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CAPÍTULO 1 DEL LIBRO DE EDWARD ROSSET “La Rebelión de los Moriscos

Capítulo 1

Don Pedro Guerrero, arzobispo de Granada, se postró ante el Romano Pontífice.

—Santidad —musitó, besando el anillo.

Mientras cumplía con aquel ritual, el arzobispo examinó disimuladamente al hombre que se sentaba en la silla pontificia.

El papa Pío V era un hombre pequeño, de setenta años. Tenía el rostro chupado, una nariz ganchuda y una amplia calvicie rematada por una franja de pelo blanco que hacía juego con su barba. Lucía una estola roja sobre una túnica blanca, carente de bordado alguno. Sus ojos estaban hundidos en unas cuencas oscuras que indicaban un mal funcionamiento de los riñones, pero eso no impedía que su mirada fuera penetrante, tratando de llegar hasta el mismo alma de sus interlocutores.

El papa fue directamente al grano.

—Estoy preocupado —dijo—. Me llegan noticias de que en Granada los moros no renuncian a sus creencias, y si lo hacen, es sólo exteriormente.

Don Pedro Guerrero lo sabía. Todo el mundo lo sabía. Cuando los Reyes Católicos dieron a elegir a los moros de Granada entre la expulsión o convertirse al cristianismo, la mitad, unos ciento cincuenta mil, prefirieron quedarse aceptando el bautismo y abrazando la  religión de Cristo. Pero todo había sido ficticio. De hecho, habían formado una quinta columna que ayudaba a los corsarios que acudían de noche a esquilmar las costas y capturar a los habitantes de los pueblos costeros.

La guerra no había hecho sino cambiar de escenario. Las batallas en tierra habían sido sustituidas por algaradas en el mar. Corsarios, como los hermanos Barbarroja, habían convertido el mar Mediterráneo en un infierno. Miles de cautivos cristianos se vendían en los zocos de Túnez y Argel un día sí y otro no. Cientos de familias cristianas eran separadas violentamente y sus miembros vendidos como si fueran animales.

—Lo sé, Santidad —murmuró humildemente el arzobispo—, pero es muy difícil saber lo que esta gente hace dentro de sus casas…

El papa torció el gesto.

—Todos sabemos lo que hacen: arrodillarse sobre una alfombrilla mirando a La Meca y rezar a Alá y a su Profeta…

El arzobispo sabía que era inútil negarlo. Por su mente pasaron las interminables horas que los obispos habían estado reunidos en Trento, no sólo para dirimir las diferencias entre católicos y protestantes, sino también para hacer frente a la amenaza turca.

—El problema principal —expuso Guerrero—, es que todos los moros que se han quedado en la península confían en que muy pronto los turcos acudirán en su ayuda y podrán recuperar la Península para el Islam.

El papa asintió al tiempo que se acariciaba la barba, pensativo. Confiaba que el Concilio clausurado hacía tres años serviría para unir a los cristianos contra el poderío otomano.

Ya desde 1518 los protestantes alemanes habían reclamado una convocatoria para celebrar un Concilio alemán, mientras Carlos I intentaba cerrar las diferencias entre católicos y reformistas y así poder hacer frente a la amenaza turca.

En la Dieta de Worms (1521) se había intentado zanjar las disputas, pero sin éxito: Martín Lutero había acusado a Roma de ejercer la tiranía, y el Emperador se había comprometido por escrito a defender la fe católica aun al precio de las armas. En las Dietas posteriores, los príncipes alemanes, tanto protestantes como católicos, continuaron insistiendo en un Concilio.

En vista de la situación, había habido grandes presiones del Emperador sobre el Papa Clemente VII para que lo convocara, pero éste se había resistido durante largos años. No fue hasta 1529 cuando por fin cedió y se comprometió a ello.

El Concilio se vio finalmente convocado para mayo de 1537 en la ciudad de Mantua. Pero había sufrido diversos aplazamientos y cambios de lugar por diversos motivos. Finalmente, el 13 de diciembre de 1545 se pudo declarar abierto el Concilio en la ciudad de Trento.

