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CAPÍTULO 1 DEL LIBRO DE EDWARD ROSSET “El Séptimo Tocapu

Capítulo 1

Rumiñahui, uno de los generales de Atahualpa, se quedó mirando pensativamente al Inca. Veía ante él a un hombre de contextura robusta, tez canela, ojos negros, fuerte, arrogante y señorial. Leía claramente en sus ojos, la duda que le había ocasionado la vuelta de los dioses.

Si bien, al principio, la noticia de la llegada de los Viracochas le había producido un gran alborozo, pensando que venían a bendecir su reinado, poco a poco, las dudas habían ido minando su confianza. En su frente se adivinaba el sombrío pensamiento que le había comenzado a asaltar por las noches.

¿Y si los dioses, en lugar de venir a bendecirle a él, venían en cambio a reconfortar a Huáscar, que aunque preso, no estaba totalmente vencido?

Rumiñahui era perfectamente consciente de lo que pasaba por la cabeza del Inca ya que aquellos nefastos pensamientos también ocupaban la mente de todos y cada uno de los súbditos de su imperio.

De momento, la victoria sonreía a los generales de Atahualpa en su confrontación con su hermano Huáscar, pero nadie sabía qué partido tomarían los Viracochas. Al fin y al cabo, más derecho parecía tener al trono el cautivo Huáscar, que era el heredero legítimo del imperio, que Atahualpa.

Rumiñahui sabía que aquellos nefastos pensamientos habían llevado a Atahualpa a un terreno muy resbaladizo, y que su cabeza estaba llena de terribles conjeturas: ¿y si los dioses venían a vengar al vencido en batalla y no a dar un espaldarazo al vencedor?

Atormentado por tan siniestros pensamientos, Atahualpa había decidido pedir información sobre el dios, a través de los sacerdotes.

Sus consultas, sin embargo, no le habían servido de consuelo. Los Sumos Sacerdotes de los templos del dios Sol, con Yane Puma a la cabeza, le habían proporcionado toda la información que guardaban celosamente en dibujos y que, por otro lado, había pasado de boca en boca, generación tras generación.

—Viracocha se confunde con el origen de la raza quechua —le habían dicho—. Manco Cápac, nuestro primer Inca, fundó la capital sagrada de Cuzco en nombre del dios Viracocha y del dios Sol. Nuestro imperio, pues, comenzó bajo tan poderosa divinidad. Sin embargo, pronto el Sol, desplazó a su Hacedor, pasando Viracocha a un segundo plano como dios envejecido y anticuado. Y así permaneció ajeno a toda idea de venganza hasta los terribles días de la invasión chanca. Fue entonces, cuando, dispuesto a salvar el imperio de los incas, se apareció al hijo de uno de esos soberanos para ofrecerle la victoria.

Rumiñahui escuchaba atentamente aunque se sabía la historia de memoria. El conocimiento del pasado resultaba imprescindible para comprender los acontecimientos del presente, y, sobre todo, para buscar una respuesta al futuro.

—Sigue —oyó que decía Atahualpa—, ¿qué pasó después?

—El dios se presentó al príncipe en sus sueños. Tenía luengas barbas negras que ocultaban su tez pálida. Llevaba un vestido largo que le cubría hasta los pies. Le dio una serie de consejos, siguiendo los cuales, los quechuas derrotaron a los chancas. Después de la lucha, el Inca reparó la gran injusticia de sus antepasados. El Sol no podía ser la deidad suprema porque estaba claro que cumplía una misión diaria y forzosa. Resultaba evidente que alguien lo había creado y lo hacía trabajar todos los días. Tenía la obligación de salir y esconderse después de calentar e iluminar la tierra. El Sol era, por lo tanto, un subordinado del Sumo Hacedor.

—¿Y qué hizo el nuevo Inca —Rumiñahui oyó que preguntaba Atahualpa aunque todos sabían la respuesta.

Yane Puma se aclaró la garganta con un trago de agua.

—El nuevo Inca reconoció a Viracocha como autor único de todo lo creado y trasladó su imagen a Corichanca. A partir de ese momento, cada vez que el Inca pedía algo al Sol, hablaba con él como de igual a igual, mientras que cuando se dirigía a Viracocha, suplicaba con humildad, como el Señor Supremo.

Rumiñahui vio que Atahualpa esperaba un momento más, pero la historia se había terminado, no había más que contar. El usurpador se levantó con rostro preocupado. No había la menor duda, Viracocha no era sólo el dios protector de los quechuas sino el aplastador de sus enemigos. Por eso los incas arrojaban sus ofrendas a los ríos, pues sabían que irían a parar al mar, el lugar por donde volvería Viracocha.

