El capitán Robert Read era un hombre recio, de barba poblada con hebras de plata y mirada dura, como no podía ser menos en un hombre que se había pasado media vida en el mar. Antes de retirarse a su camarote, dio las últimas órdenes a su primer oficial.
—George, mantén rumbo hacia el estrecho. Coge otro rizo si arrecia el viento.
—Bien, capitán.
El viento fuerte del nordeste les permitía llevar las gavias con dos rizos. Lanzó miradas aprensivas al encrespado oleaje. Ganó el puente de popa tanteando en busca de asidero y se dirigió al camarote.
Robert Read sabía que el barco estaba en buenas manos, no en vano llevaba casi diez años navegando con George Shaw. En ese tiempo habían llevado mercancías a todas partes del mundo conocido.
El Albatros se dirigió decidido hacia el Canal de la Mancha, más allá del cual, se extendía, esperándole, el mar abierto como una infinita llanura.
El capitán Read abrió la puerta del camarote, que ocupaba toda la manga de la popa.
—Hola, querida —saludó al entrar —huele bien.
La mujer asintió al tiempo que removía la cazuela. Cuando viajaba con su marido, solía cocinar para los dos en un pequeño fogón en la cámara. Siempre era mejor que el rancho de los marineros.
—He preparado un guiso de carne con patatas y verdura para cenar —anunció, aunque no era necesario hacerlo pues el olor al condimento se extendía hasta el último rincón del camarote.
—Bien —aspiró Read—, daremos una buena cuenta de ello en cuanto esté listo. Mientras tanto, prepararé el derrotero del barco para mañana.
—¿Adónde vamos esta vez, Robert? —preguntó con indiferencia Susannah Read. En realidad le importaba bastante poco el rumbo. Sólo sabía que tardarían varios meses en volver a Inglaterra y en ver de nuevo a su hijo Bob.
—Vamos a las islas Canarias a aprovisionarnos y desde allí tomaremos el rumbo a Virginia, una de las colonias americanas.
Susannah Read asintió distraídamente. Su mente estaba atrás con su hijo Bob de siete años. No le gustaba dejarle al cargo de su suegra. Habría dado cualquier cosa por quedarse, pero como buena esposa, anteponía a todo, la fidelidad a su marido.
—Estoy preocupada por Bob —musitó mientras servía el estofado caliente en dos platos.
Robert Read se sentó a la mesa y cogió una cuchara.
—Llevamos semanas dando vueltas al tema —gruñó—. Sabes que el niño debe empezar a ir a la escuela. No te preocupes, estará perfectamente con mi madre. Ella le adora.
—Sí, lo sé —asintió Susana—, sólo que…
Robert se llevó una cucharada de carne a la boca.
—¿Qué?, sé que le vas a echar de menos, pero la vida es dura para todos. Piensa que su abuela tiene una propiedad que dejará a su nombre cuando fallezca. Y eso le resolverá la vida.
—Espero que sea así —musitó la mujer sentándose frente a su marido—, espero que sea así… ¿Cuándo volveremos?
—No creo que tardemos mucho. Seguramente nos tendrán preparados dos o tres viajes por el Caribe y luego probablemente, traeremos a Inglaterra un cargamento de tabaco.
—¿Seis meses? —aventuró Susannah
—Eso como mucho —asintió el capitán Read, aunque sabía por experiencia que las cosas podían cambiar sobre la marcha. Por eso había insistido en llevar a su esposa con él—. Con un poco de suerte estaremos de vuelta para el verano.
—Bueno —respondió Susana algo más animada—, ¿podré quedarme una temporada con mi hijo, entonces?
—Claro, querida.
Pero poco se podía el capitán imaginar lo mucho que iban a cambiar las cosas en los próximos meses.
El capitán Read recibió la primera noticia dos meses más tarde, navegando en medio del Caribe, cuando vio a su esposa vomitando por encima de la borda a primera hora de la mañana.
Bajó del puente de un salto para auxiliarla.
—¿Te encuentras mal?
—No es nada.
—Déjame que te ayude. Túmbate en la cama y se te pasará. Te sentaría mal la cena.
Cuando Susannah estaba tumbada en el camastro, Robert se sentó a su lado, solícito.
