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RANDE 1

 

La ola estalló sobre su cabeza zarandeándolo violentamente. Robert sintió que le faltaba aire para respirar. La fuerza del agua le arrancó sus gafas y tubo de bucear de la cara y se encontró envuelto en una vorágine de espuma y agua verdosa. Un torbellino de líquido espumoso le engulló. Abrió la boca y sintió que el agua penetraba en sus pulmones. Aterrorizado, agitó los brazos y piernas violentamente, pero la fuerza de la resaca le había enviado al fondo y la superficie estaba lejos, fuera de su alcance.

De pronto, Robert supo que no llegaría a la superficie con vida. Iba a morir sin cumplir todavía los trece años. Durante una décima de segundo, vio los rostros de sus padres como si fueran instantáneas en una pantalla. Estarían esperándole para comer en el jardín. Luego aparecieron en la misma pantalla sus amigos David, Joane y Paul, con ellos había compartido mil aventuras los últimos tres veranos. Ninguno de ellos se había atrevido a tirarse al agua por miedo a la resaca, y estaba claro que habían tenido razón. El hacerlo había sido una imprudencia y Robert lo iba a pagar con la vida.

Robert sintió los pulmones a punto de explotar. El terror que le invadía no le permitía pensar en otra cosa que no fuera su propio fin. La negrura de la noche se cernía sobre él. Le parecía estar en una cueva. Incluso podía ver la bóveda. Las olas seguían zarandeándole y arrojándole contra las afiladas rocas. Sin embargo, Robert no sentía dolor alguno. Parecía estar flotando en la oscuridad.

¿Era así como se moría uno?

Pues no parecía ser tan doloroso…

Abrió la boca en un último y desesperado esfuerzo para coger algo de aire y ante su sorpresa, una bocanada de aire fresco entró en sus pulmones. Tosió violentamente hasta expulsar el agua que se le había introducido en ellos, mientras se aferraba con fuerza a una roca que sobresalía del agua.

Cuando el fuego que parecía arder en sus pulmones bajó de intensidad, Robert respiró durante un largo rato tratando de volver a la normalidad. Cuando lo hizo, paseó la mirada a su alrededor.

Estaba en una cueva, de eso no había duda. Y debía de ser una cueva profunda pues la oscuridad era casi absoluta. ¿Cómo había llegado hasta allí? Había buceado muchísimas veces en aquel lugar y nunca había visto nada que se pareciera a una cueva.

Bueno, lo importante era buscar la salida, aunque para eso sería mejor esperar a la marea baja. Y para eso le quedaban seis horas. ¿Qué pasaría mientras tanto? Sus amigos estarían a punto de dar la voz de alarma. Pensarían que se había ahogado. Avisarían a sus padres, y estos irían al cuartelillo de la guardia civil. No tardarían en organizar un grupo de buzos que bajarían en su búsqueda, pero más que nada para rescatar su cuerpo.

¿Conseguirían encontrar la entrada de la cueva?

Los pensamientos de Robert volvieron al tema. ¿Cómo era que nunca habían visto la cueva si siempre iban a bucear al mismo lugar?

Todo parecía un misterio.

Fue entonces cuando vio una especie de luz. Era como si alguien hubiera encendido una vela. Un ligerísimo resplandor iluminaba vagamente los alrededores.

La idea de que alguien hubiera encendido una luz le hizo plegar los labios en una amarga sonrisa. ¡Como no fuera un fantasma…?

De todas formas, sí era verdad que ahora se veían más claramente los contornos. Quizá sus ojos se estuvieran acostumbrando a la oscuridad… Estaba efectivamente en una cavidad enorme. La mitad de ella estaba cubierta por el agua y la otra mitad sobresalía por encima de la superficie. Había una piedra llana del tamaño de una habitación pequeña, que parecía estar seca. Robert nadó hacia allí y con gran esfuerzo se subió a la roca.

Efectivamente, las algas y líquenes que la cubrían parecían secos. Esto significaba que el agua nunca los cubría. Roberto se fijó en las aguas. Estaban mucho más tranquilas que en el exterior. En realidad, apenas se movían. Allí  no parecía llegar la resaca. Era como si estuvieran en un lago.

