El mullah Sayed Rezae contempló a sus fieles con orgullo. Aunque no eran muchos, apenas medio centenar, y tampoco la mezquita era precisamente, una reproducción de la de Córdoba, todo ello, sin embargo, era obra suya. Un trabajo arduo que le había llevado muchos años de esfuerzo en un país extranjero, enemigo solapado del Islam.
Aunque Gran Bretaña presumía de democracia y libertad de expresión y de religión, la verdad era que nunca había encontrado facilidades para obtener el permiso para abrir su mezquita al culto islámico en el norte de Londres.
Habían sido largos años de lucha contra la burocracia del país, hasta que por fin triunfó su perseverancia. Pero ahora eso quedaba ya muy atrás. Casi veinte años habían pasado desde los terribles sucesos que habían quedado grabados en su mente como con un hierro candente. Después de aquello había decidido que no podía seguir viviendo en su país. Por ello había pensado que podía ser más útil a los designios de Alá ayudando a los fedayines en pleno corazón de uno de sus grandes enemigos: Gran Bretaña, el aliado incondicional de los odiados Estados Unidos.
A pesar de los años transcurridos, Sayed tenía muy presente en su memoria lo que había sucedido aquel día fatídico. Ni un solo detalle se le había olvidado.
Recordaba aquellos tiempos con una mezcla de sentimientos, unos eran agradables y otros desagradables. En primer lugar estaba su trabajo que le complacía sumamente: muecín de la mezquita del poblado y por otro lado, estaban los lúgubres recuerdos de la infidelidad de su joven esposa, Shehere. Vivían entonces en una pequeña aldea de Irán y él estaba al cargo de la mezquita del poblado. Como muecín, era el encargado de realizar la llamada a la oración cinco veces al día.
Con orgullo recordaba que había sido elegido almuédano por su voz y su personalidad. Era una pena que no mucho después, llegaron también a ellos los avances de la técnica moderna y los muecines habían dejado de subir a los minaretes. La llamada a la oración se comenzó a efectuar por medio de megafonía.
Sayed, aparte de efectuar el adhan o llamada a los fieles, a menudo se colocaba durante la oración en una plataforma situada en el lado opuesto al del púlpito o minbar y respondía a los sermones del imán.
Durante años había trabajado duro para memorizar todas y cada uno de los suras del Corán, además de llevar a cabo estudios específicos para llevar a cabo la tarea. Y su esfuerzo no había sido en vano. A la muerte del viejo imán, la comunidad sunní le eligió como su sucesor.
En el islam, el cargo de imán, a diferencia de lo que sucedía en otras religiones como el cristianismo y el judaísmo que tenían sacerdotes o rabinos, cualquier persona podía ser elegida con tal que conociera bien el ritual del rezo. Se situaba delante de los demás fieles en las mezquitas y servía de guía para llevar a cabo las oraciones. En realidad, cada musulmán podría ser su propio imán, con tal de que supiera rezar correctamente.
Como siempre ocurría cada vez que Sayed dejaba vagar sus pensamientos, éstos volvían a lo que se había convertido en la obsesión de su vida: el adulterio de Shehere. Aunque habían pasado veinte años, lo que había ocurrido aquel día seguía tan vivo en su mente como si hubiera sucedido el día anterior.
Los había sorprendido desnudos en la cama, cuando había vuelto inesperadamente a su casa de un largo viaje. En su mente atormentada oía una y otra vez sus palabras como si estuvieran grabadas en un disco.
—¡Por Alá! —se oía a sí mismo exclamar al entrar—, ¿qué es esto?, ¿qué significa esta iniquidad?
Los dos jóvenes habían saltado de la cama como heridos por un rayo.
—¡Sayed! —había exclamado Shehere aterrorizada—, ¡tú!, pero…, pero…
—¡Malvada!, ¡adúltera!, ¿qué significa esto?
—Yo…, yo… —había balbuceado su joven esposa, sin poder encontrar excusas.
La mente de Sayed se había paralizado. Era incapaz de reaccionar.
—¿Cómo puedes hacerme esto?, yo que te he dado un hogar, un nombre…
Mientras Sayed se había convertido en una estatua de sal y miraba la escena con ojos incrédulos, el joven atleta que había ocupado su lugar en el lecho matrimonial saltaba ágilmente al suelo como impulsado por un resorte, cogía su ropa con un movimiento rápido y saltaba por una ventana a la velocidad del rayo. No se detuvo para vestirse, sino que se alejó por un callejón tan desnudo como el día en que había venido al mundo, perseguido por los gritos indignados de Sayed.
