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Cabeza de Vaca 1

                                                 Llegada a Santo Domingo

 

El joven Albar Núñez Cabeza de Vaca se apoyó en uno de los obenques que sujetaban el palo de mesana y contempló ensimismado la costa que lentamente se acercaba al navío. Los marineros habían recogido ya la vela de mesana y bajaban la verga de la mayor ayudados por una polea. La nao avanzaba suavemente impulsada por la trinqueta hacia el centro de una enorme bahía. En ella se ofrecía un puerto acogedor y seguro a la media docena de naves que se mecían en unas aguas tranquilas.  Según se adentraban en la ensenada se distinguían más claramente las casas de madera, las playas arenosas y los enormes árboles como secuoyas, guayacanes y tejos en medio de una densa vegetación.

Los ojos del joven se fijaron en el poblado. Ya se veían claramente los edificios más grandes: el palacio del gobernador, la iglesia construida de piedra, el fuerte…

—¿Qué te parece la famosa ciudad de Santo Domingo?

Albar se volvió hacia el contador de la expedición.  Alfonso Enríquez era un hombre alto, extremadamente delgado con camisa y calzas negras. Su rostro presentaba un perfil afilado, acentuado por una barba cuidadosamente recortada.

—La verdad es que no parece gran cosa vista desde aquí…

Alfonso asintió.

—Y no lo es… al menos no lo era la última vez que estuve en ella.

—¿Cuándo fue eso?

—Hará unos siete años, en 1520. Era entonces gobernador de la isla el hijo del Navegante, Diego Colón.

—Fue destituido, ¿no?

Alfonso Enríquez se apoyó en una de las vigotas que sujetaba uno de los obenques del palo de mesana.

—Por segunda vez dijo.

—Por lo que se ve, la historia de La Española es una historia de gobernantes caídos en desgracia…

—A fe mía que así es —confirmó Enríquez—. El propio Cristóbal Colón fue destituido y remplazado por Francisco de Bobadilla quien le envió encadenado, junto con sus hermanos, de vuelta a España.

—Sin embargo, Bobadilla no duró mucho.

—No. Él también fue sustituido por Nicolás Ovando, y éste a su vez lo fue por Diego Colón en 1508.

—Quien, por lo visto, no se conformó y entabló un pleito con la corona.

—Sí, su matrimonio con doña María de Toledo, sobrina del Duque de Alba le dio fuerza para ello. Tanto así que el Consejo Real le reconoció los derechos como el heredero del Almirante pero con una jurisdicción limitada a lo que su padre había descubierto personalmente.

—Pero, ¿por qué le destituyeron como gobernador de La Española? —preguntó Alvar.

—Porque se creó por parte de los vecinos una audiencia en la isla que reducía las atribuciones del gobernador. Además, las controversias que se produjeron con respecto al trato que debía darse a los indígenas motivaron la creación de dos bandos: el real, capitaneado por Miguel de Pasamonte, que pretendía la íntegra aplicación de las Leyes de Burgos de 1512 en defensa de los indios, y el que defendía el reparto de las encomiendas, es decir, la esclavitud. Al frente de estos últimos estaba Diego Colón. Las acusaciones vertidas por los realistas contra el gobernador fueron la causa de su sustitución en 1515.

—¿Y quién ocupó el cargo?

—Bueno, el Cardenal Cisneros nombró a tres monjes jerónimos que controlaron la situación todo lo bien que les permitían las circunstancias los cinco años siguientes. Durante este tiempo Diego Colón volvió a recurrir contra la Corona, y la Sentencia de la Coruña en 1520 le favoreció de nuevo, reintegrándole el virreinato, aunque se confirmaban los límites jurisdiccionales. Así que Diego regresó a La Española como gobernador.

—¿Y qué fue de aquella rebelión de la que tanto se habló en su día?

—Fue causada precisamente por la vuelta de Diego Colón. Los que se sublevaron fueron los esclavos negros traídos de África. Pero los pobres no tenían nada que hacer. No tardaron en sucumbir antes los arcabuces de los soldados enviados por el nuevo gobernador.

—Antes has dicho que fue sustituido una segunda vez.

—Sí. En 1523, ante los problemas que seguía teniendo con la Audiencia, fue llamado a consultas por el joven rey Carlos I.

—Pues no parece que cayó en desgracia porque, si mal no recuerdo, fue uno de los invitados al enlace entre el rey español e Isabel de Portugal.

—Claro, la Casa Real no podía dejar de invitarle. Y curiosamente, fue en su viaje a Sevilla para asistir a la boda cuando falleció en el camino. Eso fue el año pasado.

Los dos hombres mantuvieron un momento de silencio mientras observaban a los marineros recoger el velamen del trinquete. Seis hombres se prepararon para soltar el ancla de proa, mientras otros tantos bajaron el bote para llevar el ancla de popa en dirección contraria antes de soltarla. No era una operación fácil. El ancla colgaba de la chalupa, sujeta por unos cabos que rodeaban el bote. Luego la lancha se trasladó a remo hasta el lugar indicado. Una vez allí se cortaron los cabos con un hacha y el ancla desapareció bajo el agua.

Cuando el barco estuvo seguro, Pánfilo de Narváez se acercó a ellos. Era un hombre alto, enjuto con bigote largo y bien cuidado. Un parche negro cubría la cuenca vacía del ojo que había perdido luchando contra Hernán Cortés. Albar conocía bien la historia. Todo había ocurrido cuando el gobernador de Cuba, Diego de Velázquez, se arrepintió de haber concedido el permiso a Cortés para conquistar México y mandó a su amigo Pánfilo de Narváez con mil quinientos soldados para sustituirle.

Pero Cortés no se amilanó. Reunió a trescientos hombres en una noche lluviosa y oscura, enfrentándose a él poco después de haber desembarcado. La derrota de Narváez fue estrepitosa. En la refriega sólo se perdieron tres hombres, los tres del bando del recién llegado, y un ojo, el de Narváez. Según decían había ocurrido al explotarle la carga de un arcabuz mal cargado. Increíblemente, Hernán Cortés no sólo le perdonó la vida, sino que le había mantenido con él mientras reconquistaba la ciudad de Tenochtitlán.

