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CORSARIOS II 1

Después de casi dos años de guerra contra los habitantes de Cabilia, Jaradín, volvió a su antigua gobernación de Argel. Enviados por él, sus capitanes se dirigieron a un cuadrante del Mediterráneo levantino. Todos llevaban consigo hombres conocedores de los lugares en los que iban a actuar. También les acompañaban pilotos duchos en aquellas costas, para tener la seguridad de salir bien de la empresa que emprendían. Los corsarios tenían órdenes de Jaradín de sembrar el terror por todas las costas conocidas, tanto españolas como italianas. Además, debían hacer numerosas presas en alta mar, sobre todo, trigueros provenientes de Sicilia.
Ya en la capital, Jaradín, respaldado por los jenízaros, tomó rápidamente, las riendas del gobierno. Una de las primeras decisiones que tuvo que tomar fue qué hacer con los cautivos españoles que le habían ayudado en la campaña de Cabilia.
—Os daré una fusta para que podáis volver —les dijo—. Cumpliré mi promesa.
Pero no contaba con los morabitos. En cuanto éstos se enteraron de sus intenciones se alzaron voces discordantes. Los santones, tal como había ocurrido con los capitanes capturados en las playas de Argel, no estaban dispuestos a que estos hombres regresaran a la península con ansias de venganza.
—Harán todo lo posible para vengarse de sus captores —decían—. No les dejes ir.
Fue tanta la insistencia, que Jaradín se vio prácticamente obligado a revocar la concesión de libertad si no quería ponerse a mal con ellos.
—De acuerdo —cedió—, que sean encerrados en los baños cargados de cadenas.
—Fuérzales a que renieguen —insistieron—. Manda que hagan los trabajos más denigrantes…
Jaradín se encogió de hombros.
—Como queráis.
Tal fue la presión a la que los españoles fueron sometidos que más de la mitad renegaron antes de seis meses. Y, una vez circuncidados, se les asignó altos cargos en la milicia compuesta por moriscos.



Con la llegada de Jaradín a Argel, dio comienzo un mundo nuevo y cambiante en el que se mezclaban los motivos, las formas de vida, los credos religiosos y los intereses políticos de la manera más diversa y variable. La recuperación de la ciudad había supuesto que los corsarios se volvían a instalar dentro de sus murallas como los protagonistas de su historia, relegando a los habitantes originarios de la urbe y del territorio a un segundo lugar. Estaba claro que los problemas entre turcos y beréberes no habían desaparecido después de la victoriosa campaña militar, pero la ciudad comenzó a convertirse en la cabeza de la expansión.



La separación entre el corso y otras actividades comerciales que se desarrollaban en el Mediterráneo era difícil de establecer. Incluso personajes como Pedro Navarro y Andrea Doria, que al fin y al cabo eran considerados militares profesionales, también llevaban a cabo acciones de corso siempre que tenían ocasión de capturar alguna embarcación menor. Esto lo hacían incluso cuando organizaban acciones armadas con el dinero de sus monarcas.
Curiosamente, los estados solían reclamar por medio de sus embajadores que se devolvieran las embarcaciones, mercancías y hombres capturados ilícitamente, o, en su defecto, que se pagara una indemnización por los daños causados.




Hagihusim, capitán de Jaradín, se consideraba un hombre afortunado. Volvía de Constantinopla con tres galeras cargadas de regalos del Gran Turco, Solimán II para el Beylerbey de Argel, su provincia más distante. Llevaba, además, una bandera confeccionada especialmente para su gobernador.
Hagihusim no tenía nada que temer pues el único país que podría causarles daño era Venecia y su embajador en Constantinopla le había dado un salvoconducto para que si se toparan con sus navíos éstos les dejaran pasar y les favoreciesen.
Cuando las tres galeras llegaron a la altura de Corón vinieron a su encuentro ocho galeras venecianas.
Hagihusim no trató de rehuirlas.
—No tenemos nada que temer —dijo a los suyos, exhibiendo el documento.
Poco después, los venecianos les abordaron y leyeron el documento redactado por su embajador.
—Por lo que veo sois gente de Jaradín Barbarroja.
El turco asintió.
El capitán veneciano hizo una seña y cien hombres con sables de abordaje saltaron sobre las tres naves argelinas degollando a toda la tripulación.
Mientras lo hacían el veneciano observaba la escabechina con los brazos cruzados.
—Primero enviáis a vuestros corsarios a asolar nuestras costas —masculló— y luego pretendéis que un salvoconducto os garantice el paso por nuestros mares…