De pronto, sus ojos cayeron sobre una claridad extraña que emanaba del fondo de la cueva. De allá procedía la claridad que cada vez parecía iluminarlo todo con más fuerza.

Extrañado se acercó hasta el borde de la roca que le servía de plataforma. Luego, apoyándose en manos y pies, avanzó con precaución más allá, por las rocas circundantes. No le hizo falta seguir mucho trecho, la luz que se movía lentamente, parecía proceder de un solo punto, y ese punto flotaba en el aire a pocos metros de donde estaba él.

Robert se quedó boquiabierto.

 

 

En la superficie, a diez metros por encima del joven, reinaba la angustia y el temor.

—Algo le ha ocurrido —musitó Joane.

Su hermano, David asintió lentamente.

—Tenemos que hacer algo.

Paul, el americano, también estaba de acuerdo.

—Sí —empezó a decir. De repente, señaló algo que flotaba—. Mirad, son los… goggles de Robert…

—Es verdad —exclamó David—, son sus gafas y tubo de bucear.

Joane se echó a llorar.

—Se ha ahogado…, Dios mío, se ha ahogado.

Paul se calzó las zapatillas con gesto nervioso, e ignorando el resto de la ropa, echó a correr.

—Voy a por ayuda —gritó—, a la policía.

—Ve a la Guardia Civil —trató de aclararle David con un chillido—. The Civil Guard. Hay un cuartelillo en el pueblo…

No era seguro que Paul le hubiera entendido, pues el joven americano estaba ya a cien metros, corriendo hacia la pequeña población de Rande a toda la velocidad que le daban sus largas piernas.

—Yo voy a avisar a sus padres —señaló David a su hermana—. Tú quédate aquí. Si ves a alguna persona mayor le explicas lo que ha ocurrido.

Joane iba a pedirle que no la dejara sola, pero sabía que era su obligación hacer todo lo posible por Robert, así que asintió, blanca como el papel y tiritando incontrolablemente.

—Corre…, corre —acertó a castañear.

Cuando la joven se quedó sola, miró de reojo las olas que se estrellaban contra las rocas a pocos metros. Tenía miedo de ver el cuerpo de Robert flotando entre la espuma. ¿Qué…, qué haría ella si aparecía.

No podía apartar el pensamiento del joven madrileño de quien Joane estaba secretamente enamorada. Podía verle claramente en su mente, alto, aunque no tanto como Paul, tenía una mata de pelo rojo, arremolinado, herencia de su padre escocés. Pero lo que más le gustaba de él eran sus ojos, verdes, de una mirada penetrante.

A Joane le encantaba tratar de resolver los acertijos y curiosidades numéricas a las que Robert era aficionado.

Con el corazón angustiado, Joane oteó el horizonte. El pueblo de Rande se divisaba a lo lejos y Paul, convertido ya en un punto, se acercaba a él sin bajar la velocidad. No tardaría en llegar al cuartelillo para pedir ayuda, pero no serviría de nada. Cuando vinieran los buzos lo único que podrían hacer sería recoger el cuerpo sin vida de su amigo.

En otra dirección todavía podía divisar a su hermano David. Había parado un coche y se dirigía a la urbanización Elcano en la que todos tenían un chalet. Estaba a cuatro kilómetros del pueblo.

Joane se sentó en una roca, abatida. Su vida acababa de dar un giro. Ya nunca sería lo mismo. Sin Robert, la cuadrilla perdía a su líder natural, a su miembro más jovial y alegre. De pronto, la joven pareció darse cuenta de todas las virtudes que adornaban a su amigo: animoso, guapo, inteligente, honesto, siempre estaba dispuesto a animar a los demás, especialmente a ella, que a menudo sufría de melancolía…

Entre lágrimas se dio cuenta de que ya nunca se sentaría junto a él para ayudarle a resolver los crucigramas del periódico local o jugar con la play station.

¡Había perdido al gran amor de su vida! Gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas.

