Capítulo 1Hamida trató de defenderse, pero poco podía hacer una niña de ocho años contra una persona mayor, aunque ésta hubiera pasado ya de los sesenta. Aquel hombre parecía tener las manos de hierro. Cogió a la niña por un brazo y la zarandeó mientras con la otra mano le arrancaba la sucia bata que cubría su cuerpecito. La niña no entendía lo que estaba pasando. Battamba era amigo de su abuelo y solía pasar muchos ratos con él fumando en unas sillas de mimbre en el porche. Pero, ¿por qué le quitaba la ropa? Hamida estaba acostumbrada a los malos tratos. De hecho, ningún niño se libraba de pellizcos y bofetadas por parte de los adultos. Aquello era parte de su forma de vida, eso lo entendía y lo aceptaba, pero lo que no terminaba de entender era por qué le quitaba la ropa. No le gustaría volver a su casa sin ella. Su abuelo le pegaría una paliza. +Ven aquí y no te resistas +masculló Battamba+, y no se te ocurra decir nada en casa porque te retorceré el pescuezo. Hamida había aprendido a pesar de su corta edad, que no servía de nada quejarse de los adultos, éstos siempre echaban la culpa a los niños de todo lo que pasaba y nadie les hacía caso. El viejo arrojó a la niña contra el suelo con violencia y se dejó caer encima. Hamida sintió que se ahogaba. Battamba la aplastaba con su peso. +Estate quieta y no te pasará nada +gruñó el hombre+. Ábrete de piernas. La niña obedeció a duras penas aunque no entendía lo que estaba pasando. +No…, no puedo respirar +gimió. El hombre se incorporó un poco, aunque sólo fue para hurgar en su pantalón. Al cabo de un instante, Hamida sintió algo duro entre sus muslos. No terminaba de comprender lo que pretendía el viejo Battamba, aunque, de alguna forma, la asustaba. De pronto, se dio cuenta de lo que era aquella cosa dura. Era lo que los hombres usaban para orinar... Sólo que ahora parecía estar tieso como un palo. ¿Qué le iba a hacer aquel hombre? No tardó en comprender lo que quería Battamba. Sintió que aquella cosa se introducía en su cuerpo produciéndole un dolor intenso. +¡Me hace… daño! +gimió. Por toda respuesta Battamba la abofeteó. +¡Cállate y no te muevas! +gruñó al tiempo que presionaba con más fuerza. Hamida se mordió los labios para no gritar de dolor, un dolor que se hacía insoportable por momentos. Estaba claro que algo impedía que aquella cosa penetrara más adentro. +¡Por favor! +gimió+, ¡me duele mucho! +Más te dolerá si te quejas, ¡maldita mocosa…! Battamba aumentó la presión. La niña sintió que una llamarada de fuego le quemaba las entrañas. Comenzó a llorar, incapaz de aguantar el dolor que le hacía retorcerse. +¡Por favor!, ¡por favor! +hipó+, me duele… Pero Battamba no le hizo el menor caso. Apretó con todas sus fuerzas hasta que el obstáculo cedió. Sin embargo lo que no cedió fue el insoportable dolor que atenazaba con fuerza el cerebro de la niña. Sin poderse contener, Hamida exhaló un grito desgarrador que le salió de lo más profundo de su garganta. Enfurecido, el viejo Battamba la golpeó con los dos puños. +¡Maldita hija de puta…! ¡Cállate!, ¡cállate o te mato! Siguió golpeándola hasta que los gritos cedieron. Hamida había perdido el conocimiento. La campanilla de la entrada sonó. Con un gruñido de rabia, Battamba se incorporó arreglándose la ropa. Alguna clienta había entrado a comprar algo o había sido atraída por los gritos de la niña y venía a curiosear.
