Capítulo 1—Vuestro reino está lleno de falsos conversos, Majestad. Incluso los hay en vuestra propia corte. La insinceridad de su fe es evidente. Isabel de Castilla escuchaba con los labios apretados. Era el deber de todo soberano restaurar la unidad de la fe en sus dominios. No en vano habían sido elegidos por Dios para gobernar su pueblo. —Lo sé —reconoció—, pero ¿qué puedo hacer? Fray Alonso de Hojeda, prior dominico de Sevilla plegó sus labios finos en un rictus severo. —Sólo hay un instrumento con el que se puede llevar a cabo una limpieza de sangre: la Inquisición. Solicitad al Papa una bula para que os permita iniciar una en España. La reina miró de soslayo al dominico. Vio un hombre pequeño, delgado que vestía el hábito blanco y el manto negro de la orden fundada por Santo Domingo de Guzmán. La amplia tonsura en su cabeza estaba parcialmente cubierta por la capucha blanca que flotaba sobre su espalda. Y en la cintura portaba un rosario con crucifijo de oro. Tenía una boca de labios finos que movía de continuo con gesto nervioso. Sus ojos eran acuosos, grises y algo saltones, lo cual le daba una permanente expresión de indignación. Era la imagen viva del resentimiento. —La Inquisición no es nada nuevo —replicó Isabel—, ya existe. Fue creada por el Papa Inocencio III en el siglo XI. Como buen dominico, Hojeda sabía perfectamente la historia de la Inquisición. De hecho, el fundador de su orden había sido enviado a Francia para combatir la herejía albigense en el siglo XI. Más tarde, el concilio de Letrán IV de 1215, había puesto en vigencia la segunda forma de Inquisición: la Inquisición Pontificia. Los inquisidores dependían directamente del Papa. Se encomendó a la recientemente creada orden dominica para constituir los Tribunales y realizar las inquisiciones. Por otro lado, Inocencio III forzaba a los reyes para que en la justicia civil castigara con la pena de muerte en la hoguera a los herejes que no se retractaban. Miles de albigenses habían sido quemados durante aquellas luchas. Pero de aquello hacía ya muchos años. Desde entonces los distintos Papas habían relajado su guerra contra la herejía. En España se habían producido disturbios en contra de los judíos a fines del siglo XIV y comienzo del siglo XV. Esos disturbios habían comenzado en Sevilla en el año 1391 y luego se habían extendido a toda la península, desembocando en conversiones masivas, forzadas, de judíos al cristianismo. Las aljamas o barrios judíos habían sido atacados por turbas enardecidas, produciéndose matanzas. Para salvar sus vidas muchos judíos aceptaron el bautismo pero siguieron practicando la religión de sus ancestros en secreto. Exteriormente eran cristianos, asistían a misa, se confesaban, practicaban los ayunos, pero en el interior de sus casas, en la intimidad, seguían cumpliendo la ley de Moisés. Eran los falsos conversos. Estos cristianos nuevos podían acceder a los puestos importantes de los reinos españoles, pues las trabas que impedían a los judíos ocuparlos, quedaban anuladas por la conversión. La ocupación de estos puestos por los cristianos nuevos en detrimento de los viejos, era lo que causaba más fricción entre las dos comunidades. Hojeda y otros cristianos afines a su ideología se habían ocupado durante muchos meses de espiar a los conversos tomando nota de cualquier síntoma judaizante por leve que éste fuera. Habían trabajado intensamente para desenmascarar a los falsos cristianos y habían elaborado un índice con la idea de entregarlo a los monarcas. Insistían en que suponía un insulto para los cristianos viejos soportar la falta de respeto de los judaizantes hacia la religión verdadera y el grave problema que constituía para el equilibrio de la sociedad, la aceptación de la raza judía y, en menor escala, la musulmana, entre los cristianos. El informe enumeraba las actividades heréticas, tanto en solitario como en grupo de las personas espiadas. Este trabajo estaba avalado por el Arzobispo de Roma, Pedro González de Mendoza y el Ilustrísimo Tomás de Torquemada, prior de los dominicos de Segovia. Para influir en el ánimo de los monarcas, los guardianes de la ortodoxia habían incluido en sus informes, la relación de