CAPÍTULO 1 DEL LIBRO DE EDWARD ROSSET "FAVELAS"
| Favelas 1 El motor del pequeño avión tosió un par de veces pero inmediatamente recuperó el ronroneo que mantenía desde que había despegado de Brasilia. El piloto torció el gesto. —Tendré que hacer revisar el motor —dijo. La mujer que viajaba con él miró por la ventanilla de la avioneta Cessna sin mostrar preocupación. Era joven, apenas veinticinco o veintiséis años. Su cabello tenía el color del trigo y era ondulado. Al ser muy largo lo había recogido por comodidad en un moño sujeto con horquillas. Tenía un rostro ancho, con pómulos altos, y sus profundos ojos presentaban una mezcla de verde con chispas doradas, de forma que su efecto cromático cambiaba según la luz. Sus dientes eran blancos y perfectamente alineados. Marissa estaba muy orgullosa de ellos y los exhibía a menudo en una agradable sonrisa que hacía las delicias de su marido. Un inmenso océano verde que parecía no tener fin, se extendía hasta donde llegaba la vista por debajo de la pequeña avioneta. Las caprichosas hebras plateadas que formaban los largos ríos amazónicos serpenteaban perezosamente entre un verdor exuberante. Marissa levantó la mirada hacia el piloto. —¿Algún problema, Paul? El piloto volvió la cabeza hacia su mujer. Era un hombre de unos treinta y cinco años, de aspecto atlético, pelo rojizo, heredado de sus abuelos irlandeses. Tenía ojos marrones, inteligentes y frente ancha, prominente. En los pómulos exhibía algunas pecas oscuras. —Espero que no —dijo con una sonrisa—, porque si nos falla el motor tendríamos que vivir como Tarzán y Jane durante mucho tiempo. Marissa le devolvió la sonrisa. —No me importaría vivir con los monos, pero lo que no me hace tanta gracia son las anacondas y los cocodrilos. —Y no te olvides de los mosquitos —rió Paul—. Ésos son los que, verdaderamente, pueden hacerte la vida imposible. —Espero que lleguemos a Rio, sin novedad —suspiró Marissa—. Después de un viaje interminable desde Filadelfia sería una faena que nos falle el motor cuando estamos a tiro de piedra del final del viaje. Paul echó una rápida mirada atrás. Allá, acurrucado en un asiento, hecho expresamente para él, dormía plácidamente un niño de cuatro años. Tenía una mata de pelo rojo, como su padre, y sus rasgos eran regulares. También había heredado de su progenitor los ojos castaños y las pecas en una nariz respingona que le daba un aire gracioso. El motor volvió a toser. Esta vez, a Paul se le borró la sonrisa de los labios. Un motor que empieza a fallar a quinientos kilómetros de la civilización no era como para tomárselo a broma. Por primera vez desde que salieron de casa Paul se arrepintió de haber decidido hacer un viaje tan largo en su avioneta. Cuando se lo había propuesto a Marissa, a ella le había parecido una aventura maravillosa aquello de cruzar medio continente con paradas cada mil kilómetros. Era una forma de aprovechar el viaje de negocios de su marido para tomarse unas vacaciones y visitar diversos países en el camino... Al fin y al cabo, el periódico para el que trabajaba le debía unas vacaciones. Y, de todas formas, aprovecharía el viaje para sacar fotos y tomar notas para futuros artículos... La última parada, en Brasilia, había sido espectacular. La capital administrativa de aquel inmenso país, con sus grandes edificios, parques y avenidas, era digna de verse. Marissa se había quedado alucinada con la increíble catedral metropolitana, en forma de corona; el puente Juscelino Kubitschek con sus tres grandes arcos zigzagueantes; sus grandes edificios: Bancos, Antena de televisión, el “Eixao”, el Congreso, el Palacio de Planalto y tantas otras maravillas... —No todo es deslumbrante en este país —le había advertido Paul—. En contrapartida de estas maravillas, existe un mundo sumergido tan real como éste, en todas las grandes ciudades como Rio de Janeiro y Sao Paolo. —¿Las favelas? Él había asentido. —Las favelas. También son increíbles, pero al revés. El espíritu de periodista se había despertado en Marissa. —Me gustaría hacer un reportaje sobre ellas ya que estoy aquí. Él había sacudido la cabeza. —Estamos de