|
CIPRÉS
1 Las
luces largas del vehículo que venía de frente le cegaron. Julián pisó el
freno para bajar la velocidad pero en ese momento, el estallido de un neumático
sonó como un latigazo en medio de la oscuridad. El coche dio un bandazo. El vehículo
de las luces largas se le echaba encima. Iba muy rápido. Julián giró
bruscamente a la derecha para evitarlo, pero el coche patinó en la calzada
mojada. Durante un largo segundo el coche pareció flotar en el aire. De pronto,
inclinó el morro en un ángulo de cuarenta y cinco grados. —¡Elena!
—gritó— ¡Cuidado! Julián
vio de reojo el rostro de su esposa durante una décima de segundo. El pánico
se reflejaba en sus ojos. La boca entreabierta quería decir algo, pero su
garganta contraída por el terror apenas dejó escapar una sola palabra. —¡Dios…! El
coche que venía de frente pasó a su lado como una exhalación sin bajar las
luces. No parecía siquiera haberse percatado de lo que estaba ocurriendo. Con
el pedal del freno apretado hasta el fondo, Julián contempló horrorizado cómo
el coche fuera de control, se deslizaba por un terraplén. Sintió un fuerte
golpe contra una piedra y luego se oyó el chirrido enervante del metal al ser
desgarrado. De pronto, el coche volcó sobre su costado derecho y ambos quedaron
colgando por los cinturones de seguridad mientras el vehículo seguía deslizándose,
ahora sobre el tejado. Con
un estruendo, el coche golpeó en un árbol y luego en otro. Milagrosamente giró
sobre sí mismo recobrando su posición horizontal. La carrocería se había
convertido en un amasijo de hierros, aprisionando las piernas de los dos
ocupantes. Cuando,
por fin el coche paró, ninguno de los dos podía moverse. Julián,
preocupado, miró hacia su mujer. Los dos estaban magullados. —¿Cómo…,
cómo estás…, amá? Elena
trató de soltarse el cinturón sin conseguirlo. —Creo…,
creo que bien…, algo aturdida… Noto una presión en las sienes… —¿Puedes
soltarte? —No… —Yo
tampoco... No siento las piernas... Parece que están aprisionadas por el
volante… —¡Dios
mío! —exclamó la mujer—, y ahora ¿qué vamos a hacer…? Julián
palpó en busca de su móvil en el bolsillo. —Llamaré
el 112… ¡Dios! —¿Qué
pasa? —No
está en el bolsillo. Se ha debido caer. Elena
dejó escapar un pequeño sollozo. Julián
estiró la mano para calmarla. —No
llores, cariño. Encontraremos el modo de librarnos. —¿Cómo?
—gimió Elena—. Moriremos aquí. Nadie nos encontrará. —No
te preocupes —trató de consolarla Julián—. Alguien nos verá por la mañana. —Para
entonces estaremos… muertos. Julián
no respondió. Estaba ocupado estudiando su situación. Vio que el contacto
estaba puesto aunque las luces se habían apagado con la caída. Los faros
estaban destrozados. Giró la lleve para quitar el contacto, no fuera que se
incendiara el combustible. Con
la poca luz que filtraba una luna menguante no era fácil hacerse cargo de los
alrededores. Sin embargo, estaba claro que el coche había quedado en
equilibrio, apoyado en un árbol, posiblemente un haya o roble, puesto que tenía
muchas ramas. Una de ellas presionaba en la ventanilla.