Una vez de vuelta en España con una buena cantidad de oro azteca, el bueno de Narváez no había cesado de hablar en la corte en contra del conquistador de México. Y, si bien no había conseguido su propósito de desprestigiarlo, sí consiguió que el joven Carlos I le concediera la gobernación de la Florida.

El problema era que ni siquiera se sabía si aquella tierra que iban a conquistar era una isla o parte del continente. El único mapa disponible había sido dibujado por Ponce de León hacía diez años y apenas se esbozaban los contornos de una península.

Sin embargo, Pánfilo Narváez no se arredró. Si Hernán Cortés había iniciado la conquista de un inmenso territorio con sólo quinientos hombres, él conquistaría unas tierras mucho más extensas y ricas con los seiscientos que había contratado en Sevilla.

Para el viaje, Narváez contaba con Alvar Núñez Cabeza de Vaca, un veterano de 33 años de las guerras de Italia, quien sería su segundo en el mando, es decir, Alguacil Mayor; además de tesorero. Alfonso Enríquez, contador; Alonso de Solís, factor y veedor; y un fraile de la orden de San Francisco, llamado Fray Juan Suárez que sería el comisario. A este último le acompañaban otros cuatro frailes.

El 17 de junio de 1527, los cinco barcos que formaban la expedición de Narváez habían salido del puerto de Sanlúcar de Barrameda, en la boca del Guadalquivir y tras una travesía de treinta y cinco días habían llegado sin contratiempos a La Española.

 

 

Lo primero que notó Albar en Santo Domingo fue la diferencia que había entre la población: los que dominaban eran los españoles con su tez blanca. Ellos eran los dueños de todo lo que había de valor en la ciudad: negociantes, mercaderes, marinos, hacendados…; después estaban los mestizos que constituían una mezcla de color y de rasgos entre los humildes nativos y los dominantes europeos. Alvar no pudo evitar el ver que la mayoría de ellos vagaba sin rumbo por la ciudad, buscando algún trabajo o pidiendo limosna. A menudo, se veía alguno de ellos tirado en un rincón de la plaza bebiendo vino aguado. El tercer grupo étnico lo formaban los nativos, eran como cadáveres ambulantes, sin brillo en su mirada ni energía en sus miembros. Se diría que habían perdido la razón de vivir.

Como tesorero de la expedición y encargado de las compras, el primer encuentro de Albar fue con Ramón Gutiérrez, uno de los más ricos comerciantes de la isla. Gutiérrez tenía el cabello gris y la cara rasurada. Había huellas de humor en las arrugas que rodeaban sus ojos, pero era un humor amargo. Tenía la boca pequeña, los labios delgados, un aspecto testarudo y una barbilla amplia y cuadrada. Albar apreció en su voz el acento inconfundible vasco.

—Venid a cenar esta noche y hablaremos —dijo Gutiérrez— No hay como hacer negocios con la tripa llena.

—En eso estoy de acuerdo —contestó Albar—. Contad conmigo.

La casa del comerciante estaba en las afueras y era casi tan grande como la del mismísimo gobernador. Alvar calculó que el terreno mediría doscientos pies de fondo y ochenta y cuatro de extensión a la calle. La estructura de la casa era de un solo piso —tipo rancho—, construida con maderas desbastadas. Los cimientos consistían en grandes piedras situadas a una distancia aproximada de una vara, sobre las cuales se colocaban pesadas vigas de alguna madera inalterable como la de guayacán. Las paredes estaban hechas de caña, las cuales, si se cortaban en menguante, eran muy duraderas; el techo, que tenía un alero de cinco pies por lo menos, estaba fuertemente bardado con una hierba de los pantanos considerada muy superior a las bardas europeas. La construcción resultaba fresca y ventilada, muy adecuada al clima.

Los suelos, umbrales, puertas y postigos eran de escogidas maderas duras, pulidas con arena. El mobiliario era casi el mismo que hubieran tenido en España: sillas —a menudo con asientos y respaldos de cuero—; recias mesas, armarios, camas con blandos colchones de lana vegetal, alfombrillas tejidas con hebras de algodón o de junquillo coloreado.

La casa ofrecía a la calle una fachada sin adornos. Había una franja de jardín delante del porche y un gran patio detrás, donde crecía una sorprendente variedad de plantas y hierbas picoteadas por un ejército de gallinas. Todo ello a la sombra de árboles frutales procedentes de España: naranjos, limoneros, granados, higueras, incluso parras de uvas de Málaga.

Un puñado de mestizas entraba y salía de la cocina preparando la cena no sólo para Gutiérrez y su huésped, sino también para todos los hombres a su servicio.

—¿Qué les pasa a los nativos? —fue lo primero que preguntó Alvar—, parecen muertos vivientes.

Gutiérrez hizo una seña a una de las criadas para que trajera vino. Cuando la joven mestiza colocó la bandeja sobre la mesa, Gutiérrez vertió vino en dos vasos de cristal.

—Y lo son —contestó—. Cuando vine aquí en la segunda expedición de Cristóbal Colón, había todavía grandes tribus en la costa del sur que vivían como siempre habían vivido, una vida fácil y primitiva.

—¿Y qué sucedió?

—Que ¿qué sucedió?, pues que les aniquilamos. Primero fue con las armas. Trataron de resistir, pero poco podían contra los arcabuces y las picas. Luego, lo hicimos con nuestras enfermedades, nuestras fiebres les mataban como moscas. Los pobres no sabían lo que era un simple catarro, en cuanto cogían uno, se morían.

—Pero no todos murieron…

—No, claro. Algunos sobrevivieron, los que ves deambular con los ojos perdidos buscando desperdicios para llevarse algo a la boca. Todos contribuimos a su aniquilación —dijo Gutiérrez, su voz tenía un ligero tinte de remordimiento. Continuó antes de que Alvar le hiciera otra pregunta — Incluso los frailes, que, aunque tenían buenas intenciones, y querían salvar almas, terminaban por destruirlos con sus esfuerzos para que dejaran su forma de vida en la que eran felices. Hubo muchos que quisieron convertir a los indios en trabajadores del campo, cultivando tabaco y azúcar que podían enviar a Europa pero no funcionó. Tuvieron que traer negros de África. Los indios no conocían lo que era el trabajo. No podían entender que tuvieran que estar trabajando de sol a sol cuando sus necesidades se veían satisfechas con un par de horas de pesca. Pero les obligaron a trabajar en los campos, en las minas de oro, y ya ves…

—¿Y cómo es que hay tantos mestizos…? Alvar se calló dándose cuenta de lo estúpida que era su pregunta.

