Capítulo 1Pedrarias Dávila en Darién 29 de junio de 1514 Los quinientos quince vecinos de Santa María la Antigua del Darién, a quienes se sumaba una multitud de indígenas, contemplaron atónitos la arribada al puerto de las veintidós naves. Casi enseguida, después de echar el ancla, comenzaron a bajar a los botes los centenares de hombres y mujeres a cuyas necesidades tendrían que atender de ahora en adelante. Sus esfuerzos se tendrían que multiplicar para que la pequeña villa con sus apenas cien bohíos, pudiera acoger a una población que desbordaba la capacidad de alojamiento de un número tan crecido de personas. Sin embargo, en aquellos momentos, sólo tenían ojos para mirar con curiosidad y admiración a unas gentes cuyo aspecto era nuevo para ellos. El lujo de los vestidos de los hidalgos que formaban el séquito del nuevo gobernador contrastaba con las ropas raídas de los que les recibían en tierra. Éstos, hacía tiempo se habían aclimatado a las rudas condiciones de vida en una tierra tropical. Para ellos, lejos quedaban ya los antiguos modos de vida en la Península Ibérica. Sin embargo, el espectáculo no dejaba de ser fascinante. Para muchos, significaba retroceder a viejos tiempos, ya olvidados. Para la mayoría, era un despliegue de lujo jamás visto. Los más viejos comentaban que estaba dentro del más estricto protocolo, digno de la mismísima corte de los Reyes de España. Los integrantes del cabildo de Santa María la Antigua, presididos por Vasco Núñez de Balboa, vestidos con alpargatas y anchos pantalones de algodón, esperaban en tierra la llegada solemne del nuevo Gobernador que avanzaba dando la mano a su esposa, Doña Isabel de Bobadilla, quien lucía sus mejores galas cortesanas. A continuación, avanzaban, primero el obispo, luego los oficiales Reales, las damas y los caballeros del séquito. Todos ellos encabezando una larga comitiva de hasta dos mil personas para los que había que encontrar acomodo. Aunque el ritmo de los acontecimientos apuntaba a que la pequeña villa se iba a convertir de la noche a la mañana en sede de una gobernación y de un obispado, la realidad era que en los primeros momentos de la llegada masiva de los nuevos colonos, tenía más el aspecto de un campamento de mineros que de otra cosa. Durante semanas, los esfuerzos de todos se concentraron en la construcción de casas de madera necesarias para albergar a la nueva colonia. También era necesario alimentar a la nueva población porque, a pesar de que habían traído víveres en los barcos, una buena parte se había echado a perder a causa del calor y de la humedad. Debido a ello, no tardó en abatirse sobre los recién llegados una epidemia de cólera que sembró el desaliento entre los que consiguieron sobrevivir a aquellos días dramáticos. En un solo mes, las víctimas mortales ascendieron a setecientos. Increíblemente, la actitud del nuevo gobernador no contribuía para nada a suavizar las tensiones entre los viejos y los nuevos pobladores españoles. De hecho, los conflictos entre ambos bandos aumentaban cada día. Pedrarias Dávila era un hombre de setenta años, alto y seco como un palo. Una barba cana bien recortada enmarcaba un rostro cetrino y duro. Su mirada era penetrante y no dejaba dudas sobre la dureza del carácter del hombre que había tras ella. Precisamente, esta rectitud de carácter había contribuido a que el rey accediera a enviarlo a la colonia de Darién. Llevaba poderes especiales para poner fin a la situación caótica que, decían las malas lenguas, reinaba en el territorio. Desgraciadamente, el monarca no podía saber que las acusaciones contra el joven Núñez de Balboa estaban basadas en la intriga y la falsedad. Una de las primeras disposiciones de