El muecín había salido tras él blandiendo una escoba, que era lo primero que había encontrado, para tropezarse con un puñado de curiosos quienes, atraídos por los gritos, se habían parado a contemplar la increíble escena.
Sayed, sintiéndose ridículo había arrojado la escoba al suelo con rabia, al tiempo que veía desaparecer al adúltero tras una esquina.
Sintiéndose objeto de la mofa de sus conciudadanos, Sayed había entrado en la casa, no sin antes tomar nota mental de varios de sus vecinos que podrían servirle como testigos llegado el caso.
Dejando atrás las solapadas risitas y los comentarios zafios, Sayed cerró la puerta tras sí y se enfrentó con su esposa que había introducido una túnica por encima de la cabeza para cubrir su desnudez.
Sayed se acercó a ella, incapaz de disimular su ira y la golpeó con saña.
—¡Malnacida!, ¡maldita!, ¿cómo has podido hacerme esto a mí?
Shehere levantó los brazos para protegerse la cara al tiempo que aullaba ante la avalancha de golpes y patadas que parecían lloverle de todos los sitios.
—Te arrepentirás de esto —rugió Sayed—, te juro por Alá que te vas a arrepentir.
La joven Shehere cayó al suelo envuelta en un mar de lágrimas, pidiendo perdón inútilmente. En un rincón se colocó en posición de feto protegiéndose la cabeza como podía.
Pero los golpes no cesaron. Sayed enfurecido le arrancó la túnica de un tirón dejándola desnuda.
—¡Así es cómo debes de estar, puta, ramera! —gritó desaforado—. Irás desnuda por la calle. ¿Qué he hecho yo para merecer una mujer como tú? —se lamentó.
En un rebrote de ira la agarró por el pelo y tiró su cabeza hacia atrás. Con el puño cerrado la golpeó en la cara sin piedad. Se oyó el seco crujido del tabique de su pequeña nariz respingona al romperse bajo el impacto de aquellos nudillos de acero y el chasquido de unos labios otrora jugosos, estallar aplastados contra sus pequeños dientes blancos. Casi inmediatamente brotó un chorro de sangre y su boca se inundó de líquido rojo.
Todavía insatisfecho con la brutal paliza, Sayed arrastró a Shehere fuera de la alcoba tirándola del pelo. El cuerpo blando y suave de la joven trastabilló contra la irregularidad de los azulejos del largo pasillo.
Pero el ego de Sayed no estaba satisfecho todavía.
Enfurecido aún más al verla desnuda y contemplar aquellos pechos turgentes que acababan de ser acariciados por otras manos que no eran las suyas, el muecín enloqueció. Soltó la larga cabellera y sus dedos fuertes como tenazas se dirigieron a los dos pezones sonrosados que apretó con todas sus fuerzas retorciéndolos en un pellizco brutal.
La joven se retorció de dolor al tiempo que gritaba y aullaba con todas sus fuerzas.
Cuando se cansó de apretar, Sayed siguió arrastrándola hasta la cocina. Cruzó la pequeña dependencia y salió al patio de la casa que estaba rodeado de altos muros.
—Te quedarás aquí, hasta que decida lo que hacer contigo —barbotó al tiempo que la pateaba.
Por un momento, Sayed estuvo tentado de seguir golpeándola, pero un pensamiento estaba tomando forma en su mente. ¿Por qué no la entregaba a la sharia?
Sí, eso sería perfecto. Los ulemas sabrían lo que hacer con ella. No en vano eran los hombres sabios y prudentes que dedicaban su vida a estudiar el Corán y a acondejar a los creyentes sobre sus doctrinas.
De todas formas, Sayed conocía perfectamente el Corán y sabía de memoria lo que decía el sura 24:2
Flagelad a la fornicadora y al fornicador con cien azotes cada uno. Por respeto a la ley de Alá, no uséis de mansedumbre con ellos, si es que creéis en Alá y en el último día. Y que un grupo de creyentes sea testigo de su castigo.
Sayed dirigió una mirada rencorosa a la mujer que, doblada de dolor, gemía en un rincón. No se arrepentía lo más mínimo de haberla golpeado. Aquella adúltera merecía esto y mucho más. El propio Corán lo decía en el sura 4:34
Las mujeres virtuosas son las verdaderamente devotas, que guardan la intimidad que Alá ha ordenado que se guarde. Pero a aquellas cuya animadversión temáis, amonestadlas, y luego dejadlas solas en el lecho; luego pegadlas.
