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Barbarroja 1 Impulsada por la fuerza bruta de dieciocho remeros, la afilada proa de la pequeña galeota cortaba el mar como un cuchillo. El arráez de la ligera embarcación oteó el horizonte protegiéndose los ojos con la mano. Era un hombre de estatura baja, robusto y membrudo, de pelo rojizo. Una barba hirsuta del mismo color le cubría totalmente la cara, dándole un aspecto de bufón, pero pocos hombres se reían cuando centraba en ellos su mirada, fría como un témpano de hielo. Tenía la nariz roma y era de color casi blanco. Al avanzar por el pasillo de crujía entre los remeros, cojeaba ostensiblemente de lo que parecía ser una vieja herida. Se acercó al sotarráez o segundo de a bordo en la proa. Su parecido al capitán de la nave era asombroso, quizá un poco más alto y delgado. El fez que cubría un pelo ensortijado, aunque no tan rojo como el del capitán, proclamaba su procedencia turca. Barbarroja señaló la embarcación. —¿Qué te parece, hermano, la abordamos? Jaradín abrió los ojos como platos, más sorprendido que asustado. —¿Abordar una galera pontificia?, ¿estás loco, Oruch? Antes bien, deberíamos poner pies en polvorosa ahora que tenemos tiempo. El capitán se acarició la barba, mientras sus ojos estudiaban con codicia aquella presa que les podía hacer ricos a todos. La pesada embarcación estaba a una legua de la isla de Elba avanzando pausadamente con la fuerza del viento y de sus cuarenta remeros hacia Civitavecchia, el puerto de Roma. Lejos, muy lejos, se adivinaba un pequeño punto en el horizonte que Barbarroja sabía era una segunda galera. La presa era golosa. En su mente se estaba perfilando a un plan audaz que habría que ejecutarlo con rapidez y temeridad si quería que tuviese éxito. Paseó la mirada por la tripulación. Compuesta por veinte hombres, eran en su mayoría turcos, aunque también había tres renegados españoles, dos italianos y un chipriota. Él mismo los había elegido para aquella salida, por su probado valor. Y aunque semejante diversidad de procedencias podrían sugerir un proceder caótico o una actitud relajada a bordo, la verdad era muy diferente. La rectitud coránica que imperaba en sus barcos hacía que los corsarios se comportaran en todo momento con una disciplina de hierro. Cada uno estaba en su puesto con un orden excepcional. Todos eran conscientes de que el éxito de una operación de corso sólo podría salir bien si cada uno cumplía las órdenes del arráez a rajatabla. Formaban, en realidad, una pequeña unidad de operaciones especiales, casi militar. Desde el momento en que salían de puerto, tenían prohibido, bajo las penas más severas, hacer el menor movimiento que pudiera hacer peligrar el equilibrio inestable de la galeota y hacerle perder parte de su ligereza. Solamente el arráez y el cómitre corrían por el pasillo de crujía de popa a proa; este último haciendo guardar el orden y avivando, a golpes de látigo, el celo de los galeotes en el caso en que éstos fueran chusma, es decir, esclavos. En la nave de Oruch Barbarroja, sin embargo, no era ése el caso, al ser la nave de reducido tamaño. Las labores de boga eran llevadas a cabo por los mismos leventes, cuyo cometido era, tanto el remo como el manejo de la vela y el pillaje. La razón era sencilla: en las naves de pequeño tamaño, el espacio libre que dejaban los bancos de los remeros en el pasillo central y en los costados, era tan reducido que no había sitio para esclavos. Además, el usar gente de confianza añadía mucho a su seguridad, y no llevaban un peso muerto, al que, por añadidura, había que alimentar. Por otra parte, en las bodegas, debido al escaso calado de la galeota, no disponían de espacio más que para estibar agua y provisiones para unos días, junto con los aparejos y el armamento, y aun así, en escasa cantidad. En un barco corsario nada se movía y nada ocurría fuera de un mínimo necesario y sin el férreo control del arráez. Por fin, Barbarroja se dirigió a ellos. —He decidido atacar la Galera Pontificia —dijo.