—Primero
trataré de liberarte a ti. —dijo Julián apretando el resorte que soltaba el
cinturón de ella—. El cinturón se soltó, pero sus piernas seguían
firmemente encajonadas entre los hierros. Después
de un rato, sacudió la cabeza. —Me
temo que no va a ser fácil —dijo. Puso
el contacto, apretó el botón de la ventanilla y el cristal descendió
silenciosamente dejando un hueco por el que penetró la rama. Ésta impediría
que el coche siguiera deslizándose hasta el fondo del terraplén. —Intentaré
apoyarme en la rama para ver si puedo sacar las piernas. —dijo—. Pero al
cabo de un rato, el dolor le hizo desistir. —Te
vas a destrozar las piernas, aitá —dijo Elena—, déjalo ya. Julián
asintió disimulando un gesto de dolor. —Creo
que habrá que tener paciencia y esperar —dijo. Elena
le miró preocupada. —¿Cómo
estás? —Bien
—contestó Julián—, ¿y tú, qué tal la cabeza? —Me
he dado un fuerte golpe en la nuca, si no me muevo no me duele mucho. Ahora
parece que se pasa un poco —dijo Elena. Julián
trató de verse las piernas pero estaba muy oscuro. Lo que sí sentía era que
estaban aprisionadas, quizá rotas, aunque de momento no sentía ningún dolor.
Era como si estuvieran anestesiadas. Sabía
que cuando empezaran a dolerle iba a ser muy duro. Se volvió hacia su mujer. —Tienen
que mirarte ese dolor de la nuca. Por lo demás, ¿cómo estás? —preguntó—. —Las
piernas las tengo como tú, dormidas. Julián
le cogió de la mano. —Ánimo,
cariño —dijo—. Podía haber sido peor. —¿Qué
ha pasado?, ¿cómo ha sido el accidente? —
Un reventón en el peor momento, cuando alguien me deslumbraba. —¿Estaremos…,
estaremos mucho tiempo aquí? —No
te preocupes, cielo. En cuanto amanezca nos verán. Mientras tanto, habrá que
tener paciencia. —¡Oh,
Dios! ¡Me duele! Aunque
Julián no sabía mucho sobre medicina o accidentes, se daba cuenta de que debían
mantenerse despiertos para no entrar en estado de shock. Tenía que mantener a
Elena hablando como fuera. —Ya
es mala suerte —dijo—. Ahora que íbamos a celebrar nuestras bodas de oro. Elena
no respondió. Julián insistió. —¡Nuestras
bodas de oro, amá! Elena
pareció como si volviera de un sueño. Miró a su marido y pareció darse
cuenta de sus intenciones. —¿Eh?,
ah, sí…, cincuenta años… —Sesenta
—rectificó Julián—. Teníamos quince cuando nos conocimos. Elena
le miró forzando una sonrisa. —¿Cómo
puede ser que hayan pasado tan rápido? Julián
entornó los ojos. Las piernas le empezaban a doler. —¿Te
acuerdas? —dijo tratando de ignorar el dolor—. Eras una chiquilla preciosa
quinceañera cuando te conocí en un banco del Paseo Nuevo. Me enamoré
inmediatamente de aquellos ojos verdes que tenías, de aquella nariz respingona
moteada con pecas. Me gustaba cuando te reías. Enseñaban unos dientes blancos
como el nácar. Tenías una mata de pelo largo, sedoso que entonces era moreno. —Es
que todavía no me lo teñía. Julián
esbozó una media sonrisa, asintiendo. —Me
gustaba tu candidez. No eras como tus amigas que parecían estar a la vuelta de
todo. Tú te creías cualquier cosa que te contaran. Todo te hacía gracia. Te
reías con una risa contagiosa, parecía que tus ojos te bailaban… —¡Qué
tiempos aquellos! —exclamó Elena— ¡La vida era tan sencilla! Me acuerdo
perfectamente de aquel día. Yo estaba con tres amigas. Tú te acercaste con un
amigo. Veníais en bici. Las dejasteis apoyadas contra el rompeolas y nos
disteis ‘palique’ como solíamos decir antes. Conocíamos a tu amigo por
haber bailado con él en Rentaría, pero no a ti. A mí también me gustaste en
cuanto te vi. Recuerdo que te examiné de arriba abajo. Eras alto, buen mozo,
pelo liso con una onda como se llevaba entonces. Tus ojos eran castaños, cálidos.
