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CORSARIOS III 1
Perseguido Dragut por Andrea Doria a lo largo y ancho del Mediterráneo, decidió hacerse con una plaza fuerte. Eligió Mehedía. La ciudad vivía un período de inestabilidad. Negado el vasallaje al rey tunecino, había sido nominalmente aliada de Turquía hasta que hacía poco habían expulsado al embajador otomano. Fue en aquel momento de frágil independencia cuando hizo su aparición la flota del Dragut.
Mediante reuniones secretas, Dragut se alió con Brambarc, uno de los hombres fuertes de la ciudad.
Brambarc era un hombre ambicioso. Alto, de rostro chupado y nariz aguileña, tenía una barba recortada en la que ya se adivinaban algunas canas.
—Os abriré las puertas de la ciudad —prometió.
—¿Puedo confiar en ti?
Brambarc sonrió mientras se acariciaba la barbilla.
—Puedes. Pongo a Alá por testigo. Trae tu flota a Mehedía.
—Así lo haré —dijo Dragut, sellando el pacto con un beso en cada mejilla.
En el camino, el corsario decidió redondear la jugada con la conquista de Monasterio y Cuza. Su abrumadora superioridad le permitió ambas conquistas sin resistencia.
—Izad mi bandera en las almenas de las alcazabas —ordenó.
Dragut observó con evidente satisfacción cómo su estandarte ondeaba al viento. Tenía una franja colorada y otra blanca con una media luna azul en su centro.
La toma de Mehedía, sin embargo, no resultó tan sencilla. Los hombres principales no aceptaron la amistad de Dragut. Sabían que una amistad como aquella supondría represalias de los españoles y posiblemente también de los turcos.
Dragut no pareció muy contrariado por la negativa y se retiró pacíficamente de la ciudad. Le acompañó a su nave su aliado Brambarac.
Se pasaron la tarde elaborando un plan.
—Mis hombres estarán de guardia en las murallas del Este —anunció—. Quinientos de tus leventes podrían trepar por las cuerdas que encontrarán colgando de las troneras.
—¿A qué hora?
—A medianoche.
Ocupadas las posiciones estratégicas en el silencio de la noche, Mehedía se despertó bajo los tambores, cornetas y atabales de los comandos invasores.
Para media mañana, Dragut era ya dueño y señor de la villa, jurado por los hombres principales.
El sueño se estaba haciendo realidad. El joven corsario era ya señor de tres ciudades, por tanto rey de tierra y mar.
Dejó a su sobrino, Hessarráiz al mando de la fortaleza y él se embarcó a corsear llevando a veinticinco principales como rehenes.
La decisión era temeraria, incluso arriesgada. El Imperio no podía consentir un nuevo Argel en Túnez, ¡sería inconcebible! Las costas de Sicilia y Nápoles, terriblemente castigadas se harían inhabitables. El comercio entre España e Italia era imposible. Había que actuar con celeridad.
Una vez más, Andrea Doria recibió el encargo. Debía obligar a Mehedía a volver a su status previo.
La escuadra cristiana se acercó a la ciudad para examinar su fuerte.
—Nos llevará mucho tiempo tomar la ciudad —comentó Doria a sus capitanes—. ¿Qué opináis que deberíamos hacer?
Uno de ellos expresó el parecer de la mayoría.
—Tomemos Monasterio y Cuza —dijo—. No ofrecerán resistencia y mientras tanto pediremos más refuerzos.
—Me parece bien —dijo Doria—. ¿Alguna objeción?
Si bien las dos pequeñas ciudades cayeron sin resistencia, el factor sorpresa se había perdido en Mehedía con lo que la empresa prometía ser larga y costosa.

* * *
Mientras tanto, Dragut retó frontalmente a su principal enemigo, tirándole de las barbas en su propio terreno. Se refugió con su flota en Cataluña, en las islas Medas. Desde allí, lanzó fugaces ataques contra el Ampurdán y contra Tarragona. En Salou conquistó su castillo y redujo la villa a su mínima expresión. En Valencia atacó San Juan con menos éxito. Tampoco logró aplastar las defensas de Benissa, pero sí consiguió entrar en Cullera.