Cuando Hamida recobró el conocimiento se encontró con el rostro sonriente del viejo tendero. A su lado había un hombre de setenta y cinco años con escaso pelo y barba hirsuta blanca. Tenía los ojos de halcón y un rictus de amargura perenne en la boca. Era Khon Tha, la persona a la que ella llamaba ‘abuelo’, aunque dudaba mucho que hubiera entre ellos ningún parentesco. Por todo lo que recordaba, aquel hombre se presentó un día en la aldea en la que vivía con sus padres y seis hermanos. Hamida vio cómo sacaba unas monedas de una bolsa y se las daba a su padre. Éste tomó las monedas, agarró a la niña de una muñeca y se la entregó a aquel hombre. +Éste es tu abuelo +le había dicho+, ahora cuidará de ti. Estarás mucho mejor con él. Hamida no vio a su madre quien se había escondido en el interior de la choza, quizás para no ver cómo se llevaban a su hija. El “abuelo” la cogió del brazo sin miramientos y la obligó a seguirle. Al principio, el comprador la había tratado bien. Al menos no pasaba el hambre que siempre había conocido en su casa. Sin embargo, Hamida pronto descubrió que tenía que su manutención no era gratis. Tenía que ir a buscar agua a la fuente, lavar la ropa, limpiar la casa, hacer la compra. En realidad era una especie de esclava que aquel hombre había adquiridoo por unas pocas monedas. La niña no podía saber, a causa de su corta edad, que era habitual la compra de niñas en las aldeas de las montañas. En muchos casos, incluso las regalaban con tal de quitarse una boca de encima. La niña así esclavizada, pasaba a formar parte de una nueva familia, pero ocupando el renglón más bajo del escalafón. Se las trataba con dureza y al menor descuido eran golpeadas con varas flexibles de fresno. +La encontré robando en la trastienda +dijo Battamba a modo de explicación+, debías educarla mejor, amigo Khon Tha. +Conque ladrona, ¡eh! +rugió Khon Tha+. Ya te arreglaré yo las cuentas a ti. ¡Desagradecida! Battamba sonrió y le alargó una garrafa de vino barato. +Toma +dijo+, para que veas que no te guardo rencor. Llévate esto para que lo bebas a mi salud. Aunque Khon Tha era musulmán, bebía y jugaba a las cartas siempre que podía y cuando le llegaba el dinero. +Gracias, Battamba +dijo Khon Tha+; eres un buen amigo. En el camino, Hamida estuvo tentada de contarle al “abuelo’ lo que había pasado de verdad, pero sabía que no iba a servir de nada. Y mucho menos cuando el viejo aferraba entre sus manos codiciosamente la garrafa de vino. Lo más probable sería que cuanto más se quejara más la golpearía con la vara cimbreante que causaba tantísimo dolor. Aguantando el intenso quemazón que le causaba el simple hecho de caminar, mantuvo el paso junto a Khon Tha mordiéndose los labios para no quedarse atrás. Por las piernas sentía que le resbalaban gotas de sangre. Me voy a morir, pensó, me estoy desangrando. Mejor así…, ya no sufriré más… Pero la voz ronca del “abuelo” le hizo volver a la realidad. +¡Ladrona! Eso es lo que eres, ¡una ladrona! +gruñó Khon Tha tirándola del brazo+. Ya te enseñaré yo a no robar a nadie. A partir de ahora recibirás una paliza diaria y tendrás que trabajar para traerme algún dinero. Así sabrás lo que cuesta ganarlo. Cuando llegaron a casa, dejó en un rincón la garrafa y cogió la vara de fresno. Hamida se acurrucó en el suelo en posición de feto. El sufrimiento de aquel día todavía no había terminado… Instantes después le llovían los golpes en todo el cuerpo sin que sus gritos y su llanto conmovieran a su atormentador.
