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Soldados rotos 1

 

Los soldados rebeldes llegaron de madrugada. Rodearon el poblado y obligaron a todos los habitantes a salir fuera de sus chozas. Eran más de cien e iban armados con rifles de asalto Kalashnikov, AK-47, y afilados machetes.

Samuel, todavía aturdido por el sueño, salió a la luz de las parpadeantes estrellas del alba junto con sus padres y cinco hermanos. Al salir de la choza se dio casi de bruces con un hombre alto, corpulento. Una cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda, desde el ojo hasta la boca dándole un aspecto feroz. Parecía ser el jefe, pues era el que gritaba las órdenes que los demás obedecían sin rechistar.

El hombre apartó de un manotazo a Samuel que se le había cruzado en el camino, haciéndole rodar por el polvo.

—Todos aquí —gritó—. ¡Traed a todos aquí! ¡Matad al que se resista!

Casi inmediatamente se oyó un tiro seguido de un grito agudo. Luego otro disparo y otro más. Samuel comprendió, a pesar de su corta edad, que sus vecinos estaban siendo asesinados por los soldados. Vio con el rabillo del ojo a sus dos hermanos mayores que, de común acuerdo, emprendían una carrera desenfrenada hacia la selva. Alguien les vio y disparó una ráfaga, pero los dos jóvenes habían alcanzado los primeros árboles y pudieron escapar. Nadie les siguió.

El comandante de los guerrilleros se enfureció.

—¡Matad a su familia! —gritó—. Haced lo mismo con todos los que se escapen.

Samuel vio con ojos desorbitados cómo uno de los soldados sacaba su machete y lo hundía en el pecho de su madre hasta que encontró hueso. Luego con indiferencia apoyó un pie en el cuerpo de la mujer y retiró el machete de un tirón.

Acto seguido, contempló horrorizado cómo su padre se abalanzaba sobre el cuerpo agonizante de su esposa con un grito desgarrador. Pero el mismo soldado que había matado a su mujer volvió a usar el ensangrentado machete y hundió el filo en el cuello del desgraciado. Un chorro rojo salió de la arteria aorta y se mezcló en el suelo con la sangre de su esposa.

 Otro de los soldados, que no era mucho mayor que Samuel se acercó con indiferencia a las dos hermanas pequeñas que lloraban desesperadamente y con un golpe rápido, cortó limpiamente la cabeza de una de ellas.

—¡Deja de llorar! —dijo enojado.

Mientras la otra miraba con ojos aterrorizados el cuerpo descabezado de su hermana, otro soldado la atravesó con su machete.

—¡Así os callaréis! —gruñó.

Samuel veía lo que estaba ocurriendo a su alrededor como si fuera una película. En una ocasión, su profesora, sor Patricia de la misión, les había proyectado un viejo film de Charlot con quien se habían reído mucho. Después, les había explicado que lo que estaban viendo era fantasía. Nada de lo que aparecía en la pantalla existía en realidad.

Ahora sucedía lo mismo. Samuel no podía evitar el pensar que lo que le había ocurrido a su familia no era real. En cualquier momento terminaría la película y sus padres volverían a levantarse diciendo que todo había sido cosa de la imaginación o de un sueño. Las cosas no tardarían en ser como antes: volvería a dormir en la seguridad de su choza y corretearía con sus amigos por la sabana y la selva. Aterrorizado, se dejó caer al suelo y se quedó inmóvil. Probablemente aquello le salvó la vida, eso y la orden que dio el comandante de la cicatriz.

—Reunid a todos en el centro del poblado, rápido. Registrad las chozas y sacad fuera la comida, el dinero, y todo lo que encontréis de valor.

Los rebeldes parecían habituados a aquella situación porque obedecieron automáticamente y los sacos de grano y objetos que podrían tener algún valor no tardaron en amontonarse fuera de las chozas.

Samuel vio entre ellos el viejo reloj de bolsillo que su padre había atesorado como una verdadera reliquia. Durante los diez años de su vida, aquel reloj había marcado las horas que regían la vida sencilla del poblado. Nunca más volvería a hacerlo.

La voz del comandante volvió a sonar autoritaria.

—Dejad que los viejos vuelvan a las chozas. Reunid a los niños. Nos los llevamos.

Mientras hablaba el comandante se guardó un puñado de billetes de banco e inspeccionó los objetos que les podían serles de valor, así como los sacos de comida.

Separó lo que le interesaba y se dirigió a uno de sus oficiales, un hombre de rostro picado de viruelas.

—Malal —dijo—, nos llevamos todo esto y el ganado. ¿Cuántas vacas hay por ahí?

—Veinticinco, comandante Moses, además de un centenar de cabras.

—Bien, ¿y niños?

