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Terroristas 1 Omar miró al cielo. Nada parecía presagiar que no fuera otro día más. El sol brillaba con fuerza enviando rayos de fuego derretido sobre las tierras calcinadas del desierto. El rebaño de cabras descansaba a la sombra de unos matorrales en espera de que pasara la hora de más calor para seguir ronchando sus tallos resecos. El suelo árido y pedregoso estaba sembrado de un millón de rocas que se habían ido desmenuzando por los bruscos cambios de temperatura, hasta convertirse en pequeñas piedras diseminadas por doquier. Nada había que rompiera la monotonía del paisaje, excepto la pequeña aldea de Hadir que se divisaba a lo lejos. Omar podía casi distinguir la casa que había construido con sus propias manos. Modesta, pero que para él era como un palacio en el que habitaba con su esposa Fátima y su pequeño Abdullah. El cielo azul parecía brumoso, pero en
realidad, la distorsión del astro solar estaba originada por la fina arena
transportada por el viento caliente del desierto, unos lo llamaban sirocco,
otros, ghibli. Alejado del pueblo, había un edificio de dos plantas, construido por los británicos durante la segunda guerra mundial. El edificio había sido entonces, al igual que lo era ahora, un almacén de municiones. Por razones de seguridad estaba separado de la aldea por el cauce seco de un río. Omar volvió la cabeza hacia el sur. Las luces de Al Barit, a quince kilómetros de distancia, eran lo bastante brillantes como para verse a través del sirocco que continuaba soplando implacable. Al sur estaba Arabia Saudí y un poco más allá, se adivinaba el brillo plateado del Mar Rojo. En torno a Hadir, se extendía una tierra ondulante y árida en la que pugnaban por coexistir un pequeño bosquecillo de olivos y unas palmeras datileras con algún pozo ocasional de riego. Junto a los escuálidos árboles se refugiaban varios cabreros tan indolentes como él. Omar escrutó el complejo militar por encima de su rebaño. Todo estaba tranquilo. No había movimientos de guardias ni vehículos a aquella hora. Sobre todo, porque a nadie le gustaba moverse mucho cuando los termómetros marcaban cuarenta y cinco grados. Omar consultó su viejo reloj. Eran las doce. Se arrodilló a un lado de la roca que le guarnecía del sol. Había desenrollado allí su sajjadali, su alfombra de oración, y sobre ella había depositado un ejemplar del Corán. Mientras recitaba los suras del Libro Sagrado mirando a La Meca, sus pensamientos volaron hacia su padre, Basel Mustafá. El capitán Mustafá había sido uno de los oficiales favoritos de Saddam Hussein. Fue uno de los comandantes que al frente de quinientos tanques invadieron Kuwait. En el contraataque norteamericano, Basel Mustafá había muerto en un bombardeo de los B-52 a finales de 1991. Omar era joven cuando había ocurrido aquello. Echaba de menos a su padre, pero le consolaba el hecho de que hubiera tenido la muerte de un mártir a manos de los imperialistas norteamericanos. A pesar de su corta edad, Omar recordaba perfectamente, la invasión de Kuwait por parte de los tanques de Saddam Hussein. Había sido en agosto de 1990. El contraataque de las fuerzas aliadas se hizo esperar, pero cuando lo lanzaron el 17 de enero de 1991 fue devastador. Por parte de la aviación aliada se habían realizado más de cien mil salidas arrojando casi noventa mil toneladas de bombas, muchas de ellas de NAPALM. El ejército iraquí, calificado hasta entonces como el cuarto ejército más potente del mundo, fue sometido a un bombardeo continuado. Su aviación apenas pudo realizar acciones defensivas y mucho menos, ofensivas. En todo el tiempo que duró la guerra no había podido derribar ni un solo avión enemigo. De la misma forma, los soldados iraquíes, exhaustos por los bombardeos, apenas habían ofrecido resistencia. Su ejército había perdido ya cincuenta mil hombres. Y los ataques proseguían. —Tenemos un fuerte viento de cola que sopla del desierto —dijo el teniente George Wilford—, ¿cómo se llama? —Sirocco —respondió el también teniente Phil Norway. —Exacto. Es una pena que lo tengamos de frente cuando salgamos de aquí. —Pero llevaremos mucho menos peso —masculló George Wilford. Norway miró por el parabrisas. El brillante sol se reflejaba en el cristal y necesitaba gafas oscuras. Continuaban volando dirección norte. No