Sus habitantes, aterrorizados, se refugiaron en la iglesia fortificada.
Afortunadamente para ellos, las milicias de las ciudades vecinas socorrieron la ciudad a tiempo, aunque no pudieron impedir que Dragut se hiciera con cientos de cautivos.
Su osadía había sido histórica. Ni siquiera los Barbarroja se habían atrevido a tanto.
A su vuelta recaló en Djerba. En ella recibió noticias del sitio de Mehedía por las tropas de Doria. Intentó conseguir ayuda en Túnez, pero no fue fácil pues se había labrado enemigos a todas bandas. No obstante, reclutó cuatro mil mercenarios. Con ellos intentó romper la línea de los sitiadores sin conseguirlo. Los españoles consiguieron evitar los dos ejércitos hicieran contacto entre ellos.
La suerte estaba echada.
Los tercios españoles al mando de Andrea Doria, habían recibido refuerzos de Nápoles y no sólo rechazaron a los mercenarios, sino que derribaron los muros de la ciudad y conquistaron la plaza.
Dragut acababa de perder su recién ganado reino.
La historia se repetía.
Como en su día reconociera Jaradín, la aventura independiente no era posible en el Mediterráneo dividido en los dos grandes imperios.
Dragut tarde o temprano tendría que refugiarse a la sombra del árbol turco, tal como lo había hecho su padre putativo: Jaradín Barbarroja.


Perseguido por la flota enemiga, Dragut repasó sus pérdidas con mente vengativa. Había perdido la ciudad; había perdido tres mil hombres —entre ellos a su sobrino Hessarráez—, y había perdido doce mil esclavos.
No era de extrañar que también perdiera sus nervios. Sin embargo, Dragut no era hombre que se dejara llevar por la adversidad ni que malgastara su tiempo en lamentaciones.
Así que dio gracias a Alá, el Misericordioso, el Compasivo por estar vivo y libre en los mares. Consigo tenía doce galeras, tres galeotas y cinco bergantines.
Desde la popa de su galera elevó a los cielos su clamor.
—¡Juro, por Alá que mi nombre será temido por todos los cristianos del orbe! ¡Temblad todos! ¡Y sobre todo tú, Emperador Carlos, mi nombre te perseguirá hasta tu tumba!
Por la mente de Dragut pasaron los cuatro largos años en los que había remado en la galera del sobrino del Almirante, Gianettino Doria. En ellos había conocido el calor y el frío; desnudo, había sido cocido por el sol y congelado por la lluvia; había conocido el dolor muscular, el hambre y la sed; soportado las llagas incurables; y en sus espaldas había quedado marcado para siempre un entramado de cicatrices donde los látigos de los cómitres le habían acribillado para que revivieran sus energías flaqueantes.
—Empezaremos por Italia! —gritó a los cuatro vientos—, ¡Timonel, proa a Sicilia!
Despreciando a sus perseguidores que ya habrían perdido su pista, se dirigió a Gergenti que asoló. Luego siguió asolando la costa hasta llegar a Marsala, dejando tras sí ruinas y desolación. Al final de una sola semana dejaba atrás los restos de seis ciudades y amontonaba en sus bodegas seis mil cautivos de ambos sexos.
¡Ya enseñaría él al Emperador a llamarle pirata Dragut, odioso tanto a los ojos de Dios como de los hombres! ¡Por las barbas del Profeta que sabrían quién era Dragut!
Metió a los cautivos en un par de galeras y las despachó a Argel a las órdenes de su lugarteniente Omar para que los vendieran en el zoco. Omar tenía instrucciones de encargar nuevos barcos con ese dinero.
—Necesito esas galeras lo más rápido posible —le confió Dragut—. Hasta que no tengamos una docena de galeras bien artilladas no podemos hacer frente a Doria. Nos encontraremos en Djerba.
Poco después de que las dos galeras de Omar partieran hacia Argel, el viento roló al norte, trayendo a los ojos de los corsarios la vela diminuta de una fusta. Fue el propio Dragut el que con la mirada perdida en la popa de su galera, se apercibió de la presencia de aquel navío.
Se la señaló a Shaman, el renegado artillero calabrés, que estaba junto a él.