—He contado treinta, y como siempre, hemos cogido sólo entre los ocho y los catorce años.

—De acuerdo. Buena redada, vámonos.

Minutos más tarde, Samuel se encontró caminando en el medio del grupo de niños cautivos. Delante de él marchaba su amigo Banda. Con el corazón encogido, volvió la cabeza para ver por última vez los cuerpos ensangrentados de sus padres y dos hermanas.

El poblado ofrecía a la luz del alba un aspecto fantasmagórico. Todos los habitantes se habían refugiado en las chozas. Sólo una docena de cuerpos retorcidos y ensangrentados yacían en el polvo rojizo, mientras varios perros husmeaban curiosos entre los cadáveres.

La tenue neblina que se levantaba de la húmeda tierra formaba una fina cortina velada que hacía ver todo bajo un prisma irreal.

Samuel apartó los ojos de aquella visión. Pensó que nunca dejaría de ver en su mente aquel cuadro de horror. Sabía que su vida, a partir de ese momento, nunca sería la misma.

 

 

Los soldados no pararon de andar hasta el mediodía. A esa hora, pararon a la orilla de una charca para dar de beber al ganado. Los soldados se refrescaron con sus cantimploras y comieron de lo que llevaban en sus mochilas. Nadie se acordó de los cautivos.

—Tengo sed —murmuró Banda.

Samuel miró a su amigo.

—Bebamos de la charca —dijo—. Si el ganado puede beber, también nosotros.

Los dos amigos se levantaron y se dirigieron temerosos a la charca en cuyas orillas se había tumbado el ganado. Samuel esperaba recibir un disparo en la espalda en cualquier momento, pero nada ocurrió y los chicos pudieron apagar su sed en un agua embarrada. Los demás, viendo que no les pasaba nada, les imitaron.

—Tengo hambre —musitó Banda.

—Yo también —dijo Samuel—, pero no parece que nos vayan a dar nada para comer.

Los dos chicos permanecieron en silencio un momento.

—Han cortado un brazo a mi padre —dijo de pronto, Banda.

Samuel apretó los labios.

—Al mío lo han matado —dijo—, y a mi madre, y a mis hermanas…

Banda trató de contener las lágrimas.

—¿Qué nos harán ahora?

—Nada —dijo Samuel—. Nos enseñarán a luchar.

—Yo no quiero luchar.

—Ni yo tampoco —dijo Samuel—, pero no tendremos más remedio. Si no luchamos nos matarán.

Banda pareció sopesar la idea y por fin decidió que quizá fuera mejor matar que dejarse matar.

Samuel apartó la imagen de sus padres masacrados de su mente y trató de pensar en otra cosa. Paseó la mirada por los cautivos, contándolos.

—Somos catorce chicos y hay dieciséis chicas —dijo en voz alta, tú y yo somos los más pequeños.

—¿Para qué querrán a las chicas? —preguntó Banda.

Samuel no respondió. También él se había hecho esa pregunta, aunque no le preocupaba mucho la respuesta.

—Me imagino que también ellas pueden luchar aunque no tengan tanta fuerza —dijo.

—Quizá —dijo Banda no muy convencido—, aunque Haran y Sawaneh no durarán mucho.

Samuel fijó los ojos en las dos jóvenes aludidas, ambas de catorce años. Estaban tumbadas, parecían muy fatigadas. Banda tenía razón, en los últimos tiempos, ninguna de las dos gozaba de buena salud. Debían de estar enfermas. No resistirían las largas marchas de un ejército rebelde.

—Igual las mandan cocinar —reflexionó Banda.

—Igual —asintió Samuel.

Pocos minutos después, la larga columna de hombres y animales reemprendió la marcha. Nadie se detuvo hasta que llegaron al anochecer a otra charca. No era mucho mayor que la del mediodía, sólo que sus aguas estaban mucho más embarradas. La diversidad de los rastros dejados por las patas y cascos de centenares de animales mostraban a las claras el porqué del color de las aguas.

Una vez más, los soldados usaron sus cantimploras, mientras que los cautivos bebían directamente de la charca sobre la que ya pululaban millones de mosquitos.

Samuel y Banda después de beber se dejaron caer a tierra a cierta distancia del agua. No era prudente dormir cerca de la orilla no sabiendo qué clase de animales se acercarían a aplacar la sed en las horas nocturnas.

Cerca de ellos se tumbaron a descansar las dieciséis chicas de la aldea formando un corro. Haran y Sawaneh se encontraban entre ellas. Las dos habían conseguido terminar la jornada sin quedarse rezagadas, pero había constituido para ellas un terrible esfuerzo. Les sería imposible seguir andando mucho más tiempo, sobre todo, si, como parecía, los soldados no les daban de comer.

—Tengo hambre —dijo Banda por enésima vez.