pudo evitar el pensar en las guerras que se habían librado en aquella árida región desde tiempos bíblicos: israelitas, egipcios, fenicios, babilonios…, más tarde los griegos, romanos, árabes…, recientemente los italianos, alemanes, británicos…, por fin los norteamericanos… —¿Tiempo para el ataque? —preguntó Wilford. Phil Norway salió de sus ensoñaciones y comprobó su posición. —Poco más de diez minutos —dijo. —Pues atento al reloj. —Lo estoy. Minutos después, la formación inició un viraje de aproximación para atacar por el este. George Wilford accionó los reguladores de combustible y aumentó su velocidad. Los otros tres Harriets hicieron lo mismo. Su velocidad en el aire era de 500 nudos y su altitud de 8.000 metros. Wilford comenzó las comprobaciones finales antes de iniciar el ataque. Era una larga letanía de revisiones. Justo en el momento en que terminaron, Wilford levantó los ojos y vio su objetivo delante de ellos. —Ahí está —dijo—, preparados. Norway también alzó la vista y asintió. Ambos observaron la pantalla de radar, pero nada había que saliera a recibirlos. Los cuatro Harriets volaban ahora a 520 nudos y habían bajado casi en picado a 200 metros de altura. Las doce y veinticinco. Era la hora de romper la formación y poner rumbo a sus objetivos individuales en Al Barit y Hadir. No eran grandes fortificaciones defensivas por lo que no esperaban mucha defensa antiaérea. Wilford escuchó atentamente buscando algún sonido en sus auriculares hasta que oyó un gorjeo que indicaba la detección de un misil. Miró rápidamente la pantalla de su radar. —¡Mierda! —exclamó tratando de serenarse—. Misil tierra-aire a las dos. Norway asintió con la cabeza. —Era de esperar que no estuvieran echando la siesta —dijo. De hecho eran dos los misiles que habían lanzado contra ellos, pero sus Harriets volaban ahora a 100 metros, demasiado bajo y a demasiada velocidad para que los misiles pudieran hacer blanco. Sin embargo, no ocurría lo mismo con los cañones antiaéreos. Wilford observó cómo los dos misiles se elevaban en su pantalla y esperó hasta que ascendieron con sus ardientes colas de llamas rojas y anaranjadas en busca del astro sol. Los cuatro Harriets se habían separado y Wilford se encontraba frente al blanco que le habían asignado: El edificio militar de Hadir convertido en polvorín. Las balas trazadoras disparadas por la artillería antiaérea rasgaban el manto azul, y aunque las explosiones resultaban invisibles a plena luz del día, ambos sabían que les estaban disparando. Resultaba terrible y excitante al mismo tiempo. Su adrenalina funcionaba a tope. —Hadir —dijo—, ¡fuego! Los cuatro misiles salieron en busca del enemigo para destruirlo. Tres dieron en el blanco y el edificio-polvorín saltó por los aires. El cuarto se desvió y dio en Hadir convirtiendo el pequeño poblado en ruinas, cascotes, sangre y destrucción. Omar cubrió con una mano el sol que le deslumbraba y los vio. Eran cuatro aviones que se separaban formando un abanico. A su alrededor había incandescentes regueros de fuego brillante que se elevaban desde los cañones antiaéreos. —¡Misiles! —masculló—, misiles y fuego antiaéreo. Lo que había temido desde que empezó la invasión americana estaba sucediendo ante sus ojos. Hasta ese momento, los objetivos de los aliados habían sido distantes. Al Barit y Hadir no constituían amenazas graves para los invasores, pero había llegado el momento en que todos los polvorines diseminados por el desierto constituirían un blanco para los atacantes. Omar no podía apartar los ojos del increíble monstruo que avanzaba hacia él dejando una estela de fuego tras de sí. Cuando pasó por encima de su cabeza, cuatro misiles se separaron de él y siguieron un rumbo distinto al del avión. Éste se elevó en un ángulo brusco, casi de noventa grados, y se alejó rugiendo. Los cuatro misiles siguieron derechos en busca de sus objetivos. Mientras pensaba adónde irían sintió una violenta explosión y todo su entorno tembló bajo sus pies, arrojándolo al suelo. Luego hubo otra explosión, y otra, y otra. Se tapó los oídos con las manos. Su boca se abrió en un grito silencioso. Una ola de fuego se abatió sobre él, tiñendo el firmamento de un color rojo sangre. Trozos de cascotes, piedras y tierra llovieron del cielo. Omar cayó sobre sus rodillas. Su sajjadali estaba todavía extendida en el