Pedrarias Dávila haciendo uso de las disposiciones recibidas del rey Fernando, fue enfrentarse con el joven descubridor del mar del Sur. —Señor Balboa —le espetó—, quiero que vos y vuestros oficiales me rindáis cuentas inmediatas de todas vuestras actuaciones al frente de la colonia. El depuesto gobernador, Vasco Núñez de Balboa era un hombre todavía joven de no más de cuarenta años, de mirada franca y modales resueltos. Su buen hacer y su carácter emprendedor le habían ganado el favor tanto de nativos como de la mayoría de sus hombres. Tanto era así que en la colonia vivían en franca armonía los quinientos quince españoles con varios miles de nativos. —Las tendréis, señor Dávila. No tenemos nada que ocultar. Sin embargo, secretamente, Pedrarias ordenó llevar a cabo pesquisas sobre la conducta del joven descubridor. Curiosamente, los testimonios que fue recabando eran solamente de las pocas personas que mantenían con Balboa una actitud de enemistad. El ambiente se envenenó rápidamente. Viejas rencillas se enconaron envolviendo a toda la población que ya vivía angustiada por la sombra de la enfermedad y de la muerte. Incluso la Naturaleza quiso sumarse a aquella puesta en escena con una inusual sucesión de tormentas que sobrecogieron a los supervivientes. El sonido estruendoso de los truenos, en ininterrumpidas y terribles tormentas que descargaban sus rayos mortíferos y destructores sobre los colonos, completaba un cuadro tenebroso y aterrador. Increíblemente, como si los hados no estuvieran satisfechos con los bohíos quemados por los rayos y los hombres muertos por sus descargas, no tardó en aparecer una nueva maldición: una plaga de langosta. Apareció de repente. El cielo se oscureció un día cuando millones de pequeños saltamontes taparon el sol radiante de media mañana. Los voraces insectos destruyeron maizales y toda clase de cosechas antes de desaparecer tan misteriosamente como habían aparecido. El desánimo cundió entre la población que veía cómo sus esfuerzos de muchos meses se evaporaban de golpe. Para muchos fue el golpe final que les empujó a volver a la Península, derrotados.
Abril de 1515 Hernando de Soto era un joven espigado de altura media, de buen porte. Paje de Pedrarias, contemplaba con ojos atónitos las duras circunstancias que le estaba tocando vivir como simple espectador. Siempre inquieto, Hernando se dirigió a su amigo, Pascual de Andagoya, tres años mayor que él. —¿Cuándo sale el barco? El joven Pascual, escudero de las damas, contaba ya con dieciocho años y nada había más lejos en su mente que regresar a España, tal como se preparaba a hacer la mitad de los que habían venido con sueños de grandeza. —Mañana con la marea —dijo—. Va abarrotado de pobres de espíritu. —Muchos lo han pasado muy mal —comentó Hernando excusándoles—, no es de extrañar que se vuelvan a Castilla. Andagoya asintió. Ellos, como recién llegados y pertenecientes al círculo personal de Pedrarias, sufrían menos directamente las desgracias de la Naturaleza que golpeaba tan duramente a los colonos. —¿Qué opinas de Vasco Núñez? —preguntó súbitamente Hernando a su amigo. Andagoya se acarició su incipiente barba. —Si quieres que te diga la verdad —filosofó—, creo que el gobernador no puede evitar el mirar con enojo el ascendiente que Núñez tiene entre sus compañeros. —Es una guerra solapada entre ambos, ¿verdad? —Me temo que sí. Una guerra privada que va a tener un final desastroso. Vasco se ha hecho querer por los indígenas quienes le respetan. Pedrarias, por el contrario, envía a sus capitanes con el único fin de quitarles el oro y exterminarlos. En Castilla reciben noticias contradictorias según quién las mande. Yo apostaría por el viejo Pedrarias, que