los bienes de cada familia que estaba en la lista negra. En ella se veía claramente las inmensas fortunas que poseían los judíos y que si se les confiscaban supondrían un medio para llenar las arcas del reino tan mermadas con el sitio de Granada. Así, la Inquisición serviría doblemente a Dios, limpiando la iglesia de falsos cristianos, al tiempo que conseguía el oro necesario para la Corona. Por otro lado, con esa decisión se ganaría la voluntad del pueblo que olvidaría por algún tiempo el peso de las cargas tributarias. —Una Inquisición Española controlada por la Corona os daría, Majestad, poder ilimitado en la Península. Podríais nombrar y remover a los inquisidores sin intervención papal. Se crearía un Tribunal Supremo, que sería el último órgano de apelación, dependiente de la corona. Ya nadie podría acudir a Roma. Isabel se daba cuenta de que tal Inquisición, hecha a medida, se podría convertir en un instrumento político en el reino, dándoles a los reyes el poder necesario para poner fin a las guerras civiles. Éstas se habían enseñoreado del país ya antes de que en 1469 ella desposara a D. Fernando de Aragón. De hecho, ambos habían heredado un país en llamas. En marzo de 1473 la violencia y el odio racial entre cristianos y judíos había estallado de nuevo con renovada virulencia. ¡Había que hacer algo! —Decidme más sobre la Inquisición, Padre Hojeda. El Prior dibujó una sonrisa en sus labios. Su vida había sido una lucha continua contra los herejes. —Hay que actuar contra el judaísmo y los judaizantes, Majestad. Ocupan cada vez cargos más importantes en la nación y pronto estaremos irreversiblemente en sus manos. También está el problema de los moros. Todavía ocupan la parte sur de España y muchos los ven como aliados de los judíos. Y, por otra parte, están los nobles recalcitrantes, quienes están acostumbrados a dictar la ley motu propio, haciendo y deshaciendo a voluntad. Isabel asintió. Se daba cuenta de que la ley tenía que ser reestablecida en su reino. Era una necesidad tan urgente como la misma conquista militar. Los judíos, más al margen todavía de la ley que los nobles renegados, eran juzgados por sus propios tribunales. Y, aunque podían ser procesados por ofensas criminales por tribunales reales, solamente podían ser penalizados de acuerdo a su propia ley. Estaban dispensados de ser citados a los tribunales el sabbath. Incluso la poligamia era tolerada entre los judíos, de modo que se habían vuelto un ejemplo de desprecio por la ley y la fe cristiana. Los conversos habían sido sagaces en aprovecharse de la situación en beneficio propio y en aquellos momentos, los judaizantes se habían vuelto tan poderosos que se decía que los funcionarios estaban al borde de predicar la ley de Moisés. Durante los doce meses en los que Isabel había permanecido en Sevilla, la reina, bombardeada tanto por los sermones de Fray Alfonso de Hojeda como del obispo de Cádiz, estaba convencida de que casi todos los conversos practicaban el judaísmo en secreto. También le insistían de que muchos sacerdotes de origen judío estaban a punto de comenzar a predicar la ley de Moisés desde púlpitos católicos. —No podéis confiar en los tribunales —insistía Hojeda—, están llenos de conversos. Vuelvo a insistir, el único instrumento adecuado es la Inquisición, una entidad legal cuyos jueces serían monjes dominicos, cuidadosamente elegidos y más allá de cualquier posibilidad de intimidación o chantaje. Un evento a muchas millas de las costas españolas influyó decisivamente en la mente de los monarcas para desequilibrar la balanza a favor de la bula pontificia. Mohamed II, Sultán del imperio turco saqueó las costas de Abulia en venganza por su fallido intento de tomar la isla de Rodas. El 11 de agosto de 1480, los turcos capturaron la ciudad de Otranto en el reino de Nápoles. La mitad de la población fue inmediatamente pasada a cuchillo. El Arzobispo y su clero fueron también degollados, pero sólo después de ser brutalmente torturados. Cuando las noticias llegaron a España a mitad de septiembre, la amenaza resurgente de los turcos convenció a Fernando e Isabel que ya no podían esperar más. —Enviaremos una delegación al Papa —decidieron.
