VOLVER

 

MUERTE EN EL HOSPITAL 1

 

El Dr. Prieto era un hombre alto, delgado, con pelo castaño ondulado. Usaba unas gafas de moldura de concha para leer que colgaban del cuello descuidadamente en competencia con un viejo estetoscopio. Un abundante pelo plateado daba fe de los cincuenta y cinco años que acababa de cumplir.

Prieto amaba su profesión. El salvar la vida de un niño era lo más gratificante del mundo. Sin embargo, había momentos en los que deseaba no tener nada que ver con la medicina. Éste era uno de ellos.

—Siéntense, por favor —dijo humedeciéndose los labios. Nunca encontraba las palabras adecuadas en casos como aquél.

Mario Prim y Lucía García obedecieron automáticamente.

—¿Han examinado ya al niño? —preguntó ella.

—Lo hemos hecho —dijo el médico. Como jefe pedíatra de oncología le correspondía a él ser el portador de las malas noticias— Lo siento, los resultados no son todo lo buenos que habríamos deseado.

Los padres del niño perdieron el color.

—¿Qué…, qué tiene? —balbuceó Mario.

El Dr. Prieto tardó en contestar, y no porque quisiera mantener en vilo a los padres de Félix, sino porque, como le ocurría tan a menudo, no encontraba las palabras adecuadas. Era muy duro comunicar a los padres de un niño de trece años que su hijo iba a morir.

—Leucemia —dijo.

Mario y Lucía se quedaron mirándole con incredulidad, al principio, luego su expresión  cambió a pánico a medida que las palabras de aquel hombre con bata blanca calaban en su mente.

—Leucemia… —repitió Mario como si aquella terrible palabra lo explicara todo.

—¿Qué…, qué podemos hacer? —preguntó Lucía con voz temblorosa.

—Tendremos que aplicarle ‘quimio’.

El doctor Prieto odiaba ver a los niños calvos, pero la caída del pelo era sólo el primer efecto visible del agresivo tratamiento. Luego vendrían los vómitos, las náuseas, las secuelas a largo plazo…, si es que el paciente sobrevivía. En este caso, todo indicaba que la leucemia era terminal.  Se le conocía con las siglas de LLA, —leucemia linfoblástica aguda— y su velocidad de crecimiento era rapidísima.

Mario García se pasó la mano por su abundante pelo negro con gesto nervioso. A pesar de su trabajo agobiante como gestor inmobiliario, apenas tenía canas a sus cuarenta años.

—¿Qué…, qué posibilidades tenemos? —preguntó tratando de disimular el temblor de su voz.

El doctor Prieto se movió inquieto en su asiento.

—No quiero engañarles —dijo—. Me temo que este tipo de cáncer es el más agresivo. Sin embargo, debemos mantener las esperanzas.

—¿Qué porcentaje tenemos a favor? —gimió Lucía.

—Un veinte por ciento —dijo Prieto, sabiendo que sólo un milagro podía salvar al joven. Podía haber dicho con más exactitud que el porcentaje era el mismo que tenía un enfermo en su peregrinaje a Lourdes, pero prefirió mantener las esperanzas vivas. Un paciente sólo moría cuando su corazón dejaba de latir—. Haremos todo lo posible para que Félix esté en el veinte por ciento.

 

 

 

Cuando sus padres llegaron a casa, Félix supo inmediatamente que los resultados de los tests no habían sido buenos.

—¿Qué dice el médico? —preguntó.

—Siéntate, Félix —dijo Mario—. Tenemos que hablar.

El joven obedeció al tiempo que con un gesto automático de la mano, tiraba atrás un mechón de pelo heredado de su padre.

—¡Tan malos son! —exclamó.

Lucía tragó saliva para evitar que se le formara un nudo en la garganta que le evitara hablar.

—Vas a tener que luchar, Félix —dijo—. Todos tendremos que hacerlo…, pero ganaremos —añadió—. ¡Por Dios, que ganaremos!