tiene muchos amigos en la corte. Te aseguro que será él quien se salga con la suya. Las palabras de Andagoya resultaron proféticas. A pesar de que, por mediación del obispo, Pedrarias concedió, por poderes, la mano de su hija María a Vasco Núñez de Balboa en 1516, no tardaron en volver los odios y las envidias. El viejo gobernador veía con recelo el título de Adelantado que la corona había otorgado a Balboa por su descubrimiento del mar del Sur. Se entablaron varias demandas contra Balboa por supuesta indemnización de perjuicios a los jefes y soldados de anteriores expediciones y, condenándole a su pago, le redujeron a la miseria. No contento con ello, el despiadado Pedrarias le hizo prender a traición y le mandó formar causa, acusado de traidor y usurpador de tierras de la Corona. El juicio fue una farsa, y Balboa, así como varios de sus capitanes: Luis Botello, Andrés de Balderrábano, Hernán Muñoz y Fernando Argüello, fueron condenados a muerte. A todos se les decapitó en Acla en junio de 1517. El capitán encargado de su captura y ajustamiento fue un capitán que se llamaba Francisco Pizarro. Los jóvenes Soto y Andagoya que habían formado parte de la guardia se retiraron cariacontecidos. Algún tiempo más tarde todavía hablaban sobre el tema. —No entiendo —comentó Hernando cómo Pedrarias se ha atrevido a ajusticiar a un Adelantado, nombrado por el Rey. Andagoya sacudió la cabeza. —Yo tampoco, pero está claro que le tenía miedo y no podía arriesgarse a que se descubriera en España lo que está haciendo con los indios. Se lo ha jugado todo a una carta. De hecho, se dice que han mandado de España a un nuevo gobernador para sustituirle, Lope de Sosa. Te apuesto a que no le dura un mes. Una vez más, Andagoya tenía razón. A su llegada a Darién, Pedrarias ofreció un banquete a los recién llegados. Misteriosamente, el nuevo Gobernador apareció muerto en la cama a la mañana siguiente. Pedrarias le hizo un funeral solemne y ofreció su pésame más sentido al hijo del difunto. Pocos días después, Doña Isabel, esposa de Pedrarias, se fue a Castilla con un enorme equipaje de oro y perlas por si las cosas se torcían. Llevaba instrucciones de su marido de usar su fortuna con dadivosidad. La dama siguió los consejos de su marido y consiguió que lo confirmaran como gobernador el 7 de septiembre de 1520. Hernando de Soto que contaba a la sazón con veinte años, fue nombrado por Pedrarias, capitán de la caballería. Poco después, el gobernador recibía órdenes de Castilla de establecerse en el golfo de San Miguel, por ser un punto más apropiado para los descubrimientos del Sur. —El territorio es pobre y malsano —le advirtió Pizarro—, os aconsejo que penséis en la conquista de Veragua, mejor. Pedrarias aquejado de gota a sus ochenta años, se encontraba encamado, pero, sin embargo, su espíritu ambicioso no había decaído un ápice. —¿Crees que merece la pena? Pizarro asintió. —En las tierras bajas nuestros cañones y la caballería barrerán a los indios. Más nos costará el sometimiento de los nativos de las montañas. El cacique Uraca tiene fama de fiero e independiente. —Llévate a cuatrocientos hombres y trae a ese cacique encadenado. —¿Cuánta caballería me llevo? —preguntó Pizarro. —Llévate la mitad de los caballos que disponemos. Pizarro asintió. —Llevaré treinta —dijo—. Estarán al mando de Hernando de Soto. Como había predicho Pizarro, los nativos se refugiaron en las tierras altas y sostuvieron el ataque de los españoles durante largos meses. Sin embargo, el poder de sus arcabuces y el ímpetu de sus caballos sometieron, por fin, a los indios. Pizarro llevó a ochocientos prisioneros a Santa María para ser vendidos como esclavos. Entre ellos estaba Uraca.