El miedo a la peste y la muerte de Pablo II en 1549 aplazaron el Concilio que tuvo que esperar a que el nuevo papa Julio III se asentase en el trono. Pero apenas se habían celebrado unas pocas sesiones cuando Mauricio de Sajonia atacó de forma sorpresiva las tropas de Carlos I. Tras derrotarlas, avanzó sobre el Tirol poniendo en peligro la propia ciudad de Trento. Esa amenaza provocó una nueva interrupción en abril de 1552. Luego, Julio III murió en 1555.

Tras un corto papado de Marcelo II de veintitrés días, fue elegido papa Pablo IV quien llevó a cabo reformas en la Iglesia, pero no convocó de momento la continuación del Concilio.

Mientras tanto, Carlos I de España abdicó en 1556 y dividió sus Estados entre su hijo Felipe II y su hermano Fernando I de Alemania.

Cuando el nuevo Papa mostró, por fin, disposición a continuar con el Concilio, se encontró con que Fernando I y el rey francés Francisco I preferían que el Concilio tuviera lugar en otra ciudad diferente a Trento. Además, los protestantes terminaron por no acudir a su celebración. Tras nuevos retrasos se reabrió en 1562 y ya continuó hasta su clausura el 4 de diciembre de 1563.

Aunque el Concilio de Trento no había conseguido reunificar la cristiandad, supuso para la Iglesia Católica una profunda catarsis. Abolió ritos locales y estableció una Misa unificada, eliminó muchos abusos flagrantes como la venta de indulgencias o la educación de los clérigos y condenó la acumulación de cargos de los eclesiásticos, entre otras cosas.

Al terminar el Concilio, los obispos habían vuelto a sus lugares de origen. El arzobispo Pedro Guerrero había sido llamado a Roma antes de volver a Granada.

Pío V, recién investido papa, insistió en el tema que le preocupaba.

—No podemos consentir en la apostasía de esos nuevos cristianos.

—El tema es grave, Santidad.

El Papa juntó las manos como si estuviera orando.

—¿Por qué ha de serlo? Hace cuarenta años se exigió a los moros que eligieron quedarse en Granada que se bautizaran. Desgraciadamente, no se les pidió que renunciaran a su idioma, a sus costumbres y a su forma de vestir, cosa que se tenía que haber hecho entonces.

—No es fácil pedir a ciento cincuenta mil familias que cambien sus costumbres de la noche a la mañana —dijo Pedro Guerrero—. Y, sobre todo, su idioma.

—No estamos hablando de un día sino de cuatro décadas —dijo el Papa—. Me temo que si no cambian sus hábitos nunca llegarán a ser verdaderos cristianos. En el fondo seguirán siendo infieles.

El arzobispo se mostró inquieto.

—Podría ocasionar un enfrentamiento entre las dos comunidades.

—Quizá sea mejor un enfrentamiento ahora que esperar otro medio siglo, como hicieron los Reyes Isabel y Fernando y su nieto Carlos I.

—¿Qué queréis que pida al rey?

—Que cumpla con su palabra. Juró defender la Iglesia Católica, incluso con la fuerza de las armas. Puede que haya llegado el momento de hacerlo.

Pedro Guerrero volvió a besar el anillo pontificio en señal de sumisión, pero en el interior de su ser sabía que aquello podría significar el inicio de una larga guerra sangrienta de un final incierto. ¿Y si los turcos enviaban un ejército en ayuda de sus correligionarios? Todavía estaba fresco en la memoria de todos, el terrible asedio de Malta el año anteror, 1565. Después de muchos meses de cruenta lucha con los Caballeros de la Orden de San Juan, el poderoso ejército otomano compuesto por casi cincuenta mil hombres había tenido que retirarse sin conseguir su objetivo.

Pero no sería descabellado pensar que la Sublime Puerta quisiera tomarse la revancha y enviar a otro ejército parecido a las costas granadinas.

El arzobispo sabía que aquel mismo pensamiento quitaba el sueño a más de uno en España.