Cuando varios días más tarde, el “abuelo” la envió a comprar vino a la tienda de Battamba, Hamida, horrorizada, se negó. +¡No, por favor, abuelo, no me mande con ese hombre. Khon Tha se enfureció. +¡Cómo que no quieres ir! ¡Ya te enseñaré yo a ti a obedecer! +¡No, por favor!, no me pegue. Pero el “abuelo” hizo caso omiso de los lloros de la niña. La tiró al suelo de un empellón y le ató las muñecas a una de las patas de la decrépita mesa que se tambaleaba en medio de la choza. Cogió la vara y la dejó caer con furia sobre la espalda, piernas y brazos desnudos de la niña. Hamida se retorció de dolor al tiempo que gritaba. +No…, no, por favor, iré…, iré…
Cuando Battamba vio entrar a la niña se apresuró a cerrar la tienda. +Pasa, niña +dijo enseñando unos dientes ennegrecidos+, te daré un caramelo. Hamida tomó con mano temblorosa la masa pringosa que le alargaba el tendero. Varias moscas aleteaban inútilmente para librarse de la trampa mortal que retenía sus patas. La niña había comido una vez un caramelo; y, aunque de eso hacía ya mucho tiempo, todavía conservaba en su memoria su sabor dulce, delicioso. Se lo metió en la boca antes de que se lo pudiera quitar y trató de retroceder. Pero no fue lo suficientemente rápida. Batamba la cogió de la muñeca con mano de hierro y la arrastró al interior de la vivienda. Ésta se reducía a una estancia con suelo y paredes de madera. Una cortina mugrienta dejaba entrever al fondo una diminuta cocina y un colchón que hacía de dormitorio. El resto del lugar estaba lleno de sacos de cereales, garrafas de vino y diversas verduras y frutas que Battamba vendía al por menor en la tienda. Hamida sintió un temblor incontrolado. +¡Déjeme!, ¡déjeme, por favor! Battamba entreabrió los labios en lo que quería ser una sonrisa, pero que no pasó de ser una mueca repulsiva. +Tú y yo dejamos algo sin terminar hace unos días. Ven conmigo +dijo empujándola sobre el mugriento colchón+. Si no chillas, te daré otro caramelo, pero si das un solo grito, te pegaré hasta que se me canse el brazo. Temblando como una azogada la niña vio cómo el hombre le levantaba el vestido y él se bajaba su sucio pantalón. Ante sus ojos saltó como impulsado por un muelle aquella cosa horrible, de un tamaño enorme que aquel hombre iba a meter otra vez en su cuerpo. Sintió arcadas. Pensó en el dolor tan intenso que le había producido la vez anterior y la sangre que al día siguiente se lavó en el río. La quemazón le había durado varios días y todavía la notaba al andar. ¡No quería pasar por aquello otra vez! +¡Por favor, Battamba! +dijo+, no me haga daño… Por toda respuesta, el tendero la obligó a abrirse de piernas y tanteó con una mano para ayudarse. Hamida notó que la respiración del hombre se hacía más rápida. Su miembro encontró lo que buscaba y presionó hacia adentro. Esta vez no hubo oposición aunque ella notó un fuerte dolor agudo y dejó escapar un grito. Él no pareció darse cuenta y comenzó a jadear como un animal en celo. Hamida se mordió los labios para aguantar el dolor. +¡Me hace daño…! ¡Me duele…! ¡Por favor…! El hombre la pellizcó en un brazo. +¡Cállate!, ¡ya está casi…!, ¡ya…! Con un fuerte berrido, Battamba se derrumbó sobre el cuerpo de la niña, babeando.
La afición por la bebida pareció aumentar en el “abuelo”. Y, curiosamente, parecía tener relación directa con la generosidad que Battamba mostraba de repente hacia su amigo. Las visitas de Hamida a la trastienda del tendero comenzaron a ser rutinarias. Un día una de las mujeres que iba a por agua la observó caminar inclinada hacia un lado y comentó. +Te duele, ¿verdad? Hamida no sabía a qué se refería. La mujer señaló a su entrepierna y repitió la pregunta. +¿Te hace daño? La niña entendió. +Bastante +dijo. La mujer asintió a su vez, con gesto comprensivo. +Los hombres son unos brutos +masculló entre dientes+, no respetan ni a las niñas. Mira +continuó+, si quieres que te duela menos, usa sebo de vaca o grasa de cerdo. Te cicatrizará las heridas y no te hará tanto daño al penetrarte. +Gracias +asintió Hamida.
