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CAPÍTULO 1 DEL LIBRO DE EDWARD ROSSET “¡EMIGRANTES!”

 

 

 

                                     ¡E M I G R A N T E S !

 

 

                                            Capítulo 1

 

La carretera polvorienta se extendía a todo lo que abarcaba la vista.

El viejo, destartalado camión avanzaba dando tumbos en los innumerable baches que parecían constituir una parte integral de ella.

Laura paseó su mirada, una vez más, por la veintena de pasajeros con quienes compartía asiento, polvo y un interminable traqueteo que parecía que tarde o temprano iba a acabar con todos sus huesos.

Nadie hablaba. Todos parecían estar sumidos en un profundo sopor, con los ojos entornados.

No le era difícil a la joven adivinar sus pensamientos. Quien más quien menos, todos estarían repasando los motivos que les habían impulsado a dar el paso que acababan de dar. Muchos pensarían en la vida que dejaban atrás en Nigeria y tratarían de adivinar cómo sería la que les esperaba en Europa…, ¡si es que llegaban allá algún día…!

Laura no pudo evitar el preguntarse qué clase de historias podría contar aquella gente. Todos aquellos, hombres y mujeres que llenaban el desvencijado camión dejaban atrás a familiares y amigos; abandonaban una forma de vida que, seguramente, no podrían volver a tener nunca más; un país que les vio nacer y unas costumbres que sólo anecdóticamente enseñarían algún día a sus hijos.

También ella tenía una historia…

Por enésima vez repasó en su mente los años felices de su infancia, su alegre juventud, y, por fin, los acontecimientos de los últimos meses…

¡Si no hubiera sido por aquel estúpido accidente…!

¡Si aquel borracho no hubiera atropellado a su madre…!

Pero de qué servía lamentarse del pasado. Su madre ya no volvería a abrazarla, ni acunarla como si todavía fuera una niña…

Se secó furtivamente, una lágrima que pugnaba por salir de sus ojos y volvió a mirar a su alrededor.

Todo seguía igual que la última vez, quizá los rostros más fatigados…, la mirada más perdida…, más polvo en la cabina… ¡Aquel maldito polvo parecía meterse por todo; entre sus ropas…, en su garganta…

Laura dirigió una mirada a su bolsa de viaje, entre sus pies. En ella, entre las pocas pertenencias que había cogido, había una botella en la que todavía quedaba agua, pero decidió aguantar la sed. No quería quedarse sin nada que beber antes de llegar a la próxima parada.

¡La próxima parada!, ¿cuántas veces se había detenido el ronroneo de aquel motor que parecía tener una tisis galopante?, un ronroneo que se metía en los nervios y que parecía la iba a volver loca… Y, sin embargo, del que dependían todos ellos.

¿Que pasaría si, de repente, el camión se averiara?

Laura había memorizado la ruta sahariana que seguían, y era francamente, desoladora. Las mafias que se dedicaban al transporte de emigrantes, lógicamente, elegían los caminos menos frecuentados, especialmente cuando se trataba de cruzar fronteras. Y la que les había introducido en Malí, a través de Níger, era de las más desoladoras, apenas una pista que cruzaba el desierto.

La pregunta volvió a surgir en su mente.

¿Qué pasaría si aquel ronroneo, de repente se parara y el motor se negara a seguir adelante?

No se habían cruzado con nadie en los últimos cinco días. ¿Llevaría un teléfono móvil el conductor? ¿Y si lo llevaba tendría cobertura?

Laura suspiró. Era de esperar que nada sucediera y todos llegaran sanos y salvos, primero a Argelia, luego, a Marruecos…, después a Ceuta…, y por fin, a España…, y una vez en la península…

Laura no quiso seguir soñando. Estaba todo tan lejano… Su madre le había hablado mucho de la familia de su padre. Eran del País Vasco, tierra lejana de la que sólo se oían atentados terroristas. Él era médico…, pertenecía a una ONG. Ella, por entonces, era monja enfermera, en una misión, cerca de Lagos.

El amor pasional había podido más que el hábito y se había quedado embarazada. Él volvió a España y ella tuvo una niña. Dada a elegir entre dar a la niña en adopción y seguir de monja, había elegido en dejar la vida consagrada a Dios y cuidar de su pequeña.