—Hablaré con el rey, Santidad. Le expondré vuestros deseos.

 

 

Durante el largo viaje de vuelta a Granada, en compañía de Julián Salgado, obispo de Málaga, el arzobispo Guerrero tuvo tiempo para repasar en su mente la situación social en España y el dilema con que se enfrentaba el rey Felipe II.

A partir del edicto del 31 de marzo de 1492, que establecía para los judíos el dilema de conversión o destierro, y de la pragmática del 11 de febrero de 1502, que imponía a los moros sometidos las mismas condiciones, toda España era oficialmente católica. Sin embargo, la realidad era muy diferente, pues comarcas extensas permanecían musulmanas. Los judíos que habían aceptado el catolicismo eran pocos, dispersos en los núcleos urbanos y habían sido absorbidos fácilmente, mientras que los moriscos constituían una densa población rural en algunas provincias y tenían el arraigo de sus tradiciones, que se aferraban tenazmente a la religión islámica.

El apego de los campesinos a la tierra había motivado que muchos miles aceptaran el bautismo, aplicándose el sacramento a multitudes sin preparación alguna, incluso, algunos habían sido bautizados a la fuerza.

La idea era que aunque los padres no fuesen buenos cristianos, los nietos o sus descendientes lo serían. Sin embargo, en todos los años que habían pasado desde entonces, no parecía que había habido ningún cambio significativo.

El arzobispo Guerrero dejó vagar la mirada por el mar en calma que les rodeaba. Los cincuenta remos de la galera impulsaban a ésta con un movimiento rítmico y cadencioso en ausencia de viento.

—Mientras Felipe II construye su Monasterio en El Escorial y nosotros pensamos en poner en práctica los decretos del Concilio de Trento a fin de combatir a protestantes y turcos —dijo—, una gran parte de la población española sigue siendo mahometana y gobierna su vida según los preceptos jurídicos y sociales del Corán.

Julián Salgado, era un hombre bajo, de constitución fuerte, cejijunto, de tez rubicunda. Asintió vigorosamente a lo que decía su superior en la jerarquía eclesiástica.

—En este inmenso imperio espiritual que es el mundo islámico —reflexionó—, los moriscos españoles están en contacto directo con sus hermanos de religión y de raza, de Marruecos, de Argel, de Túnez y, sobre todo, de Turquía. La casi totalidad de los habitantes del viejo reino de Granada son moriscos y viven el tenor de vida islámico.

Guerrero era muy consciente de lo que le decía su interlocutor. Conocía muy bien la distribución de la población en su diócesis. En la Baja Andalucía, en la Mancha y en Aragón los moriscos eran muy numerosos, pero diluidos entre la población cristiana, mientras que los repobladores del norte eran en su mayoría cristianos sinceros, aun cuando conservasen en supersticiones y ritos un recuerdo de su cultura ancestral. En la España interior y en el norte había pequeños núcleos urbanos dedicados a los oficios de la herrería, alfarería, construcción o mantenimiento de las calzadas.

—El problema de los núcleos de población enquistados en diversas comarcas de España es gravísimo —murmuró—. Los moriscos son muy trabajadores y mantienen el austero tenor de vida de los pueblos de Oriente. Con su trabajo, su sobriedad y tradicional experiencia de los oficios del campo hacen fecundas las tierras estériles.

—Sin embargo —dijo Salgado—, el apego tenaz que tienen por su religión y sus costumbres ancestrales no les hacen considerarse integrados en la comunidad hispánica.

Guerrero asintió.

—Lo sé —dijo—. Los cristianos les odian calladamente, sobre todo, los más viejos de Granada que todavía tienen vivo en sus memorias, los fastos de la monarquía de los Nazaríes. Dentro de sus almas conservan vivo el afán de desquite.

Salgado se apoyó en la barandilla de popa y fijó sus ojos en los remeros encadenados a los bancos. La mayoría eran corsarios musulmanes capturados en alta mar, otros, los menos, asesinos y ladrones condenados a cumplir sus condenas en las galeras. Todos estaban sucios y cubiertos de harapos. El hedor de sus cuerpos era nauseabundo. 