vacaciones, ¿recuerdas? —Yo estoy de vacaciones, tú no. Paul había ido a estar con sus proveedores en una convención anual que celebraba el sector del mueble. —Bueno, sólo serán tres días. Ella asintió sonriente. —Pues aprovecharé esos tres días para husmear en las favelas. —¡Ni se te ocurra! —había dicho él, poniéndose serio—. Las favelas son muy peligrosas, y más para una mujer y un niño de cuatro años. Ni siquiera la policía se atreve a adentrarse en ellas. —¡Cuéntame cómo son! Paul sintió un escalofrío al recordar. —Son barrios marginales que afloran en los vertederos de basura. Esas gentes se construyen pequeñas chabolas con materiales de desecho, formando verdaderas ciudades, sin agua, sin electricidad, sin saneamientos..., viven entre ratas y perros salvajes en unas condiciones de salubridad que han hecho que reaparezcan enfermedades como el cólera, la fiebre amarilla, el paludismo... que parecían ya erradicadas. Y, por otro lado, los roedores e insectos transmiten enfermedades infecciosas como el tifus, la salmonelosis, la peste, la rabia y el dengue. Paul hizo una pausa mirando a su mujer de reojo para ver qué efecto causaban sus palabras. Luego continuó. —Estas pobres gentes escarban en un mar de desechos para encontrar algo que vender y conseguir unas monedas. Así, la basura de unos se convierte en fuente de subsistencia de otros. Se alimentan de los restos de comida de los que viven en la opulencia, y se visten con los harapos que los ricos tiran a la basura. De los vertederos a las favelas se ven riadas de niños descalzos, sucios y harapientos cargando con bolsas llenas de latas, botellas y papeles que han recogido para reciclarlos. De vez en cuando se les ve inhalando pegamento para evadirse de su suerte. Volvió la cabeza instintivamente como para asegurarse que su hijo seguía allí. —Y me temo —añadió— que la violencia y el sexo son cosas rutinarias a las que nadie da importancia. Según las estadísticas, en Latinoamérica unas 300.000 personas viven de la recolección de basura... Le interrumpió el motor del Cessna que volvió a carraspear. El aparato perdió un poco de altura, pero no tardó en recuperarla. Paul apretó los labios. Cogió el micro de la radio y llamó a la torre de control aéreo de Rio. Marissa no dijo nada pero le contempló con rostro preocupado. —Bravo Alpha Whisky 125 a Torre de control, adelante. Al cabo de un momento, una voz respondió a la llamada. —Torre de control de Rio a Bravo Alpha Whisky 125, adelante. —Tenemos posibles problemas en el motor. —¿Qué clase de avión? —Cessna 208. —Deme sus coordenadas, velocidad y altura. Paul le facilitó lo que pedía, añadiendo el tiempo de llegada. —ETA 5,25 p.m. —dijo. El hombre respondió. —Tomo nota de que su ETA es a las 17.25..., repito, su avión llegará dentro de cuarenta minutos, hora local. Mantendremos abierto el canal de emergencias. Tome nota de la frecuencia. Marissa ya tenía en la mano un block y un bolígrafo. Cuando Paul vio que su esposa ya lo había anotado, asintió. —Lo tenemos —dijo—. Cambio a esa frecuencia. —De acuerdo, corto. Sin embargo, Paul no tuvo tiempo de cambiar el dial de la radio. Con un ronco gruñido, el motor se paró, y el pequeño aeroplano pareció quedarse unos segundos flotando en el aire. De repente, perdió sustentación y empezó a bajar rápidamente, planeando. —¡Vamos a estrellarnos! —gritó Paul. Marissa sabía lo que tenía que hacer. Se desabrochó el cinturón y besó a su marido. —¡Te quiero Paul! —dijo con una extraña calma. Sin volver la cabeza para observar las copas de los árboles que se acercaban por momentos, la mujer se introdujo por entre los dos asientos y cogió a su hijo en brazos. El pequeño se despertó, asustado. —¿...pasa, mamá? —Nada, hijo. Tranquilo. Vamos a dormir un poco... Marissa se echó en el suelo con el cuerpo estirado detrás de los dos asientos y colocó al pequeño contra su pecho. De esa forma, ella serviría de colchón cuando el avión chocara, y el niño tendría más posibilidades de sobrevivir. No hubo tiempo para más. Con un escalofriante crujido, la avioneta se precipitó contra los árboles. Un grupo de monos se escapó aullando. |