—Vale, papá —dijo Félix con calma, volviéndose hacia su padre—, ¿de qué se trata?

Mario miró a su hijo. Vio a un chico alto para su edad, atlético, de pelo largo, marrón, ojos castaños, de mirada profunda e inteligente. A pesar de su corta edad, sabía que estaba hecho de un material fuera de lo corriente. No se le podía ocultar nada. Él se encargaría de averiguarlo.

—Leucemia.

Félix había oído hablar de la enfermedad, aunque vagamente.

—Tiene algo que ver con la sangre, ¿no?

—Se le llama el cáncer de la sangre —explicó Mario—. Comienza en la médula ósea, que es la parte interna de los huesos. Ahí es donde se reproducen los glóbulos rojos, las plaquetas y los leucocitos o glóbulos blancos: los primeros son los que llevan el oxígeno a la sangre, los segundos los que taponan las áreas dañadas en las venas, y los terceros son los que defienden el cuerpo contra las infecciones de todo tipo.

—Y me imagino que la leucemia es el mal funcionamiento de la médula ósea, ¿no?

—Sí, por lo general suele comenzar con los glóbulos blancos, pero puede afectar también a otros tipos de células sanguíneas.

—¿Y por eso he estado tan cansado últimamente?

—Sí. Cuando la médula no produce suficientes glóbulos rojos para reemplazar a los que se desgastan, puede ocurrir una condición conocida por anemia, que es una debilidad general, palidez y cansancio, así como dificultad al respirar.

Félix pensó en las últimas carreras de cross. Desde los cinco años había ganado todas las competiciones deportivas, primero en el colegio, y luego en las provinciales. A los trece años era campeón nacional de cadetes. Sin embargo, hacía dos meses las cosas habían cambiado. Se sentía cansado, el entrenar, que antes era un placer, ahora se había convertido en un suplicio. Ya no disfrutaba corriendo o saltando. Incluso sus notas habían sufrido un reverso. De ser el indiscutible número uno de su clase con matrícula de honor, había pasado a tener buenas notas, sin más. Le costaba concentrarse.

—¿Cuál es el tratamiento? —preguntó.

—La quimio —respondió Mario.

Félix cerró los ojos. No sabía mucho sobre ella, pero lo que sí había oído era que a los pacientes se les caía el pelo. Pensó en la mata de pelo de la que estaba tan orgulloso.

—Se me caerá —musitó pasando la mano por el mechón que le caía sobre la frente.

—Volverá a crecer —dijo su madre, al borde de las lágrimas.

Su padre asintió.

—Dicen que los jóvenes responden a la quimio mejor que los mayores.

—Eso siempre es un consuelo —ironizó Félix—. ¿Cuándo empiezo?

—Ingresas en el hospital el lunes.

Félix abrió los ojos.

—¿Ingreso…?, ¿no podré quedarme en casa?

—Los médicos creen más conveniente que estés en el hospital. Así te podrán atender mejor.

Félix cerró los ojos por un instante y tragó saliva. Le costaba trabajo asimilar la idea que dentro de tres días, dejaría el confort de su cuarto por la cama impersonal de un hospital. Sólo había estado en uno para ver a su abuela antes de que ésta muriera de cáncer de pulmón. La experiencia había sido muy traumática. Desde entonces siempre había relacionado hospitales con ancianos y muerte. Le resultaba difícil concebir que también los niños enfermaban y… morían.

—¿Qué hospital? —preguntó.

—El hospital del Niño Jesús. Está a dos kilómetros de Burgos.

—¿Es el mismo en el que… murió la abuela?

—No —dijo Lucía—. Éste es un hospital infantil. Sólo para niños y jóvenes.

—¿Un hospital entero para niños? No creía que…

—¿Qué los niños también enfermaban? —dijo Mario—. Desgraciadamente hay muchas enfermedades casi exclusivamente de niños.