—¡En el nombre de Alá! —exclamó—, ¿qué cáscara de nuez es ésa que viene derecho a nosotros?
Shaman, un corpulento hombre cetrino, rió.
—No es la furia del barco sino del viento —dijo—. Va donde éste le lleva. Parece una barca de vela italiana.
—Pues el viento que lo trae es el viento del destino. Helas que tendremos noticias de Italia.
Dragut se dio la vuelta y se dirigió a su segundo a bordo. Casi al instante la nota discordante de una trompeta rompió la quietud del aire vespertino. Inmediatamente, los remeros pararon de remar. De cada lado de las galeras una treintena de pesados remos se quedaron quietos en el aire con sus mojadas palas resplandeciendo en el sol poniente.
La entera flota musulmana esperó, meciéndose suavemente en la pequeña marejada que se había levantado. El lo alto del mástil de la capitana ondeaba orgullosa la insignia azúl y blanca con la luna creciente.
La pequeña fusta de manera inexplicable se precipitó sobre ellos, conducida, según las palabras de Dragut, por el viento del destino.
Por fin, cuando llegó a su altura, Dragut dio la orden y su galera se interpuso en el camino de la fusta. Una docena de garfios cayeron sobre ella para amarrarla en un abrir y cerrar de ojos al costado de la capitana.
En la proa se erguía la alta figura de Dragut, vestido en una larga chaqueta de piel de oveja ribeteada en oro. En su cabeza lucía un turbante blanco que resaltaba su moreno rostro de halcón. Una barba negra recortada, adornaba un mentón cuadrado, que indicaba firmeza.
A bordo de la fusta había media docena de hombres que parecían híbridos entre lacayos y marineros. Los ojos del corsario se pasearon sobre ellos con desprecio, fijándose en una pareja sentada en el banco de popa. Él era un joven caballero, evidentemente italiano, y ella una joven de extraordinaria belleza. Los ojos del corsario se recrearon en la suavidad de su piel y en la blancura de su rostro ovalado.
—¿Quiénes sois? —preguntó con sequedad en italiano.
El joven respondió por ambos sin demostrar el mínimo temor. Era como si estuviera acostumbrado a ser asaltado por corsarios un día sí y otro también.
—Me llamo Geovani Tintoretto —dijo—. Soy genovés y voy a España.
—¡A España! —exclamó Dragut conteniendo la risa—. Vuestro timonel lleva una dirección curiosa para ir a España, a no ser que traten de encontrarla en Egipto…
—Tenemos el timón estropeado —explicó el joven con calma—, estamos a la merced del viento.
Dragut se inclinó hacia la joven, que instintivamente se apretó contra su compañero.
—¿Y esta joven tan deliciosa, quién es?
—Es mi… mi hermana.
—Claro —dijo Dragut con amabilidad—. No podría ser de otra forma… Bueno, está claro que no se os puede dejar solos en un bote en alta mar. Así que venid a bordo y os enseñaremos a remar.
—Me niego —dijo Geovani sacando su espada—, antes tendréis mi cadáver.
—Eso no sería difícil —rió Dragut al tiempo que hacía una seña—, pero prefiero el rescate que, sin duda me darán por vos.
Una docena de corsarios saltaron a la fusta. El joven italiano solo tuvo tiempo de atravesar a uno de ellos antes de ser derribado por el resto.
Mientras arrastraban a los cautivos y les encadenaban, Dragut examinó el botín. Éste, al parecer no iba a ser tan insignificante como pareció al principio. Aparte de los siete cautivos y la joven, que era digna de figurar en el harén de un sultán, encontró un cofre lleno de ducados y un joyero adornado con filigranas de oro lleno de gemas de gran valor. Pero había más, en la tapa del joyero estaba grabado el nombre de su propietaria. — María Antonia Doria.
Dragut cerró la tapa, dando gracias a Alá y se acercó a la cabina de popa de la capitana donde habían encerrado a la joven.
—María Antonia —susurró al entrar. Ella levantó la cabeza—. ¿Me podríais decir cuál es vuestro parentesco con el almirante geneovés?