—Yo también —respondió Samuel, apartando de su mente, una vez más, la foto de sus padres y hermanas ensangrentados—. Mira a ver si ves un hormiguero antes de que anochezca del todo.

Los dos chicos se separaron para explorar el sitio donde se habían tumbado.

—Aquí hay un reguero de hormigas —dijo Banda de pronto.

—Y aquí tengo cuatro saltamontes —exclamó Samuel mostrando los animales aplastados en su mano.

Los dos niños se sentaron junto a una riada de hormigas que iba y venía de algún hormiguero lejano. Los dos se impregnaron las manos con el jugo de los saltamontes y las dejaron en el paso de las hormigas. Éstas eran negras, grandes. No tardaron en ocupar cada centímetro de las cuatro manos. Los chicos retiraron una y chuparon las hormigas con la lengua. Cuando terminaron con una mano pusieron la otra. Durante media hora consiguieron, si no matar su hambre sí, al menos, mitigarla en cierta medida. Al cabo de ese tiempo, de repente, se paró el flujo de hormigas. Los chicos sabían que los insectos no volverían a salir hasta el día siguiente con la primera luz.

—Tendremos que hacer lo mismo cuando amanezca —dijo Banda.

—Dudo que nos den tiempo. Seguro que nos ponemos en marcha antes de que salga el sol.

Samuel se tumbó boca arriba mirando las estrellas. Debía haber más de un millón de ellas tintineando sobre sus cabezas. ¿En cuál de ellas estarían sus padres?, ¿estaría el cielo situado ahí arriba como aseguraban los misioneros blancos? ¡Seguro que los dos estaban contemplándole en ese momento desde aquella altura tan impresionante! ¿Cómo se podía ir tan lejos?, ¿tardarían mucho en llegar?, acaso todavía estaban en camino… ¿Y sus hermanas?, ¿tendrían que ir solas al cielo?, ¿las ayudaría alguien?

Samuel sintió que sus ojos se le llenaban de lágrimas. Durante todo el día había resistido la tentación de llorar para no mostrar sus debilidades, pero ahora que se veía solo, dio rienda suelta a sus retenidas emociones. Un río incontenible se deslizó silencioso por sus mejillas. Apretó los labios desconsoladamente al pensar en su madre. De repente, añoraba sentir las caricias de sus manos toscas y agrietadas, pero dulces y reconfortantes.

¡Cuántas veces se había dormido oyendo su voz…, escuchando sus canciones!

De pronto, la cruda realidad le golpeó en el rostro como el viento de un huracán. ¡Ya no volvería a oír su voz ni escuchar sus canciones! A los ocho años le habían dejado huérfano. De golpe y porrazo le habían convertido en un hombre…, un hombre al que iban a entrenar para matar…

Después, el rostro de su padre relevó al de su madre en su mente. ¡Cuántas historias le había contado!, ¡cuántas noches alrededor de la hoguera escuchándole!, historias de leones y de elefantes; relatos de leopardos y felinos; de fieros gorilas y simpáticos chimpancés…

¿Y sus hermanitas?, ya las echaba de menos. A estas horas de la noche las dos estarían tumbadas en sus esteras, listas para dormir después de todo un largo día correteando por el poblado. Aunque, a menudo, Samuel fingía que se enfadaba con ellas, en el fondo, disfrutaba con sus travesuras. ¡Ya no las vería más…!

Las lágrimas continuaron deslizándose por sus mejillas sin que Samuel hiciera nada para impedirlo. En la oscuridad nadie le veía llorar como un niño…

 

 

 

No debería llevar mucho tiempo durmiendo cuando un revuelo de gemidos y gritos le despertó. Atónito vio cómo un grupo numeroso de soldados se había acercado a las cautivas y se las llevaban por la fuerza. Hubo varias que se resistieron y fueron abofeteadas hasta que accedieron a ir con ellos.

Samuel se aplastó contra el terreno, temiendo que a continuación los llevaran a ellos. Afortunadamente, nadie les molestó.

¿Adónde llevarían a las mujeres?, ¿qué harían con ellas?

Samuel no podía entenderlo. ¿Se las comerían?, ¿serían caníbales y celebrarían algún ritual durante la noche? Sintió un escalofrío. Había oído historias que muchos guerreros, antiguamente, comían a sus enemigos para hacerse con su fuerza y con su espíritu.

¿Harían estos lo mismo?

Un estremecimiento recorrió su espina dorsal. Se veía ya introducido en un enorme puchero cociéndose lentamente para alimentar a estos asesinos.

 

 

 

El comandante Moses esperó a que llegaran las niñas. Todavía quedaban dos días para llegar a la base y no estaba dispuesto de privarse de compañía femenina de noche. Era consciente de que podría perder alguna de las más pequeñas, pero eso le traía sin cuidado. La vida en África tenía poco valor.

