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Tráfico Órganos 1 Manuel Costa se quedó mirando con ojos incrédulos al policía que se sentaba en el sillón de su casa. Era un hombre de color, alto y musculoso con el pelo ensortijado. Se había presentado como detective Héctor Toamasino. —La..., la han encontrado —musitó. El policía asintió, bajando los ojos. —Me temo que sí. —¿Mu… muerta? El policía volvió a asentir en silencio. Al cabo de un momento dijo: —Lo siento. Costa sintió que la habitación le daba vueltas. Sus peores temores se habían confirmado. El libro que sostenía en la mano resbaló y cayó al suelo con un ruido sordo. Su mente se encontraba envuelta en un torbellino de lúgubres pensamientos al tiempo que trataba vanamente de asimilar las palabras que acababa de oír. Cerró los ojos y apoyó la cabeza entre las manos. En su mente vio el rostro de su hija como la había visto la última vez. Cara ovalada, pelo castaño, largo, ojos marrones… Una preciosa chiquilla de quince años con una eterna sonrisa en los labios. —Me voy al ‘cole’, papá. Hoy empezamos los exámenes +Habían sido sus últimas palabras. Paula iba al colegio de las Siervas de María. —Que tengas suerte, hija —le había contestado él, aunque sabía que a Paula no le hacía falta suerte alguna para aprobar exámenes. Siempre había sido la primera de su clase en todo. —¿Dónde está?, ¿qué…, qué ha pasado? —Recibimos hace unos días una comunicación de la policía de Sudáfrica pidiendo confirmación sobre unas huellas digitales. Eran las de su hija. —¿Paula en Sudáfrica? —Costa se miró al policía con ojos incrédulos—. ¿No…, no será una equivocación? —Me temo que no —replicó Héctor Toamasina—. Al parecer, encontraron el cuerpo en las rocas de Ciudad del Cabo y como las huellas de la niña no estaban en sus archivos, las enviaron a todos los países costeros en su entorno. Aquí las recibimos hace unos días. No hay duda de que son las de Paula Costa, su hija. —Pe…pero… ¡Dios mío! Estamos en Mozambique… ¿Cómo…, cómo fue mi hija a parar a Sudáfrica? —Eso no lo sabemos todavía. La policía de Ciudad del Cabo está investigando. Quizá usted pueda ayudarles. Luego, si así lo desea, podrá usted traer el cuerpo de su hija. Manuel Costa pensó en el pequeño panteón que había comprado para enterrar a su mujer…, apenas hacía dos años del accidente de coche. Ni por un momento se le había pasado por la imaginación que su hija, tan llena de vida, sería la siguiente… —Cogeré… cogeré un avión esta tarde. —Bien —dijo Toamasino—. Diríjase a la comisaría central de Ciudad del Cabo y pregunte por el detective Gordon Smith. Él le pondrá al corriente de todo. Es el que lleva el caso. A pesar de las palabras del policía mozambiqueño, Manuel Costa se confiaba que todo fuera una equivocación y que el cuerpo que yacía en la morgue de Ciudad del Cabo no fuera el de su hija. Llamó por teléfono al instituto donde daba clase y habló con el director. —Joao +dijo con voz trémula+, han…, han encontrado a mi hija. —¡Ah! —dijo Joao Costa sin saber si la noticia era buena o mala. —Muerta —continuó Costa con voz apática—,… en Sudáfrica. —Pe…pero…, ¿cómo? —No, no lo sé, Joao. Cojo el primer vuelo para allá para averiguarlo. —Bien, Manuel, tranquilo —le dijo el director—. Tómate el tiempo que te haga falta. Rui te sustituirá. Sabes que habla inglés bastante bien. —Sí… —Dime si necesitas algo… —No, Joao, gracias. La Ciudad del Cabo tenía fama mundial por sus fabulosas atracciones turísticas. Entre ellas, destacaban lugares de belleza espectacular como Table Mountain y los jardines botánicos de Kirstenbosch, a pocos minutos del centro de la ciudad. Con un clima mediterráneo, en Ciudad del Cabo era posible disfrutar de actividades al aire libre todo el año. Asimismo, contaba con áreas naturales como la Reserva Natural de la Península del Cabo que tenía magníficos sitios para la observación de ballenas en el océano. Sus playas eran muy apreciadas por los entusiastas de los deportes acuáticos. Muy cosmopolita, Ciudad del Cabo era un crisol de influencias culturales africanas, europeas y asiáticas, las cuales se veían reflejadas