Capítulo 1Nacimiento de Bernardo de Gálvez
25 de julio 1746 El 25 de julio de 1746 doblaron las campanas en todo el Imperio por la muerte del primer rey Borbón, Felipe V, ocurrida en el Pardo. Curiosamente, el doliente desfile fúnebre bajo un cielo entoldado por las calles principales de Madrid, coincidía con otros desfiles marciales, menos conspicuos, celebrando la victoria del ejército español en Milán. Además, el mismo día en que enterraban al rey en el panteón de los reyes en el Escorial, tenía lugar, bajo un cielo diáfano y un sol brillante, el nacimiento de un niño en el pueblo de Macharavialla, cerca de Málaga. Sus progenitores eran don Matías Gálvez, futuro Virrey de México, y doña María Josefa Madrid Gallardo. Don Matías, embelesado, tomó en sus brazos a su hijo primogénito. —¡Qué criatura tan maravillosa! —exclamó—, fíjate qué fuerza tiene en sus puños…¡cómo se agarra a mi dedo! Algún día empuñará el sable en defensa de su patria y de su rey con la misma fuerza y determinación. Doña María Josefa asintió exhausta en su lecho. Su mirada se perdió en la lejanía. Por la ventana de su mansión se divisaban las escarpadas montañas andaluzas de las que colgaban las humildes casas blancas de Macharavialla. En las laderas de las colinas hasta la costa misma se podía observar una gran variedad de plantas y árboles, bien fueran olivos, algarrobos o encinas. Los árboles, espaciados entre los roquedales, sobre una verde alfombra, semejaban enhiestos centinelas que velaban pacientemente por la seguridad de los ciudadanos. Aquí y allá se veían rocas tapizadas de cepas y parras que daban las uvas dulces con las que se producían los famosos vinos malagueños. Doña María cerró los ojos tratando de adivinar el futuro del niño que acababa de nacer. No era demasiado difícil de adivinar cuál sería el camino por el que le encauzaría su padre —el camino que habían recorrido casi todos los Gálvez: las armas. El linaje de la familia se podía trazar hasta principio de la Reconquista española, 722 hasta la llegada de Antón de Gálvez a Andalucía de la mano de los Reyes Católicos, donde luchó contra los moros de Granada en 1492. Años más tarde, en 1580, Alonso Gálvez, llamado El Bermejo, se distinguió en la guerra de las Alpujarras en Granada contra la rebelión de los moriscos de Abén Humeya. Este Gálvez luchó directamente a las órdenes del Marqués de Vélez y se distinguió en la toma de Frigiliana. Mucho tiempo después —a principios del siglo XVIII—, del matrimonio de doña Ana Gallardo y Cabrera con don Alonso Gálvez, nacerían en el mismo pueblo de Macharavialla, cuatro niños varones: Matías, José, Miguel y Antonio. Siendo todavía jóvenes, los cuatro hermanos quedaron huérfanos de padre, lo cual supuso un temprano encuentro con la pobreza. La familia tuvo que sustentarse con el producto de sus tierras en un estado rayano a la miseria, sin esperanzas de un futuro mejor. Sin embargo, todo cambió un día con la visita del obispo de Málaga, don Diego González de Toro, a Macharavialla. José Gálvez, el segundo de los hermanos que hacía de monaguillo, en la parroquia del pueblo a la edad de ocho años, llamó la atención del prelado debido a su inquieto espíritu. No tardó el obispo en convertirse en su mecenas al ver en él una gran inteligencia innata. Se había abierto una puerta, no sólo para una carrera brillante por su parte, sino también para las de sus hermanos. Pocos años más tarde, los cuatro ocupaban altos cargos en la administración. Don Antonio fue Comandante General de las aduanas de las aduana de Cádiz, siendo poco después Mariscal de Campo. Corrió a su cargo un incidente que tuvo repercusiones internacionales. Ocurrió cuando iba al mando de un barco catalán que se dirigía a Cuba. El corsario berberisco Alí Peres atacó la nave haciendo prisioneros a sus tripulantes. Gracias a su hermano José que era ya Ministro en la corte de Carlos III, el sultán de Marruecos fue informado del grave ‘error’ que había cometido Alí Peres. El propio Sultán amonestó severamente a su corsario por su ‘equivocación’, dejando en libertad inmediatamente a don Antonio Gálvez y lamentando profundamente el ‘error’ cometido. Por su parte, el mayor de los hermanos, Matías había ascendido por méritos propios por la escala militar, tanto política como diplomática. Había entrado en el ejército de joven siguiendo la larga tradición de la familia. Por influencia de su hermano José, que por entonces era el brazo derecho del Rey Carlos III, pronto fue ascendido de Abanderado a Capitán General. Después consiguió el puesto de Gobernador de Tenerife y más tarde el de Comandante General de las Islas Canarias. En el año 1778, Matías fue nombrado Presidente de la Audiencia Real de Guatemala. Durante la guerra con Inglaterra, don Matías Gálvez se distinguió como militar y estratega demostrando un gran valor y coraje en Centro América en la toma del castillo de San Fernando de Omoa, que poco antes había sido apresado por las tropas inglesas. Se hizo famosa su frase: “Yo, caballeros, no he venido a rescatar Omoa, sino a morir en el campo de batalla”. También reconquistó de manos de los ingleses otros lugares y puertos de Centro América como Quepriva, Siniboya y Ministrie. Por estos méritos, y quizá también por la influencia de su hermano José, don Matías fue elevado al cargo máximo de