Enero de 1524 En enero de 1524 ocurrió lo que Pedrarias tanto temía. —Se ha nombrado en Castilla un nuevo gobernador para Darién —anunció el capitán del barco Santo Tomás, recién llegado—. Se llama Pedro de los Ríos. Pedrarias, desde su cama, que ya apenas abandonaba, clavó sus ojos en el capitán. —Pedro de los Ríos, ¿eh?, ¿Y cuándo llega? —Ya sabéis que estas cosas van despacio —contestó el capitán—. Tiene que reunir gente que quiera venir a poblar. Pueden transcurrir seis meses o un año… Pedrarias, a pesar de su avanzada edad, y de sus enfermedades que le mantenían en un lecho cubierto de llagas supurantes, mantenía intacto su espíritu codicioso y ambicioso. Despidió al capitán que salió de la habitación maloliente, de buena gana. Cuando se quedó solo, cerró los ojos y dejó vagar su imaginación. Cualquier otro en su lugar, aprovecharía la ocasión para retirarse a un palacio en Castilla y vivir el resto de su vida de una manera opulenta. Sin embargo, la idea de dejar de maquinar para acrecentar su fortuna y poder, no se le había pasado a Pedrarias siquiera por la mente. Poco a poco, se fue perfilando en su cerebro un nuevo golpe de mano. Hacía poco tiempo Gil González, uno de los hombres de Hernán Cortés, había explorado un nuevo territorio que llamó Nicaragua y que estaba todavía sin consolidar. Mandó llamar a uno de sus capitanes, Francisco Hernández. No tardó en presentarse. Era un hombre de estatura media, pero su aire autoritario le hacía parecer más alto. Sus hombros eran anchos y su cuerpo cuadrado y robusto. En su barba, corta y rizada, aparecían algunas hebras de plata. —Quiero encomendarte una misión delicada —le informó Pedrarias—. ¿Has oído hablar de Nicaragua? —¿El nuevo territorio descubierto por Gil González? —Exacto. Quiero que te apoderes de él. Lleva a doscientos hombres contigo y deshazte de los que haya dejado Gil González. Hernández no se alteró al oír la maquinación del viejo Gobernador. Estaba acostumbrado a sus malas artes en una inacabable carrera de codicia, rapiña, cohecho y violencia. —¿Cuál será mi parte? —dijo. —Veinte por ciento del rescate de oro, plata, perlas y venta de esclavos. —Treinta por ciento. —Veinticinco. —Hecho. A partir de ese momento, las cosas se precipitaron. Para cuando el nuevo gobernador, Pedro de Ríos llegó a Darién, Pedrarias estaba a salvo en el nuevo territorio. Curiosamente, poco después, actuando sobre supuestos informes de que Francisco Hernández preparaba una revuelta, Pedrarias le hizo decapitar reviviendo lo que había hecho con Balboa. Era una forma de ahorrarse el veinticinco por ciento pactado. Por otra parte, el explorador Gil González, que estaba reclamando la gobernación que le correspondía por derecho, moría envenenado misteriosamente. Pedrarias, temeroso de que el conquistador de Méjico quisiera también apoderarse de aquella parte de su gobernación, se preparó para la defensa, pero pronto se vio que Hernán Cortés tenía bastante con sujetar el vasto imperio de Moctezuma. En España, mientras tanto, su esposa Isabel conseguía en Valladolid que nombraran a su marido, gobernador de Nicaragua. Con ello, Isabel conseguía que el viejo enfermo, que estaba ya cubierto de llagas supurantes, se mantuviera ocupado, lejos de su vida.
Enero de 1526 En 1526 salió de la Española una flota compuesta por siete navíos al mando de Juan Ortiz de Matienzo. Los barcos iban cargados de oro y en ella fue a España Hernando de Soto como guardián de la parte que enviaba Pedrarias. Durante su estancia en Sevilla, Hernando fue convocado por el obispo Fonseca, uno de los personajes más conocidos en Castilla. Había sido encargado por el rey de todo lo concerniente al Nuevo Mundo: provisiones, mapas, expediciones…, de hecho no había cosa que pasara por alto la ágil mente del prelado. —Su majestad me ha encargado —explicó—, que haga provisiones para el buen gobierno de aquellas tierras. Me gustaría que me ayudarais vos, que tenéis tan amplia experiencia de las Indias. —Lo haré de buen grado —asintió Hernando—. Podéis preguntarme lo que queráis sobre los indios de Darién y sus costumbres. He convivido con ellos durante muchos años. —Bien —dijo el obispo tomando papel y pluma—, os haré una serie de preguntas, pero antes de empezar quiero pediros otro favor. —Su Eminencia dirá. —Ha llegado a nuestros oídos que el capitán Espinosa, compañero de Juan Sebastián Elcano, está retenido por los portugueses en Lisboa. Al parecer, éstos le despojaron de su nave Trinidad en Las Molucas. —¿Y qué deseáis que haga? —Que llevéis a la corte portuguesa una carta de nuestro rey Carlos pidiendo su libertad. —Haré, por supuesto lo que esté en mi mano para llevar a buen término los deseos de su majestad.