suelo. Se cubrió la cabeza con las manos, gimiendo. —¡Alá, ten misericordia! ¡Sálvame! Todo estaba siendo destruido. Su mundo estaba dejando de existir con cada segundo que pasaba. No le quedaba oxígeno en los pulmones. Trató de tomar un aire que no existía. Su entorno se hallaba extrañamente silencioso. Tardó en darse cuenta de que estaba sordo. También se dio cuenta de que los esfínteres de sus intestinos no habían resistido la presión. Poco a poco, fue recuperando la audición. El Harriet se alejó en dirección sur. Sus tres compañeros se acercaban después de describir un cerrado giro, dejando atrás densas humaredas que indicaban ruinas y destrucción en los alrededores de Al Barit. —Se acabó, George —dijo Phil—, una misión más. Efectivamente, al cabo de una hora, bajarían del avión para tomar una cerveza en el club de oficiales del portaaviones Invincible y comentarían los incidentes de la salida que no pasaría de ser una más de las miles que llevaban a cabo los bombarderos aliados en todo el país. George Wilford no hizo ningún comentario al respecto pero se dirigió a su compañero con cara seria. —Atento por si aparece algún caza iraquí, Phil. Norway le mostró la pantalla del radar. —Cielos despejados. Por no haber, no hay ni pájaros. —Esperemos un momento. No cantemos victoria todavía. Transmitió una señal de radio a sus compañeros indicando que Águila 1 seguía figurando entre los vivos. Permanecieron en silencio aguardando otras señales. No tardaron en llegar: Águila 2 con Noel Bedford al mando y Jermaine O’Neal como copiloto y oficial de tiro, Águila 3 con Robert Édison y Steve Marbury, y finalmente Águila 4 con Eddie Crash y Jamaal Crawford. Ninguno había resultado dañado. Wilford giró la cabeza mientras sus compañeros se colocaban en posición de vuelo. Debía mostrarse satisfecho por el buen resultado de la salida, sin embargo, las densas humaradas que dejaban atrás le hacían sentirse algo culpable. ¿Cuántos civiles habrían matado esta vez? —Me estoy muriendo de sed —dijo Phil. George se pasó la lengua por los labios y se dio cuenta de que los tenía resecos. —Y yo —dijo. Atrás, a lo lejos, convertido en un punto negro en el desierto, una figura se dirigía al destruido poblado con el corazón oprimido en un puño. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Omar se puso en pie con un acto mecánico, enrolló la alfombra de oraciones con el Corán dentro y se la echó al hombro. Sus cabras se habían desperdigado espantadas, pero Omar no tenía ojos para ellas. Pasó por delante del complejo militar que había sido arrasado por completo. Había soldados muertos por toda la zona. Uno de ellos le miraba fijamente. Su piel tostada se veía enrojecida por el reflejo de las llamas. Le manaba sangre por la nariz, los oídos y la boca. Omar sintió que le invadían las náuseas. Cuando le llegó una vaharada de carne humana quemada, vomitó. Después de que hubo vaciado su estómago continuó llevando arrastras la alfombra. Quería rezar, pero no era el momento de detenerse. Continuó andando, recitando los versículos del Corán que le venían a la mente. Rogaba por su mujer Fátima y su pequeño Abdullah. Vio casas que ardían en el pueblo y echó a correr. Apenas se apercibió de las demás personas del lugar que habían sobrevivido: un puñado de soldados, unas mujeres y unos cuantos niños. Todos corrían o caminaban aturdidos. Había muchos que estaban de rodillas, rezando. Omar dobló una esquina y se paró en seco. Todo había cambiado, la hilera de casas de estuco se había convertido en maderos humeantes. Puertas y ventanas habían desaparecido. Tenía que caminar por encima de escombros diseminados por la pequeña plazoleta que había delante de las casas. Todos los tejados se habían hundido. —Alá, por favor, no… Sintió que las piernas le fallaban. Respiró profundamente y se apresuró por encima de los escombros, tropezando con trozos de cemento y ladrillos de adobe. Cuando llegó a la altura de su casa dejó caer la alfombra de oración. Titubeó un momento y luego se precipitó al interior. Entró en lo que había sido la estancia delantera. La azotea entera se había desplomado cubriendo el suelo embaldosado. Todo estaba destrozado, alfombras, muebles, vigas… Levantó la vista hacia el firmamento despejado. —Alá, por favor…, no te lleves a mi familia… Cogió aire y trató de dominarse. Vio el caballo