El 17 de septiembre, en Medina del Campo, Juan de San Martín, teólogo y fraile de San Pablo en Sevilla, y Miguel de Morillo, maestro de teología, fueron nombrados grandes inquisidores, siendo Juan Ruiz de Medina su director. Tomás Torquemada fue sumado como perito consultor. Los frailes fueron solemnemente informados que cualquier negligencia de su parte conduciría a su remoción, con la consiguiente pérdida de sus posesiones y de la ciudadanía del reino. El 9 de octubre, los inquisidores se establecieron en Sevilla, la ciudad en donde los judaizantes heréticos estaban más profundamente arraigados, pues se había decidido que sería en esa ciudad donde la Inquisición comenzaría su trabajo. Habían pasado seis meses desde que los embajadores D. Francisco, Obispo de Osma y D. Diego, Comendador Mayor de Alcántara habían marchado a Roma. Los emisarios que les precedían, anunciaron que llegarían a Sevilla a primeros de noviembre con la bula firmada.
Durante todo aquel tiempo, Fray Alonso de Hojada no había cesado de instigar a los cristianos contra los conversos en sus homilías diarias. —Es urgente que lleguen los embajadores de Roma —gritaba desde el púlpito—, pues aún tendrá que pasar mucho tiempo hasta que el Santo Oficio esté en marcha y comiencen a tomar medidas contra los falsos cristianos. Todos los días tenemos que soportar el nombramiento de algún converso en cargos importantes de la ciudad. ¿Hasta cuándo vamos a aguantar?, ¿quiénes son los que se han hecho ricos? ¡Los judíos bautizados! —se contestaba a sí mismo—. Las fortunas que se hacen de la noche a la mañana son un peligro y una ocasión constante de pecado. A Hojeda le gustaba detenerse y pasear por sus fieles la misma mirada posesiva que un pastor dirige a sus ovejas, luego continuaba la arenga. —Los conversos, que al fin y al cabo, siguen siendo judíos, se han aprovechado de las necesidades de los demás para prestarles dinero con intereses abusivos. Entonces emergen de la nada con oro suficiente para comprar los títulos nobiliarios, que sus dueños han puesto en venta ahogados por la necesidad. Es como un milagro. Las puertas de la nobleza se abren ante ellos. Con su dinero acceden a puestos que vosotros, cristianos honrados, nunca podréis acceder. “Ellos sólo buscan grandes beneficios con los préstamos y cuando han conseguido el dinero necesario, se bautizan para que sus hijos estudien y se introduzcan en nuestras vidas. Estamos rodeados de pecadores que exhiben sus riquezas con más fastuosidad que los nobles. Son cristianos herejes que no pagan sus diezmos a la iglesia y que, en sus casas, agazapados como fieras en sus madrigueras continúan con sus ritos judíos. A escondidas, siguen celebrando sus fiestas y guardando festivo el sabbath. “¿Qué clase de cristianos somos que permitimos que ensucien nuestras ciudades y cometan sacrilegios visitando nuestros templos? ¿Hasta cuándo vamos a seguir soportándolos? ¿Hasta cuándo vamos a continuar con esta farsa?” Los sermones del fraile y la vehemencia que ponía en las palabras ganaban muchos adeptos día a día. En muchos lugares se dieron disturbios callejeros basados en la envidia y que iban a más, a pesar de que hubo un edicto anunciando la próxima llegada de los embajadores de Roma. Mientras esto ocurría, Sevilla expulsaba a los vagabundos y maleantes de sus calles. Rellenaba los baches y encalaba las paredes para recibir a los que pronto cambiarían el curso de la historia.