Mientras tanto, en Panamá circulaban las noticias de la existencia en el sur de un reino llamado Perú, cuyas riquezas eran inconmensurables. Increíblemente, El viejo y decrépito Pedrarias todavía tenía fuerzas para planear una expedición para hacerse con el oro de aquel remoto lugar. Llamó a su antiguo paje y a otros dos de los vecinos más ricos de la ciudad de León: Francisco Compañón y Hernán Ponce. —Señores —dijo Pedrarias—, ¿qué os parece una empresa que podría haceros mucho más ricos que Hernán Cortés? —¿Os referís a ese reino en el sur del que tanto se habla? —Sí, Perú. El piloto Bartolomé Ruiz asegura que los tejados de los palacios son de oro macizo. ¿Qué decís? Hernando de Soto se acarició el mentón. —Hace ya varios años, mi buen amigo Pascual de Andagoya organizó una expedición hacia esos territorios, en barco, pero sus padecimientos le obligaron a desistir de la empresa sin haber pasado los límites a los que había llegado Balboa en sus descubrimientos —temporizó—. A pesar de todo yo estoy dispuesto a arriesgar mi vida y mi fortuna, siempre que tenga el mando de la expedición. Sus amigos y socios, sin embargo, consideraban la empresa demasiado arriesgada y tampoco estaban dispuestos a ceder el mando. El asunto se postergó indefinidamente. En el mismo Panamá, otra sociedad compuesta por Pizarro, Almagro y Hernando de Luque también estaba interesada en el proyecto. Sus socios ofrecieron a Pedrarias un substancioso diez por ciento de las ganancias a cambio de la autorización necesaria para llevar a cabo la expedición. Así pues, Pizarro salió de Panamá en noviembre de 1524 con un navío llegando hasta el límite de los descubrimientos de Balboa. Obligados por el tiempo tormentoso, desembarcaron en un sitio pantanoso y desierto al que dieron el nombre de Puerto del Hambre. Desde allí siguieron hasta Puerto Quemado, donde sostuvieron una fuerte batalla con los indios en la que Pizarro resultó gravemente herido. Tuvieron que volver a Panamá en busca de refuerzos.
Marzo de 1526 No fueron más afortunados en una segunda tentativa en 1526. Parecía temerario seguir adelante en una empresa suicida. Sólo trece expedicionarios apoyaron a Pizarro en la Isla del Gallo, volviéndose los demás a Panamá. Aquel puñado de hombres aguantó en la isla cinco meses hasta que fueron socorridos por Almagro. Después de muchas vicisitudes llegaron a la ciudad de Tumbez. Allí pudieron contemplar oro y plata en abundancia por primera vez Como eran pocos para iniciar la conquista por la fuerza de las armas, decidieron prudentemente continuar la exploración. Siguieron doscientas leguas más hacia el sur. Con lo que se volvieron a Panamá con un puñado de muestras de la inmensa cantidad de oro y plata que había en aquel reino. Con aquellas muestras, Pizarro fue a España a dar cuenta del descubrimiento y pedir para sí y sus socios la gobernación de aquel rico territorio. El rey firmó un documento por el que se le otorgaba a Pizarro la gobernación, el título de Adelantado a Almagro y el obispado para Hernando de Luque. No quedó Almagro satisfecho con el título, puesto que había firmado un documento con Pizarro en el que ambos prometían que en todo irían a medias. La cosa se complicó cuando Pizarro apareció en Panamá en 1530 en compañía de sus ambiciosos hermanos, Hernando, Juan y Gonzalo. |