—¿Estás mejor ahora?
—Sí…
—Mandaré llamar a Horacio, él entiende un poco de medicina. Te puede dar alguna de sus hierbas.
—Te aseguro que no es nada. Se me pasará enseguida.
—Estás pálida.
—Lo sé —musitó Susannah—. Es natural. Estoy embarazada.
—¿Em…, embarazada?
—Sí, ya sabes, voy a tener un hijo.
—¡Un hijo! —exclamó Robert, maravillado— ¡Nuestro segundo hijo! ¿Para cuándo lo esperas?
—Para dentro de seis meses. ¿Crees que estaremos en Inglaterra para entonces?
—Espero que sí, aunque, ya sabes, las cosas pueden cambiar de un momento a otro.
Los siguientes meses dieron la razón al capitán Read. Un barco mercante nunca sabía cuál iba a ser su siguiente destino. Los viajes por el Caribe y sobre todo, por las trece colonias americanas se sucedieron: Nueva York, Boston, Filadelfia, Virginia, La Habana…
Susannah se puso de parto seis meses más tarde, navegando entre Luisiana y México en medio de un viento huracanado.
Con los mástiles crujiendo y el silbido del viento entre obenques y jarcias, la mujer rompió aguas. Durante un tiempo interminable en el que las olas parecieron lanzarse en pos del navío rompiendo sus crestas espumosas contra las cuadernas, Susannah hizo esfuerzos en sacar a la criatura.
Con cada embestida en la que la nave alzaba la popa, guiñaba y hacía crujir las brazas, la parturienta se esforzaba en dar a luz a su bebé.
La nave hundía la proa una y otra vez en un abismo de agua azul verdosa mientras la cabeza de una niña se asomaba a un nuevo mundo, un mundo cruel y despiadado.
Cuando terminó de salir, Horacio levantó la criatura por los pies y le dio un pequeño azote para asegurarse que lloraba a pleno pulmón. Luego la envolvió en un paño.
Horacio se asomó a la puerta.
—Es una niña, capitán —gritó por encima del viento aullante.
Segundos más tarde, el capitán Read apareció por la abertura acompañado del restallido de las vergas. Empapado de agua, cogió al bebé en sus brazos y después de acunarlo un momento, se lo dio a la agotada madre.
—Es una niña preciosa, querida —dijo—, ahora debo dejarte. Volveré en cuanto pueda. Horacio se quedará contigo.
Susannah apretó a su bebé contra su pecho mientras en el exterior los marineros tensaban drizas y escotas al límite de los motones. Las brazas de las vergas se quejaban bajo el peso que soportaban, la quilla rechinaba y los mástiles crujían en sus carlingas.
En el puente de mando, el nuevo padre hinchaba el pecho mientras recorría con la mirada cabos y obenques entrelazados que se elevaban hasta una altura impresionante. La gran verga del mayor y los obenques, encumbrados sobre el resto del velamen, estaban tensados como si fueran arcos ciclópeos.
—¡Recoged la vela del trinquete! —voceó el capitán.
Un grumete estuvo a punto de ser derribado por la enorme lona que, súbitamente liberada de sus ataduras, se retorció violentamente bajo la fuerza del viento.
Aquí y allá, los hombres lidiaban con los cabos serpenteantes, mientras que por encima de sus cabezas chirriaban los motones. La tensión de brazas y drizas desafiaba la fuerza de unos músculos enfrentados al viento y a la enorme pirámide de lona.
La voz del capitán volvió a oírse.
—¡Recoged la vela de mesana!
La lona restalló y bufó en un verdadero frenesí hasta que el intenso trabajo de los marineros, orientando las vergas al viento y girando todo el timón a la banda, tuvo al barco bajo control.
Como un animal salvaje retenido, el barco intentó seguir adelante con sus imponentes velas ya recogidas, sin conseguirlo.
La alegría de los Read no duró mucho. A su llegada a Norfolk, Virginia, donde la Casa fletadora del Albatros tenía su sede en las colonias americanas, les esperaba una carta dirigida a los dos. Estaba fechada tres meses antes y era de la madre de Robert.
Según Susannah leía las líneas, éstas comenzaron a danzar ante sus ojos. Se tuvo que agarrar a su marido para no caer, al ceder sus piernas.