Como no podía ser menos, el día había amanecido espléndido en la capital andaluza para recibir a la delegación que traía la bula pontificia firmada por el Papa Sixto IV. Ya estaban extendidos los grandes toldos para proporcionar sombra y prolongar un poco más el frescor de la madrugada, preservando del bochorno a los compradores. Una luz suavemente tamizada por las lonas extendidas daba a la plaza del mercado un aspecto sedante a pesar del griterío y la algarabía de las mujeres dispuestas a regatear. Los fuertes olores de las especias llegaban en ráfagas con las últimas brisas de la mañana recordando la canela, el azafrán y la nuez moscada para los guisos del mediodía. Además de las mujeres, había gente que se acercaba al mercado sin ánimo de comprar. Sólo se limitaban a escuchar los chismes de la ciudad, y lo último acontecido en el sitio de Granada. A media mañana, todo Sevilla se trasladó a la Puerta de Carmona cuando corrió la voz de que ya se acercaban los ilustres embajadores. Su esfuerzo y dedicación quedaría plenamente reconocida con los festejos de bienvenida que les tributaría la capital andaluza. El día había amanecido limpio y fresco, pero las temperaturas habían subido según avanzaba la mañana a pesar de estar en noviembre. Los extramuros se habían llenado de gente. Los jóvenes habían trepado hasta las barbacanas y las almenas se hallaban abarrotadas. Los pendones de Castilla y Aragón, balanceados por una suave brisa rozaban las piedras de las murallas a ambos lados de la puerta. Del arco central colgaba el pendón de la ciudad, la imagen de San Fernando, bordada en seda y rodeada de los escudos de armas del Reino de León. Los sevillanos contemplaban absortos el espectáculo que se avecinaba: el protocolo de la llegada de los embajadores y el recibimiento de las autoridades. Todos querían ser testigos de los acontecimientos para luego relatarlos en tabernas y plazas. Los miembros de las poderosas casas del reino comenzaron a acercarse a la ciudad en carruajes ricamente enjaezados en un mar de ostentación y fastuosidad. El linaje y la cuna no sólo había que poseerlo sino mostrarlos al pueblo para su envidia y admiración. Telas suntuosas y joyas resplandecientes acaparaban todas las miradas. Los encajes de Flandes competían con los brocados de Alemania. Las pieles de los países nórdicos armonizaban con los delicados terciopelos de los Países Bajos y las sedas importadas de oriente. Los reyes no habían podido estar presentes, pero los más altos cargos de la ciudad habían acudido en su nombre. Allí estaba el Arzobispo de Sevilla, el Alguacil Mayor, el Asistente Real… todos habían tomado asiento en unos sillones de terciopelo situados en una tarima forrada de azul. Ésta había sido colocada en la parte exterior de la Puerta de Carmona, bajo un palio para protegerse del sol. Las familias nobles se sentaron alrededor del poder central del reino de Castilla. Detrás de ellos estaban los alcaldes de las principales villas del reino, los prelados, los jurados, las órdenes militares y religiosas. A ambos lados del camino se arremolinaban los gremios, las cofradías, y más atrás, el pueblo común vociferando su entusiasmo. Ante la puerta, se levantaba, expectante como los demás, la Virgen de la Iniesta. Lucía un manto azul celeste bordado en plata y mantenía los ojos de cristal fijos en la lejanía por donde se acercaba el cortejo. Muchos se acercaron a besar el manto de la Virgen y ver más de cerca el fasto y los oropeles de los miembros de las familias más ilustres de la ciudad. Todo estaba a punto. Pronto sonaron las trompetas anunciando la llegada de la cabalgata. Los susurros se convirtieron en algarabía. Nadie decía nada para no perderse detalle de lo que se avecinaba. Los primeros caballos que abrían el cortejo de los embajadores llegaron a la explanada de extramuros, repleta de gente, eran los donceles en formación de a cuatro perfectamente uniformados. Con ellos llevaban los estandartes y los escudos del obispado de Osma y de la Casa de Medinacelli. Los alguacilillos que habían salido a su encuentro les protegían los flancos. Un murmullo surgió entre el gentío. La comitiva comenzaba a pasar por delante de los ávidos ojos de los sevillanos. Todo era un regalo de música, color y movimiento. Cuando quedaban