en todo, desde sus centros comerciales hasta la vida nocturna. Manuel Costa se la conocía bien. Allí había sido donde había estudiado y conseguido, primero su licenciatura en filología inglesa y luego su doctorado. Un taxi le llevó desde el aeropuerto hasta un hotel en el centro de la ciudad. Dejó la pequeña bolsa de viaje en la habitación y se dirigió a pie hasta la comisaría de policía que se encontraba a escasas manzanas. —El detective Gordon Smith, por favor —demandó No tardó en aparecer un hombre maduro con abundante pelo gris, corpulento. Tenía la piel sonrosada y daba toda la impresión de ser amante de la buena mesa. —Señor Costa, ¿verdad? —dijo en cuanto le vio. Manuel frunció el cejo al tiempo que asentía. —¿Cómo lo sabe? —El parecido es innegable. Manuel sintió que el corazón se le encogía. —¿El parecido con+? —Con la niña que encontramos en las rocas. Se llamaba Paula, ¿verdad? —Sí. —Pase a mi despacho, por favor. —Quisiera verla…, comprobar si es ella, lo antes posible. —Lo comprendo —dijo el policía—. Bien, déjeme coger la chaqueta. Iremos a la morgue ahora mismo. Luego me gustaría hacerle unas preguntas si no tiene inconveniente. Costa se asintió. —¿De qué… ha… muerto? —De eso quiero hablarle, pero antes que nada necesito un reconocimiento oficial de su identidad. Minutos más tarde, un coche de policía les acercó a la parte trasera de un viejo hospital que parecía haber salido del Londres del siglo XVIII. Gordon Smith hizo una llamada con su móvil y al poco apareció un guarda que abrió una gruesa puerta de hierro. Caminaron por unos pasillos fríos y un tanto siniestros hasta llegar a una sala grande con paredes de baldosa blanca. En el medio había dos camas de acero inoxidable para hacer autopsias y en una de las paredes sobresalían las asas de cinco nichos frigoríficos para guardar los cadáveres. El encargado del lugar, un hombre se sesenta años, encorvado y de tez pálida les saludó con un movimiento de cabeza. —¿Quieren ver a la niña? —preguntó. El policía asintió. Manuel sintió un nudo en el estómago cuando el hombre se dirigió a uno de los nichos y tiró de él. Con un pequeño chirrido por falta de grasa, la camilla salió del interior acompañado de una bocanada de aire helado. Un cuerpo yacía boca arriba sobre una fría superficie de acero inoxidable, cubierto por una sábana blanca. Manuel se acercó temblando. El cuidador de la morgue retiró la sábana en silencio mostrando la parte superior del cuerpo. Manuel miró con ansiedad esperando que ocurriera un milagro, pero no ocurrió ninguno. El rostro de la niña estaba blanco como la nieve y tenía los ojos cerrados, pero, sin embargo, sus labios se entreabrían para esbozar la eterna sonrisa que tantas veces había derretido su corazón. Manuel estalló en lágrimas al ver a su hija. Se inclinó sobre ella y posó sus labios en su mejilla. Pero en vez del suave tacto de pétalos de rosa, sus labios se encontraron con el frío del hielo y la indiferencia de la muerte. Sollozando, acarició la frente de la niña al tiempo que sollozaba. —¡Hija mía…!, ¡hijita…!, ¿qué te han hecho?, Dios mío, ¿qué te han hecho…? Con los ojos anegados por las lágrimas, Manuel levantó una mirada implorante hacia el detective. —¿Quién…, quién ha sido? —su voz sonaba ronca y desconocida a sus oídos. Smith sacudió la cabeza lentamente. —No lo sabemos —dijo—, pero lo averiguaremos. —¿La han…? —No —respondió el policía—. No la han violado, pero me temo que debo enseñarle algo —añadió bajando la sábana y dejando el torso al descubierto. Manuel vio que Paula tenía cosido el pecho donde le habían levantado la caja torácica para hacerle la autopsia. —Me temo que no es agradable —dijo Smith—, pero no tengo más remedio que decírselo. A su hija la mataron para extraerle los órganos. Le falta el corazón, el hígado y los riñones. Manuel sintió que el techo se le venía encima. Abrió los ojos desmesuradamente y los fijó en el detective, incapaz de hablar. Se tuvo que apoyar en la camilla para no caerse. —No… —balbuceó al cabo de unos segundos—, no… puede ser. El policía le puso la mano en el hombro —Vayamos a mi despacho