—Es preocupante —dijo— ver cómo los cristianos viejos disminuyen por las continuas guerras y por la emigración a las Indias, mientras el número de moriscos se multiplica prodigiosamente. Entre esa gente no hay castidad, ni entran en religión ellos ni ellas; todos se casan, se multiplican; no los consume la guerra, y el trabajo no hace que disminuyan sus capacidades de procreación…

Guerrero se acarició la cuidada barba.

—De los doce hijos de Jacob que entraron en Egipto, cuando los sacó Moisés de aquel cautiverio, salieron seiscientos mil varones, sin contar los niños y las mujeres. Eso indica lo que esa gente puede multiplicarse…

Los dos hombres guardaron silencio unos instantes mientras contemplaban al contramaestre de la galera cómo caminaba entre los esclavos. De vez en cuando, hacía restallar el largo látigo de cuero trenzado con el que azotaba ocasionalmente las espaldas de los remeros.

—Sin embargo —musitó Guerrero—, la política de los reyes de España nunca ha sido ‘racista’. Los moros y judíos que se convierten sinceramente, pueden aspirar a los cargos más elevados del reino. El afán de los monarcas ha sido la asimilación progresiva de los moriscos, para que, dejando sus prácticas religiosas, su traje y su lengua, lleguen a fusionarse con los cristianos viejos.

—Eso es verdad —asintió Salgado—, la reina Doña Juana dictó una pragmática por la cual daba un plazo para que los españoles de ascendencia musulmana abandonaran sus trajes y sus prácticas…

—Pero Don Carlos se vio obligado, en los comienzos de su reinado, a una mayor tolerancia —dijo Guerrero—. Tuvo que suspender el edicto de su madre porque, en realidad, el hábito de los moriscos es muy a menudo el de su provincia, como el de Navarra en las mujeres. Las castellanas también tienen por costumbre tapar el rostro con el manto por su honestidad.

—Otro problema es la lengua —reflexionó el obispo de Málaga—, mal se puede suprimirla si no saben la castellana.

—El rey Carlos I ya publicó en 1526 una orden por la que se exigía a los judíos y moriscos que abandonasen sus trajes, lengua y costumbres dándoles un plazo de cuarenta años. Los judíos fueron asimilados rápidamente, pero no así los moriscos. Éstos siguen en sus trece…

—¿Y qué me dices de los esfuerzos de catequesis? —dijo Salgado—, Recuerda que ante la exhortación del Papa Clemente VII en su bula de 1524, Carlos I publicó un edicto por el cual se planteaba de nuevo a los no bautizados el dilema del bautismo o expulsión.

—Sí, y el resultado fue el levantamiento de los musulmanes de Benaguacil y de la sierra de Espadán.

—Y que fueron sometidos por las armas —dijo Salgado.

—Entonces el rey encargó la predicación a dos de los más famosos oradores que había en España en ese momento: don Gaspar de Ávalos, obispo de Guadix y el franciscano fray Antonio de Guevara.

—Sí —dijo Salgado—. Don Jorge de Austria, arzobispo de Valencia, renunció a la mitra, descorazonado ante el escaso fruto de su predicación.

—Lo recuerdo perfectamente —asintió Guerrero—. También su sucesor, Tomás de Villanueva consiguió parcos resultados en el intento.

—Hay que reconocer que Felipe II ha heredado un problema gravísimo —dijo Salgado—. Tiene que enfrentarse con el formidable poderío turco que fomenta el corso de los reinos del norte de África. Éstos hacen imposible el comercio normal del Mediterráneo y mantienen en constante alarma a todo el litoral.

