VOLVER

CAPÍTULO 1 DEL LIBRO DE EDWARD ROSSET “El cayuco del infierno

Capítulo 1

El anciano chamán levantó la vista de las plantas medicinales que estaba mezclando en una cáscara de coco.

—¿Te vas? —repitió en wolof, el mismo idioma que había empleado Kolo—¿Y adónde vas si se puede saber?

El joven tragó saliva con dificultad. Se sentía incómodo, como casi siempre que hablaba con el viejo Siaka. A pesar de que éste apenas medía uno sesenta y él sobrepasaba ya el metro ochenta y cinco, Kolo sentía por aquel hombre un respeto rayano a la veneración. Durante los dieciocho años de su existencia le había visto realizar curaciones tan increíbles que muchos de los habitantes del pequeño poblado las catalogaban como ‘milagros’. Además, aquel anciano, encorvado y con la piel arrugada como la de un higo seco, parecía un pozo inagotable de sabiduría.

—Me voy a Europa —respondió.

La respuesta del joven Kolo Kouassi no pareció sorprender al chamán lo más mínimo, antes bien, parecía esperarla.

—¿Es por eso por lo que has estado pidiendo dinero en el poblado?

Kolo asintió. Aquél era el único medio por el que un joven senegalés podía reunir los dos millones de francos —tres mil euros— que costaba una plaza en un cayuco para ir a un puerto europeo. Y aún así no era fácil reunir aquella exorbitante cantidad de dinero. Generalmente se hacia una colecta entre todos los parientes y conocidos de quien estuviese dispuesto a afrontar los mil peligros que le esperaban para llegar al ‘paraíso’ europeo. La condición de darle sus ahorros era que, una vez establecido en Europa, ayudara a establecerse allí a otro joven del poblado.

—Sí —contestó—, he reunido algo más de dos millones de francos.

Siaka se acarició la pequeña barba blanca, tipo chivo, que adornaba su mentón.

—Así que estás dispuesto a arriesgar tu vida…

—Lo estoy. No puedo aguantar más tiempo en este lugar.

El chamán no respondió aunque comprendía perfectamente lo que pasaba por el alma del joven Kolo. En los últimos años había visto a media docena de jóvenes del poblado emprender el mismo rumbo: cayucos, pateras, desierto… Ninguno había vuelto ni había dado señales de vida.

—Te darás cuenta de que hay muchos que se quedan en el camino…

—Sí —dijo Kolo apretando los labios—, pero prefiero morir que seguir viviendo en la miseria.

El chamán lo entendía. La falta de trabajo y los míseros sueldos de los pocos afortunados que tenían un empleo hacía que el país estuviera sumido permanentemente en la pobreza. El analfabetismo rondaba el sesenta por ciento de la población y pocos sueldos pasaban de los cien euros al mes. Por otro lado, la esperanza de vida era de cincuenta y cinco años.

—¿Me imagino que también sabrás lo que te espera, incluso aunque consigas llegar a un puerto europeo…?

—He oído muchas historias —afirmó Kolo—. Sé que será muy duro y que no todos los que llegan consiguen papeles.

—Exacto —asintió Siaka—, pueden pasar años antes de que consigas permiso para trabajar, incluso quizá no lo tengas nunca.

—Me arriesgaré —dijo firmemente Kolo—, estoy dispuesto a todo.

El chamán apartó la cáscara de coco y las plantas medicinales.

—Siéntate —dijo—. Tú y yo tenemos que hablar.

El joven se sentó en el suelo en cuclillas frente al anciano. Éste le miró con ojos entornados. Por su mente pasaron recuerdos de los últimos veinte años: el embarazo de la joven Jalima de apenas quince años; el nacimiento del niño; la muerte de la joven madre…

Jalima nunca había revelado el nombre del padre, aunque todo el mundo sospechaba de Marco, un tratante de ganado que había visitado el poblado en numerosas ocasiones por aquella época y que desapareció a raíz del embarazo de la joven.

El bebé había sido cuidado por la abuela y educado en la misión de Kaolak, cerca de Gambia. Durante muchos años, el niño, impulsado por el afán de aprender, había recorrido diez kilómetros diarios para ir a la escuela de la misión y otros tantos para regresar. Luego, cuando le llegó la edad de dejar de estudiar consiguió varios trabajos temporales en Dakar. Ahora se encontraba en paro como la mayoría de los jóvenes.