También a mí me parecía que reían. Todavía no tenías barba, pero ya se
adivinaban algunas pelusas en el mentón. Me fijé que tenías dos dientes
montados… —Y
sigo teniéndolos… —A
mí, entonces me gustaba otro chico, pero… —Pero
te quedaste frita por mis ojazos… —Un
poco sí. —Volvimos
a vernos. En aquellos años había música de baile en Pasajes, Rentería,
Hernani… —Fue
en Rentaría donde nos vimos y me sacaste a bailar. Venías con un amigo
diferente. —Sí,
con Juanito. —A
mi amiga no le gustaba aquel lechuguino como ella decía. Quería bailar
contigo, pero yo me arreglé para endosárselo. —Fue
poco después cuando te invité a dar una vuelta. Te compré un helado. —De
vainilla, que por cierto, estaba buenísimo. —Tu
madre nos vio un día. —Y
me tuvo dos domingos encerrada en casa por salir con chicos. Decía que era
demasiado joven. —Estuvimos
viéndonos a escondidas —¡Qué
larga se me hacía la semana! —Y
a mí. —Luego
te fuiste a Francia. —Eso
fue a los dieciocho años. —Venías
muy de vez en cuando. —Pero
te escribía a menudo. —Es
verdad, aquello fue un noviazgo por correspondencia. —Deberías
tú haber ido a trabajar a Burdeos también. De esa forma no me habría ido a la
mar. —En
mi casa no me habrían dejado. Habrían creído que estaba loca. Bastante tenía
con trabajar en una mercería. Recuerda que en los años cincuenta estaba muy
mal visto que las mujeres se fueran al extranjero solas… Julián
miró a través del parabrisas destrozado. El cielo estaba oscuro como la boca
del lobo. Durante un segundo su mente retrocedió medio siglo. Recordando las
cosas después de cincuenta años todas parecían anecdóticas, y, sin embargo,
la verdad había sido muy diferente. Su padre había muerto de repente de un
ataque al corazón en el año 1950 y él y su hermano habían tenido que dejar
el colegio de los Marianistas para ponerse a trabajar. Su madre también encontró
trabajo en una pescadería. En aquellos años no faltaba trabajo, lo que faltaba
era dinero. Los salarios eran miserables. Se vivía a nivel de subsistencia. Él
entró en un taller mecánico como aprendiz con un sueldo de cinco pesetas
diarias. A su hermano Antonio lo cogieron en una fábrica de pinturas. Ganaba
doce pesetas al día. Con los tres sueldos apenas les llegaba para pagar la
renta y mucho menos para comer. Llegaron a tener un retraso de tres meses con el
alquiler, con lo que el dueño estuvo a punto de echarles. Afortunadamente
para ellos, apareció como llovido del cielo un amigo de su padre que les prestó
algún dinero para ir tirando. Fue años más tarde que Julián se enteró que
su madre había devuelto aquel favor con misteriosas visitas durante largos años
a la casa de aquel hombre. Tampoco los dos hermanos dieron importancia a los
moratones que presentaba su madre a menudo. Al parecer eran producto de pequeños
golpes que se daba con las cajas de pescado que tenía que manejar en la
pescadería. Un
día, justo cuando cumplió dieciocho años alguien le dijo que estaban buscando
gente para trabajar en una serrería en Las Landas francesas. Julián no lo pensó
dos veces. Se presentó en el pequeño pueblecito de Le Porge al día siguiente.