Y después de los siglos, se cumplía la vieja profecía y de entre las aguas del gran lago salado salía un hombre blanco y barbudo, de aspecto venerable, acompañado de otros semejantes.

¡Era Viracocha que volvía!

Rumiñahui vio a Atahualpa mesarse los cabellos lamentándose que fuera en su tiempo cuando se cumpliese la profecía. Antes de retirarse, el Inca se volvió hacia él.

—Rumiñahui —dijo—, ven a cenar conmigo esta noche—, necesito tus consejos.

Horas después, Atahualpa y su general preferido tuvieron una larga conversación sobre tan escabroso tema.

—No habría que precipitarse —dijo Rumiñahui—, ¿y si no fueran dioses?, ¿y si los seres que han desembarcado fueran tan sólo hombres?

Atahualpa respetaba la inteligencia de su general, aunque a veces, no terminaba de entenderle. Miró fijamente al único ojo de Rumiñahui, pues el otro lo tenía tapado, ocultando el agujero producido por una flecha enemiga.

—¿Tú crees que podrían serlo?

—Recuerda, Inca, que hace meses las gentes de la costa acogieron a dos de los personajes que se quisieron quedar, mientras el resto volvía al mar. Mataron a uno de ellos y no pasó nada.

Aquel suceso, ya olvidado, hizo pensar a Atahualpa. ¿Y si los extraños hombres blancos no fueran dioses?

Todo era posible. Aquel pensamiento levantó el ánimo al usurpador.

—¿Y qué piensas tú que deberíamos hacer? —preguntó.

—Ver quiénes son y averiguar qué quieren.

—Eso podría ser peligroso…

—¿Peligroso? —exclamó el general—, ¿qué peligro pueden ocasionar menos de doscientos hombres a un ejército de cincuenta mil?

—¿Y si son dioses? Dicen que dominan el rayo y el trueno…

—En ese caso —dijo Rumiñahui—, daría igual que tuviéramos un millón de soldados.

—¿Crees que debería ir a verles?

—Sí —respondió Rumiñahui—, unos ciento ochenta se dirigen a Cajamarca, montando muchos sobre unos extraños animales. Es un buen sitio para recibirlos y averiguar algo sobre ellos.

 

 

 

Cuando Rumiñahui recibió las noticias no las podía creer. El mensajero estaba demudado.

—Se han apoderado de Atahualpa —dijo—, nuestro ejército ha sido completamente derrotado…, han muerto miles de soldados…

—¡Pero…, pero, si eran sólo ciento ochenta…!

—Sí, pero dominan el trueno y matan a distancia. Además, montan sobre unos seres de cuatro patas, inmortales. Las flechas no les hacen efecto. ¡Son dioses!

—¿Qué ha pasado exactamente? —demandó Rumiñahui.

—El Inca fue llevado en su silla hasta la ciudad. Iba rodeado de ocho mil hombres. En la gran plaza le esperaba uno de aquellos seres. Hablaron, pero de pronto irrumpieron en la plaza los Viracochas montando en aquellos fieros animales de cuatro patas al tiempo que retumbaba el trueno. El pánico fue general. Todos trataron de huir al mismo tiempo. La multitud se agolpó contra los muros y muchos murieron aplastados. Los que consiguieron sobrevivir, contagiaron su pánico al ejército acampado en el exterior.

Rumiñahui pensó en los cuarenta mil hombres que tenía el general Zope-Zopahua y se imaginó la escena. Cuando el pánico se apoderaba de la multitud, no había fuerza humana que les detuviera.

—Luego —continuó el mensajero—, aquellos seres alancearon a los fugitivos. Mataron a miles de ellos. Los campos alrededor de Cajamarca están cubiertos de cadáveres.

 

 

 

 

Los cuatro generales de Atahualpa, Rumiñahui, Quisuis, Calicuchima y Zope-Zopahua se reunieron en una especie de gabinete de crisis.

Rumiñahui fue derecho al grano.

—Estamos ante un dilema —dijo—. Para salvar la vida de nuestro Señor debemos cooperar con sus secuestradores.

—¿Pero son o no son dioses? —preguntó Calicuchima.

—Yo opino que no —declaró Rumiñahui.

—Pues a mí me parece que sí —dijo Zope-Zopahua—. Son dueños del trueno, y las flechas rebotan en sus cuerpos.

—Y, sin embargo, uno de ellos fue muerto en la costa hace meses cuando desembarcó —dijo Rumiñahui—, nada indicaba que no fuera un hombre mortal.