—¿Tantos…? ¡Por Belcebú! Hace veinte años, los nativos vivían con la inocencia que siempre habían vivido. Cuando les cambiabas abalorios sin valor, como espejitos o cascabeles por los trocitos de oro que te traían, se mostraban tan contentos que te ofrecían a sus hijas. No era fácil rehusar, ¿sabes? Al menos, si es que querías el oro. Y te aseguro que yo hice muchos trueques por aquellos días.

—Entonces muchos de estos mestizos podrían ser hijos vuestros…

Gutiérrez se encogió de hombros y se llevó el vaso de vino a los labios.

—Podrían… Prefiero no pensar en eso. De hecho, todos son hijos de alguno de los que vinieron conmigo.

Alvar movió la cabeza, dubitativo.

—¿Por qué no viven estos mestizos en las tribus con sus madres?

El esfuerzo que hizo Gutiérrez al concentrarse mostró las profundas arrugas de su rostro.

—Algunos lo han intentado, pero, en realidad ya no son indios.

—Y tampoco se les considera españoles —dijo Alvar recordando algunos de los despojos humanos que había visto.

—Ése es el problema, pero es un problema de ellos, no el nuestro. Yo tuve dos hijos legítimos varones que están en España, estudiando en Salamanca, o al menos, eso espero...

—¿Y su madre?

—Murió al poco de tener el segundo. No me he vuelto a casar…

 

Después de la cena, ambos hombres se sentaron en el porche con unos vasos de licor. Allí hablaron de negocios.

—Os puedo proporcionar lo que queráis, Maese Alvar, desde cuerda hasta caballos pasando por ropa, calzado y armas.

—¿Y precios?

—Decidme lo que necesitáis y os daré una lista de precios.

—Necesitaremos un poco de todo. Trigo, aceite, galleta, tocino…, ropa…, armas.

Gutiérrez se levantó y abrió un arcón. De él sacó una serie de folios escritos con una admirable caligrafía.

—Pedí a uno de los escribanos de Santo Domingo que me hiciera una lista con precios. Podéis echar un vistazo.

Según veía los precios de los artículos, Alvar dejó escapar un silbido.

—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó— Un bushel de trigo, trescientos maravedís; un quintal de galleta, quinientos; un garañón, treinta mil; una camisa, ciento sesenta; un jubón, setecientos… ¡Esto es cinco veces lo que cuesta en España…!

Gutiérrez asintió sin mostrar alteración alguna por el escándalo que los precios habían provocado en Alvar.

—Debéis olvidaros de los precios en Europa. Éste es otro mundo y prácticamente todo hay que traerlo desde Sevilla en un viaje que no siempre llega a buen fin. En realidad, barato sólo hay lo que se produce aquí, chocolate, azúcar, yuca, maíz y esas hojas que fuman los indios y que llaman tabaco.

—Tendré que consultar con el veedor de la expedición —dijo Alvar desalentado.

—Por supuesto —sonrió el comerciante—. Pero recordad que ésos son los precios de hoy, quizá mañana hayan subido. Hay cientos de aventureros como vos que buscan aprovisionar su barco para partir en busca de fortuna. Yo os aconsejo que paguéis lo que os pido y partáis cuanto antes. Si tenéis suerte, vendréis cargados de oro como hizo Hernán Cortés. Y, de todas formas, en ningún sitio de la isla encontraréis comerciantes que tengan productos más baratos.

 

Tal como había advertido Gutiérrez era difícil encontrar provisiones en la isla y los precios no eran inferiores a los que él les había dado. Narváez tuvo que aceptar lo que le ofrecían.

—Busco otra nave —dijo dirigiéndose al comerciante al tiempo que hacía una seña a Alvar para que le entregara un listado con todo lo que necesitaban—, algo que pueda navegar por la costa.

—¿Adónde pensáis ir, caballeros?

—A  Florida —respondió Narváez ufano—. Me ha sido concedida la gobernación de ese territorio por el rey.

El comerciante hizo un ligero movimiento con la cabeza denotando indiferencia. Casi todas las semanas partían barcos en distintas direcciones. No todos volvían.

—Sé de un barco —dijo— que está varado en la playa a unas leguas de aquí. Conozco al dueño y os lo dará barato.

—Vamos a verlo —dijo Narváez.

Pronto encontraron lo que buscaban. Era una carabela de tres palos, dos de los cuales, el trinquete y el de mesana estaban rotos. Pero, por lo demás, las cuadernas todavía resistirían unos meses antes de que la broma terminara de agujerearlos.

Cuando Alvar bajó por las escaleras de la bodega un olor insoportable le golpeó en el rostro.

—¡Por la sangre de Cristo! —exclamó— ¿Qué cargamento llevaba este barco?

Gutierrez se apartó con repugnancia del orificio que daba a la bodega.

—Negros —dijo a modo de explicación—. Es el olor característico de los barcos que traen negros de África. Y en este caso juraría que alguno de ellos se quedó dentro cuando vararon el barco.

—¿Hay muchos barcos que se dedican a esto? —preguntó Alvar con un gesto de disgusto.

El comerciante asintió.

—Cada vez más. Los negros se venden a buen precio. Por un buen esclavo se llegan a pagar 12.000 maravedís. Multiplicad eso por unos trescientos que pueden llegar vivos y veréis que la suma es cuantiosa.

—Pero, por todos los santos —exclamó Alvar—, ¿Qué sentido tiene esto?

—Ya os dije ayer noche —dijo Gutiérrez—, los indios no quieren trabajar de sol a sol y si lo hacen se mueren enseguida, así que muchos hacendados prefieren comprar esclavos negros que son muy trabajadores y resistentes. Yo mismo me veré obligado a comprar algunos para arar los campos de mi hacienda.

—Y, sin embargo, la Corona insiste en que a los nativos hay que tratarles como a seres humanos. No se les puede esclavizar y hay que enseñarles a amar a Cristo… ¿No es para eso para lo que han venido los frailes?