pocos metros, la comitiva aminoró el paso hasta llegar a la altura de las autoridades. Éstas se levantaron para recibirlos. La gente se amontonó irrumpiendo en aplausos. Los recién llegados desmontaron y se acercaron a los máximos representantes de la ciudad. El Alguacil Mayor, Álvaro de Mendoza les dio la bienvenida en nombre de todos los sevillanos. Los embajadores saludaron a continuación al Arzobispo y al Asistente Real, postrándose, luego ante la imagen de la Virgen, cuya vidriosa mirada seguía fija en la lejanía. D. Álvaro de Mendoza hizo entrega a los recién llegados de las llaves de la ciudad, en la persona del Obispo de Osma quien la aceptó con una leve inclinación de cabeza. El Alguacil Mayor extendió las manos pidiendo silencio. —Excelencias —dijo—, nada me es más grato que haceros entrega de las llaves de la muy noble y leal ciudad de Sevilla como símbolo de agradecimiento por los sacrificios que habéis hecho y los servicios que habéis prestado al reino de Castilla. Sed bienvenidos. El embajador exhibió las llaves ante la plebe. Los gritos y aplausos se multiplicaron. Después de un momento pidió silencio. —Me siento muy honrado en aceptar estas llaves en símbolo de nuestra amistad con este pueblo. Consideramos mucha honra pertenecer a ella como unos más de sus hijos. Cuando terminó de hablar, el Obispo de Osma tomó de manos de su asistente un portapliegos de cuero repujado. Desenredó parsimoniosamente los cordeles y abrió los pasadores de plata. Del interior sacó la bula y la levantó con gesto teatral. La mostró a todos los presentes. Todos mostraron su alegría con gritos y saltos, aunque pocos alcanzaban a ver el papel que el Obispo tenía entre manos. Cuando cesaron los murmullos, el prelado se acercó a las autoridades para que comprobaran oficialmente su autenticidad. D. Diego de Merlo la tomó en sus manos como representante del poder judicial y la entregó al Arzobispo. Éste inspeccionó el pergamino y el sello. Por un lado estaba la efigie de Sixto IV y por el otro la firma del Sumo Pontífice. En la primera hoja se veía impreso el escudo del Papa: un roble de oro con las raíces al aire y las ramas entrecruzadas en aspa sobre el fondo azul. El Arzobispo tomó de nuevo el portafolios y volvió a mostrar al pueblo el pliego de la bula. Alzando otra vez la mano se giró en redondo para que todo el mundo pudiera contemplarla. —¡Aquí está! —exclamó—. Lo hemos conseguido. Los gritos y aplausos se multiplicaron. Los sevillanos agitaban los brazos como si hubieran logrado un gran triunfo. Sus dedos índices comenzaron a señalar abiertamente a los nuevos cristianos que en vano intentaban disimular su nerviosismo. Los conversos más ricos de la ciudad situados en los lugares de honor, se intercambiaban miradas, ocultando su turbación. Un negro presentimiento flotaba sobre sus cabezas. Eran muy conscientes de que sus vidas iban a cambiar en breve. Sabían de las envidias que levantaban sus fortunas y sus cargos. Alonso de Hojeda, rodeados de los dominicos de su convento eran los que más signos de alegría daban. Todos los esfuerzos que habían realizado, espiando a los falsos conversos iban a tener sus frutos. ¡Por fin había llegado la bula, la puerta por la que tendrían que pasar todos los judaizantes! Sabían que a partir de ese momento todo lo que hicieran los falsos cristianos iba a ser mirado escrupulosamente, comentado y sería susceptible de ser delatado al Santo Oficio. El Arzobispo seguía hablando: —Sabíamos que lo conseguiríamos pues Dios está a nuestro lado. Y el Papa, como representante suyo en la Tierra, así lo ha reconocido. Nos ha hecho entrega de la bula para que la hagamos llegar a nuestros reyes, en Granada. El obispo se volvió a las autoridades y bajó el tono al hablar. —Los reyes habrán recibido ya una copia del documento, así como las promesas que tuvimos que hacer en su nombre. Alonso de Hojeda aplicó la oreja. Nada sabía de promesas. El arzobispo se dio cuenta del desconcierto del prior y le hizo un gesto para que se acercara a él. —Los emisarios estaban autorizados a hacer lo que estimaran más conveniente —explicó—. Nos os preocupéis, pronto averiguaremos cuáles son las promesas que han tenido que hacer a su Santidad. —Procurad enteraos lo más pronto posible —dijo Hojeda, preocupado.
|