y se lo explicaré —dijo—. Desgraciadamente, aquí ya no podemos hacer nada. Luego podrá usted verla en el tanatorio, si así lo desea. Manuel asintió como un autómata y se dejó llevar, con los ojos extraviados. Al salir, el policía se volvió al cuidador. —Pueden proceder —dijo—. Avise a la funeraria y procure que la niña esté en el tanatorio lo antes posible. El hombre gruñó. —Estará allí en un par de horas. Ninguno de los dos habló en el viaje de vuelta. A Manuel se le habían secado las lágrimas y tenía los ojos fijos en un punto mientras mil preguntas bullían en su mente. Al entrar en la comisaría, Smith se dirigió a un subordinado. —Trae una infusión, por favor. Mira a ver si hay tila. Pon abundante azúcar. El despacho del detective era austero. Una amplia mesa de madera de teka llena de papeles ocupaba la mitad del pequeño habitáculo. Dos sillas de plástico se apoyaban indolentes contra un lado del escritorio, mientras en el otro, el detective se sentaba en un sillón de cuero desgastado por el uso. En las paredes colgaban varias imitaciones de cuadros famosos: la Meninas de Velázquez, el Paraguas de Renoir, el Guernica de Picasso y la Mona Lisa de Da Vinci. Pero nada de esto vio Manuel Costa. Se dejó caer, abatido, en una de las sillas de plástico y su mirada se perdió en el suelo con la cabeza apoyada en su mano izquierda. El detective Gordon Smith había visto muchas veces aquella mirada, y aquella postura de abatimiento. Aquello siempre era mejor que los chillidos histéricos de algunos familiares de los muertos, al menos no alborotaban la comisaría. Esperó pacientemente a que el joven policía de color trajera la tila. No había prisa. Cuando llegó, empujó un lote de papeles a un lado y apoyó la bandeja en la mesa. —Tome unos sorbos —dijo—, le harán bien. Manuel obedeció en silencio. El nudo que se le había formado en el estómago pareció disolverse un poco. Levantó la mirada y la fijó en el detective. —¿Dice que la han matado para robarle los órganos? —preguntó entrecerrando los ojos. —Me temo que sí —respondió el detective. —¿Y arrojaron el cuerpo en las rocas? —No. El cuerpo lo debieron arrojar en el mar porque llevaba una cuerda anudada a los pies. Seguramente la marejada soltó la piedra y arrastró el cadáver hasta donde lo encontramos. —Pero la niña desapareció en Maputo y eso está a muchos kilómetros de aquí. El policía asintió. —Estas mafias disponen de yates y aviones privados. Para ellos no hay distancias. Las cifras de dinero que manejan son astronómicas. Manuel apretó los labios hasta formar una línea recta blanca. —¿Ha habido más casos? —Solamente uno conocido, hace seis meses desapareció una nativa de un pueblo del interior, pero eso no significa nada —dijo Gordon Smith—, sospechamos que hay en este país un hospital que está usando órganos de jóvenes, la mayoría de ellos nativos. Mafias internacionales los raptan y cuando terminan con ellos arrojan los cuerpos al mar donde desaparecen para siempre. —Pero ¿y sus padres, no lo denuncian? —Lo más probable es que rapten a jóvenes huérfanos que no están censados en ningún sitio o niños que viven en sitios muy remotos. Pocos los echarán en falta. El rapto de una niña blanca como el de su hija es, desde luego, la excepción de la regla. Manuel guardó un momento de silencio rumiando lo que acababa de oír. —¿Van ustedes a investigar? —demandó. —Por supuesto, aunque le puedo asegurar que quizá tardemos en averiguar lo que pasó. Tenga en cuenta que en Sudáfrica hay muchísimos hospitales y clínicas privadas. En todas ellas se llevan a cabo trasplantes legales de órganos con personas fallecidas en accidentes. Ninguna reconocerá que recurre a las mafias cuando no hay donantes a mano. —Entiendo. Gordon Smith se arrellanó en su butaca y sacó una pequeña grabadora de un cajón. —Ahora —dijo—. Me gustaría hacerle unas preguntas. —Usted dirá. —Su nombre es Manuel Costa, ¿verdad? —Sí. —Y vive en el 415 de la Avenida da Concelao en Maputo, ¿no es así? —Sí. —¿Es usted casado? —Viudo. Mi mujer murió hace dos años en un accidente. —Lo siento. ¿Nacionalidad? —Mozambiqueño. —Pero usted es