Antes de que nadie pudiera recobrar el resuello, Oruch continuó. —Sé que os parecerá temerario, pero, en realidad es sencillo. Como ellos son tres veces más numerosos que nosotros y, además, tienen cañones, no tomarán precauciones defensivas. Por otra parte, nunca ha habido una operación de corso en esta zona así que no tienen por qué desconfiar. —¿Y cómo les atacaremos? No nos dejarán acercarnos a ellos —dijo el cómitre, un hombre peludo con aspecto de oso. —Nos mandarán al fondo del mar a cañonazos —plañó uno de los turcos. Barbarroja sacudió la cabeza enérgicamente. —No, si hacéis lo que os digo. Arrojaréis todos los remos al mar ahora mismo. Así parecerá que somos todavía más inofensivos. —Pero entonces no podremos ni siquiera maniobrar —se quejó su hermano, Jaradín. Oruch asintió. —Exacto. Dejaremos que sean ellos los que lo hagan —se agachó para coger una serie de banderas de las que eligió una—. A partir de este momento, somos pacíficos comerciantes italianos que hemos perdido los remos. —¿Se lo tragarán? —demandó uno de los italianos renegados. —Se tragarán el cebo, el anzuelo y la caña —aseguró Barbarroja. Dio la bandera a un hombre cecijunto. —Átala a lo alto del mástil —dijo. Después se dirigió a los dos italianos que se sentaban juntos en los bancos de proa—. Vosotros, les gritaréis en vuestra jerga pidiendo ayuda. Decidles que se nos han roto los remos contra unas rocas. Recordad que vamos a Civitavecchia. Pedidles un cabo para remolcarnos. Los dos hombres se miraron. —Bueno —dijo uno. Oruch contempló la cara ansiosa de sus hombres. Todos estaban curtidos en cien batallas. Sabía que podía confiar en ellos cuando llegara el momento. —Quitaros los turbantes los que los tengáis. Mantened las armas escondidas y cuando dé la orden, disparad primero las armas de fuego a bocajarro. Luego abordad la nave con rapidez. El éxito de la operación dependerá de la prisa que os deis en subir a bordo. Tened en cuenta de que irán desarmados y desprevenidos. Ellos esperan encontrar a una veintena de compatriotas desvalidos a quienes van a ayudar. Los ensartaréis con vuestras cimitarras como a conejos. —Pero serán más de sesenta —objetó uno. Barbarroja le fulminó con la mirada. —Cuantos más sean más obtendremos por ellos en el mercado de esclavos. Paseó los ojos por toda la tripulación. —¿Alguna objeción más? Al ver que no la había, enseñó los dientes en una sonrisa leonina. —Bien —dijo—, pensad que mañana seréis no solamente ricos sino también famosos. Os aseguro que esta hazaña pasará a los anales de la historia de Berbería. Seremos el ejemplo a seguir por nuestros hermanos corsos. ¡Que Alá os proteja! Cuando Barbarroja dejó de hablar, contempló con ojos inquisitivos cómo sus hombres sacaban las armas de la pequeña bodega, cebaban una docena de arcabuces y los escondían bajo lonas y ropaje, listos para disparar. Fuera de la vista también quedaban los temibles alfanjes y varias picas procedentes de los tercios españoles.
La galera pontificia se acercaba pausadamente sin ninguna clase de recelo. Era más, muchos de los tripulantes se habían apostado en las torres de popa y proa y contemplaban con curiosidad los problemas por los que parecía atravesar la pequeña galeota. Varios tripulantes de ésta les hacían gestos con los brazos en clara petición de ayuda. Cuando estuvieron al alcance del oído, los dos renegados italianos comenzaron a gritar en su idioma las consignas que les había dado Barbarroja. —¡Auxilio! —¡Socorrednos! —¡Hemos perdido los remos! —¡Por amor de Dios, remolcadnos hasta Civitavecchia! El que parecía ser el capitán de la galera, un hombre de pelo cano, bajo y vigoroso, vistiendo un jubón de terciopelo negro, se dirigió a ellos. —¿De dónde venís? Ante la indecisión de los renegados, Barbarroja, que había comprendido la pregunta, susurró en voz baja. —Piombino. —De Piombino —repitió uno de los renegados en voz alta. —¿Quién es el capitán del barco? —Soy yo —respondió el renegado italiano—. Os ruego nos echéis una mano porque tenemos el viento en contra y sin ayuda no podremos llegar a puerto esta noche. El segundo renegado, aleccionado por Barbarroja, intervino. —Os aseguro, excelencia —dijo—, que hablaremos bien de vos cuando estemos mañana con el Cardenal Simeoni, a quien servimos. La mención del cardenal, que se rumoreaba podría ser el próximo papa, obliteró las pocas