—Claro —dijo Gutierrez—, recordad el sínodo de obispos en Burgos en 1513, hace catorce o quince años. Después de largas deliberaciones, se decidió, por muy poco margen, que los indios tenían alma, por lo que había que intentar salvarla como fuera. Pero no se dijo nada de los negros.

—¿Quiere decir esto que el clero piensa que los negros no son seres humanos? —preguntó Alvar.

—Me temo que sí.

—¿A pesar de tener brazos, piernas y una cabeza igual que nosotros? ¿Por qué no iban a tener alma?

—Ellos son diferentes —aseguró Gutiérrez—. No sienten ni padecen. Se limitan a cantar esas canciones tristes de su tierra mientras trabajan. Además, si los obispos dicen que no tienen alma, ¡pues no tienen alma…!

—Bueno —terció Narváez que se había mantenido al margen de la conversación—, las discusiones teológicas no nos llevan a ningún sitio. Enviaré a unos hombres a limpiar la bodega y a reflotar el barco.

 

Tres semanas más tarde, la expedición partió de Santo Domingo, dejando atrás a ciento cincuenta hombres que habían decidido quedarse. En Cuba se encontraba la hacienda de Narváez, el origen de su fortuna. El viaje sería corto si los vientos eran propicios. Después de cuarenta y cinco días, por fin se ponían en movimiento. Aunque Alvar no era marino, se alegraba de ver las velas desplegadas sobre sus cabezas y de oír el crujido de jarcias y obenques.

Mientras contemplaba el aleteo de las gaviotas sobre la cofa del barco, sus pensamientos retrocedieron a su Jerez de la Frontera natal. Vio en su mente a su padre, D. Francisco de Vera y Mendoza, en su austero despacho, rodeado de libros de contabilidad y mapas enrollados del Nuevo Mundo, recién descubierto. Era un hombre de aspecto severo, meticuloso en el quehacer de sus negocios. La parte superior de su cabeza era redonda, con los ojos muy grandes y de mirada profunda. Tenía abundante cabello gris y sentado o de pie su porte resultaba majestuoso. Su paso era firme, sus gestos reposados y su voz clara.

En sus días mozos, Francisco de Vera había servido en los tercios del rey, luchando contra los moros en el norte de África. Allí había recibido heridas, que si bien eran gloriosas, le habían dejado medio inválido de por vida. Su brazo izquierdo nunca recuperaría la movilidad a causa del golpe recibido con una maza, y su pierna derecha cojearía siempre debido a la flecha que se había incrustado en su rodilla.

Cuando finalmente, D. Francisco se retiró a la casa solariega de sus mayores, su padre, D. Pedro, había muerto y él se hizo cargo de los negocios familiares. Poco después se casó con la bellísima joven Doña Teresa Núñez Cabeza de Vaca que descendía de una familia acomodada de políticos y administradores.

Un año más tarde, Doña Teresa dio a luz un niño al que pusieron de nombre, Alvar, pues nació el día de San Álvaro. Era el año del señor de 1494.

 

 

A principios de siglo, Jerez de la Frontera era una ciudad próspera. Sus abundantes cosechas de cereales, vino y aceite eran exportados a otros países del Mediterráneo en barcos que zarpaban desde Sevilla o Cádiz.

Y, a partir del descubrimiento de un Nuevo Mundo, que había hecho de Sevilla el centro del universo, toda la región se había visto favorecida. La línea de suministros pasaba por Jerez de la Frontera y eran cientos los barriles de harina, legumbres, aceite, queso y vino que había que embarcar en los navíos que partían incesantemente hacia poniente. Con estos suministros, hombres como D. Francisco de Vera habían visto cómo sus arcas crecían.

El padre de Alvar, a los pocos años de la muerte de D. Pedro, había reunido una fortuna superior a la que su padre había conseguido en veinte años. Había comprado tierras baldías que había convertido en cultivables, expandiendo los viñedos y los campos de cereales más allá del límite que la vista podía abarcar.

Durante aquellos primeros años, D. Francisco paraba poco en casa, pues las oportunidades económicas le habían convertido en un hombre emprendedor que aprovechaba todas las ocasiones de ganar unos ducados. Y, aunque seguía perteneciendo al concejo municipal de Jerez de la Frontera, siempre estaba en el camino de Cádiz o Sevilla. En esta última, que se había convertido en una de las más grandes metrópolis del mundo, siempre había contratos que firmar a fin de enviar a La Española remesas de trigo, centeno, cebada, vino y mil cosas necesarias para la vida en la colonia. Luego tenía que conseguir acuerdos con los estibadores y sobornar a los encargados para que sus mercancías fueran las primeras en embarcar. Después estaban los productos que venían de las islas. No eran muchos, pero se vendían bien por lo novedosos: cacao, maíz, yuca, cáñamo, tabaco… También estaban las plantas que muchos traían con la esperanza que arraigaran en Europa: tomate, patata, chile, frijol… ; árboles frutales como el papayo, el aguacate, el ayote…

Todo aquello tenía que encontrar comprador y allí estaba D. Francisco para hacerse con la mercancía a buen precio y luego venderla al doble de su valor en ciudades como Barcelona, Valladolid, Burgos o, incluso en Venecia o Génova.

Don Francisco Vera no veía el fin de aquella bonanza, pues cada vez que llegaba un barco de allende los mares traía noticias de nuevas tierras y nuevas riquezas. Sólo Dios sabía las extensiones de territorio que había por descubrir, las civilizaciones desconocidas, la gran riqueza: las minas de oro y de plata…, todo hacía que el Nuevo Mundo se convirtiera en la perdida Atlántida que, al parecer, Colón había encontrado al otro lado de los mares.

Y las venturas de los Reyes a este lado del gran océano tampoco iban mal. Las posesiones de la corona en Italia estaban más o menos aseguradas y los tercios españoles en la península itálica así como en Flandes crecían de día en día, requiriendo nuevos envíos de provisiones de boca: el pan y el vino que los campos de los Vera producían incesantemente.

Don Francisco podía ya vislumbrar el prometedor futuro que aguardaba a su país, a su ciudad y a sus tierras. Hombre inteligente y eminentemente práctico, estaba decidido a dar una buena educación a sus descendientes para que siguieran el lucrativo camino que él les estaba preparando. Alvar, su primer hijo, había comenzado el aprendizaje de latín, aritmética, geografía y caligrafía a la temprana edad de cinco años. Sabía que sería el uso de la pluma: añadir, multiplicar, redactar contratos y cartas de crédito, lo que haría multiplicar su riqueza y poderío, pues estaba claro que una bolsa de ducados tenía más poder que cualquier espada por afilada que estuviera.