—Aquí tienes, comandante, dieciséis jovencitas —el que hablaba era su segundo, Malal Kourama, el hombre de la cara picada de viruela—. Elige la que quieras. Luego me toca a mí.

Moses asintió en silencio y contempló a las niñas. No le gustaban las más pequeñas porque eran unas lloronas y muchas no soportaban el dolor. No hacían nada más que llamar a su madre y eso él no lo podía aguantar. Más de una vez había tenido que golpear a una para que se callara, y darse cuenta, luego, que el golpe había sido demasiado fuerte y la niña estaba muerta.

No, era mejor una niña mayorcita, trece o catorce años, con pequeños pechos turgentes que se podían pellizcar. Eso les hacía chillar como ratas y retorcerse de dolor, pero no las mataba.

Eligió a una de ella.

—Tú, ven aquí, ¿cómo te llamas?

—Sawaneh —replicó la niña asustada.

—Esta noche dormirás conmigo —dijo Moses. Luego se dirigió a Malal—. Elige la que quieras y reparte las demás entre los hombres. Tendrán que conformarse con una para cada tres o cuatro.

—Eso está hecho, comandante —dijo Malal alborozado—, yo me ocupo del reparto.

Se dirigió a una de las niñas más pequeñas que le miraba con cara aterrorizada.

—Tú vendrás conmigo… —levantó la vista y miró a los líderes de los escuadrones que se habían acercado, bromeando entre sí y haciendo cábalas sobre lo que les tocaba en suerte—. ¡Líderes de escuadrón, coged una cada uno y compartirla con vuestros hombres.

 

 

 

A pesar de que los terribles acontecimientos del día habían turbado el ánimo de Samuel, el cansancio unido a su corta edad, hizo que se sumergiera en un sueño profundo aunque inquieto. Durante la noche le había parecido oír gritos y sollozos, pero no estaba seguro si habían sido reales o parte de las pesadillas que había tenido.

Las estrellas estaban todavía tintineando en el cielo cuando todo el campamento se puso en movimiento.

Samuel se dio cuenta de que el grupo de chicas se había reducido. Luego vio a varias de ellas que venían desde los diversos lugares donde habían dormido los soldados. Todas parecían extenuadas y llorosas. Algunas caminaban con dificultad.

Aunque Samuel no comprendía lo que estaba pasando, tampoco le concedió mucha importancia. Con el nuevo día, los lúgubres pensamientos de lo sucedido el día anterior ocuparon su mente. Recorrió una y otra vez los acontecimientos, preocupado, sobre todo, por lo que les podrían hacer aquellos hombres malos. ¿Qué sería de ellos?, ¿qué les harían?

Banda también se había despertado y se estiraba somnoliento, mirando incrédulo a su alrededor.

—¿Dónde…?

De pronto, pareció recordar porque abrió los ojos y sollozó.

—¡Papá…, mamá…!

—Es inútil que los llames —dijo Samuel—, no vendrán. No los verás nunca más.

La cruel realidad golpeó violentamente a Banda y las lágrimas se agolparon en sus ojos. Durante un rato permaneció en silencio contemplando las estrellas que ya se mostraban difusas en un firmamento que clareaba anunciando un nuevo día.

—¿Qué…, qué nos harán? —musitó.

Samuel se encogió de hombros.

—Seguiremos andando —dijo convencido—. Nunca terminaremos de andar…

—¡Tengo hambre!

Samuel pensó en las hormigas. Todavía no había luz suficiente como para verlas, pero, de todas formas, todavía era demasiado temprano. Apenas estarían saliendo las primeras exploradoras del hormiguero.

—Acaso nos dan hoy algo para comer —dijo con tono esperanzador—. Si no, podemos atrapar saltamontes o lagartijas.

Banda terció el gesto al tiempo que asentía. Los saltamontes no eran difíciles de atrapar y un puñado de ellos hacía que la sensación de hambre disminuyera.

En ese momento, un soldado se acercó al grupo de niñas con un saco de couscous.

—Creo que nos van a dar algo —susurró Samuel—. Mira.

Efectivamente, el soldado había dejado el saco en el suelo, introduciendo un brazo en él.

—Poned las manos —dijo.

Abrió el puño y dejó caer los diminutos granitos en la que tenía más cerca. Luego repitió lo mismo con las demás. Cuando terminó, acercó el saco hacia el grupo de los niños.

—Extended las manos —volvió a ordenar.

Poco después, tanto Samuel como Banda sostenían los blancos granos del cereal entre sus manos abiertas y se lo llevaban a la boca.

—Os hará falta toda la energía para lo que os espera —rió el soldado.

Samuel y Banda se miraron asustados.