La fijación entre límites de actos de corso era en el Mediterráneo más convencional que real. El corsario tenía sus reglas, perfectamente conocidas y aceptadas por todos los hombres que se aventuraban en sus aguas. Ese mundo era un espacio en el que tenían cabida la mayor parte de los hombres que reconocían la soberanía y potestad del beylerbey del Argel y la primacía del sultán de Constantinopla.
La ciudad de Argel era una urbe magrebí de segunda importancia, muy alejada de la grandiosidad de Túnez o incluso de Fez. Contaba con un recinto amurallado en el que se abrían varias puertas tanto al mar como al exterior. El puerto, sin embargo, era el talón de Aquiles de los turcos a causa de la permanencia de los españoles en la isla que se levantaba delante de sus murallas. A pesar de ser escasos en número, los ciento treinta españoles que todavía defendían el fuerte formaban un elemento disuasorio para que los barcos corsarios fondearan delante de ellos. Preferían emplear Cherchel, a pocas millas de allí.
Una de las primeras tareas que Jaradín quería acometer era el acondicionar las defensas de la ciudad para impedir nuevos intentos de conquista, tanto por parte de los beréberes de la Gran Cabilia como de los españoles y genoveses. Estaba claro que para poder llevar a cabo dicha tarea era imprescindible recuperar el Peñón y acabar con la presencia de la guarnición española. Y para recuperar el Peñón se precisaban cañones de gran potencia y enormes cantidades de pólvora y bolas de hierro.
Jaradín Barbarroja pidió la artillería a Constantinopla.




Beatriz de Orea estaba preocupada, nunca antes había tenido una falta en su período menstrual. ¿Y si estaba embarazada? Confió su preocupación a su amiga Nadia.
—Podrías estarlo —dijo la turca—. Has estado con el amo Jaradín en tres ocasiones si mal no recuerdo.
—Cuatro —rectificó Beatriz, nerviosa—, la última hace tres semanas.
—Bien, cuatro, es lo mismo. Lo que importa es la última…
—No quiero tener un hijo de ese hombre —dijo Beatriz—. Es repugnante.
—¿Por qué? ¿Porque prefiere acostarse con hombres que con mujeres?
—Me da asco.
—Piensa que sólo has estado con él cuatro veces en dieciocho meses. Creo que se puede soportar. Además, tampoco es un adefesio.
Beatriz sintió un escalofrío.
—Es… es como una cobra, cuando fija en ti la mirada…
—Pues piensa que tienes suerte. A ti y a Aicha os guarda para él como si fuerais sus esposas.
Beatriz pensó en la jovencísima Aicha Mamla, una jovencísima argelina de cuerpo escultural que había sido recientemente ofrecida como regalo a Jaradín por un sultán bebéber.
+Le aborrezco +dijo.
+Pues está claro que él quiere tener un hijo tuyo. A nosotras nunca nos llama para ir a su cama. Sólo vamos con sus invitados después de alguna fiesta.
—¿Y… y si tengo un hijo será… musulmán?
—Claro, ¿qué esperas?, ¿que el gran beylerbey turco haga bautizar a su hijo?
Beatriz sacudió la cabeza.
—Prefiero morirme —musitó.
Nadia le pasó la mano sobre los hombros.
—No es el fin del mundo —dijo—. Estoy segura que el Dios que adoráis los cristianos tiene que ser el mismo Dios que adoramos los musulmanes con distinto nombre. El mundo y las estrellas sólo pueden haber sido hechos por un Ser Supremo que nosotros llamamos de una forma y vosotros de otra.
—Pero vosotros no creéis en Jesús y en la Virgen…
—¿Y quién te garantiza que lo que vosotros creéis es verdad?
Beatriz miró a su amiga horrorizada.
—La Santa Madre Iglesia nos lo dice en los Evangelios. Ella no puede equivocarse.
—A nosotros también nos lo dice el Corán y el Profeta tampoco puede equivocarse. Es imposible saber quién tiene razón.
Beatriz se sentó al lado de su amiga. Ésta dejó la pluma de ave con la que estaba escribiendo. Desde hacía varios meses había conseguido que Jaradín le asignara una pequeña cantidad para comprar papel y tinta. Ella y las otras cuatro concubinas se dedicaban a copiar libros del Corán que luego vendían después de encuadernarlos. Era un pequeño negocio que, además de mantenerlas ocupadas, producía algunas ganancias que atesoraban en pequeños cofrecillos. No era lo que habría querido Nadia, pero al menos significaba un comienzo. Más tarde copiaría otros tratados que cayeran en sus manos. Quizá pediría prestados algunos a la Biblioteca de Constantinopla.
—Creo que deberías aprender árabe —dijo Nadia, de repente—. Si tienes un hijo deberías poder entenderle cuando hable en árabe o turco.
—Yo le hablaré en español.
—Me parece muy bien. Pero me temo que Jaradín querrá que hable varios idiomas. ¿Por qué no haces un esfuerzo? Yo te enseñaría.
—Ya entiendo bastantes cosas —dijo Beatriz defensivamente.
—Mejor que mejor. Empecemos entonces por los números.
—¿Ahora?
—Ahora.