Aisha, la más amada de las esposas de Mahoma, se había dirigido a las mujeres de forma clara y rotunda: “Oh, mujeres, si conocierais los derechos que vuestros maridos tienen sobre vosotras, entonces cada una de vosotras limpiaría el polvo de los pies de su esposo con su cara.”
Sayed se acordaba perfectamente del pasaje en el que Mahoma había concedido permiso a los maridos para que golpearan a sus esposas. Cuando algunas mujeres se habían quejado, el Mensajero de Alá había señalado, disgustado:
A un hombre no se le debe preguntar por qué pega a su esposa.
Para Sayed estaba claro que las mujeres eran posesiones de sus maridos, que para eso las mantenían: El Mensajero de Alá había dicho:
Si un marido convoca a su mujer a su lecho y ella se niega, provocando así que él se duerma enfadado, los ángeles la maldecirán hasta la mañana siguiente.
Y así se había mantenido cientos de años en la ley islámica:
El marido solamente está obligado a mantener a su mujer siempre que ella se entregue o se ofrezca a él. Ella no debe negarse nunca a mantener sexo con él en cualquier momento del día y de la noche.
El ulema Alí Saidi era un hombre todavía relativamente joven para haber alcanzado el más alto nivel de la jerarquía islámica. A sus cincuenta años, presentaba el aspecto de un profeta salido directamente del Antiguo Testamento: pelo y barba blancos, ojos profundos de un mirar sereno, nariz larga y recta, orejas grandes…, vestía un kaftán negro con turbante del mismo color. Sayed se sintió un poco cohibido ante su presencia en el madrás de Teherán. El ulema Alí Saidi era considerado un erudito en diversas materias, no sólo en teología sino también en jurisprudencia y filosofía. A sus clases en el madrás acudían sólo los alumnos más aventajados.
—Explícame otra vez lo ocurrido —demandó Alí—, desde el principio.
Sayed se armó de paciencia y le narró con todo género de detalles todo lo ocurrido aquel día. Sabía que el ulema estaría cotejando la nueva versión con la primera para ver si había algún cambio. Sayed sabía que no lo había. En los últimos cuatro días no había hecho otra cosa más que repetir la historia en su mente.
No había cambios.
—¿Y castigaste a tu esposa? —preguntó Alí.
—Sí.
—¿La pegaste?
—Sí.
—Bien hecho. Mahoma así nos lo indica. En el Corán 4:34 está escrito que las mujeres son inferiores a los hombres, y deben ser gobernadas por éstos. Los maridos tienen autoridad sobre las mujeres porque Alá los ha hecho superiores a ellas.
Sayes asintió. Le vino a la mente otro versículo, el 2:223
Vuestras mujeres son como un campo de cultivo para ser usado por el hombre según su voluntad.
—¿Hay alguna posibilidad de que sea inocente? —demandó Alí
Sayed sabía por qué lo preguntaba y estaba preparado.
—Ninguna —dijo—, es culpable.
—Sabes que por ley puede presentar en su defensa a cuatro hombres íntegros que atestigüen por ella.
—Lo sé —atajó Sayed—, pero nadie lo hará, y mucho menos cuatro.
Si no era fácil encontrar a un hombre que atestiguara sobre la fidelidad de una mujer inocente, encontrar a cuatro era casi imposible. Y si además, la mujer era culpable, el caso estaba cerrado.
Por otra parte, tal como había funcionado la Inquisición cristiana durante tantos años, la acusada tenía que probar su inocencia, no al contrario. Si no era capaz de demostrarla es que era culpable de cualquier cosa que se le acusara.
—Sabes que en el caso de adulterio el castigo es la muerte por apedreamiento…
—Lo sé —dijo Sayed.
—Bien, en ese caso, procederemos. Pediré a las autoridades que nos traigan a la acusada para ser juzgada dentro de una semana.
La sala era pequeña, sin ventanas. Sólo una bombilla fluorescente iluminaba la escena. Sin ella, cualquier espectador que la contemplara podía haber creído que se encontraba en la Edad Media y los cuatro ulemas, enfundados en sus chilabas y kaftanes negros podían haber muy bien pasado por inquisidores del Santo Oficio. Sólo les faltaba una capucha para que el parecido resultara más siniestro.
Las paredes estaban desnudas de adornos y la cal se había desportillado en algunos sitios. En otros, grandes manchas se asemejaban a mapas de continentes desconocidos.
Aparte de la larga mesa del tribunal a la que se sentaban los cuatro ulemas, había una docena de sillas de madera para los asistentes al juicio.
Entre éstos sólo había hombres, los cuales habían sido seleccionados por su honradez y vida sin tacha. No se había permitido la asistencia de parientes de la fornicadora o de mujer alguna que pudiera alterar el desenlace del juicio.