El capitán Read tomó la carta de sus manos y leyó en voz baja las últimas líneas.
…y lamento deciros que vuestro hijo Bob, mi nieto querido, ha pasado a mejor vida víctima de fiebres. Llamé a los mejores facultativos de la región, pero ninguno pudo hacer nada por el niño, que murió en mis brazos, anteayer. Será ahora un ángel más en la corte del Señor en los cielos. Sus restos serán enterrados mañana en la parroquia de San Gabriel.
El capitán Read dejó caer el papel que sostenía entre las manos y abrazó a su mujer.
—¿Por qué, señor?, ¿por qué nos haces esto? —musitó mientras la desconsolada madre hundía el rostro en su pecho, estallando en lágrimas.
—¡Hijo mío…!, ¡no…, no, por favor, no!, ¡mi hijo no…!
Aquel fue el primer zarpazo de una tragedia familiar que no acababa más que empezar. El segundo golpe sería todavía más cruel para Susannah Read.
—No me siento con fuerzas para acompañarte en este viaje —Susannah señaló a su marido—, además, el bebé necesita cuidados que no puedo darle a bordo de un barco.
Robert asintió.
—Lo comprendo —dijo—, alquilaremos una casita para las dos, en Norfolk. Estaré de vuelta en dos meses.
—¿Adónde vas?
—A Brasil.
—Bien, aquí estaré esperándote con la pequeña Mary.
Una semana más tarde, el Albatros partía rumbo sur a recoger un cargamento del cotizado palo brasil.
La tormenta les pilló a la vuelta, cerca de la isla Trinidad, con el barco cargado hasta los topes del cotizado cargamento.
El capitán Read mandó recoger todo el trapo dejando únicamente las gavias para capear el temporal. La noche era oscura. No había luna y las estrellas estaban ocultas por negros nubarrones.
De pronto, un oscuro banco de arena negra y piedras manchadas de nafta surgió bajo un manto de espuma, junto a la amura de babor. Casi enseguida se oyó un fuerte golpe en la parte interior del casco y la rueda del timón sufrió una violenta sacudida.
El capitán Read se aferró a la borda mientras el puente se inclinaba cada vez más. La nave empezó a escorarse, herida de muerte.
Las olas golpearon la quilla medio expuesta y el barco quedó atascado en el barro. Los mástiles crujieron en sus carlingas y la quilla rechinó como un puerco al que están a punto de degollar. Velas, palos y cordaje volaron sobre sus cabezas y se golpearon hasta hacerse pedazos, ahogando los gritos de angustia de los marineros.
Arrancada del mástil, la verga mayor cayó sobre cubierta en medio de una confusión de brazas enmarañadas. Varios metros de borda se hicieron astillas con su peso. Tras la verga cayó una lluvia de motones partidos y jarcias rotas azotando el entablado alrededor del puente.
El palo mayor se dobló hacia la proa como un arbolito recién plantado y los obenques se tensaron hasta el punto de ruptura.
Read, horrorizado, se dio cuenta que no aguantarían la presión. Los cabos estaban enredados, las velas rasgadas y los obenques destrozados.
Las cubiertas estaban sembradas de vigotas partidas, manojos de estopa para calafatear, cabos de jarcia troceada, tinas de brea y cubos de pez para los obenques.
La noche era negra y tenebrosa. Sólo se adivinaba un erizado muro de agua que rompía con la blancura de su espuma la terrible oscuridad que les rodeaba.
Los hombres, aturdidos por el retumbar de truenos y relámpagos, sin un instante de respiro, medio cegados por la espuma salada, se aferraban desesperados a jarcias y flechastes, sacudidos por el viento cruel y lacerante.
El barco se había inclinado tan acusadamente hacia barlovento que la verga mayor peinaba ya las crestas de las olas que rompían por ese costado.
El bramido del viento no dejaba de ulular ni por un instante como un ser mitológico enloquecido que disfrutara al infligir su tormento.
De pronto, con un crujido sobrecogedor, el Albatros rompió su espinazo.
El terrible peso que tenía que soportar el barco cargado a tope y apoyado solamente en el punto central de la quilla, hizo que ésta se quebrara.
