. El Swallow era un pequeño barco ágil y buen marino de cien toneladas. Tenía a bordo ocho piezas pequeñas de artillería de nueve libras.
Por último estaban el Judith y el Angel, dos pequeñas naves de cincuenta y treinta y tres toneladas respectivamente. Éstos completaban la escuadra junto con una pinaza que iba remolcada a popa y que servía para ayudar a los botes en los desembarcos.
Comparado con estos últimos barcos, el Jesús y el Minion tenían un tamaño impresionante. El Jesús había sido construido en el Báltico y comprado por Enrique VIII en 1545. Poseía castillos en proa y popa siendo impresionante su potencia de fuego. Tenía una forma poco vistosa, pero corría bien cuando le empujaba la brisa sobre sus cuatro mástiles. En sus castillos habían instalado sendos cañones que cargaban metralla y podían barrer a los asaltantes que trataran de abordarla. Era, en resumen, una fortaleza flotante que muchos marinos evitaban como la peste.
Así, pues, el Jesús servía perfectamente como la capitana de la escuadra. A pesar de sus muchos años todavía conservaba su impresionante prestancia y potencia de fuego: diez cañones de 24 libras y otros tantos de menor potencia, culebrinas, y cañones de corto alcance.
Hawkins también era consciente de sus defectos. Cuando estaba cargada hasta los topes cabeceaba pesadamente y era difícil manejar su timón al ceñirse al viento. Además de eso, entraba agua a su interior a pesar de todo el carenado y trabajos de carpintería y embreado de sus juntas.
Hawkins había hecho instalar nuevas bombas de achique en su viaje anterior, pero raro era el día en que no se usaban. Irónicamente, los marineros comentaban que así las aguas en la sentina eran más limpias y causaban menos fiebres a sus tripulantes.
El barco había sido catalogado hacía años como poco marinero, pero había seguido en activo debido al alto coste que supondría el reemplazarlo. Hawkins, visto sus ventajas e inconvenientes, la había aceptado como parte integrante de la expedición.
Hawkins había elegido como su contramaestre al joven Robert Barret de veinticuatro años. Nacido en Saltash, Barret era un hombre robusto, de aspecto agradable, su barba era rojiza, con ojos de color brillante. Su cara estaba marcada por la viruela.
Todos los mercaderes y los caballeros de alcurnia que irían en la expedición fueron acomodados en el Jesús.
En cuanto al Minion, era un barco de trescientas toneladas que tenía fama de traer mala suerte a sus tripulantes. Había sido construido hacía treinta años y, como el Jesus, tenía cuatro mástiles y pesados castillos en proa y popa. Llevaba cinco cañones de 16 libras por banda. Había hecho tantos viajes a la Guinea que se decía que podía hacer el viaje sin marineros a bordo. En una ocasión un barril explotó en cubierta y estuvo a punto de hundirse, pero consiguió sobrevivir después de extensas reparaciones. En otra fue capturado por los portugueses y se le consideró perdido. Pero nueve meses después hubo noticias de él en las Azores. Su escasa tripulación estaba medio muerta a causa de las enfermedades y del hambre. Pero cuando consiguieron llevarla a Londres, se encontró que tenía en sus bodegas una fortuna en marfil y oro.
Tal sería el barco que comandaría John Hampton bajo la dirección de Hawkins.
Esta flota de seis barcos tenía como misión establecer una base permanente en la costa africana y defenderla si la fábula contada por los dos portugueses se mostraba real.
Sólo quedaban por embarcar unas piezas de tela resistente de algodón y varias toneladas de grilletes para esposar a los esclavos. Todo debía embarcarse sin levantar sospechas. En una semana el barco podría zarpar.
Sin embargo, siete días más tarde, el viento soplaba del sudoeste con cielos grises y lluvia racheada; con un tiempo semejante no había posibilidad de tratar de salir del puerto. Se mantuvieron a la expectativa en la desembocadura del Catwater.
Pero estaba visto que ni siquiera este período de tiempo iba a ser pacífico para la pequeña flota. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas cuando Hawkins recibió un aviso de que se aproximaba una escuadra de siete barcos de guerra. Incluso aunque la distancia era grande Hawkins reconoció los barcos.
—Es la flota española flamenca —masculló—, ¿a qué vienen aquí?
—Estamos en paz con los españoles —le recordó el contramaestre Peter Williams.