No había silla alguna para la acusada, que debía mantenerse en pie en medio de la sala, custodiada por dos agentes de la autoridad.
Shehere vestía de negro y su pelo y cabeza estaban cubiertos por una funara del mismo color. Ocultaba su rostro con un velo oscuro del que solamente se veían sus ojos amoratados por los golpes.
El juicio fue corto y no hubo muchas preguntas. Ni siquiera le pidieron que se quitara el velo. Alí Saidi fue el que llevó la voz cantante en el interrogatorio.
—¿Cómo te llamas?
Una voz rota se dejó oír detrás del velo.
—Shehere, excelencia.
—No me llames excelencia —gruñó Alí—. ¿Sabes por qué estás aquí?
—Sí, señor.
—Tu esposo te acusa de infidelidad. ¿Qué tienes que decir a eso?
—Nada, señor.
—¿Quién era el hombre que cometió adulterio contigo?
—No…, no lo sé, señor.
—¿No sabes o no quieres delatarle?
—No sé su nombre, señor. Sólo le conocía de vista.
Alí apretó los labios y frunció el ceño.
—O sea que reconoces los hechos y no quieres delatar a tu cómplice.
La joven se tambaleó y tuvo que ser sostenida por los guardias.
—Yo…
Alí clavó en ella su mirada fulminante.
—La ley de Alá, el Misericordioso, me obliga a decirte que en caso de considerarte inocente puedes defenderte presentando a cuatro hombres justos que justifiquen tus actos.
La voz de la acusada era cada vez más débil.
—Sí…
—Sin embargo, has reconocido tu culpabilidad por lo que no nos dejas otra opción que la de castigarte. ¿Sabes cuál es el castigo que el Libro Sagrado nos señala?
Los labios de Shehere se movieron pero no salió de ellos sonido alguno.
—No te oigo. Habla más alto.
—No…
—Bien, pues te lo diré. Y estas son palabras sagradas:
Dios envió a Mohamed, ¡ensalzado sea!, con la verdad y le hizo descender el Corán. Entre lo que Él nos reveló había una aleya referida a la lapidación. La hemos leído, la hemos entendido y la hemos guardado en nuestra memoria. De este modo el Enviado lapidó y nosotros hemos lapidado después de él. Tengo miedo de que, con el paso del tiempo, la gente diga: ¡Por Dios!, no se encuentra la lapidación en el libro de Dios, y entonces se caerá en el error de abandonar una prescripción. Yo os digo, apedreadlos siempre. Es la palabra del Enviado de Dios.
“Así sea contigo. Serás lapidada hasta que mueras.
Al oír esta sentencia, la joven desgraciada dejó escapar un gemido.
—No, por favor, no. No lo volveré a hacer más.
Pero sus ruegos encontraron las duras miradas de los cuatro ulemas.
—Está escrito —dijo Alí Saidi.
—Está escrito —repitieron sus tres compañeros.
La joven Shehere sintió que las piernas no le aguantaban y se desplomó al suelo, con el rostro lívido, tan blanco como las paredes que les rodeaban.
Un sordo murmullo se levantó entre los asistentes.
Saidi esperó a que los guardias recogieran del suelo a la acusada que se había derrumbado, y pidió silencio. A continuación, prosiguió:
—La sentencia se llevará a cabo dentro de dos días después del primer rezo de la mañana. Alá es justo y misericordioso.
“Lleváosla.
Luego, el ulama se dirigió a los asistentes.
—Os pido que cumpláis con vuestra obligación de creyentes y llevéis a cabo la sentencia sin ningún ánimo de rencor o venganza. Recordad que el tamaño de las piedras no deberá ser mayor que la de un puño ni menor que el aro que se forma juntando los dedos, pulgar e índice.
El murmullo de los asistentes aumentó. Para algunos ésta iba a ser la primera vez y estaban deseosos de recabar información para no hacer nada que enojara a Alá y cumplir fielmente con sus deseos.
En una silla, cercana a la puerta, un hombre, encogido en su asiento, contemplaba la escena con el semblante pálido, desencajado.
¡Se había hecho justicia!
Su ego estaba satisfecho.
Eso era lo que había querido… ¿o no?
Hasta que la acusada desapareció por una puerta lateral, Sayed no pudo apartar su mirada de la pequeña figura vestida de negro que era arrastrada por los fornidos guardas.
Tras de sí la pobre desgraciada iba dejando un reguero de un líquido amarillo que resbalaba entre sus piernas.