reticencias que todavía tenía el capitán. El hacer un favor a un ‘papable’ siempre era muy beneficioso. —Echadles un cable —gritó a los marineros—. Les llevamos con nosotros. Cuando los corsarios tuvieron en sus manos el cabo que les echaron desde el galeón, tiraron de él tanto y tan súbitamente que las dos embarcaciones chocaron con violencia. Antes de que los marineros pudieran protestar sonó una serie de disparos que acabaron con la vida de los que se encontraban asomados a la borda. Casi inmediatamente, antes de que nadie se pudiera recuperarse del ataque y oponer alguna clase de resistencia, veinte figuras, ágiles como simios, habían trepado a la galera blandiendo cimitarras de las que ya goteaba la sangre de las primeras víctimas. Pocos marineros optaron por defenderse. Aunque eran muchos en número, se sentían como corderos ante un ataque de lobos. En un acto reflejo, unos saltaron por la borda para evitar ser traspasados por el acero, otros, que no sabían nadar, se arrojaron al suelo en claro gesto de sumisión. El capitán de la nave bajó corriendo a la bodega para abrir la cámara donde guardaban las armas, pero mientras trataba de introducir la llave en la cerradura con manos temblorosas, una figura de pelo rojo le alcanzó y le hundió su alfanje en la espalda. El acero, impulsado por un potente brazo, tropezó con una vértebra en donde se incrustó violentamente después de atravesar el pulmón. Barbarroja trató de retirar la cimitarra, pero al no conseguirlo, apoyó el pie en la espalda del moribundo para arrancar el acero de un violento tirón. El capitán se volvió lentamente mientras caía al suelo arrojando sangre por la boca. Unos ojos desorbitados se clavaron en su asesino. Trató de hablar pero sólo un susurro ininteligible salió entre dos arcadas sanguinolentas. —¡Dios…te…perdone…! Barbarroja escupió despectivamente sobre su víctima y dirigió su cimitarra hacia un marinero italiano que bajaba precipitadamente por la escalera. El acero le penetró por el bajo vientre como si fuera mantequilla. Era una herida mortal pero de lenta agonía. Barbarroja empujó el cuerpo hacia un lado con indiferencia para tener paso libre. Cuando sacó la cabeza por la escotilla lo que vio le dejó plenamente satisfecho. Los marineros italianos que se habían rendido estaban tumbados en el suelo boca abajo en la popa. Los que se habían tirado al agua chapoteaban indefensos a poca distancia del barco. En los bancos de los remeros los cuarenta esclavos le miraban con una mezcla de sentimientos: los delincuentes cristianos lo hacían con indiferencia pues sabían que serían vendidos en el mercado de Argel o Túnez con lo que cambiarían sus hasta ahora dueños cristianos por otros musulmanes. No era un gran cambio. Sin embargo, los esclavos de procedencia turca o berberisca esperaban que aquel capitán de barba roja se apiadara de ellos dejándolos libres o, al menos, les dieran la posibilidad de formar parte de alguna nave corsa con lo que ellos mismos se podrían pagar su libertad. Oruch oteó el horizonte. La segunda galera se veía más cerca, pero todavía no se distinguían las personas a bordo. Tenían tiempo, pero no mucho. Se dirigió a sus hombres. —Encadenad a los prisioneros en nuestra galeota —dijo—. Haced que se quiten la ropa. Si alguien se resiste, matadlo. A continuación, se encaró con los remeros. Les habló primero en turco, la lengua del imperio, y al ver que pocos le entendían, usó la ‘lengua franca’ de Argel, una mezcla de italiano, castellano, francés y portugués. Éste era no solamente el idioma de los negocios —en ella traficaban los judíos, los sefardíes y los moriscos expulsados de España—, sino también de los esclavos, que procedían de esos cuatro países, es decir la tercera parte de la población. Esta vez su petición obtuvo una respuesta inmediata, veinte brazos se levantaron al unísono. —Bien —dijo Barbarroja—, os pondremos en libertad, pero tenéis que luchar por ella. Vuestra primera tarea será ‘pescar’ a los que están pataleando en el agua y ponerlos en vuestros bancos… Un rugido de alegría acogió sus palabras interrumpiéndole. Barbarroja levantó los brazos para pedir calma. —Tenemos que darnos prisa —dijo—. La segunda galera se acerca por momentos. Todos los ojos se volvieron hacia la nave que se aproximaba con viento a favor. —Luego —continuó Barbarroja—, rematad a los heridos, bajad los