Afortunadamente, dentro de lo malo, el padre de Laura se había portado bien y había mandado una cantidad mensual para el cuidado de su hija… hasta que ésta cumplió los dieciocho años.

Justo en el mismo mes en el que su madre había muerto en aquel trágico accidente. Nadie supo quién le había atropellado. El coche se subió a la acera, pero no paró y desapareció en la oscuridad.

Habría que esperar a ver lo que la suerte le deparara una vez en España. No le importaría mucho vivir en aquel país. El clima era cálido, como en Nigeria.

Trataría de conseguir un trabajo digno en alguna ciudad importante. Sus conocimientos de inglés y francés, sin duda le ayudarían. Sería una buena secretaria…, mientras estudiaba medicina.

De repente, algo interrumpió el hilo de sus pensamientos. Era…, mejor dicho, no era… ¡el ruido!, ¡el motor!, se había parado.

Dirigió la mirada a la cabina, pero poco podía ver, pues el toldo polvoriento les tenía aislados. Seguramente habrían llegado a algún río o pozo de agua.

Los pasajeros esperaron pacientemente a que el conductor les dijera que bajaran, pero después de un rato, algunos de los hombres se impacientaron y saltaron al polvoriento sendero para indagar.

No se tardaron en oír voces, cada vez más altas y cada vez más indignadas.

Laura escuchó alarmada.

—¡No he pagado tres mil dólares para quedarme aquí tirado en medio del desierto!

La voz del conductor llegaba apenas perceptible desde el interior del motor donde el hombre tenía metida la cabeza.

—… no es mi culpa…

—¿Hasta cuándo vamos a tener que esperar aquí?

—… ayuda con el móvil…

—¿Y qué nos van a mandar?, ¿otro camión desde Nigeria?, ¿tendremos que esperar aquí diez días a que llegue?

—… arreglaré…

—¿Y si no puedes arreglarlo?, ¿qué va a ser de nosotros?

Laura cerró los ojos y suspiró profundamente. Así que lo que temía había ocurrido. Aquel viejo trasto había tenido una avería. Ahora dependían de la pericia del conductor como mecánico o de alguna ayuda externa. Mientras tanto, tendrían que sobrevivir con el agua que tenían…

Uno tras otro, los pasajeros saltaron del camión.

Laura miró a su alrededor. El paisaje no podía ser más desolador. Nada había a la vista…, nada que no fuera, polvo, piedras y arena.

—Dios mío —exclamó una mujer—. ¿Qué será de nosotros?

Laura la miró. Era joven, de rasgos agradables, de la etnia haussa, idioma en el que había hablado. Laura la sonrió y contestó en la misma lengua.

—No te preocupes —dijo—. Saldremos de ésta.

Todos se agolparon alrededor del conductor que seguía hurgando en el motor. De vez en cuando dejaba escapar una maldición, que correspondía a algún quemazo con la culata del motor caliente, o a algún golpe al escapársele la llave inglesa. A su alrededor el murmullo de voces subía de tono.

—¿Tenemos algún mecánico aquí? —preguntó, por fin, el sudoroso conductor.

Al ver que nadie respondía, el conductor dijo en voz alta.

—Se ha quemado la junta de la culata.

—¿Y eso es grave? —preguntó Laura.

El improvisado mecánico se apartó el horno en que se había convertido el motor.

—Puede serlo si no conseguimos otra.

—¿Quiere eso decir que no podemos movernos hasta que vengan a ayudarnos? —clamó uno de los pasajeros.

El conductor se secó las manos tiznadas de grasa con un trapo.

—Me temo que así es. Llamaré pidiendo la pieza.

—Que la manden por helicóptero —exigió un pasajero.

El conductor le miró de arriba a abajo.

—Me temo que a nuestra asociación no le llega para tanto —dijo secamente—. Si quieres pedir uno al ejército…

Nadie se sentía con humor para responder al sarcasmo del chófer. Abriéndose paso, el hombre abrió la cabina y sacó un móvil de entre un montón de objetos que parecían sacados de la chatarra.

Todo el mundo le rodeó expectante mientras el hombre marcaba un número.

Y, aunque no podían oír la voz al otro lado de la línea, no era difícil de adivinar lo que ocurría, a juzgar por la expresión de su rostro.

—¡No hay cobertura! —exclamó malhumorado—. ¡No hay jodida cobertura!

Se hizo un silencio sepulcral.