Volvió la mirada hacia el mar con temor de lo que pudieran traer las olas. Sintió un escalofrío.

 

 

Cuando Anthony Hope vio acercarse a David corriendo sin aliento por el sendero principal de la urbanización, dejó sobre la mesa del jardín los cubiertos y vasos que tenía en la mano. Estaba claro que algo grave había pasado.

—¡Anthony…! —gritó David jadeando—, es Robert… ha… ha desaparecido…

—¿Desaparecido? —dijo el hombre—, ¿cómo desaparecido?

A pesar de los veinte años que llevaba en España, todavía se le notaba a Anthony su fuerte acento escocés.

—Se ha…, se ha ahogado… —gimió David al borde de las lágrimas—, se tiró al agua…, en las rocas…, no ha salido…

Anthony perdió el color, su tez rubicunda quedó banca como una hoja de papel.

—¡Julia! —llamó con voz temblorosa— Ven, corre.

Julia ya había oído los gritos de David y salía corriendo de la cocina al jardín. Su rostro estaba tan lívido como el de su marido.

—¿Qué… qué le ha pasado a Robert? —dijo con la voz ronca por el pánico.

—Ahogado —repitió David entre lágrimas—. No ha salido…, se zambulló…, había marejada…, nosotros no queríamos…

Pero Anthony ya no le escuchaba. Había corrido al garaje a por el coche. Segundos más tarde, un Toyota, chirriaba los frenos delante de la casa.

—¡Subid! —gritó.

Julia abrió la puerta delantera mientras que David lo hacía atrás.

—¿Dónde ha sido? —preguntó Anthony.

David señaló un punto en el horizonte pasando el puente.

—Allá —dijo—. Tendremos que ir a pie el último tramo.

El Toyota se salió de la calzada y siguió por un camino polvoriento hasta que éste se angostó de tal forma que ya no se podía seguir en coche. Todos saltaron a tierra y corrieron por el sendero que bordeaba las rocas. A lo lejos, se divisaban varias figuras, entre ellas la de la joven Joane.

—¿Dónde ha sido? —demandó Anthony jadeando. Su mirada, mientras tanto, escudriñaba la superficie del mar. El oleaje ya empezaba a remitir al iniciarse la bajada de la marea.

—Ha sido aquí —gimió Joane.

Anthony no hizo más preguntas. Tiró la camisa al suelo y saltó de roca en roca hasta llegar al agua. Cogió aire y se zambulló. El agua estaba turbia y la visibilidad era escasa. Ahora se lamentaba no haber cogido las gafas de bucear, con ellas la visión aumentaba considerablemente.

Cuando no pudo aguantar más la respiración subió a la superficie, cogió aire y se volvió a sumergir.

Al salir por enésima vez vio una zodiac. Pintado en lado ponía RESCATE. Dos buceadores se ajustaban las máscaras y las botellas de oxígeno. Supuso que serían de la dotación de la Guardia Civil.

—Suba a tierra, por favor —dijo uno de ellos antes de introducir en su boca la boquilla del tubo para respirar— Nosotros le encontraremos.

Anthony se dio cuenta de que aquellos hombres tenían razón. Lo único que podía hacer él era estorbar y quizá tuvieran que rescatarle a él. Ya había tragado mucha agua.

—¡La última vez! —gritó.

En tierra, los curiosos se arremolinaban alrededor de una mujer y una niña que se abrazaban para darse consuelo mutuamente.

—¡Señor! —musitó Julia—. No dejes que pierda a mi marido también…

 

 

 

La luz se había detenido, y Robert pudo examinarla mejor. Lo que vio le dejó atónito. Estaba viendo una especie de figura humana completamente transparente. Aquella cosa irradiaba una luz amarillenta que, a veces, se tornaba azulada.

Robert se frotó los ojos incapaz de reaccionar. De pronto, la aparición se dirigió a él con voz barboteante, como si estuviera haciendo gárgaras a la vez que hablaba.

—¿No os habré asustado, maese Robert?

El chico se pellizcó para asegurarse que no estaba soñando.