Le cogieron inmediatamente con el sueldo, para él enorme, de cuatro mil pesetas
al mes. El trabajo era agotador, pues tenía que llevar al hombro troncos de
pino de dos metros de largo, primero desde los camiones que los traían hasta el
lugar donde los apilaban, luego debían alimentar la sierra con aquellos troncos
a lo largo de todo el día. Los
primeros días, Julián terminaba la jornada agotado, dejándose caer en el
camastro de paja que tenía en la cabaña. Tres meses más tarde, apareció su
hermano Antonio. Los dos formaron un equipo, compraron una larga sierra de dos
manos, un par de hachas y comenzaron a tirar pinos en el bosque. Firmaron un
contrato en el que les pagaban un tanto por pino. Una vez derribado el árbol,
tenían que quitarle las ramas, trocearlo y despellejarlo. Si a Julián le había
parecido duro el trabajo en la serrería, el tirar pinos era verdaderamente
agotador… y peligroso. El
primer pino que tiraron pilló la sierra y al tirar de ella se clavó en la
pierna de Antonio. Aquel día terminó con ambos en la consulta del médico de
Le Porge y la pierna de Antonio fuertemente vendada. Afortunadamente, la herida
no se infectó. Antes
de seguir tirando pinos, se enteraron que antes de nada había que hacer un
entalle en la base del pino con el hacha para que el árbol se inclinara hacia
el sitio deseado cuando lo cortaran. Después tuvieron que aprender a usar el
hacha y la paleta para descortezar lo cual requería mucha habilidad. Al
cabo de un mes, ya había adquirido cierta práctica y conseguían tirar,
trocear y despellejar la mitad de árboles que cualquier otro equipo en el mismo
tiempo. Aquello ya era un logro. Entonces
vino el invierno. Un invierno crudo con temperaturas de diez y hasta quince
grados bajo cero. Julián y Antonio vivían en una pequeña cabaña en el medio
del bosque a quince kilómetros de Le Porge. En el medio de la estancia había
una mesa desportillada y unos troncos que hacían de sillas. Las camas estaban
burdamente fabricadas por antiguos ocupantes que nada tenían de carpinteros.
Sobre cuatro troncos habían clavado unas tablas que servían de base. Luego el
engendro había sido rematado con unos tablones colocados de lado en cada
costado. Así se formaba una especie de cajón que habían llenado de paja. Por
supuesto se dormía completamente vestido, lo cual incluía pesadas botas de
goma hasta media caña y una zamarra. Tenían una manta vieja cada uno que de
poco servía con aquellas temperaturas. Para combatir el frío mantenían un
fuego encendido toda la noche al que arrimaban los camastros todo lo que podían.
Por las grietas de las paredes se escapaba la mitad del calor. Por
otro lado, el frío tan intenso aquel invierno, hizo que los árboles se
congelaran y la madera se volviera tan dura como el hierro. Las sierras
resbalaban como si estuvieran cortando un trozo de cristal. Durante
mes y medio, las condiciones fueron extremas. Los dos jóvenes tenían que
romper el hielo que se formaba en el pozo para sacar agua. Sus
vecinos más próximos estaban en otra cabaña a dos kilómetros, unidas por un
estrecho sendero. Eran un español cuarenta años y una francesa de sesenta
quien se contentaba con tener a un hombre a su lado para cuidar de ella. Cuando
cobraba, Miguel se iba a Burdeos y se gastaba en una semana todo lo que les había
costado a los dos ganar en un mes. Luego volvía a la cabaña para empezar de
nuevo. Julián y Antonio les visitaban a menudo en una moto que habían comprado
de segunda mano. —Esto
no es vida para vosotros —les dijo Miguel una vez—. ¿Por qué no vais a
Burdeos? —¿A
Burdeos?, ¿para qué? —preguntó Julián. Miguel
sacó unos vasos no muy limpios y los llenó con vino barato. —Allá
tendréis muchas más oportunidades de encontrar trabajo y vivir en una pensión.