—Estoy de acuerdo —asintió Guerrero—. La defensa contra el Islam es la más angustiosa de las urgencias del pueblo español. Así lo expresaron los procuradores de las cortes de Toledo hace bien poco. Aseguran que una franja de diez leguas de las tierras de la costa está sin cultivar porque la gente no se atreve a vivir en el litoral. Se han perdido heredades que solían labrarse en dichas tierras…

—Su Majestad conoce el problema —dijo Salgado—, pero sabe que es de difícil, si no imposible, solución, mientras los habitantes de provincias enteras estén en comunicación constante con el enemigo. También sabe que en el corazón de los huertanos moros de los antiguos reinos de Valencia, Murcia y de Granada está siempre viva la esperanza de una nueva invasión africana.

El arzobispo Pedro Guerrero permaneció en silencio unos segundos.

—Creo —dijo por fin— que voy a convocar un Sínodo de los obispos de mi archidiócesis para llevar a cabo una acción conjunta. Debemos presionar a la Corona para que imponga a los moriscos los viejos edictos para una abolición, no sólo de las prácticas religiosas, sino también en sus ritos y costumbres, incluyendo el idioma.

 

 

El Sínodo tuvo lugar dos meses más tarde. Se reunieron los obispos y sacerdotes más prominentes de las diócesis de Málaga, Guadix y Almería. Después de dos semanas de reuniones en las que se expresaron todas las opiniones al respecto, se acordó que don Pedro Guerrero pidiera audiencia al rey para pedirle, tanto en nombre del Papa como de los obispos de Granada, que renovase el edicto de Carlos I, de diciembre de 1526.

El edicto debía ordenar a los cristianos nuevos que dejaran el hábito, lengua y costumbres de los moros y exigir su cumplimiento con todo su rigor.

 

 

El rey recibió pronto al arzobispo Guerrero.

—Tengo entendido que el Papa os concedió una audiencia especial, Ilustrísima.

—Tuve ese privilegio —asintió el arzobispo—. Después de una larga estancia en Roma estudiando los acuerdos del Concilio de Trento, me entrevisté con el nuevo Papa.

—El Concilio… ¡ah sí! Debéis pasarme una nota resumiendo los puntos principales de acuerdo.

—Tengo a mi secretario trabajando en ello, Majestad. Tendréis en breve un resumen de lo tratado y sobre todo, de lo acordado.

—¿Qué opinión tenéis de lo conseguido después de tantos años y retrasos?, ¿creéis que ha merecido la pena?

—Sin duda, Majestad. Aunque no han acudido los protestantes y no se ha podido llegar a un acuerdo con ellos, se han unificado muchas cosas en las que los católicos teníamos algunas diferencias. El catecismo, por ejemplo, la Biblia, la existencia del Purgatorio, el pecado original…, se ha condenado la venta de indulgencias y el enriquecimiento del clero mediante el acumulamiento de cargos…

—Me alegro de oírlo —dijo el monarca—, estoy  ansioso por leer en detalle todo lo acordado. ¿Y qué tal fue la entrevista con su Santidad Pío V? Sería, sin duda, importante lo que tratasteis.

—Lo fue, Majestad. Su Santidad se mostró muy preocupado por la apostasía de los nuevos cristianos en Granada.

—¿Ah, sí?

—Sí. Me ha encargado que os pida renovéis el edicto de vuestro padre de 1526.

—¿Para echar definitivamente a los moros de la península?

—Sólo a los que no hayan abrazado el cristianismo de verdad.

—¿Os dais cuenta de lo que eso significa?, ¿de las implicaciones que supondría?, ¿por qué creéis que no se llevó a cabo en tiempos de mi padre?

Pedro Guerrero agachó la cabeza.

—Sé que será traumático. Así se lo dije a su Santidad, pero él insistió…

La mirada del monarca se perdió en la distancia y cuando habló parecía que lo hacía para sí.

—Los campos se quedarán yermos, nadie los cultivará; los mejores artesanos se irán de nuestros dominios; habrá rebeliones, motines, enfrentamientos…, quién sabe si una guerra abierta…, será una excusa para que los turcos envíen un poderoso ejército a invadir nuestras costas…

El arzobispo sintió una profunda desazón al oír las palabras del rey.

—Encargaré el estudio de la cuestión a una Junta —siguió diciendo éste—. Que ellos decidan…