Siaka estudió el rostro del joven como tantas veces había hecho a lo largo de los años. Siempre le habían fascinado aquellos ojos verdes en los que se veía una mirada inteligente y profunda. Él, que siempre se había preciado de conocer a una persona con sólo leer los rasgos de su rostro, podía ver claramente que Kolo era una persona fuera de lo común. Su nariz recta, sus pómulos salientes, los labios finos y firmes, los músculos que había desarrollado en las largas caminatas…, todo indicaba una fuerza de voluntad que sólo la muerte podría destruir.

Pero, además, Siaka conocía el carácter humano del joven, su disposición a ayudar y a hacer el bien a los que le rodeaban. Y eso le gustaba.

—¿Sabe tu abuela que quieres irte? —preguntó.

Kolo asintió.

—Desde hace tiempo conoce mis deseos de buscarme la vida en el mundo de los blancos. De hecho me ha ayudado a recaudar el dinero necesario.

—Bien por ella, es una magnífica mujer.

Kolo sonrió.

—Cuando gane algún dinero se lo enviaré.

Siaka sacudió la cabeza.

—Hazlo, pero dudo mucho que lo gaste. Probablemente lo guardará para ti.

—Quizá…

Siaka guardó silencio un momento mientras ponía en orden sus pensamientos.

—Así que has pensado en el paso que vas a dar…

—Sí, mucho —replicó Kolo—, he tomado nota de todo lo que hay que hacer en todo momento.

—Esa gente que te lleva a Europa, ¿es de fiar?, ¿no cogerán tu dinero y desaparecerán?

Kolo negó con la cabeza.

—Me aseguran que no recogen todo el dinero hasta el momento del embarque.

—¿Y cómo se arreglan para que un cayuco con un motor pequeño recorra mil millas con cuarenta personas a bordo?

—Los cayucos no hacen todo el recorrido. Un barco nodriza los remolca hasta unas cien millas de Canarias. Allí sueltan los cables y los dejan a su aire. Al menos eso me han contado.

—Claro —dijo el chamán—, eso lo explica. Bien, quizá, entonces, podamos repasar tú y yo los problemas que puedes tener una vez estés en el cayuco. ¿Cuántos días se supone que tienes que pasar en el mar?

—Dicen que cuatro días, como mucho, una semana.

—Una semana es mucho tiempo. Sobre todo, si vais aprisionados los unos contra los otros, como me imagino que iréis.

—Sobreviviré.

—Recuerda que en las noticias se habla de los que han llegado, pero nunca se sabe nada de los que se han quedado por el camino.

—Sé que la mitad de los que salen nunca llegan. Estoy preparado para ello. No tengo nada que perder.

—Sólo la vida —masculló Siaka—, y eso es mucho.

—Aquí ya la estoy perdiendo lentamente.

—También eso es verdad… para algunos. Si te conformas con lo que tienes, puedes ser feliz, pero si no...

Kolo apretó los labios.

—En la misión veíamos películas americanas y europeas. Yo quiero vivir como ellos: quiero tener una casa, un coche, poder enviar a mis hijos al colegio…; lo que hace cualquier blanco.

Siaka suspiró.

—Te comprendo, hijo. Ahí tienes toda la razón del mundo. Bien, pues en ese caso te daré unos cuantos consejos que te pueden salvar la vida en el mar.

Kolo clavó unos ojos inquisitivos en el arrugado rostro del chamán en espera de lo que tenía que decirle.

 

 

 

Kolo no miró atrás. En su retina estaban todavía las dolorosas despedidas de amigos y conocidos. Muchos de ellos habían confiado en él los ahorros de toda su vida: unos esperando que se los devolviera con intereses; otros confiando en su promesa que ayudaría a un miembro de su familia a emigrar.

Sin embargo, lo que más le había roto el corazón habían sido los esfuerzos de su abuela por contener las lágrimas. En su último abrazo ella había acariciado su pelo acaracolado con sus manos ásperas y encallecidas, como hacía cuando era pequeño.

—No pierdas nunca tu dignidad, hijo —le había dicho—. Haz que todos estemos orgullosos de ti.

—No te preocupes, abuela —había respondido Kolo—. Te escribiré en cuanto llegue y pronto te mandaré dinero.

—No quiero dinero, hijo. Sabes que me contento con lo que tengo. No necesito nada. Guárdalo todo para ti.

—Pero, abuela, ¿no te gustaría tener un televisor? Dicen que pronto habrá electricidad en el pueblo.

—¿Esa caja tonta en la que no dicen nada más que mentiras? No, gracias. Prefiero reunirme con las viejas del poblado y charlar sobre lo maravillosos que son nuestros nietos.