Virrey de México en 1783. Durante su mandato se llevaron a cabo muchas obras públicas y se desarrollaron muchas instituciones culturales. De su mano se inició el primer periódico en la capital mexicana La Gaceta de México, se abrió el Banco de San Carlos, una academia de diseño y se inició la reconstrucción del Palacio de Chapultepec. A diferencia de sus hermanos, Antonio y Matías, Miguel, estudió derecho en las universidades de Salamanca y Alcalá de Henares. Su primer puesto de importancia fue el de Regidor vitalicio de Málaga. También fue Ministro del Consejo de Guerra, Presidente de la Real Academia de la Ley, Gobernador y miembro de una serie de cargos gubernamentales. Pero sobre todos aquellos puestos destacaba el de Ministro plenipotenciario a Prusia, y en especial, el cargo de embajador en Rusia. Aquel puesto resultó ser de suma importancia para la diplomacia exterior de España en el revuelto siglo XVIII. Como era bien sabido, los rusos se contaban entre las potencias extranjeras que pretendían un acceso a Alaska, Oeste de América y sobre todo, a la Alta California. En su puesto como embajador en Moscú, don Miguel pudo enterarse de los planes que tenían los rusos para aquellos territorios que se encontraban bajo la Corona española. Las noticias que Miguel enviaba a su Hermano José resultaron ser de una importancia capital para el Imperio. El conocimiento de la ambición rusa de expansión hacia California dio origen a la decisión del Rey Carlos III, aconsejado por José Gálvez de establecer las famosas misiones de California por el padre Junípero Serra, al mismo tiempo que se fundaba la ciudad de San Francisco por Juan Bautista de Anza, realizada el mismo año de la declaración de la Independencia norteamericana en 1776. Desgraciadamente, el brillante camino de la carrera diplomática de don Miguel quedó truncado por su muerte repentina acaecida en Gotha, Alemania cuando iba camino a Moscú. Por último estaba don José, el segundo de los hermanos Gálvez que llegó a ser el más poderoso e influyente de los cuatro. Todo había empezado cuando el obispo de Málaga que se había fijado en él a la edad de ocho años, se convirtió en su mecenas y le costeó sus estudios en el seminario de Málaga. A la muerte del obispo don Diego, su sucesor, Gaspar de Molina lo acogió también bajo su protección. Viendo que el joven no tenía vocación para sacerdote, el nuevo mentor le pagó estudios de jurisprudencia en las universidades de Salamanca y de Alcalá de Henares. Aunque la vida pública de don José fue extensísima con la que se podrían rellenar varios volúmenes, los puntos sobresalientes de su carrera diplomática fueron las labores que desempeñó en la región fronteriza entre México y los Estados Unidos, y, de un modo especial, en La Luisiana. Una vez terminado sus estudios de jurisprudencia, no tardó en obtener cargos en la corte de Carlos III, entre los que destacó el de Secretario particular del marqués de Grimaldi, Primer Ministro del Rey. Durante su estancia en la Corte se relacionó con personalidades importantes como el ministro y Conde de Floridablanca y el Conde de Aranda. Ellos siempre fueron los que le respaldaron en su rápido ascenso en la política. En el año 1765 fue nombrado Visitador General de la Nueva España y poco después, miembro del Consejo de Indias. En aquellos puestos su poder aumentó tanto que superaba incluso al de Virrey de México. Atacó la corrupción política, ayudó a expulsar del Imperio a los jesuitas, pacificó la provincia de Sonora e impulsó las misiones franciscanas de la Alta California para lo cual don José se había asociado con fray Junípero Serra. La empresa tenía doble finalidad: por un lado la conversión de los indios a la fe cristiana y por otro lado la protección de California contra las incursiones de los rusos por el Norte. Para ello contaban con las valiosísimas informaciones de su hermano Miguel desde Moscú. En ellas se ponía al descubierto las maniobras zaristas para apoderarse de todo el noroeste americano, en particular de la Alta California. En 1776, repuesto de una larga enfermedad, don José fue nombrado por el rey Carlos III, Secretario de Estado de Las Indias. El puesto era plenipotenciario, de tal manera que los varios virreinatos de Las Américas quedaban todos sujetos a su poder. Algunas de las decisiones que tomó don José Gálvez fueron de suma importancia para la región fronteriza. Entre las muchas reformas del Virreinato de México se creó la sección de las Provincias Interiores (Nueva Vizcaya, Sonora, Sinaloa, las dos Californias, Texas y Nuevo México) que formaron una entidad separada del Virrey de México cuya sede fue Chihuahua. De aquella partición resultaba un ‘imperio’ tan grande como el de México. Entre las reformas que promovió don José Gálvez se encontraban las siguientes: la fundación del famoso Archivo de Indias; abrir treinta y tres puertos al libre comercio latinoamericano; la formación de instituciones de crédito para los campesinos y artesanos; la canalización del Río Grande, haciéndolo navegable entre Nuevo México, Texas y las provincias de la Nueva Vizcaya y Coahuila. También promovió la posible apertura de un canal en el istmo de Panamá que uniera los océanos Pacífico y Atlántico. Antes de su muerte, Carlos III concedió a don José de Gálvez el título de Marqués de Sonora.