—Los médicos que atienden a los niños se llaman pedíatras —aclaró Lucía—, es una especialidad de la medicina.

La mente de Félix apenas escuchaba las palabras de su madre.

—Tengo que asimilar todo esto —murmuró en voz baja—. ¿Podré llevarme la grabadora y el ordenador portátil?

—Me imagino que sí —respondió Mario—. Te compraré juegos para la Play Station y para la Game Boy.

—No estaba pensando en juegos —dijo Félix calladamente—. No quiero retrasarme en el colegio. Le diré a Carlos que me grabe y me traiga las lecciones todos los días.

Mario asintió. Carlos era el mejor amigo de Félix.

—Hablaré con los profesores para que no le pongan ningún impedimento.

Felix respiró profundamente y se levantó.

—Creo que iré a mi cuarto a pensar un poco —dijo—, tengo que planear mi futuro.

Mario y Lucía se miraron entristecidos. Aquel hijo no dejaba de asombrarles. Tenía una entereza que muchos adultos la quisieran para sí.

—”Planear el futuro” —musitó Mario al ver a su hijo subir a su dormitorio. Se volvió a Lucía con lágrimas en los ojos—. Nuestro hijo quiere planear su futuro…, ¿pero, qué futuro, Dios mío, qué futuro?

Instintivamente, los dos atribulados padres se abrazaron y fundieron sus lágrimas. Ambos sabían en su interior que las palabras del doctor Prieto escondían una condena a muerte. Su hijo, su único hijo, no saldría vivo de aquel hospital.

 

 

 

 

El Dr. José Prieto entró en el despacho del director del Centro con rostro preocupado. El doctor Ernesto Grijalva era un hombre de escaso pelo blanco. Los últimos cuarenta años de su vida, que había dedicado a la medicina, habían dejado, además de las canas, huellas oscuras debajo de sus ojos y arrugas en las sienes. La medicina infantil, su gran pasión, le había proporcionado grandes alegrías, pero también grandes decepciones y momentos amargos. Los dos hombres eran grandes amigos, aunque en el campo profesional no siempre coincidieran en sus opiniones. Posiblemente, cuando él se retirara, Prieto ocuparía el sillón en el que estaba sentado.

—Hola, Pepe —saludó—, que te trae por aquí.

José Prieto se dejó caer en uno de los asientos delante del escritorio.

—Estoy cansado, Ernesto —dijo con aire cansino—. ¡Todos estos niños…!

El Dr. Grijalva conocía bien a su amigo. Siempre era lo mismo cuando se tenía que enfrentar con algún caso particularmente desagradable.

—¿De qué se trata, Pepe? ¿Algún nuevo paciente?

José Prieto cogió un pequeño caramelo de eucalipto de encima de la mesa, lo desenvolvió con lentitud y se lo metió a la boca.

—Hoy ha ingresado un chico de trece años. Se llama Félix.

—¿Y bien?

—Tiene leucemia linfoblástica aguda. Por todas las señales, no durará mucho.

El director del centro asintió.

—Ésta es una lucha contra la muerte, Pepe, que no podemos ganar. Lo que se trata es de retrasarla lo más posible.

—Son niños, Ernesto, son niños. Tienen derecho a vivir.

—¡Qué sabemos nosotros de derechos, Pepe! Eso es algo que sólo Dios puede decidir.

Era notoria la diferencia de opiniones a ese respecto entre los dos amigos. Ernesto había recibido una educación religiosa en el colegio de Erain del Opus, y después había estudiado en la universidad de Pamplona, regida también por el Opus Dei. José Prieto, por su parte, era un hombre liberal que tenía la mente abierta a cualquier idea. No hacía ascos a la teoría budista que el hombre se reencarna infinidad de veces hasta que llega al Nirvana o estado perfecto.

—Quizá sea ésta la forma de pagar por lo que hicieron en vidas anteriores —musitó Prieto—. En todo caso, nuestro deber es ayudarles en todo lo que podamos.