Kolo sonrió.

—Y yo hablaré con mis compañeros sobre lo maravillosa que es mi abuela favorita…

La anciana pareció volver de un sueño y se apartó de su nieto para examinar los bultos que llevaba.

—¿Llevas…, llevas la comida?

—Sí, abuela —dijo Kolo—, llevo la comida que me preparaste, el dinero que me diste y la ropa que me remendaste. Todo está aquí.

La anciana, preocupada, revisó los dos bultos: uno era de comida para varios días y el otro de ropa.

—¿Tendrás bastante comida, hijo?

—Claro que sí, abuela. No tendré que gastar nada durante una semana.

—Podrías llevar…

Él la abrazó por última vez.

—No puedo llevar nada más, abuela. No sabría dónde ponerlo…

La anciana no podía desprenderse del signo de preocupación de su rostro rugoso. Examinó afanosamente la camisa y la chaqueta que llevaba Kolo.

—Quizá tendrías que haber cogido más ropa de abrigo, hijo. Hará frío en esos cayucos. Y te mojarás y…

Kolo trató de tranquilizarla.

—Eso es inevitable, abuela, pero no te preocupes, no me pasará nada.

La anciana se retorció las manos. Iba a replicar que muchos no sobrevivían, pero no lo hizo. Se había prometido una y mil veces que rezaría a la Virgen un rosario diario, como le habían enseñado en la misión católica, si su nieto llegaba sano y salvo a Europa.

—La Virgen María te protegerá, Kolo, llévate esto —dijo sacando del interior de sus ropas una desgastada estampa—, es de la Virgen de los Desamparados, ella te protegerá.

Kolo sabía el sacrificio que suponía para su abuela desprenderse de aquella estampa. Toda su vida recordaba haberla visto, cada vez más desgastada por el uso, en poder de la anciana. Durante el día la llevaba entre la ropa, de noche la colocaba cuidadosamente en una caja de madera que hacía de mesilla, al alcance de su mano.

—No puedo llevarla conmigo, abuela. Es mejor que te quedes tú con ella. Estoy seguro de que la Virgen cuidará de mí, lleve la estampa o no.

Ella sacudió la cabeza.

—Llévate, al menos, la de San Cristóbal, es el patrón de los viajeros.

Con un suspiro, Kolo tomó la estampa que representaba al santo con su báculo. Nunca la había visto antes.

—¿De dónde la has sacado? —preguntó.

—Me la dio el Père Dupond la última vez que estuvo por aquí. Cuando se enteró de que pensabas viajar a Europa me dijo que San Cristóbal es el patrón de los viajeros y que cuidará que llegues sano y salvo a tu destino.

Kolo se la metió en un bolsillo con un suspiro. Aunque había sido educado en una misión católica en la que las oraciones eran el pan de cada día, él no era demasiado dado a aquellas manifestaciones de fe. Prefería guardar todas esas demostraciones en su interior.

—Como quieras —dijo con un suspiro—, ahora me tengo que ir, abuela.

La anciana apretó los labios tratando de contener las lágrimas.

—Ve, Kolo, ve —dijo.

 

 

Mientras el viejo autobús traqueteaba por las bacheadas calles de Dakar, ciudad de poco más de un millón de habitantes, Kolo contemplaba, admirado, los altos edificios de la capital. Según pasaba por la amplia avenida que se dirigía al puerto, podía comprobar el contraste de lo viejo con lo nuevo. Edificios acristalados de cuarenta pisos de altura se mezclaban con míseras casas de más de un siglo que esperaban pacientemente su desguace para dar paso a otro edificio más moderno y más alto.

Saltaba a la vista que Senegal era un país de contrastes. Situado en el centro de África, tenía como vecinos Mauritania en el Norte, Malí hacia el Este y Guinea hacia el Sur, mientras que Gambia formaba un enclave virtual dentro de Senegal. Las islas Cabo Verde estaban situadas a 560 km mar adentro.

Como miembro de la Unión Económica y Monetaria del África del Oeste, Senegal estaba trabajando hacia una mayor integración regional con un arancel externo unificado, lo que estaba creando riqueza con un crecimiento anual del 5%. La inversión crecía a un ritmo constante del 13%. En la parte negativa, Senegal se enfrentaba a problemas urbanos profundamente arraigados de desempleo crónico, disparidad socioeconómica, delincuencia juvenil y drogadicción.