—Soy su nieta, señor —respondió la joven con una fiereza a todas luces forzada—. Y tened por seguro que su venganza será terrible. Os aconsejo que nos dejéis ir.
Dragut asintió y sonrió.
—El almirante y yo somos viejos amigos —dijo y salió de nuevo, dirigiéndose hacia el centro del barco.
Una antorcha iluminaba adosada al mástil iluminaba a los siete cautivos encadenados.
Con la punta de su pie, el corsario tocó a Geovani.
—Dime, perro cristiano, ¿qué sabes de Andrea Doria?
—Nada —contestó el italiano.
—Algo sabrás ya que dices que eres ‘hermano’ de su nieta.
Geovani frunció el ceño y se incorporó.
—Le conozco, como a otros miembros de su familia, pero lo único que sé es que está buscándote… y espero que te encuentre pronto.
—Haré que te quemen los pies para ver si recuerdas algo más.
Geovani palideció pero mantuvo su compostura.
—Bajo tortura diré lo que quieras oír, pero nunca sabrás si es verdad o no.
El corsario miró a su prisionero a los ojos. No era fácil que supiera más de lo que él mismo sabía sobre la locación de la flota del almirante.
—Veremos —dijo.
Mientras se volvía para irse, la voz del prisionero le retuvo. Ya no estaba disfrazada por una fingida imperturbabilidad.
—¿Qué destino le aguarda a María?
Dragut le miró con conmiseración y esbozó una media sonrisa. No guardaba un rencor especial contra su cautivo, era más, admiraba su coraje. Pero, al mismo tiempo no había en su corazón sitio para ningún sentimiento. Le contestó sin malicia en la voz.
—No tardaré mucho en volver a Tuquía —dijo—. Le debo pedir un favor a Solimán. Ella será un regalo apropiado para añadir a su harén.
Aquello fue demasiado para el joven. Presa de una ataque de ira incontrolable, trató de arrancarse las cadenas para abalanzarse contra su captor. En su rabia impotente lanzó improperios contra Dragut hasta que un puntapié de uno de los corsarios le alcanzó en la boca haciéndole sangrar profusamente.
Al día siguiente, uno de los remeros se puso enfermo. Aunque trató de seguir remando estaba claro de que sus fuerzas le habían abandonado. El cómitre le hizo desencadenar y sin más ceremonia, fue arrojado por encima de la borda. Su vida útil había terminado. En su lugar encadenaron a Geovani. Había siete hombres en cada remo, todos eran cristianos y blancos —o al menos lo habían sido hasta que la suciedad y el sol les habían teñido de un color indefinido.
El joven italiano sintió un escalofrío al sentarse junto a aquellos seres desnudos y sucios que tenían que hacer sus necesidades en el mismo asiento en el que remaban.
Por el pasillo de crujía paseaba el cómitre de arriba abajo haciendo restallar un largo látigo. No pasó mucho tiempo antes de que considerara que Geovani no ponía mucho esfuerzo en la remada. La punta de su látigo siseó en aire y aterrizó con increíble maestría en la blanca espalda del recién llegado. Arrancando una tira de piel, dejó un trazado rojo en la carne tierna. Muy a su pesar el italiano soltó un grito de dolor.
La comida de los remeros era escasa y consistía en cus cus, dátiles e higos secos. Para beber les daban agua tibia, a menudo podrida, dos veces al día. Dormían con la cabeza apoyada en los remos sin poder tumbarse nunca. La fricción del movimiento del remo no tardó en levantar terribles ampollas, y no solo en las manos, sino en la carne que se apoya en el banco.
Al segundo día, Geovani perdió el conocimiento después de recibir varios latigazos. El agua salada que arrojaron sobre él le hizo volver en sí con un intenso dolor en las heridas. El cómitre le arrojó de nuevo en su banco.
—Si tengo que vuelves a perder el sentido otra vez te lanzaré por la borda —aseguró.
Afortunadamente para el joven italiano, al día siguiente llegaron a tierra. La flota entró en la Boca de Cantara, una laguna espaciosa al noroeste de la isla de Djerba.
Dragut tenía la intención de esperar allí hasta que Omar estuviera listo con los refuerzos y pudieran verse con la escuadra de Doria de tú a tú.