Alvar había crecido en el palacete de Vera, adquirido por su padre poco después de su nacimiento, a la muerte de Don Pedro, su abuelo. Era una construcción magnífica de piedra y ladrillo que se levantaba sobre una pequeña colina. A su alrededor se extendían leguas de viñedos añosos y ondulantes campos de cereales. En la parte de atrás había almacenes, silos, prensas para hacer vino y establos. Todo formaba un conjunto que cobijaba a más de un centenar de siervos que trabajaban los campos y atendían a sus dueños en la casa principal.

Alvar no tardó en aprender cómo se cultivaban las tierras, se recogía la uva y se prensaba en el lagar para hacer el vino. Pero al mismo tiempo que aprendía estas cosas, escuchaba atento a las historias que contaban los criados sobre las batallas y conquistas llevadas a cabo por su abuelo en tierras de los Guanches y de su padre en tierras de moros. Supo que la fortaleza de un guerrero no solamente consistía en los músculos del brazo que sostenía la espada, sino en su interior, en la fuerza interna que hacía que sobrellevara las vicisitudes que, sin duda, el destino reservaba para los grandes hombres.

Al poco tiempo, cuando su hermano Jaime contaba ya con seis años, Don Francisco decidió que todo el aprendizaje teórico de Alvar debía ser complementado con la práctica. Y eso sólo se podía conseguir teniéndolo a su lado en Sevilla y Cádiz, en las oficinas de La Casa de Contratación y en los muelles atiborrados de barriles y cajas en espera de ser embarcados.

Así, Alvar pudo ver, por primera vez, en 1505, los galeones anclados a pocas varas del puerto, las barcas que iban y venían llevando las mercancías a los navíos y, sobre todo, las caras ansiosas de los que partían en busca de fortuna.

El joven Alvar pasó su primer día en las oficinas de unos almacenes donde su padre discutía para obtener un buen precio por un centenar de fanegas de trigo y unas pipas de aceite. El edificio era pequeño, estaba abarrotado de mercancías y las oficinas eran diminutas y desordenadas. El hombre con el que su padre discutía era delgado, calvo y sucio. Se llamaba Rodrigo y su rostro sin rasurar y los ojos legañosos indujeron un desagrado tan profundo en el espíritu de Alvar, que apenas podía reprimir.

Sin embargo, la conversación entre ambos después de cerrar el trato, retuvo toda su atención.

—…y habréis oído, me imagino de la llegada del Almirante.

Don Francisco levantó los ojos del documento que estaba firmando.

—¿Cristóbal Colon? ¿Ha vuelto?

Rodrigo asintió mientras recogía el pliego de papel de manos de Don Francisco y añadía su firma y su sello.

—Sí —dijo—. Llegó ayer y según dicen, viene muy enfermo.

—¿Enfermo? —Don Francisco mostró extrañeza—. Cuando salió en su cuarto viaje se encontraba perfectamente. Me aseguró que encontraría el pasaje al otro de las tierras que había descubierto, es decir, al mar de Catay y Cipango.

—Sí, quería llegar a China y estar con el Gran Kan. Pero de eso hace tres años. Y, por lo visto, no ha tenido suerte. Dicen los marinos que han vuelto con él que no han descubierto pasaje alguno. Y, por el contrario, han perdido las cuatro naves que llevaban. Él se encuentra inmovilizado en cama.

—¡Lo siento por él! —exclamó Don Francisco—. A pesar de sus defectos, es un hombre que me cae bien.

—Es un buen navegante —asintió Rodrigo, enrollando distraídamente una hoja seca de color marrón.

—Me imagino —dijo Don Francisco— que habrá recibido como un mazazo, la noticia de la muerte de su gran valedora, la reina Isabel.

Antes de contestar, Rodrigo terminó de apretar la hoja fuertemente y puso el rollo en los labios. Con un pedernal aplicó fuego a un extremo y aspiró profundamente. Alvar contempló atónito cómo, unos segundos más tarde, el hombrecillo expulsaba una bocanada de humo acre que invadía el pequeño receptáculo irritándole los ojos. Miró a su padre y vio que no mostraba sorpresa.

—Desde luego —dijo Rodrigo—, con el rey Fernando las cosas no serán como antes. Probablemente serán mucho peor todavía si abdica en Juana y Felipe.

—Decís que el Almirante está muy enfermo —dijo Don Francisco—. ¿Se sabe qué tiene?

Rodrigo contempló el humo que subía en volutas.

—Fiebres…, la gota…, sífilis… ¡Yo qué sé!

Don Francisco meneó la cabeza.

—Mal asunto. La gota hace sufrir mucho y no tiene remedio. Es un triste final para un hombre que nos ha traído un Nuevo Mundo.

—Yo no le tengo mucha simpatía —replicó Rodrigo—. He oído muchas historias de gentes maltratadas por él y por sus hermanos en La Española. No puede uno olvidar que no hace tanto, llegaban los tres a este mismo puerto, destituidos de sus cargos y cargados de cadenas.

—Yo prefiero acordarme sólo de lo bueno que ha hecho —dijo Don Francisco—. Al fin y al cabo, si no hubiera sido por su terquedad, ese maravilloso mundo de allende de los mares todavía no habría sido descubierto.

Rodrigo aspiró el canuto con deleite.

—Ya habréis oído lo que se dice, que no fue tanto de un descubrimiento suyo sino de un tal Alonso Sánchez que le contó sobre la existencia de estas tierras en su lecho de muerte.

—¿Os referís a la historia del barco arrastrado por los vientos que terminó en aquella isla donde permaneció varios meses? Nunca he terminado de creer en esa historia.

—Pues parece que es cierta. Dicen que en la isla hay jóvenes, con la tez casi blanca. Y sólo pueden ser descendientes de europeos que estuvieron allí hace veinte años. En cualquier caso, a la vuelta, los marineros fueron muriendo atacados por una enfermedad venérea desconocida hasta entonces. El barco terminó en la isla de Madeira, donde vivía Colón con su esposa Felipa Muniz. Allí, el tal Sánchez, último superviviente, le dio un mapa a Colón y le contó que habían descubierto oro en la isla.