muertos a la bodega y limpiad las cubiertas de sangre. Hizo una seña al cómitre para que comenzara la tarea de liberar los grilletes. —Date prisa —dijo. Oruch Barbarroja contempló con ojo crítico cómo se cumplían sus órdenes, incluso con más celo de lo esperado. Un par de remeros recién liberados, subió de las bodegas con un montón de grilletes al hombro y una larga cadena. —Harán falta —dijeron a modo de explicación, dejando caer su carga sobre cubierta. Oruch asintió. —Bien pensado —dijo. Según pasaban los minutos, crecía el nerviosismo de todos. Muy pronto los tripulantes de la nave que se acercaba podrían ver que algo raro sucedía a bordo de ésta. De hecho, ya podrían distinguir que había una pequeña galeota junto a la pontificia y que ésta estaba parada. Barbarroja confiaba que las conclusiones que sacaran serían completamente opuestas a lo sucedido. —Vestíos todos con la ropa de los cristianos y ponedles a ellos las vuestras —gritó— y cargad los mosquetes. Hizo una seña a uno de los renegados italianos para que le siguiera y se dirigió a la escotilla. El cuerpo del capitán se hallaba donde lo había dejado, completamente inmóvil, mientras el marinero herido en el vientre trataba de retener con las dos manos los intestinos que se salían por la enorme raja. Movía la boca sin que de ella saliera sonido alguno. Barbarroja le dio la espalda con indiferencia y se agachó para registrar los bolsillos del capitán. No tardó en dar con lo que buscaba, un manojo de llaves entre las que estaría la de la puerta del polvorín. Sin duda, allí se almacenarían tanto las armas como la pólvora, las balas y las mechas. Mientras probaba las llaves señaló el cadáver al hombre que le había acompañado. —Desnúdale —dijo—, y ponte su ropa. La puerta se abrió con un chirrido. No era mucha la luz que se filtraba por la escotilla, pero en cuanto sus ojos se acostumbraron a la penumbra, Oruch pudo contemplar el botín: diez barriles de pólvora, un centenar de bolas de hierro para las culebrinas, veinte arcabuces, otras tantas ballestas y un sinfín de espadas, alfanjes y picas. Cuando subieron a cubierta cargados de armas, Barbarroja contempló satisfecho cómo aquello parecía una colmena de abejas. Mientras unos hombres baldeaban la cubierta, otros encadenaban a los cristianos, bien en la pequeña galeota bien en los bancos vacíos de la galera y otros distribuían las armas. En el agua, un bote recogía a toda prisa, y sin muchos miramientos, los hombres que nadando con desesperación todavía se afanaban por alejarse del barco. Oruch volvió la vista a la segunda galera. Ya se distinguían las figuras, aunque todavía de un modo un poco vago. Trató de ponerse en la piel del capitán que estaría esforzando la vista para ver qué pasaba a bordo de esta nave. ¿Qué pensaría de los movimientos que, sin duda, percibirían? Era de suponer que pensaran que la nave grande, por alguna causa, iba a remolcar a la pequeña a puerto. En cualquier caso, no parecía que el capitán lo tomara por algo preocupante, pues no se veían movimientos de marineros que indicaran ninguna preparación para una batalla. Lo que más le preocupaba a Barbarroja eran las cuatro culebrinas que asomaban por la borda. Bien era verdad que también ellos las tenían en el barco recién capturado, pero pocos de sus hombres sabían manejar un cañón, al menos, de una manera eficaz. Los corsos habían sacrificado el poder ofensivo de los pesados cañones por la rapidez de sus galeotas. Éstas estaban preparadas para volar sobre el mar, no para sostener combates navales. Todos sus esfuerzos se centraban más en la limpieza y enceramiento de las quillas que en practicar con cañones y culebrinas. Antes de cada salida, todos los instrumentos de trabajo debían hallarse en perfecto grado de mantenimiento y puesta a punto. La obsesión por la velocidad llegaba hasta un extremo increíble. En todo navío corsario cualquier función estaba subordinada a la agilidad de maniobra y a la ligereza. Las galeotas rara vez llevaban más que un falconete en proa y otro en popa. Concebidas de esa manera, resultaban naves muy vulnerables, que entregaban todo el peso del ataque a la acometida fugaz, antes de que el barco enemigo se dispusiera siquiera a la defensa. —¡Todos a sus puestos! —gritó Oruch— ¡Mechas encendidas! Preparados para el abordaje.
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