Sin embargo, Dragut no podía suponer que el almirante genovés había adivinado cuál sería su próximo movimiento. Una veintena de grandes galeras se dirigía hacia Djerba en ese momento.


No había pasado una semana cuando un barco de pesca volvió a tierra a toda prisa. Uno de los pescadores corrió hacia Dragut.
—¡Se acercan velas!
El corsario estaba reunido con un grupo de capitanes cuando recibió la noticia. Al principio pensó que sería Omar.
—Vayamos a ver quiénes son —dijo—. De todas formas, preparad la artillería de tierra.
Desde una loma a la entrada del puerto, los oficiales contemplaron las velas. No tardaron en distinguir la insignia de la galera capitana.
—Son los barcos de Doria —escupió Dragut—. ¿Cómo habrá sabido que estamos aquí?
—Hay que preparar la defensa —dijo uno de los capitanes—. ¿Qué hacemos?
—Poned a todos los hombres a trabajar —dijo Dragut—. Sacaremos los cañones de los barcos y defenderemos la entrada del puerto.
Una hora más tarde, una andanada acogió la llegada de la flota enemiga a la barra. Las bolas quedaron cortas y las galeras de Doria echaron ancla fuera del alcance de los cañones, dispuestos a esperar.
El zorro estaba atrapado. La Espada del Islam iba por fin a ser envainada para siempre.
Un jubiloso Doria envió aviso al Emperador que tenía a Dragut por la garganta. Con el mismo barco pidió refuerzos a los virreyes de Sicilia y Nápoles por si hicieran falta. No quería dejar nada al azar.
Los días siguiente, Dragut empleó todos sus esfuerzos en fortificar la Boca de Cantara. Uno tras otro, todos los cañones de las galeras se alinearon sobre las dunas para defender la entrada. A Doria, aquellos esfuerzos le divertían. Antes o después, Dragut tendría que decidirse y salir a luchar. Cuanto más esperara sería peor.
Dragut se sentía atrapado. Nunca desde el día en que le habían hecho prisionero en la costa de Córcega se había sentido tan desesperado. Apoyado en la borda de la popa de su galera maldecía entre dientes al genovés.
—Alá permita que sus huesos sean comidos por los perros…
Habib Alí, uno de sus capitanes, se dirigió a él.
—Creo que deberíamos salir al mar y luchar contra ellos. Quizá de noche podríamos abrirnos camino…
—…e ir derechos al fondo del mar —le interrumpió una voz.
Atónito, Dragut se volvió. Aquella voz era inconfundible. Geovani Tintoretto les miraba mientras arrastraba un enorme cañón junto a varios de sus compañeros. Los ojos de los dos hombres se encontraron. El descanso de los últimos días había restaurado las energías del italiano.
—¿Tan cansado estás de la vida? —gruñó Dragut—. Más te vale no levantar la voz o haré que te cuelguen.
—Es usted tonta, señor Dragut. Cuélgueme y perderá al único hombre que puede salvar a vuestra merced y a su flota.
—¿Salvar la flota? —repitió—, ¿te estás riendo de mí?
—Nunca lo haría —respondió Geovani—. Me juego demasiado. Nada menos que mi libertad.
Dragut avanzó hacia el cautivo con una mezcla de amenaza y asombro.
—Habla si tienes alguna idea.
—Quítadme los grillos, dadme alimentos y vestidos y hablaremos.
—Hay maneras de hacer hablar a cualquier hombre —amenazó Dragut.
Tintoretto asintió.
—Puede que sí, puede que no. Sería una estupidez intentarlo.
Dragut miró a los ojos de aquel hombre. En ellos vio una determinación y convicción poco comunes. Quizá tuviera algo que decirles.
—Dadle de comer —ordenó—, y vestidle.
Media hora más tarde, limpio y con el estómago lleno se presentó a Dragut. Vestía una camisa nueva y un pantalón. De nuevo parecía el italiano pulcro y elegante que le había desafiado en la popa de la fusta.
El corsario se acarició la barbilla.
—Habla —dijo—. ¿Qué tienes que decir para salvar tu pellejo?