—¿Quién…, quién eres? —balbuceó, pensando que más bien debiera haber dicho ‘qué’ en vez de ‘quién’.

El ser misterioso se detuvo a dos pasos e hizo un ademán como para apoyarse en una roca, aunque a Robert le pareció que más bien flotaba sobre ella.

—Permitid que me presente —dijo con una floritura. Robert pensó que era una reverencia como hacían los cortesanos del siglo XVII—. Me llamo Manuel de Velasco, a vuestro servicio, maese Robert.

—¿Cómo…, cómo sabes mi nombre? —balbuceó el chico.

—Sé muchas cosas sobre vos y vuestros amigos —respondió la aparición—, os vengo observando desde hace tres años.

—Pero…, pero…, ¿quién eres?

—Ya os he dicho mi nombre, Manuel de Velasco. Era el capitán general de la flota de su majestad Carlos II.

Robert abrió los ojos incrédulo.

—¡Pero…, pero…, Carlos II reinó a finales del siglo XVII…! Si mal no recuerdo murió en el año 1700.

—Eso es, veo que has estudiado bien tu lección de historia. Yo dejé este mundo poco después, en 1702.

Robert no salía de su asombro.

—¿Quieres decir que estás muerto?, ¿entonces…?

—Eso es —asintió Manuel de Velasco—, vos lo habéis dicho. Soy un espíritu, lo que vulgarmente llamáis los humanos, un fantasma.

—Los fantasmas no existen —dijo Robert, incrédulo—. Esto es una especie de truco.

Manuel de Velasco sonrió comprensivo.

—¿Debajo del mar? No, maese Robert —dijo—, no hay truco. Podéis tocarme…, o al menos intentarlo. No tenéis más que alargar la mano.

Robert se humedeció los labios. No le hacía ni pizca de gracia comprobar que estaba hablando con un fantasma. De un momento a otro esperaba oír las carcajadas de sus amigos después de haberle gastado una broma. ¡Pero no! Como había dicho aquel ser, estaba a varios metros por debajo del nivel del mar, aquello no era una broma. Tímidamente, alargó la mano. Se detuvo cuando estaba a pocos centímetros del ‘cuerpo’ azulado. Con un acopio de valor, estiró el brazo al tiempo que cerraba los ojos. No sabía lo que esperaba encontrar, pero sus dedos no hallaron nada, sólo aire.

Abrió los ojos y su mirada se encontró con la del fantasma. Éste le contemplaba con una mirada burlona.

—¿Qué os parece mi masa muscular, maese Robert? —dijo la aparición con sorna.

Robert se miró la mano maravillado.

—¿Así que eres…o quizá debería decir ‘sois’ un fantasma?

—No me importa que me tutees —dijo Manuel de Velasco—. Estoy al tanto de todos los cambios del idioma a través de los años, aunque no los apruebo. Sí…, como decías, soy un fantasma. Llevo trescientos años viviendo en esta cueva. Os la enseñaré a ti y a tus amigos cuando vengáis con más tiempo.

—Pero, ¿qué haces en este lugar tanto tiempo?

—Es una larga historia —replicó el fantasma—. De hecho, no soy el único en esta ría.

—¿En esta ría?, ¿qué tiene esta ría de particular?

—¿No habéis oído hablar del tesoro de Rande?

—¿El tesoro…, bueno, sí, he oído hablar algo de un galeón hundido hace muchos años.

—Pues sugiero, maese Robert, que os informéis mejor. Acudid a la biblioteca municipal o mirad en lo que llamáis ‘internet’. Cuando sepáis lo que pasó en 1702 volved a verme. Aprovecharé para enseñaros mi casa. Al mismo tiempo os contaré algo más sobre aquello galeones.

Robert asintió fascinado, le encantaba la historia y mucho más si había tesoros en ella.

—Volveré —prometió—, pero ahora debo salir de aquí. Mis padres creerán que me he ahogado.

—Sí. Están muy apenados. Tu padre ha estado intentando encontrar tu cuerpo sin resultado alguno, claro. Tu madre está llorando desconsolada, abrazada a tu gran admiradora, Joane.