Uno de los corsarios que Jaradín había enviado a aterrorizar las costas era Ayrdin Cachidiablo. Natural de Smirna, Cachidiablo tenía a su mando quince galeotas. Con él iban otros corsarios como Salah Rais, Xabán Rais y Yusuf Arráez entre otros.
El corsario de Smirna había recibido una petición de un grupo de moriscos del condado de Oliva, Valencia, para ser pasados a Berbería. Eran doscientas familias las que querían abandonar España, por lo que la operación sería de envergadura y le proporcionaría a Cachidiablo unas ganancias saneadas.
La empresa, sin embargo, podía ser muy peligrosa, pues era mucha la gente que debía moverse de noche y los tercios españoles nunca estaban muy lejos de las costas.
Curiosamente, aunque los moros no conversos habían sido expulsados de España por el Cardinal Cisneros, tanta había sido la afluencia de abandonos que las tierras se habían quedado sin que nadie las cultivara. A raíz de eso, las autoridades habían establecido que los moros que se fueran debían pagar un impuesto especial muy alto. Eso obligaba a los moriscos a irse a escondidas para no tener que pagarlo. Cachidiablo se había convertido en un experto en ese tipo de viajes. Tenía en su tripulación renegados españoles y moriscos que habían vivido en la región y que conocían cada palmo de terreno. De esa forma, no le era difícil establecer puestos de vigilancia en los caminos para que les avisaran de la presencia de tropas españolas, al tiempo que sabía dónde recalar y en qué lugar desembarcar.
La operación fue un éxito. Unos quinientos moriscos fueron embarcados sin mayores contratiempos.
Mientras contemplaba el embarque, uno de los guías comentó:
—Es una pena que no tengas tiempo. El señor de Parcent se encuentra en la ciudad con muy poca guarnición. Sería una buena presa.
—¿A qué distancia está Parcent? —inquirió Cachidiablo.
—No más de dos horas.
—¿Y cuántos soldados dices que guardan la ciudad?
—No más de treinta en este momento. Unos doscientos están en la sierra buscando a nuestra gente.
Cachidiablo miró pensativo a los quinientos moriscos que buscaban acomodo en sus barcos.
—Los dejaré a buen recaudo en una de las islas —dijo— y volveremos a Parcent.
El guía morisco sonrió.
—Te recomiendo Formentera. Tiene buenas playas y poca gente vive en la isla.