descendiente de europeos, ¿no es así? —Sí. Mis abuelos eran portugueses, lo mismo que los de mi mujer. —¿A qué se dedica usted, señor Costa? —Soy catedrático de filología inglesa. Enseño en el instituto de Maputo. —Y su hija, ¿a qué colegio iba? —A las Siervas de María. —¿Era una buena alumna? —Sí, siempre tenía matrículas de honor en todo. —¿Y como hija, qué tal era? Los ojos de Manuel se volvieron a empañar. —Maravillosa. —Cuénteme cómo fue su… desaparición. —Ocurrió hace dos semanas. Salió de casa como todos los días y cogió el autobús escolar. No volví a verla. —¿Qué dicen en el colegio? —Estuvo en clase hasta la hora de salida. Nadie la vio después. —Cómo fue su comportamiento los días anteriores a su desaparición, ¿estaba alterada por algo?, ¿enfadada con alguien? —En absoluto. —¿Tenía alguna relación con algún chico? —Que yo sepa, no. —¿Desapareció alguna otra niña ese día o por esas fechas? —Se lo tendrá que preguntar a la policía mozambiqueña, pero nada apareció en los periódicos. —¿Cuándo vuelve usted a su país, señor Costa? —En cuanto arregle con la línea aérea el transporte del féretro. Espero que mañana mismo. —¿Y se hospeda usted en…? —En el Hotel Princesa. —Bien, si necesita usted ayuda con los trámites burocráticos, no dude en llamarme. Aquí tiene mi tarjeta de visita. Manuel se levantó pesaroso. —Así lo haré —dijo. El viaje de vuelta fue triste. El saber que el cuerpo de su hija viajaba en un ataúd en la bodega del avión pesaba como una losa en el corazón de Manuel. Encontraba imposible quitar de su mente el rostro helado de la niña. Todavía sentía en sus labios el frío de sus mejillas, otrora, cálidas y suaves. Le costaba hacerse a la idea que su risa alegre y cristalina no volvería a resonar en su hogar. Desde la muerte de su esposa, ella había llenado el hueco que había quedado vacío en su corazón. Ahora se iba a encontrar solo, sin nadie en el mundo. Ni siquiera podía contar con el consuelo de sus padres que habían muerto hacía cuatro años en un accidente aéreo. Miró por la ventanilla del avión con ojos enfebrecidos por falta de sueño. Estaban ya sobrevolando Maputo. Se distinguían claramente las dos islas en la bahía, Inhaca y la isla de los Portugueses que constituían una especie de guardia de honor de la ciudad. Bajo la influencia portuguesa, la ciudad, antiguamente llamada Lourenzo Marques, se había convertido en una de las más bellas ciudades de África con impresionantes rascacielos modernos y su atmósfera cosmopolita. Y aunque la guerra civil entre los años 1970 y 80 había arruinado el país, mucho había cambiado desde entonces y algunos lugares de recreo habían vuelto a su antigua gloria, como el famoso hotel Polana que dominaba la bahía. En el horizonte destacaba el Fuerte de Nossa Senhora da Concelao, que había sido el núcleo originario de la ciudad. Otro impresionante edificio era la estación Central del Ferrocarril, una estructura que se asemejaba más a un palacio para reyes que a un lugar de paso para viajeros. Hasta el siglo XV, Mozambique había sido el destino de diferentes migraciones de pueblos de lenguas bantúes que fueron asentándose en la región. A partir de ese siglo se había reforzado la presencia de comerciantes árabes que habían colocado a Mozambique en el centro de comercio del interior del continente con el resto del mundo. En 1498, el navegante Vasco da Gama hizo escala en Sofala y, a la vista del intenso tráfico que se realizaba en dicho puerto, promovió ante la corte portuguesa el interés por la región. Poco después, Sofala se convertiría en uno de los principales puertos en la ruta de la India. Aunque desde el principio, los portugueses habían comenzado a hacer prospecciones en busca de oro en el interior, no fue hasta finales del siglo XVI cuando colonizaron el territorio. Durante los siglos siguientes, Portugal obtuvo grandes beneficios con el tráfico de esclavos, hasta su abolición en el siglo XVIII. En 1975, Mozambique consiguió su independencia después de largos años de luchas. Desde entonces, el gobierno se esforzaba en sacar al país de la pobreza. El avión comenzó un lento descenso. |