—Tendremos que esperar y ver —dijo Quisuis—, mientras tanto debemos preparar nuestros ejércitos.

Rumiñahui asintió. Era consciente de que poseían grandes ejércitos, pero que no podían contar con ellos porque no podían abandonar las ciudades y territorios que acababan de conquistar con tanto esfuerzo. Mientras Quisuis mantenía su ejército en Cuzco, el general Calicuchima hacía lo mismo en Jauja, una ciudad a mitad de camino entre la capital y Cajamarca. Otras guarniciones de varios miles de hombres mantenían un control en puntos estratégicos tales como Vilcashuaman y Bombón. Más al norte, entre Cajamarca y Quito se encontraba él con sus hombres. Curiosamente, sus fuerzas se habían incrementado con parte de la gente que había huido de Cajamarca.

—Creo que deberíamos usar la fuerza para liberar a Atahualpa —dijo Rumiñahui.

Pero los demás no eran partidarios de ello.

—Lo matarán si intentamos algo —dijo Zope-Zopahua—, ante todo, debemos preservar su vida. Al parecer ha llegado a un acuerdo con esa gente, les ha prometido llenar una habitación con objetos de oro a cambio de su vida.

—Lo sé —dijo Rumiñahui—, ¿pero respetarán lo que han prometido?

Nadie contestó a la pregunta.

—Hay otra cosa sobre la que tenemos que decidir —dijo Calicuchima, desviándose del tema—, ¿qué hacemos con Huáscar?

Quisuis bebió un sorbo de agua de un vaso dorado.

—De eso he recibido órdenes concretas de Atahualpa —dijo.

—¿Y qué órdenes son ésas? —preguntó Rumiñahui.

—Debemos matarle. A él y a toda su familia.

 

 

 

 

Por medio de espías, Rumiñahui estaba al corriente  de lo que pasaba en el campo de aquellos hombres. El oro había empezado a llenar la estancia que había prometido Atahualpa y éste estaba bien tratado, de hecho, había comenzado a confraternizar con los conquistadores. No parecía, pues que de momento, su vida corriera peligro. Cuando la habitación se llenara de oro, le dejarían en libertad y entonces habría llegado la hora de librarse de ellos.

Tampoco era demasiado preocupante la noticia de que seis casas flotantes habían llegado a la costa y desembarcado a otros ciento cincuenta hombres. El número de los seres barbudos era todavía insignificante comparado con los doscientos mil hombres que podrían reunir ellos si fuera necesario.

Hubo otra noticia que llegó a oídos de Rumiñahui aquellos días, y ésta sí era más preocupante que las anteriores.

—Calicuchima ha aceptado la invitación de los Viracochas para que ir a reunirse con Atahualpa.

—¿Para ir a…? ¡Pero eso equivale a entregarse a ellos atado de pies y manos…!

Rumiñahui no podía entender lo que se había apoderado de la voluntad del general más brillante del imperio. Aquel hombre nunca había sido derrotado en combate y había conquistado más de seiscientas leguas de territorio enemigo.

—¿Es que Calicuchima se ha vuelto loco? —añadió. Sin embargo, Rumiñahui en el fondo de su ser le comprendía. Sabía la devoción que éste profesaba por el Inca. Estaba dispuesto a sacrificar su vida por él en cualquier momento.

El chaquis inclinó la cabeza. Él solamente era un mensajero y no le era permitido pensar y menos opinar.

—Veinte Viracochas llegaron a Jauja montados en sus animales y le pidieron que les acompañara.

—¿Y se fue con ellos?

—Al día siguiente.

 

 

 

Los mensajes siguieron llegando a los oídos de Rumiñahui a cuenta gotas. Se enteró primero que tres españoles —así se llamaban los ‘dioses’—, habían sido trasportados en literas hasta Cuzco, donde fueron recibidos por Quisuis. Las órdenes del Inca eran muy explícitas: podían arrancar el oro de los templos pero no debían tocar para nada que tuviera relación con la momia de Huayna-Capac.

Al parecer, Quisuis les había recibido con frialdad.

—Id al templo de Corincancha —les había dicho—. Coged todo el oro que queráis, pero si no dais libertad al Inca, iré yo mismo con mis hombres a liberarle y haremos tambores con vuestras pieles.

—Nuestro capitán cumplirá su palabra —había respondido uno de ellos.

Según decían, en una semana los tres hombres habían arrancado setecientas placas de cuatro libras y media cada una de oro puro.

—¡Aquí hay montañas de oro! —parecía ser la frase favorita de los españoles con los ojos encendidos por la avaricia—. ¡Si pudiéramos llevárnoslo todo…!