Varias horas más tarde, Cachidiablo desembarcaba a los moriscos en las blancas arenas de la isla.
—Esperad aquí —les dijo—. Volveremos dentro de un par de días.
Antes de que los sorprendidos moriscos hubieran podido protestar, los barcos se apartaban de la arena.
El audaz corsario, en un acto de temeridad, volvió a la costa española.
Sería una ocasión única. Un golpe de audacia del que se hablaría durante muchos años. Los cristianos se referirían a él con respeto y miedo.
Cachidiablo sonrió en la oscuridad.
Varios cientos de turcos, guiados por el morisco local se infiltraron de madrugada en las veredas alicantinas. A las dos de la madrugada tacaron un dormido Parcent y se apoderaron de su señor más un centenar de cautivos.
Como precaución, la vuelta la hicieron a una cala situada mucho más al sur. A cincuenta kilómetros de donde habían desembarcado. Si alguien les había visto saltar a tierra y había avisado a los soldados, éstos les estarían esperando inútilmente.
A mediodía divisaban la isla de Formentera donde los quinientos moriscos que les esperaban impacientes.



Al enterarse de lo sucedido, el conde de Oliva no se resignó a perder pecheros y buenos trabajadores. Mandó aviso al general de las galeras de España, Rodrigo de Portundo.
—Estoy dispuesto a pagar diez mil escudos si recuperáis a mis vasallos —le ofreció— Y estoy seguro que el señor de Parcent tampoco será tacaño a la hora de abrir la bolsa si le rescatáis.
—¿Diez mil ducados? —repitió Portundo—, de acuerdo.
Aunque Portundo sólo tenía ocho galeras, consideró que eran suficientes ya que sus barcos estaban provistos de artillería, mientras que los berberiscos no tenían ninguna. Todo el mundo sabía que los ‘turcos’ confiaban en su velocidad más que en la potencia de sus cañones.




Las dos flotas se encontraron en las costas de Mallorca.
—¿Les disparamos, capitán?
La potencia de la artillería era muy superior en el lado español y la batalla no habría tenido ni color. Pero el dilema con que se enfrentaba Portundo era que los barcos estaban abarrotados de cautivos y de moriscos, vasallos del conde de Oliva. No era cuestión de mandarlos a todos al fondo del mar.
—No —dijo—. Les abordaremos.
Aquella fue, sin duda, la peor decisión que el general Portundo había tomado en su vida.
Los barcos españoles se lanzaron en persecución de los turcos seguros de la victoria. La nave del general iba en cabeza, muy adelantada, cuando de repente, las quince naves corsarias se volvieron y la atacaron todas al mismo tiempo. Abrumado por una superioridad numérica, en cuestión de minutos, la nave cayó en manos corsarias. No contentos con ello, los corsarios se echaron sobre las siete restantes que no aprovecharon en ningún momento su artillera. Sin líder, los españoles sólo buscaron la salvación en la huida. Todo sucedió tan rápido que sólo un barco pudo salvarse.
Aquel acontecimiento iba a tener un gran impacto en las conciencias cristianas. Los corsarios habían conseguido vencer a armadas regulares españolas en una batalla naval.
¿Existía una forma de pararles?




Los españoles lo volvieron a intentar. Se trataba de llevar a cabo una expedición de pequeña envergadura pero de mucha repercusión. Eligieron al italiano Andrea Doria para llevarla a cabo. Éste atacó Sargel con el fin de impedir la construcción del nuevo muelle de Argel. Sus fuerzas se desplegaron en el pequeño pueblo pesquero con todo sigilo y consiguieron incluso alcanzar el castillo y liberar a los cristianos presos. Pero, como otras tantas veces, el ansia de botín les perdió. A pesar de las severas prohibiciones de Doria, los soldados cristianos se desparramaron por la villa cargados de ropa y avaricia. Los moriscos y turcos se reordenaron y cerraron las puertas de la ciudad. Uno a uno, los cristianos fueron cazados como ratones.
Ante el peligro de perder la flota, Andrea Doria dio orden de darse a la vela, desamparando, una vez más, a cientos de soldados.
¡Argel se había convertido en un infierno para los cristianos!