Doña María Josefa no se había equivocado en cuanto al camino que seguiría su hijo Bernardo. Pronto ingresó en la Academia Militar de Ávila, y a la temprana edad de dieciséis años, se alistó como voluntario en la guerra contra Portugal en la que alcanzó el grado de teniente. A los diecinueve años, bajo el mando del general don Juan de Villalba, se embarcó hacia México. Allí se encontró con su afamado tío, don José Gálvez que, como Visitador General de Carlos III, viajaba por el Virreinato de la Nueva España. Bernardo apenas le recordaba pues rara vez había coincidido con él y de eso hacía varios años. Ante él vio a un hombre de buen porte, estatura media, bien plantado. Sus ojos, de un azul claro, acerados, con una mirada penetrante, indicaban una voluntad firme y tenaz, capaz de vencer todas las dificultades. Su rostro, de una piel blanca, parecía resistirse a ser bronceada por el aire del mar. Llevaba una melena que le tapaba en parte las orejas y se había rasurado cuidadosamente la barba y el bigote. Era moreno, y aunque no pasaría de los cuarenta años, ya se le veían numerosas canas en las sienes. Su nariz aquilina, ligeramente ganchuda, parecía recordar un hipotético origen judío. Su frente, ancha y despejada estaba cruzada por una amplia arruga. Tenía labios delgados, que indicaban una gran resistencia física. Por su parte, José vio ante sí a un joven moreno, alto y corpulento de unos veinte años, pelo castaño y de ojos tan rasgados que daba la impresión de tenerlos entornados por el sol. Vestía un chaleco marrón abierto por abajo y sobre él una casaca azul oscuro con ribetes dorados y bocamangas de encajes. Sobre la cabeza lucía un tricornio a juego con la casaca como correspondía a un oficial de su majestad. Bernardo se quitó el tricornio con mano nerviosa. —Señor… —dijo juntando los talones y haciendo una ligera inclinación. José se levantó del sillón de cuero y rodeó el impresionante escritorio de caoba con una sonrisa de bienvenida en sus labios. —¡Así que tú eres mi sobrino…! Bernardo asintió azorado. No podía evitar que la presencia de aquel hombre le impresionara profundamente. —Sí, señor… José señaló un sofá tapizado con terciopelo dorado junto a la pared del espléndido despacho. —Ven siéntate conmigo. Cuando ambos estuvieron acomodados, José hizo sonar una campanilla. Casi inmediatamente apareció un criado uniformado. —Sácanos unos refrescos, ten la bondad —pidió. El criado hizo una reverencia. —Ahora mismo, excelencia —dijo retirándose. El Secretario de Estado de las Indias se volvió hacia su sobrino. —La última vez que te vi eras apenas un mocoso de catorce años que quería ingresar en la Academia Militar. —Así es, señor. De eso hace ya seis años. José Gálvez asintió. —¡Parece mentira cómo pasa el tiempo! Y ahora hete aquí convertido en todo un soldado —Trato de serlo, señor. —Y dime, ¿cómo te va en el ejército? —Bien, señor. —¿Te gusta la vida de soldado? —Es apasionante, señor. —Oí que tuviste tu bautismo de fuego en Portugal… —Sí, me alisté voluntario. Eso fue hace tres años. José no mencionó el hecho de que había leído todos los partes de guerra de los oficiales de mayor rango. En ellos hablaban de joven lugarteniente, Bernando de Gálvez, como un oficial prometedor, valiente y lleno de coraje al tiempo que disciplinado en todas sus acciones. No cabía duda de que era un descendiente de la casta de los Gálvez. En ese momento entró el criado sosteniendo una bandeja de plata en sus manos enguantadas. Sobre ella había dos vasos altos de fino cristal y una jarra con zumo de aguacate. José esperó a que el sirviente llenara los dos vasos con el refresco y se retirara después de otra profunda reverencia. Tomó uno de los vasos y se lo alargó a su sobrino. —Toma, bebe —dijo—, la fruta se suele mantener fresca en las bodegas. Bernardo tomó el vaso con un pulso algo más calmado. —Gracias —dijo llevándoselo a los