Khon Tha continuó aumentando su afición por la bebida. No había día que no se emborrachara. Y a pesar de los regalos de su amigo Battamba su necesidad de comprar vino aumentó y proporcionalmente lo hicieron sus gastos. La respuesta a sus problemas la encontró de forma fácil en su “nieta”. +A partir de ahora trabajarás +dijo+, se acabó la holganza. No tardó Khon Tha en encontrar trabajo para su “nieta”. En realidad eran dos los trabajos, ambos diferentes y agotadores: acarrear agua y trasplantar arroz. Para el primero, la niña tenía que bajar al río y coger agua en cubos. Luego debía acarrearla y verterla en grandes tinajas que servían de reserva doméstica a varias familias. Aunque el río no se encontraba muy lejos, las márgenes estaban formadas por pendientes pronunciadas. Los vecinos habían construido una escalera rudimentaria por la que no era fácil subir, sobre todo, con dos cubos balanceándose de una pértiga apoyada en los hombros. Al principio, la niña se resbalaba en los peldaños y los pesados cubos de madera se le caían encima produciéndole a menudo golpes y heridas en las piernas desnudas. El segundo trabajo consistía en trasplantar arroz para lo que tenía que pasarse horas con los pies metidos en el barro. Esto hacía que las heridas se le infectaran a menudo. Hamida se levantaba a las cuatro de la mañana para llenar las tinajas de varias familias. Luego, se pasaba el resto del día en el arrozal. Cuando llegaba a casa, destrozada, le esperaban las tareas domésticas. La mayoría de las personas que trabajaban metidas en el agua hasta los tobillos eran mujeres. Ellas plantaban el arroz, cuidaban del cultivo y segaban la planta además de todas las tareas domésticas: hacer la cocina, cuidarse de los niños, acarrear el agua y lavar la ropa en el río. Los hombres lo tomaban con más tranquilidad. Su trabajo consistía en arar el arrozal. Luego se iban a pescar o jugar a cartas. Los pocos rieles que Hamida ganaba con sus dos trabajos se convertían pronto en garrafas de vino aguado.
La vida de Hamida continuó de forma parecida durante un año y habría seguido muchos más de no haber sido por la afición del “abuelo” por la bebida. Un día, cuando Hamida volvió del trabajo para entregarle los rieles que había ganado, encontró que el viejo borracho seguía tirado en su cama. Era ya media tarde, nunca se levantaba tan tarde, por muy borracho que estuviera. Aguardó pacientemente a que se levantara con el temor de recibir una paliza cuando lo hiciera. Pero cuando observó más de cerca el rostro de su “abuelo” se dio cuenta de que aquel hombre nunca más se ensañaría con ella. Notó que no resoplaba y roncaba como hacía habitualmente. En realidad ni siquiera respiraba. Hamida no sabía lo que hacer. Había visto una vez un muerto. Alguien había comentado que una persona muere cuando deja de respirar. Al día siguiente lo habían quemado en una pira de leña. ¿Harían lo mismo con el “abuelo”? ¿No la pegaría nunca más? De repente, se dio cuenta de que estaba sola en el mundo. ¿Quién iba a cuidar de ella, ahora? Pronto lo supo. Fue cuando Battamba proclamó que como amigo del difunto estaba dispuesto a cuidar de su “nieta”. Nadie se opuso. El resto de las familias de la aldea bastante tenía con cuidar de sus propios hijos. Y, aunque todo el mundo sabía que el viejo tendero la violaba sistemáticamente, nadie, jamás se había inmiscuido. De hecho, todos aceptaban como normal aquella situación. ¡La vida era dura y las niñas tenían que aprender…!
Aunque el viejo Khon Tha no era muy apreciado en la aldea, todo el vecindario se reunió para despedirlo. La pira se montó en un claro de la selva, a una milla del pueblo. Entre cuatro jóvenes llevaron el cuerpo y lo depositaron sobre la leña seca. Según el rito musulmán debían haberle dado sepultura con el rostro mirando a La Meca, pero, como la mayoría de los habitantes de la aldea eran hindúes y nadie se planteó la idea de enterrarlo, se procedió a seguir la costumbre hindú de incinerar el cuerpo. Con los ojos secos, Hamida siguió el ritual de la incineración. Cuatro hombres dejaron otras tantas teas bajo la leña seca y todos los presentes contemplaron con curiosidad cómo las llamas prendían y se elevaban lamiendo las ropas del difunto. Una mujer anciana se dirigió a otra: +Cuando yo era niña, las viudas tenían que inmolarse junto al cadáver de su marido. La otra asintió. +Recuerdo haberlo visto alguna vez. Las viudas bebían una infusión para adormecerse y se tumbaban junto al difunto. Hamida sintió un escalofrío al imaginarse la escena. Fijó los ojos en el cuerpo del hombre que tanto la había maltratado. La ropa había ardido dejando a la vista su carne blanca. Gruesas gotas de grasa chisporroteaban al son de las llamas. El olor dulzón de carne abrasada comenzó a llegar a su olfato. Sintió arcadas. En su mente, Hamida pensaba que debería sentir algo por el hombre a cuyo cuidado sus padres la habían confiado, pero por más que se esforzaba, en su interior sólo había indiferencia.
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