Antes de volver los tres hombres con varias llamas cargadas de oro, les habían llevado a visitar un santuario que contenía las momias de dos Incas. Una anciana, cubierta su cara con una máscara, tenía la responsabilidad de espantar las moscas de los cuerpos con un abanico. El recinto a su alrededor, estaba lleno de grandes vasijas y estatuas de oro macizo.

 

 

 

También tuvo Rumiñahui conocimiento de una trama llevada a cabo por un joven intérprete llamado Felipillo, aunque era ya demasiado tarde para hacer nada al respecto.

Decían que éste se había enamorado de una de las vestales destinadas al Inca y como estaba claro que no podía competir en igualdad de condiciones con tan egregia figura, se le ocurrió inventarse la llegada de un ejército inca de doscientos mil hombres para conseguir sus fines. Una noche encendió cientos de hogueras en las colinas con la ayuda de varios amigos.

Hecho lo cual se presentó en el campamento español diciendo que le habían contado que un gran ejército estaba a punto de asaltarles.

—Se están reuniendo en las montañas alrededor de Cajamarca para liberar al Inca —dijo.

El jefe de los españoles —le llamaban Pizarro—, llamó al Inca y le preguntó sobre aquel supuesto ejército.

El Inca, sin perder la compostura, le había mirado entre serio y burlón.

—¿Cómo pueden tener miedo los Viracochas de unos simples seres humanos, por muy numerosos que éstos sean? No tendrían nada más que usar sus rayos y sus truenos para que los ejércitos atacantes huyeran despavoridos. ¿O es que habéis dejado de ser dioses de repente…?

Pizarro no le había contestado pero reuniendo a sus capitanes les expuso la grave situación.

Cuatro días más tarde, Felipillo les volvió a anunciar que los doscientos mil hombres los tenían rodeados.

Uno de los capitanes, llamado Almagro, se había levantado para hablar.

—Atahualpa nos ha traicionado —había dicho enfáticamente—, y, por lo tanto, debe morir. Además, con su muerte, los incas se habrán quedado sin líder.

Varias manos se habían levantado a favor del ajusticiamiento.

Aunque, al parecer, Pizarro no estaba a favor del mismo, por fin, cedió ante la presión de sus capitanes y firmó la orden de muerte.

—Con su muerte —había asegurado Almagro—, toda lucha cesará y la tierra volverá a la calma.

Otro de los capitanes había asentido.

—Recordad las crueldades de este Inca —había dicho—. Incluso estando prisionero dio órdenes de matar a su hermano Huáscar, arrasó poblados enteros y mandó matar a las mujeres y parientes de su hermano de la forma más cruel posible…

 

 

Pizarro mismo se había encargado de dar a conocer a Atahualpa su triste destino.

—¡No podéis matarme! —había gemido el Inca—, no hay en todo el país un solo hombre que se mueva sin que yo se lo ordene. Soy vuestro prisionero. ¿A qué tenéis miedo? Conmigo estáis a salvo. Nadie se levantará contra vosotros sin mi permiso.

—Ese es el problema —había dicho Pizarro—. Tú has dado la orden de que ese ejército se nos eche encima y nos mate a todos.

—Yo no he dado tal orden —había gritado Atahualpa—, al contrario, he dicho a mis generales que se mantengan alejados. Si lo que queréis es más oro y plata os daré el doble de lo que os he prometido.

Pizarro se había dejado caer en un taburete, apesadumbrado.

—Es demasiado tarde —dijo—, tu sentencia de muerte está ya firmada.

 

 

A pocos pasos de distancia, los soldados también estaban empeñados en agria discusión. Por un lado estaban los veteranos que se habían encariñado con el rehén. Por otro, los recién llegados que sólo veían en el Inca una amenaza para seguir adelante en busca de oro.

Pero una vez que la decisión había sido tomada, la junta que se había hecho cargo de la ejecución se movió con rapidez.

Atahualpa fue sacado de su prisión a la mañana temprano entre una impresionante procesión de soldados en sus brillantes armaduras, y llevado al medio de la plaza, en la que habían hincado un poste en el suelo. El sonido de las trompetas pretendía proclamar la traición del condenado a muerte, mientras el otrora poderoso Inca era atado a la estaca como un vulgar ladrón.

Cuando Atahualpa vio las ramas preparadas para encender la hoguera se dio cuenta de que tenían intención de quemarlo vivo.

—¡No podéis quemarme! —suplicó espantado—. Si quemáis mi cuerpo también quemaréis mi alma —gimió— ¡Estaré perdido para toda la eternidad…!