—¿Y Colón asoció la isla con Cipango? —dijo don Francisco en tono escéptico—. Podría ser, pero él siempre ha negado la existencia de Alonso Sánchez. Y en todo caso, todavía está convencido de que hay un pasaje que comunica el Atlántico con los mares de las Indias.

—Sin embargo —dijo Rodrigo tirando al suelo el trozo de hoja enrollada, chamuscada y pisándola—, Juan de la Cosa, por ejemplo, que es el mayor cosmógrafo que tenemos, duda mucho que sea así. Él dice que aquello es un nuevo continente completamente desconocido y que está a medio camino entre Europa y Asia. Y ese italiano, amigo suyo, Americo Vespucci, está de acuerdo con él.

Don Francisco asintió.

—Es muy posible que tengan razón. En todo caso, sea parte de las Indias o de un continente desconocido, para nosotros será siempre una fuente de riqueza.

 

 

Aquellos viajes en compañía de su padre abrieron ante Alvar un mundo diferente al que había conocido hasta entonces. De repente, se mostró fascinado al saber que había otras tierras lejanas y maravillosas esperando a ser descubiertas. Cegado por aquellos sueños y en contra de lo que esperaba Don Francisco, el chico no mostró el mínimo interés en el mundo del comercio. Los libros de contabilidad y las letras de cambio le producían indiferencia, por no decir, hastío. El mundo de su padre, un mundo de toneles, fanegas y pipas era aburrido y tedioso. Y más cuando llegó a hacerse rutinario. El riesgo que cada envío conllevaba consigo llegó a representar la única emoción que tenía el comercio.

Para cuando Alvar cumplió quince años, había pocas cosas que ignoraba en el mundo del comercio. A instancias de su padre, el joven había dominado cada aspecto del negocio. Había  controlado la recogida del trigo y la vendimia de la uva, se había encargado de prensar la misma y poner en barricas el vino resultante, listo para ser vendido. Había hecho contratos y cargado sus mercancías en barcos en Sevilla con destino al Nuevo Mundo, y desde Cádiz hacia los tercios españoles en Flandes e Italia. Su contabilidad era tan clara y correcta como la de su progenitor.

Pero lo que verdaderamente ocupaba el interés de Alvar eran los barcos: las carabelas de tres palos, usadas para cruzar el Atlántico, y las galeras de remos para navegar por el Mediterráneo. Estas últimas partían año tras año para conquistar ciudades al otro lado del mar, en la costa africana. Meses más tarde los soldados volverían victoriosos después de haber dejado sus banderas ondeando sobre ciudades como Trípoli, Orán, Túnez o Argel.

Al joven le encantaba oír los relatos de los soldados, de sus batallas y victorias. Las descripciones de ciudades como Nápoles, Florencia y Venecia le dejaban boquiabierto. Sólo podía soñar con estar allí. Su mente le llevaba a lugares que solamente podía imaginar de las lecturas de los libros de caballerías.

Rudos soldados le hablaban de gigantes y sirenas, de mares de hierba flotante, de amazonas y monstruos marinos con siete cabezas. Luego se complacían en relatar sus gestas en lucha contra las adversidades. Al final siempre triunfaban aunque por ningún lado se veía la prosperidad que les debería llover del cielo en vista de sus méritos. Pero a Alvar lo único que le interesaba era el afán de aventura y de conquista.

A menudo, cuando estaba en casa, en el palacio de los Vera, Alvar pasaba la noche leyendo en el estudio de su padre. Allá, a la luz de una candela, el joven se enfrascaba en la lectura de Livio, relatando las guerras Púnicas, o del mismo César describiendo la Conquista de la Galia. Aunque su héroe favorito era Alejandro Magno.

Tanto llegó a ser su apasionamiento por las aventuras y conquistas de sus héroes que no había otro tema de conversación para él. Las fanegas, los toneles y los azumbres le producían un tedio insoportable. Aquello comenzó a suponer enfrentamientos con su padre que no veía con buenos ojos aquel soñar despierto.

La confrontación final llegó un buen día cuando Alvar tenía dieciséis años.

—He decidido enrolarme en los tercios, padre —anunció mientras revisaban la contabilidad del día.

Su padre levantó la mirada de los libros y la fijó en su primogénito. Era evidente que la decisión no le cogía por sorpresa. También él la había tomado en su día.

—¡Los tercios! —exclamó— Sabes la vida que te espera, ¿verdad?

Alvar entornó los ojos y vio la bandera de Castilla ondeando sobre una fortaleza.

—Sé que no será una vida fácil, padre, pero volveré cubierto de gloria.

Don Francisco entornó los ojos y vio el campo de batalla cubierto de cadáveres y heridos. Él había sido uno de ellos.

—Yo también pensé que volvería cubierto de gloria, hijo, pero no fue así. Sólo conseguí regresar inútil del brazo izquierdo y cojeando de la pierna derecha.

Pero aquello no consiguió disuadir a Alvar. A los dieciséis años sólo veía a princesas que salvar y moros o franceses que matar para mayor gloria de Dios.

—Partiré para Nápoles la semana que viene —dijo—. Firmé ayer en Sevilla.

—Le romperás el corazón a tu madre, hijo.

—Lo sé —respondió Alvar—, pero se sentirá orgullosa de mí cuando vuelva.

—Las madres siempre están orgullosas de sus hijos —murmuró Don Francisco—, no hace falta demostrarles nada.

—Quiero ver muchos lugares —insistió Alvar—, además, aprenderé muchas cosas.

—No creo que lo que aprendas como soldado te sea muy útil en la vida, Alvar —masculló Don Francisco—, por el contrario, lo que has aprendido estos últimos años conmigo sí te puede ayudar incluso en el campo de batalla.

Alvar permaneció en silencio.

Después de un momento, Don Francisco continuó.

—Si vas a Italia será para luchar por el Romano Pontífice.

—Así es —contestó Alvar—. Eso es lo que me han dicho. Todos ganaremos indulgencias si defendemos al representante de Cristo en la tierra.

Don Francisco asintió distraídamente mientras reflexionaba sobre la confusa situación en Italia.