—Subiré ahora mismo. ¿Me puedes guiar hasta la salida?

El fantasma asintió.

—Sí, claro. Lo mismo que te metí, te puedo sacar de aquí.

Robert frunció el ceño.

—¿Así que fuiste tú el que me salvó la vida?

Manuel de Velasco volvió a asentir.

—No podía dejaros morir.

—¿Por qué no?, ¿te dedicas a salvar la vida de todos los bañistas de la ría de Vigo?

—No, pero vuestra merced es especial. Os lo explicaré la próxima vez que nos veamos.

—De acuerdo —dijo Robert—, pero cualquiera que fuera la razón, te agradezco lo que hiciste por mí. Estoy en deuda contigo.

Manuel de Velasco se encogió de hombros sin darle importancia.

—Respirad hondo y seguidme, maese Robert —dijo—. La entrada de esta cueva es prácticamente invisible. Cuando salgáis, fijaos bien en una roca puntiaguda en forma de proa de barco. De hecho, es una proa de barco. Está cubierta por moluscos, lapas y algas. La entrada está por debajo, al ras de tierra, tapada por un bosque de algas.

—Bien —dijo Robert—, te sigo.

—Ah —dijo el fantasma como si recordara algo en el último momento—. Llévate esta moneda como recuerdo.

Robert vio una moneda de oro en una roca.

—Gracias —dijo metiéndola en el pequeño bolsillo de su traje de baño—. Hasta pronto.

 

 

La salida de Robert a la superficie fue recibida por un murmullo de incredulidad. Primero, por dos o tres personas, luego por la treintena de curiosos que se habían reunido en la orilla.

El padre de Robert, sin poder articular palabra, miraba con incredulidad a su hijo que ya daba por muerto.

En ese momento, su madre se apercibió de la aparición de su hijo que se dirigía con fuertes brazadas hacia las rocas.

—¡Robert! —chilló histérica—, ¡estás vivo! ¡Robert, hijo mío!

Se acercó a su marido que todavía no había encontrado su voz y se abrazó a él llorando de alegría.

—Es Robert, darling. ¡Nuestro hijo está vivo…!

El señor Hope se aclaró un nudo en la garganta y se humedeció los labios.

—Sí, es Robert…, está vivo… —repitió como si estuviera viviendo un sueño—, ¡es nuestro hijo…!

Momentos más tarde, Robert saltaba ágilmente de roca en roca y se abrazaba a los dos.

—¡Mamá, papá. Estoy bien —dijo.

—Pero…, pero… ¿dónde has estado todo este tiempo? —balbuceó Anthony Hope.

—En una cueva —aclaró Robert—. He esperado a que bajara un poco la marea.

—Pero… si entraste en ella, ¿no podías salir tal como entraste?

Robert estuvo tentado de contarles sobre Manuel de Velasco, pero decidió callarse. ¿Quién le iba a creer que le había salvado un fantasma? Le iban a tomar por perturbado mental. Acaso hasta le ponían una camisa de fuerza, pensó irónico.

—La verdad es que no estoy muy seguro de lo que pasó —dijo a modo de explicación—, de repente me encontré en el interior de una enorme cueva. Parte de ella estaba por encima del nivel del agua del mar. Durante mucho rato no me atrevía a sumergirme para salir. Cuando bajó un poco la marea vi por dónde estaba la salida y aquí estoy.

Julia le examinó, ansiosa.

—¿Estás bien, hijo. Te llevaremos al hospital para que te examinen.

—Estoy bien, mamá —insistió Robert—, no me pasa nada.

Anthony Hope frunció el ceño pero no volvió al tema aunque le seguía pareciendo rara la larga estancia de su hijo bajo las aguas. Miró a los amigos de Robert que se habían apiñado a pocos metros. Joane no podía apartar los ojos de su ídolo.

—¿Conocéis vosotros esa cueva? —les preguntó Anthony.

Todos negaron con la cabeza.

—No —dijo David—, Todos los días buceamos aquí, pero nunca la hemos visto.

Anthony miró a su hijo con preocupación.