El espeluznante restallido de la madera al romperse en mil pedazos se unió a los gritos de angustia de los marineros que se aferraban desesperadamente a las bordas y a los obenques.
Durante algún tiempo, las olas batearon sin piedad a los restos del Albatros, hasta que poco a poco, los esparcieron por el ancho mar sin que quedara el menor rastro del orgulloso mercante y su carga.
Semanas más tarde, la desaparición del Albatros se hizo oficial. Todos sus tripulantes fueron dados por muertos. El representante de la compañía en Norfolk, Jeremy Murphy, se encargó de dar la noticia a Susannah Read.
—Me temo que ya es oficial, Sra. Read. El mascarón de proa de la nave ha sido recogido en las playas de la isla Trinidad. El barco se ha hundido con toda su tripulación.
Susannah aceptó la noticia con resignación. Desde hacía dos meses, que tenía que haber llegado la nave, esperaba que ocurriera un milagro, pero sus ruegos, al parecer, no habían sido atendidos. Tendría que hacer frente a un futuro incierto sola y con una criatura de pocos meses dependiendo de ella.
—Volveré a Inglaterra —musitó.
Jeremy Murphy asintió.
—Por supuesto —dijo—, le proporcionaremos pasaje en el próximo barco de la compañía que viaje a Londres. Mientras tanto, prepararemos una liquidación que damos a las viudas de los marineros y oficiales de la compañía que mueren en acto de servicio.
Susannah asintió. Sabía que el dinero que daban a las mujeres de los fallecidos en el mar era una miseria. No la llevaría muy lejos. Se aproximaban tiempos muy difíciles. Tendría que buscar algún trabajo para mantener a la niña y a ella misma.
—Gracias —dijo.
La joven viuda tuvo que esperar dos semanas hasta que recibió la comunicación de que un navío zarparía para Londres.
—Saldrá dentro de siete días —le informó Murphy. Al mismo tiempo le dio para firmar en un libro la liquidación de la compañía como compensación por la muerte de su marido, el capitán Robert Read.
—Gracias —musitó, apretando contra sí a la pequeña Mary—, cogeré ese barco.
—Sentimos mucho la pérdida de un buen capitán y la magnífica persona que era su marido —exclamó Murphy mostrando su simpatía—. Le conocía desde muchos años y nos llevábamos muy bien. Espero que tenga usted suerte. ¿Puedo preguntarle lo que piensa hacer?, ¿tiene usted parientes en Inglaterra?
—Mi suegra. Tiene una pequeña propiedad que iba a legar a mi hijo. Desgraciadamente éste murió.
—Lo siento —dijo Murphy sinceramente—, y me imagino que su suegra todavía no sabe que ahora tiene una nietecita.
—No —confesó Susannah—, será una sorpresa para ella.
—Le deseo suerte —dijo el agente comercial—, aquí tiene el dinero que le corresponde.
—Gracias.
Susannah sopesó la bolsa con ojo crítico. Estaba claro que aquellas monedas no le durarían mucho tiempo. Era evidente que la medida más urgente era ponerse en contacto con su suegra. Esperaba que la madre de Robert decidiera cuidar de su nueva nieta de la que ni siquiera conocía su existencia.
De pronto, un pensamiento negro la asaltó.
¿Y si a la anciana no le caía bien la pequeña Mary? Recordaba perfectamente que en más de una ocasión había manifestado su inclinación por los varones.
—El mundo es de los hombres —decía a menudo—. Ellos son los dueños de todo lo que hay en él, incluyendo a las mujeres. Ojalá hubiera yo nacido varón.
De pronto, Susannah tuvo miedo de que la anciana repudiara a la pequeña Mary. ¿Y si no la quería?, ¿y si no podía soportar ver a una niña ocupar el puesto del pequeño Bob?
Mientras regresaba a casa no dejaba de dar vueltas en su cerebro al problema que se le planteaba. Tenía claro que debía hacer algo para remediar el fallo de la naturaleza. Ésta debía haberle dado otro hijo.
Miró a la pequeña que dormía plácidamente en sus brazos.
—Tengo que hacer algo —volvió a repetir en su mente—. Tengo que hacer algo…