La figura de Julio II, cuyo nombre hasta entonces había sido Juliano della Rovere, era polémica. Miembro de la orden de los franciscanos, su tío el papa Sixto IV le había nombrado cardenal. Luego, Inocencio VIII le había otorgado importantes puestos en la corte romana, habiendo pugnado incluso por la elección con Alejandro VI. Finalmente, había sucedido a Pío III en 1503.

Había tomado el nombre de Julio como para indicar una obra de restauración semejante a la que Julio César había realizado siglos antes. El nuevo Papa tenía un carácter violento e impulsivo, más propio de un rey que el de un jefe de Iglesia. Sumamente activo, las cuestiones políticas tenían para él preferencia sobre las religiosas.

Cuando alcanzó el solio papal se marcó como objetivo devolver la independencia al papado y recuperar su esplendor y poder. Sus primeros pasos fueron la realización de una importante reforma monetaria que le permitiera iniciar su política expansiva. Mandó acuñar una moneda de plata que fue denominada “Julio”.

Paralelamente consiguió consolidar de manera bastante definitiva el poder temporal de la Santa Sede al controlar a los señores feudales que de continuo desobedecían la autoridad soberana del pontífice. También había expulsado de su ámbito de poder al peligroso César Borgia. Por otro lado, el papa guerrero, no dudó en tomar la espada y, aliándose con los franceses, someter a las ciudades de Bolonia y Venecia, dotándola de una nueva Constitución.

Posteriormente, temeroso del creciente poderío francés, el pontífice concertó de manera separada una paz con Venecia y decidió atacar a sus antiguos aliados, los franceses, provocando la reacción de éstos, que tomaron Bolonia. Entonces, el papa acudió al rey español Fernando. Las fuerzas estaban ahora equilibradas.

En el terreno político, la estrategia de Luis XII consistió en crear un cisma en el terreno religioso al convocar un concilio en Pisa para finales de ese mismo año. De esa manera, el monarca francés pretendía minar la autoridad papal y contrarrestar la política exterior de la Santa Sede.

Pero Juliano había tomado las riendas de la situación y se decía que pensaba excomulgar a los cardenales que acudieran al concilio de Pisa. Además, en contra partida, Julio II había convocado un Concilio General en Letrán, con la idea de poner fin al presunto cisma.

Pero eso en cuanto a la política. En el campo de batalla, Julio II contaba con los tercios españoles para echar a los franceses de Bolonia. Y para su seguridad personal, el Papa había creado en 1506 la guardia suiza, disciplinada y mandada por capitales elegidos por él mismo.

—¡Así que te enrolarás en los tercios! —dijo Don Francisco pensativo.

Alvar asintió.

—Echaremos a los franceses de Bolonia.

—Claro —dijo Don Francisco—, el Gran Capitán es invencible.

Los ojos del joven resplandecieron al oír el nombre del héroe español. Gonzalo Fernández de Córdoba, apodado El Gran Capitán, había sido elegido en 1496 como motivo de las guerras en Italia, como organizador del ejército. Había dividido la infantería en unidades tácticas denominadas compañías que constaban de quinientos hombres. Sin embargo, pronto se comprobó que estos ‘tercios’, como se les empezaba a llamar, no poseían suficiente capacidad de combate para operar aisladamente por lo que más adelante se había formado una unidad superior denominada ‘cornelia’, que constaba de veinte compañías y contaba además con elementos de caballería y de artillería.

El ejército, en gran parte se nutría de voluntarios, llamados guzmanes, que eran frecuentemente, hijos de familias nobles que preferían la carrera militar a la cortesana o eclesiástica y deseaban ponerse al servicio de los oficiales de mayor fama. A fin de regular el alistamiento voluntario, la Real Hacienda hacía un contrato con un capitán cuya reputación garantizara su capacidad a alistar a un cierto número de soldados, y los inspectores reales determinaban si se habían cumplido las condiciones establecidas en el contrato antes de pagarle lo estipulado.

—Bien, hijo —dijo Don Francisco—. Si estás decidido a hacer carrera en el ejército, te proporcionaré algún dinero para que te compres armas y un buen equipo.

—Gracias, padre —dijo Alvar.

—Me imagino que te das cuenta —continuó Don Francisco—, que estás rechazando tu primogenitura.

Alvar asintió. Tenía perfectamente asimilado que sería su hermano menor el que se haría cargo de los negocios familiares en cuanto él se ausentase.

—Sí, padre.

—¿Cuándo tienes que presentarte en Sevilla?

—Dentro de tres días.

—Pues entonces tenemos que darnos prisa si quieres ir bien equipado.

Como era de suponer, fue la despedida de su madre la que causó un mayor derrame de lágrimas. Aunque nada de esto le había cogido por sorpresa a la ilustre dama.

—Sabía que te perdería, hijo —dijo abrazándole por enésima vez—. Lo supe siempre. No engendré yo un comerciante sino un conquistador. Has heredado la sangre de tu abuelo, el que hizo fortuna en las Islas Canarias.

—Yo también haré fortuna, madre.

—Pero dudo mucho que la hagas en Italia, hijo. En el Nuevo Mundo, quizá, pero no luchando por el Papa.

—La sangre española hay que verterla allá donde estén los intereses de España —replicó el joven con brillo en los ojos.

—Claro —dijo ella—, el único problema es saber dónde están los intereses de nuestro país. Ten por seguro que en cuanto los tercios se hagan fuertes allá, el Papa se aliará con los franceses o los venecianos.

—Tú no entiendes de política, madre —dijo Alvar condescendiente—. ¿A qué clientes italianos venderíamos nuestro aceite, vino y trigo si no estuviéramos presentes allí?

—Suena como si fuera un cambio de aceite y vino por sangre, hijo —comentó Doña Teresa—. Creo que el que vierte su sangre sale perdiendo…

 

 

Cuando llegó a Sevilla, ésta tenía un aspecto diferente a los ojos de Alvar. Ya no era un destino, sino un punto de partida. Ya no iba con su padre a contar los toneles de vino o fanegas de trigo, sino a embarcar con destino incierto. Las abarrotadas calles ya no eran sitios de paso para ir a unos almacenes sino pasajes para llegar a los barcos que esperaban a las tropas. Las tabernas y burdeles de Sevilla, los más activos del todo el continente, tomaban, de pronto, un protagonismo que nunca se había imaginado.