de madera que él mismo había construido para su hijo. Estaba roto. Omar avanzó por encima de los cascotes. De una pared todavía colgaba una foto del Gran Líder, Saddam Hussein. Eso le tranquilizó en cierto modo. La cocina había sufrido los mismos daños que el salón. Todos los platos y cuencos de cerámica estaban hechos añicos, esparcidos por el suelo. Sabía que tenía que entrar en su dormitorio, pero no se decidía a enfrentarse con lo que pudiera encontrar allí. Por fin, avanzó con piernas temblorosas hacia el aposento que compartía con su esposa e hijo. Empujó una puerta que se había quedado encajada entre dos tabiques y que parecía ser lo único que los sostenía en pie. Omar arremetió con el hombro y finalmente logró introducirse por una estrecha apertura y penetrar en el cuarto. En la pequeña habitación había una cama ancha y una pequeña cuna, sepultadas bajo cascotes de cemento y de una viga de madera. Un pesado madero había caído sobre el lecho aplastando a Fátima quien sostenía en sus brazos el cuerpo inerte de su hijo. Era evidente que había tratado de protegerlo, pero también saltaba a la vista que su esfuerzo había resultado inútil. Omar lanzó un largo y quejumbroso gemido y se arrojó sobre el montón de cascotes que cubría la cama. Lloró amargamente durante un largo rato. Cuando se le secaron las lágrimas se puso en pie. Se dirigió a ciegas hacia la salida, tropezando, cayendo y trepando a cuatro patas sobre los escombros. En el exterior, se oían voces, gritos, aullidos, mezclados con los lamentos de las mujeres. Le vino a la mente que ese día iba a haber muchos funerales en Hadir. Iba a ser necesario excavar muchas tumbas, rezar muchas oraciones y consolar a muchos supervivientes. Al llegar a la calle, sus rodillas cedieron y permaneció tendido, paralizado por el dolor hasta que un alma caritativa le ayudó a incorporarse. Varios hombres entraron en su casa y poco después salían con los cadáveres de Fátima y el niño. Los colocaron en la larga fila que se había ido formando en la plaza. El ghibli soplaba a través de las estrechas callejuelas, levantando polvo y arena. El sol del mediodía caía implacable. Omar se sentía solo y desvalido. —Alá, te ruego. Indícame lo que debo hacer. Se prosternó mirando a La Meca hasta que su frente tocó la tierra. Rezó pidiendo una señal así como orientación. De pronto, lo vio claro, él había sido elegido para vengar, no sólo a su familia sino también a su nación, a su religión y a su gran Líder, Saddam Hussein. Ya no tenía nada que perder ni tampoco nada por lo que vivir. Emprendería la yihad y llevaría la guerra santa a la tierra del enemigo. Iría a Europa o América y dedicaría su vida a matar a todos los que habían tomado parte en aquel ataque. Ojo por ojo y diente por diente. Omar comprendió en aquel momento que había sido puesto a prueba por Alá. De aquel día, surgiría otro hombre:
Omar, el fedayín. Los cuatro Harriets sobrevolaron el desierto y pronto apareció la costa bajo ellos. Se encontraban en el mar Rojo. Ya no tenían por qué mantener la radio en silencio. —Sobrevolando el mar —transmitió Wilford. —Sudáfrica está ganando a los Australianos por tres wickets —informó Robert Edison desde Águila 3. Phil Norway se acarició la barbilla. Era curioso —pensó—, que las últimas noticias sobre el cricket hacían olvidar rápidamente la realidad de los bombardeos. Él, sin embargo, encontraba algo más difícil dejar de ver en su imaginación los efectos que sus misiles podían haber causado en aquellos endebles edificios de adobe, especialmente, las bombas que no llegaban a su destino en blancos militares. ¿Qué porcentaje era? Las cifras oficiales hablaban de un cinco por ciento de daños ‘colaterales’, pero todos sabían que se acercaban más al cuarenta. Esto significaba miles de muertos cuya única culpabilidad consistía en haber nacido en aquel país bajo el yugo de un dictador. Sacudió la cabeza. A lo lejos se veía un puntito sobre el
mar, que pronto se convertiría en el portaaviones Invincible. En sus oídos sonó la voz de Eddie Crash. Ahora dirá que nos jugaremos las cervezas a los dardos —pensó. —¡Eh tíos! Nos jugamos las cervezas a los dardos, ¿vale? —dijo la voz. Phil Norway volvió a ver en los ojos de su mente lo último que había divisado en el desierto: un hombre agitando el puño a los aviones. Sintió un escalofrío.... |