—Exacto —replicó Ernesto—. Y ahí termina nuestro cometido. Un médico nunca se debe ver mezclado emocionalmente con un enfermo. La vida sería un infierno si consideráramos a todos los niños enfermos como hijos nuestros.

—Sí, claro —asintió el Dr. Prieto—, sin embargo, no puedo evitar el sentir simpatía por este chico, Félix Prim. Se ve en los tests psicológicos que le hemos hecho que es un fuera de serie, y no veo cómo le podemos ayudar. No durará más de dos meses…

—¿Dónde lo habéis puesto? Iré a conocerlo.

—Está en la 112, con Felipe, el niño con progeria.

Ernesto Grijalva asintió. Conocía bien el caso de Felipe. La progeria o síndrome de Hutchinson-Guilford era una patología rara en la cual un niño asumía el aspecto de una persona anciana, mostrando, además, las degeneraciones físicas y las enfermedades que afectaban a los ancianos.

Un niño con este síndrome tenía un aspecto característico, descrito a veces como el de un ‘pájaro desplumado’; sin cejas ni pestañas, ojos pequeños y saltones, nariz en forma de pico y mentón retraído. Era bajo, delgado y deformado, tenía una cabeza grande y prematuramente calva o cubierta con canas. Su cara parecía pequeña comparada con el cráneo y era relativamente ancha a la altura de la frente. Su cuerpo era pequeño y su cara, pecho, brazos y piernas esqueléticas.

Otros rasgos característicos incluían pecho estrecho y abdomen abultado. La piel era fina y a menudo cubierta por lunares marrones y, a veces, no tenían uñas en los dedos de manos y pies. Las venas del cuero cabelludo y de otras partes del cuerpo eran dilatadas y abultadas. Podían faltar algunos dientes y los que crecían eran irregulares y apiñados.

Los huesos eran deformes y subdesarrollados. Los niños con ese síndrome solían tener problemas cardíacos. Podían desarrollar arteriosclerosis —estrechamiento de las arterias—, a partir de los cinco años, así como también una parálisis de un lado del cuerpo. Muchos de ellos eran artríticos, a menudo a partir de los seis años, lo cual les dificultaba el caminar. La inteligencia, sin embargo, no se veía afectada; era una de las pocas funciones del cuerpo que la progeria respetaba.

Curiosamente, no se conocían las causas que provocaban la enfermedad. Aparentemente, eran el resultado de anomalías genéticas indeterminadas. Al ser la causa desconocida, no había medidas para prevenir el mal.

—¿Así que van a ser compañeros de cuarto? ¿No hay otra cama disponible?

—Me temo que estamos a tope.

Ernesto sabía que el aspecto de un enfermo con progeria producía un cierto rechazo, sobre todo en los familiares del enfermo que tenía que compartir habitación.

—Bien, pues si no hay más…

 

 

 

—¿Cómo te llamas?

Félix volvió la cabeza al oír la voz de su compañero de cuarto. No sonaba como la de un niño, sino más bien, cascada, como la de un hombre de sesenta años. Entornó los ojos cuando vio el aspecto que ofrecía el enfermo: cara arrugada, ojos pequeños, pelo escaso y blanco…

—Félix —contestó tratando de reponerse del shock—, ¿y tú?

—Felipe. ¿Qué edad tienes, Félix?

—Trece, ¿y tú?

—También trece.

Félix abrió la boca para mostrar su incredulidad, pero la volvió a cerrar.

—Te sorprende, ¿verdad?

—Un poco sí. ¿Qué enfermedad tienes?

—Se llama progeria.

—¿Y eso qué es?

—Nunca habías oído hablar de ella, claro —dijo Felipe—. Se trata del envejecimiento prematuro del cuerpo. De hecho, tengo ahora el equivalente a unos setenta años. Dentro de cuatro o cinco mi cuerpo habrá alcanzado la edad de noventa. Lo cual quiere decir que me habré muerto.