Una vez despedido de su padre, Alvar, equipado con  coselete, casco de tipo morrión, pica y espada se dirigió a la plaza donde había firmado su alistamiento. Unos doscientos cincuenta reclutas estaban ya reunidos allí. Algunos llevaban pica, otros, espada y un puñado de ellos empuñaban con fuerza el pesado arcabuz. Éstos llevaban una bandolera con 12 estuches rellenos de pólvora negra dosificada, una bolsa de mechas, eslabón y pedernal para encenderlas y balas de plomo. El arcabucero también llevaba un frasco más pequeño de pólvora fina, una baqueta con la que atacar el cañón y un rascador para limpiarla.

En cuanto a vestimenta, la mayoría iba vestido con camisa blanca, casaca, jubón oscuro, un par de calzas, generalmente rojas, y zapatos. En la cabeza llevaban sombrero de tela para protegerse del sol. Eran muy pocos los que llevaban coselete y casco como Alvar. En algunos casos, era evidente que los mozalbetes habían heredado la vestimenta y las armas de sus padres o abuelos.

No tardó Alvar en hacer amistad con Pedro Arregui, un veterano de Fuenterrabía, diez años más viejo que él. Pedro era un hombre corpulento, de barba cerrada y cejijunto. Según le contó, había estado siete años luchando, primero contra los moros en Argel y luego contra los franceses en Italia. Herido de un lanzazo había permanecido casi dos años convaleciente en su tierra natal. Ahora, acuciado por la necesidad, volvía a coger la pica para luchar allá adonde le mandaran.

—¿A qué estamos esperando? —se quejó Alvar, asfixiado en su brillante coselete.

Pedro mostró unos dientes negros al sonreír.

—Faltan unos cincuenta —dijo—. Estamos esperando a reunirnos los trescientos que parecer ser que firmamos.

—¿Y si no vienen?

El vasco se encogió de hombros con indiferencia.

—Esperaremos —dijo.

—¿Aquí?

—¿Qué más da, aquí o allí? En cualquier sitio estaremos apiñados e incómodos.

Durante las tres semanas que tuvieron que esperar hasta reunir el número solicitado, Alvar aprendió mucho sobre las guerras que España había estado llevando a cabo los últimos años. Pedro le contó sobre las campañas con el Gran Capitán. Sentados en una taberna cercana, ante una jarra de vino pagada por Alvar, Pedro Arregui describió en detalle las hazañas personales que había llevado a cabo frente a los franceses.

—¿Cómo son los soldados franceses? —preguntó Alvar.

Pedro echó un trago de vino antes de contestar.

—¿Que cómo son? —dijo—, pues exactamente igual que tú y yo. Unos son valientes y otros son cobardes. Unos se lanzan contra el enemigo y otros huyen de él.

No tardó mucho también en aprender Alvar otros aspectos que ignoraba de la vida de un soldado: el juego, las borracheras y las mujeres. Alvar se entregó al primero de ellos con pasión…, tanto que antes de zarpar había perdido una gran parte del patrimonio que llevaba consigo. El vino, sin embargo, era algo al que nunca había tenido afición, quizá por el hecho de tener un lagar en casa. En cuanto a su primera visita a un burdel, en compañía de unos compañeros borrachos, le había dejado menos satisfecho de lo que esperaba.

Tres semanas más tarde, el Alvar que zarpó de Sevilla era mucho más maduro del joven que había llegado con su padre a la ciudad del Guadalquivir. Había probado los dulzores de la vida de un soldado, ahora debía probar la hiel de la batalla.

 

El cruce hasta Palermo fue corto pero con un mar embravecido. Una vez al abrigo de Sicilia, sin embargo, no se materializó durante algún tiempo el desembarco en Nápoles, mientras esperaban a otras flotillas venidas de otras partes de España. Se oían rumores de que el ejército francés se había desplazado de Bolonia, amenazando las tierras papales. Pero los días transcurrían sin que los barcos desembarcasen su cargamento humano.

Después de un tormentoso viaje a través del Golfo de León, los mareados soldados encontraban poco consuelo en el puñado de prostitutas que se habían acercado a las naves para ofrecer sus mercancías. Por otro lado, las autoridades locales no estaban dispuestas a permitir que un ejército, por muy amigo que fuera, destrozara la ciudad.

A falta de otra cosa que hacer, los hombres discutían y a veces se peleaban en una espera llena de tensión. Todo eran especulaciones. Unos aseguraban que pronto seguirían hasta Nápoles y allí podrían disfrutar de sus famosos burdeles. Otros, los más veteranos, entre los que se encontraba Arregui, decían que pronto desembarcarían en una playa desierta y atacarían por sorpresa a las tropas francesas.

—Nos reuniremos con el resto del ejército y nos dirigiremos derechos contra el enemigo —aseguró Arregui a un grupo de reclutas—. Así es como el Gran Capitán lo ha hecho siempre.

Uno de los reclutas, joven imberbe de dieciséis años, tragó saliva nervioso.

—Pero muchos de nosotros no tenemos entrenamiento. No sabemos lo que hay que hacer.

Arregui rió.

—No te preocupes, Paco. No tardarás en averiguarlo. Suelen mezclar a los novatos con los veteranos, así que tú haz lo que veas hacer a otros. Si tienes una pica extiéndela hacia delante y si es una espada trata de clavársela al que te ataque antes de que él te la clave a ti.

Paco asintió sin gran convencimiento.

—Además —siguió Arregui—, sólo hay dos cosas que se pueden hacer en una batalla, ir hacia delante o escapar hacia atrás. La primera vez que tomé parte en una, yo no sabía lo que era una pica. Pero pronto aprendí. Tuvimos que atacar colina arriba contra una compañía de arcabuceros. Cuando llegamos a sus trincheras sólo éramos la mitad de los que habíamos salido. Pero nosotros teníamos picas y ellos arcabuces descargados. Así que los masacramos con nuestras lanzas de cinco metros de largo. Te aseguro que aquel día aprendí a manejarla.

Arregui hizo la mímica de atravesar a un enemigo con su pica.

—Adelante, atrás. Adelante, atrás. Adelante, atrás. Así hasta que te duelan los brazos y ya no puedas sostenerla más. Por las barbas de Satanás, si aquel día no me cargué a veinte gabachos no me cargué a ninguno —dijo ufano.