 

 

Kolo se bajó del autobús al final del trayecto. La estación de autobuses constaba de media docena de espacios para otros tantos vehículos tan destartalados como el que acababa de llegar. Los medios de transporte en Senegal seguían siendo tradicionales, aunque estaban en curso numerosos proyectos de equipamiento —construcción de una autopista de peaje entre Dakar y Diamniadio; nuevo aeropuerto internacional Blaise Diagne… En los andenes pululaba una muchedumbre de gente vestida con colores chillones y con bultos en la cabeza tratando de encontrar el autobús que, con un poco de suerte, si no los dejaba tirados en el camino, les llevaría a su  pueblo. Casi todos vociferaban en el idioma de los wolofs, etnia a la cual pertenecía Kolo y que acaparaba casi el 50% de la población, también se oía algo de peul, de serene, y de diola, etnias que se repartían el otro 50% de la población. Había en Senegal unos cincuenta mil europeos, casi todos franceses y habitando en su mayoría en Dakar. Aunque había que reconocer que éstos raramente viajaban en autobús.

El francés era la lengua oficial pero sólo era utilizada de forma corriente por una minoría.

Kolo preguntó a un gendarme por la dirección que llevaba escrita en un papel.

—No está lejos de aquí —respondió el guardia—. Sigue por esta avenida. La quinta bocacalle a mano izquierda es la que buscas.

Minutos más tarde, Kolo se encontró en una callejuela de una sola dirección con coches aparcados caóticamente en las aceras. A juzgar por la suciedad que invadía los rincones, o bien los barrenderos tenían mucho trabajo en otra parte de la ciudad o bien se habían olvidado por completo de llevar a cabo su cometido en aquel paraje. Kolo prefirió pensar esto último.

Buscó con la mirada el número que llevaba escrito en el papel, veintiséis. Cuando lo encontró se vio delante de un oscuro portal. Se adentró en él. Dos hombres bajaban por la destartalada escalera hablando en peul. Parecían estar en medio de una discusión y mostraban un semblante preocupado.

Kolo sintió que su corazón latía con inusitada violencia. Era consciente de los dos millones de francos que llevaba en un bolsillo secreto que su abuela le había cosido en el interior de los pantalones. No quería ni pensar en lo que le pasaría si los perdía o alguien se los arrebataba por la fuerza. Esperó de reojo con desconfianza a que los dos individuos llegaran a la calle. Cuando desaparecieron en la luz del día, inició la subida de unos escalones que crujían y se quejaban lastimosamente al apoyar el peso del cuerpo en ellos. El lugar apestaba a orina y pequeños chillidos indicaban la presencia de camadas de ratones en los agujeros de la carcomida madera.

Kolo reprimió un  escalofrío y trató de no pensar en aquellos roedores desagradables. Apretó un botón en la pared y una luz amarillenta iluminó la oscura escalera. Paseándose por la balaustrada  había dos enormes cucarachas negras que ondeaban sus antenas en busca de comida. Los repugnantes insectos parecían indiferentes a la presencia humana y se adherían con facilidad a la carcomida madera usando sus seis patas. Se diría que seguían un itinerario fijo entre los meandros de suciedad que parecían estar dibujados en todo el inmueble como si se tratase de un mapa de caminos sinuosos.

El joven evitó mirarlas y ascendió al primer piso.

Había dos puertas. En una no había indicación alguna de quién vivía allí, en la otra, un letrero de plástico barato anunciaba que la empresa EXPORTEL tenía su sede en aquellas oficinas.

Kolo se paró ante una puerta de madera descolorida y esperó un rato a que su ritmo cardíaco se calmara. Cuando su respiración pareció recobrar la tranquilidad, buscó el timbre con la mirada. Estaba a mano derecha, salpicado de excrementos de mosca. Con la punta del dedo apretó el botón.

El ruido bronco de un timbre desafinado hizo que su pulso se volviese a disparar.

Kolo estuvo tentado de volverse y escapar corriendo escaleras abajo de aquel sórdido lugar, pero justo cuando estaba dándose la vuelta, la puerta se abrió con un crujido.

—¿Sí?

Kolo se humedeció los labios. Ante él se elevaba un individuo de un metro noventa y de más de ciento veinte kilos de peso.

—Venía…, unos amigos me han dicho…

El hombre se hizo a un lado y le hizo una seña con la cabeza.

—Pasa —dijo escuetamente.

Kolo entró con paso incierto. De nuevo sintió una opresión en el pecho. ¿Y si ahora le robaban el dinero?

Casi no podía respirar. Sentía que le faltaba el aire.

Fue entonces cuando oyó otra voz.