Félix le contempló boquiabierto. Era impactante la tranquilidad con la que se refería a su muerte. Cualquiera diría que estaba hablando de una tercera persona.

—¿Y no hay cura?

—No hay nada que hacer. Los médicos ni siquiera saben qué es lo que causa la enfermedad.

—¿Y vives siempre en el hospital?

—No siempre. Sólo cuando tengo alguna crisis. Lo cual quiere decir que me paso la mitad del tiempo entrando y saliendo de este lugar. Las enfermeras me conocen como si fueran de la familia.

—¿Qué clase de crisis sufres ahora?

—Del corazón. El tener un estrechamiento de las arterias coronarias, me causa toda clase de problemas relacionados con el corazón. De hecho, la mayoría de las muertes de los que sufrimos esta enfermedad, son debidas a lo mismo.

—¿Y no puedes salir de la cama?

—No mucho. Al tener también arteriosclerosis, no puedo apenas caminar. Me duelen todos los huesos. Estoy deseando que termine todo…

Félix se calló no sabiendo qué decir. Era horrible vivir sin esperanza.

—¿Y tú, qué tienes? —preguntó Felipe.

—Leucemia.

—¿De qué tipo?

—Oí que decían algo de LLA, pero no sé lo que significa.

—Leucemia Linfoblástica Aguda— dijo Felipe con una tranquilidad pasmosa—. Uno de los peores tipos de leucemias. No vivirás más de dos meses.

Félix se le quedó mirando boquiabierto, tanto por la tranquilidad con la que aquel enano deforme pronosticaba su muerte como por lo que significaba.

—¿Qué sabes tú de eso? —demandó.

 Felipe dibujó una sonrisa amarga en su rostro deformado.

—Sé un mogollón sobre el tema —dijo—, la mitad de los compañeros  con los que he compartido habitación tenían leucemia.

—El médico le dijo a mi madre que hay un porcentaje mucho más elevado ahora que hace cinco años de gente que sale adelante.

—¿Y qué esperas que te diga un matasanos? ¿No pensarás que te van a decir que no tienes ninguna esperanza? Eso no te lo dirán nunca.

Félix apretó los labios y frunció el ceño.

—Creo que exageras —dijo—. En realidad, no sabes nada.

Felipe movió la cabeza señalando con la barbilla el ordenador portátil que Félix tenía en la mesilla.

—¿Por qué no entras en internet y consultas sobre el LLA? Ahí te dirán todo lo que quieras saber.

—Lo haré —asintió Félix.

Diez minutos más tarde se volvió hacia su compañero de cuarto. Aunque su rostro estaba lívido, mantenía la serenidad.

—Tenías razón —dijo—. Parece una de las peores leucemias.

—¿Qué síntomas tenías?

—Un mogollón: fiebre, infecciones frecuentes, debilidad, cansancio, dolor de cabeza y de huesos, hemorragias, hinchazón de las tripas, los ganglios del cuello, falta de apetito…

—Lo normal —asintió Felipe—. Me imagino que te sacarían sangre, y una muestra de la médula ósea.

—Sí —dijo Félix—, me hicieron lo que llamaron una punción lumbar. Fue muy doloroso.

—Fijo —asintió Felipe—. Pero lo que te espera es todavía peor.

Félix le miró alarmado.

—¿Qué me van a hacer ahora?

—Empezarán por la ‘quimio’, que son fármacos para destruir las células cancerígenas. Te los administrarán por medio de inyecciones. Luego vendrá la radioterapia.

—¿Y eso qué es?

—Unos rayos producidos por una máquina. Sirve para lo mismo: destruir las células que se han desmadrado. Luego vendrá la destrucción de la médula ósea que está ‘pocha’ y el transplante de una nueva. Pero ya te lo digo. Todo eso no va a servir para nada.

Félix sintió que el corazón se le encogía.