Los
hermanos intercambiaron miradas. De hecho, no hacía mucho habían comentado
entre ellos sobre aquella posibilidad. —¿Conoces
Burdeos, Miguel? —preguntó Antonio. —Por
supuesto, allí hay mucho trabajo, y, sobre todo, hay un puerto. —¿Un
puerto? —repitió Julián. —Sí,
un puerto en el que podéis embarcaros. —Toda
la experiencia que tengo de navegación es el remar en la bahía de San Sebastián
en una barca —masculló Antonio. —Siempre
hay una primera vez —dijo Miguel—. Conozco a muchos chicos como vosotros que
se embarcaron sin tener la mínima noción de lo que es un barco. En un
petrolero noruego o sueco se gana bien y el trabajo es muy liviano. Además, la
comida y la cama son gratis. —¿Así
que todo lo que se cobra es para ahorrar? —O
gastarlo en los puertos si quieres —rió Miguel apartando unas moscas de una
pila de platos sin lavar—. Quedaros a comer, abriremos unas latas de alubias
con morcilla. En
primavera, Antonio y Julián se decidieron. Vendieron la moto, cogieron un autobús
y se presentaron en la gran capital con lo puesto. En la mano llevaban una pequeña
bolsa con una muda y una maquinilla de afeitar. No
fue difícil encontrar una pensión barata cerca del muelle. Allí abundaban los
bares regidos por españoles refugiados de la guerra civil. —Estamos
buscando trabajo —comentó Julián en el primero que encontraron. El
barman, un riojano de cincuenta años, les miró de arriba abajo. —¿Venís
de España? —Más
o menos —dijo Julián. —¿Y
qué tal está el viejo cabrón?, ¿cuándo se va a morir? Antonio
fue el primero en darse cuenta de que se refería a Franco. —Creo
que todavía tiene cuerda para rato —dijo siguiéndole la corriente—. No
estaba acostumbrado a oír hablar del caudillo de esa manera tan despectiva. En
España hablar de Franco era peligroso. Nunca sabías quién estaba escuchando. —Todo
el mundo está emigrando —gruñó el barman—. Si sigue así, no quedará
nadie en el puto país. Julián
le dio la razón —Aquello
es una miseria —asintió—. Aquí se gana cuatro veces más. Después
de desahogarse contra Franco y sus ‘secuaces’, como él mismo los
calificaba, el refugiado pareció dispuesto a darles informaición. —Aquí
hay mucho trabajo —dijo—. Todas las noches vienen a cenar españoles que
trabajan por ahí. Cualquiera de ellos os puede presentar en sus empresas. —¿Y
qué hay de los barcos? —preguntó Julián—, ¿es difícil embarcar? El
barman se encogió de hombros. —No
es difícil, pero sí que hay que tener paciencia y, sobre todo, hablar un poco
de inglés. Lo que yo os recomiendo es buscar un trabajo temporal, y mientras
tanto, ir al puerto a hablar con los capitanes de los barcos. —Me
parece estupendo —dijo Julián—. Vendremos a cenar esta noche y nos
presentas a algún español. El
hombre se llamaba Manolo. Era corpulento y de mirada aviesa. Los músculos
faciales que formaban la sonrisa parecían haberse congelado hacía mucho
tiempo. —Con
que venís de España, ¿eh? ¿Y cómo
está el cabrón ése? Ya
no le cupo duda a Julián de quién se trataba. —Sigue
en el Pardo, matando de hambre a los que se quedan allí —dijo esperando que
aquella respuesta satisficiera al refugiado. Éste
enseñó los dientes con desdén. —Ya
le llegará la hora al hijo puta. Se
llevó a la boca una cuchara de lentejas con tropiezos de embutido y prosiguió. —Yo
trabajo para una empresa de desbroce. Limpiamos los arbustos y cortamos las
ramas que se acercan demasiado a las líneas telefónicas. Los
hermanos se miraron. Julián asintió. —Es
un trabajo interesante —dijo. —Pero
muy duro —advirtió el hombre. —Estamos
acostumbrados a trabajar duro. Llevamos seis meses tirando pinos. —Pues
esperadme mañana en la esquina de esta calle a las siete.
* *
* —¿En
qué estás pensando? Julián
abrió los ojos y miró a su mujer. —Pensaba…
pensaba en los meses que estuve tirando pinos en Las Landas. —Y
cuando luego te embarcaste, ¿no? Julián
asintió, repitiendo. —Y
cuando me embarqué. ¡Poco me imaginaba yo lo que me esperaba! Elena
apoyó la cabeza atrás y suspiró. —Lo
pasaste mal en el mar, ¿verdad? —Hubo
de todo. Aunque
Julián le había contado aquellas historias muchas veces, siempre parecía que
ella las escuchaba como si fuera la primera vez. Sin embargo… en esta ocasión,
aunque sus palabras salían de su boca de forma natural, Julián notaba que ella
tenía que hacer un esfuerzo para pronunciarlas. Estaba claro que su mente se
hallaba lejos… Julián
presentía que algo no iba bien.
|