labios. Tomó un pequeño sorbo y lo volvió a dejar en la bandeja—. Excelente —añadió. —Me imagino que en la vida de un soldado no entran estos pequeños lujos… —sonrió don José bebiendo un largo trago con indiferencia. Bernardo también sonrió. Se empezaba a sentir más cómodo y su nerviosismo inicial estaba desapareciendo gradualmente. —Desde luego que no —dijo—. Los soldados llevamos una vida un tanto espartana. Don José jugueteó con el vaso. —¿Qué tal te fue en Portugal?, ¿te gustó la experiencia?, ¿qué sentiste al disparar contra el enemigo? Bernardo volvió a sorber el aguacate antes de responder. —Es curioso que cuando se ve al enemigo caer bajo el fuego de los nuestros no se siente nada. Son solamente figuras en la lejanía que no significan gran cosa, pero, sin embargo, cuando son alcanzados los nuestros la cosa es diferente. —¿Sentiste miedo? Bernardo no dudó en contestar la verdad. —Sí —dijo—, mucho. José asintió. —Y, sin embargo, me consta que vas a ser un buen oficial. Estoy seguro que llevarás a cabo grandes gestas algún día y que tu nombre será honrado por futuras generaciones durante mucho tiempo. El joven oficial sintió que su pecho se ensanchaba al oír aquello por boca de la persona que más veneraba, después de su padre. —Haré lo imposible por ser merecedor de esas palabras, señor —dijo henchido de orgullo—. Tened por seguro que seré digno de vuestra confianza. Don José palmeó la rodilla del joven. —Lo sé, hijo, lo sé —temporizó—. En este Nuevo Mundo hace falta gente joven como tú, llena de entusiasmo y decidida a llevar a cabo grandes empresas. El continente está todavía formándose y sufriendo grandes convulsiones. Estamos destinados a ser árbitros de muchos cambios. —¿A qué cambios os referís, señor? —Grandes territorios cambiarán de manos. Muchas naciones alterarán sus fronteras, otras se independizarán. Habrá guerras… y no solamente contra los indios sino entre los europeos. —¿Estáis pensando en Rusia, señor? Don José asintió. —Rusia, Inglaterra, Francia, España, Portugal…, todas tienen muchos intereses en este Nuevo Mundo, sobre todo en la Gran Florida y California. —Pero nosotros fuimos los primeros. —Sí, pero me temo que nos quieren arrebatar lo que nos pertenece por derecho propio. Por la mente de Bernardo pasó lo que había aprendido en la Academia Militar durante sus años de estudiante. El primer explorador en aparecer por aquellas costas había sido Álvarez de Pineda, enviado por el gobernador de Jamaica, don Francisco de Garay en 1519. Había salido con cuatro barcos y trazado unas cartas marinas. Bautizó a aquel trozo de costa, La Bahía del Espíritu Santo. Aquellos primeros mapas serían muy valiosos para los exploradores que les siguieron: Pánfilo de Narváez, Cabeza de Vaca y el mismo Hernando de Soto. Años más tarde, el rey Felipe II había dado órdenes de colonizar la costa Norte del Golfo de México. Guido de Bazares había sido el encargado de dirigir la expedición con la idea de llevar a cabo la colonización en cuanto eligieran el sitio idóneo. Salió de Veracruz con tres barcos y sesenta hombres. Rebautizaron la bahía del Espíritu Santo con el nombre de La Filipina, en honor a Felipe II. A la vuelta aconsejaron que se procediera de inmediato al establecimiento de una colonia en aquel lugar. Un año más tarde, siguiendo estas recomendaciones, la expedición de don Tristán de Luna salió con varios cientos de colonos, pero tuvo un final desastroso debido a una serie de tempestades y huracanes. Siglo y medio había transcurrido sin actividad alguna en la región, hasta que en 1700 llegó una expedición francesa que se estableció río arriba. España, sin embargo, defendió su territorio y como resultado, los dos países dividieron la región en dos partes. Más tarde, en 1763, en el tratado de París, todo el territorio, incluyendo la bahía, pasó a manos de los ingleses.
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