Hawkins asintió.
—Una paz que se sostiene en un precario equilibrio… ¡Que todo el mundo ocupe su puesto!
Afortunadamente, Hawkins había tomado la precaución de montar los cañones en cubierta antes de salir del Támesis, en contra de lo que era habitual, es decir, guardar la artillería en el fondo de las bodegas para que sirvieran de lastre.
—¡Que carguen los cañones!
Mientras tanto, la escuadra flamenca seguía acercándose. La capitana, adornada con banderas y gallardetes había dejado a babor la isla de San Nicolás. Hawkins observó que pasaba junto a la isla sin bajar la velocidad con sus gavias desplegadas y ondeando su enseña. Inmediatamente envió a la pinaza a tierra para alertar a la ciudad.
La costumbre obligaba a que todos los barcos amigos que entraran en un puerto extranjero hicieran alguna muestra de respeto. El escuadrón flamenco no lo había hecho y Hawkins lo interpretó como un desafío. Pensó que la flota echaría el ancla a una distancia discreta de ellos, pero estaba equivocado, los españoles se dirigieron al puerto interior, pasando junto a ellos de una forma que pensó era insolente. Vio que la bandera ondeaba orgullosa en lo más alto del mástil, a tiro de sus culebrinas.
—¡Abran fuego apuntando a la insignia! —ordenó.
Media docena de cañones del Jesus y del Minion tronaron pasando por encima de la capitana española. Cuando el humo acre de la pólvora se disipó, las tripulaciones de ambos barcos cargaron de nuevo sus cañones.
La escuadra flamenca siguió su curso sin responder al fuego. Hawkins volvió a dar la orden de disparar
—¡Apunten esta vez a la línea de flotación! —ordenó.
Desde el castillo de popa del Jesús, Hawkins pudo apreciar que varios proyectiles habían acertado en el casco de la capitana. Su comandante ordenó izar una bandera blanca y orzó haciendo descender sus velas. Los siete barcos echaron ancla fuera del alcance de los cañones a sotavento de San Nicolás.
Hawkins, un poco orgulloso de su breve acción no tuvo tiempo de reflexionar de sus repercusiones. Bajó a su cabina para vestirse.
El Alcalde de Plymouth fue el primero en recibir la protesta del almirante de la escuadra española. John Ilcombe no se mostró particularmente inquieto por la protesta. Ya había aprobado mentalmente, la acción de Hawkins.
Los españoles se quejaron de que habían sido cañoneados por dos barcos en la entrada del puerto, pero Hawkins contraatacó.
—¿Quiénes son los barcos que han insultado la bandera inglesa y provocado tal tumulto en un puerto inglés?, ¿por qué no han bajado sus enseñas al entrar en el puerto?, ¿cuáles son sus intenciones?, ¿vienen en son de guerra o de paz?
El emisario le respondió altivo.
—Represento al Baron de Wachen, Alfonso de Bourgogne, que viene al mando de la flota flamenca de su Majestad Felipe II de España —dijo—. El rey está en camino a los Países Bajos y requiere una escolta para protegerle. El mal tiempo nos ha obligado a refugiarnos en Plymouth donde hemos sido recibidos a cañonazos por una nación con la que nos hallamos en paz.
Pero Hawkins no estaba dispuesto a presentar sus excusas, pues sospechaba que en el fondo todo era una excusa para evitar su partida a África. Estaba convencido de que el Embajador español estaba detrás de todo.
—Los barcos que han disparado pertenecen a la Reina —dijo—, y aunque hay amistad entre la Reina Elizabeth y el Rey Felipe, debéis reconocer que no podemos tolerar una descortesía semejante al entrar un barco extranjero en un puerto inglés.
El emisario respondió:
—Debéis saber, señor que la Reina tendrá conocimiento de esto.
Efectivamente, antes de tres días, Hawkins recibió una carta firmada por la Reina Elizabeth, reprobando su acción y prohibiéndole taxativamente tomar semejantes acciones en su nombre, de nuevo.
El único consuelo de los recientes acontecimientos fue ver cómo la flota española se hacía de nuevo a la mar al tercer día.
Hawkins contempló su salida con una mezcla de emociones. Nada le retenía ya en el puerto. El viento había cambiado, sus bodegas estaban repletas y los ánimos de sus hombres en lo más alto.
África les esperaba.