—¿No hay nadie más que tenga un móvil? —preguntó Laura.

Tres hombres sacaron el suyo.

—Marquen este número —dijo el chófer enseñándoles un papel—. A ver si tienen más suerte.

Pero no la tuvieron. Uno de ellos se había quedado sin batería y los otros dos recibieron la misma respuesta que el conductor, silencio.

Y silencio fue también lo que se produjo entre los emigrantes, un silencio cargado de miedos y de temores.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó alguien, por fin.

—Primero hace falta saber dónde estamos —dijo otra voz.

—A la altura de Gao —contestó el conductor—. Vamos por una senda que corre paralela a la carretera entre Níger y Gao.

—¿A qué distancia?

—Unos cien kilómetros.

—Una senda muy poco frecuentada —comentó Laura —. Apenas hemos visto a nadie en varios días.

El hombre asintió.

—Es muy poco transitada. Por eso la usamos nosotros.

—¿Y nunca le ha ocurrido nada parecido? —preguntó Laura mirando fijamente al conductor.

—Muchas veces hay averías en estos viajes, pero siempre se solucionan.

—¿Cómo? —preguntó Laura con sarcasmo—. ¿Atando las piezas con cuerdas?

—A veces sí —contestó el hombre seriamente.

Varias voces se alzaron airadas.

—¿¡Y ahora qué hacemos!?

—¡Hemos pagado el viaje hasta Marruecos, queremos ir allí!

El conductor se volvió airado.

—Yo también quiero ir allí, señores. Tengan paciencia y déjenme pensar…

—¡Que nos devuelvan el dinero!

—¡Son unos estafadores!

—¡Menudo cacharro!, ¡ya sabía yo que no iríamos muy lejos…!

Laura observó pensativa la escena. Igual que los demás, ella también había pagado tres mil dólares por este viaje, un dinero que significaba todo lo que su madre había ahorrado para ella. Si ahora se quedaba sin él…, no quería ni pensarlo.

Sin embargo, más importante que el dinero, en aquel momento era su vida, la vida de todos ellos corría un peligro inminente.

Se dirigió al chofer.

—Su organización —le dijo—. ¿Cuándo tenía que contactar con ellos?

—No tenía ningún momento en particular.

—¿No va alguien controlando su viaje y asegurándose de que todo va bien?

El hombre se encogió de hombros.

—Lo único de lo que se preocupan es de cobrar. Una vez tienen el dinero en el bolsillo, le dicen a este viejo conductor. “Mobutu, vete a Marruecos con esta gente”.

Laura hizo un gesto impaciente.

—¿Y qué dice Mobutu?

—Mobotu dice: págame.

—¿Y le pagan y hasta la vuelta?

—Más o menos.

Laura se quedó pensativa mientras a su alrededor arreciaban las protestas.

—Alguna sugerencia —dijo por fin.

El conductor parecía incómodo que una mujer le hiciera tantas preguntas. Sin embargo, la mirada que le dirigían los demás emigrantes le hizo olvidar ese detalle.

—Hay dos soluciones —dijo—. La primera es quedarnos aquí hasta que pase alguien, camión o nómadas en camello.

—¿Y la otra? —preguntó Laura.

—Marchar en línea recta hacia Gao.

—¿Cien kilómetros?

—Más o menos.

—Una caminata de cinco o seis días…

—En el mejor de los casos —asintió el conductor.

La joven se volvió a los pasajeros que se quedaron mirando a aquella joven de tez pálida y ojos negros penetrantes.

—Ya han oído las alternativas —dijo—. ¿Alguna otra sugerencia?

—Volvernos atrás, andando —dijo alguien.

El chofer sacudió la cabeza.

—Llevamos más de doce horas en territorio de Malí —dijo—. En todo ese tiempo no hemos visto un solo poblado.

—Es decir, el sitio más cercano es Gao, a cien kilómetros hacia el oeste. ¿Y si seguimos la senda?, ¿cuál sería el siguiente poblado?

El hombre produjo un viejo mapa y señaló un punto al norte del país.

—Taoudenni —dijo—. A más de quinientos kilómetros.

—¿Y en el medio, no hay nada?, ¿absolutamente nada?

—Nada. Algún pozo de agua visitado por nómadas de vez en cuando. El más cercano, donde pensaba parar yo para pasar la noche, a doscientos kilómetros.

Se hizo un silencio incómodo. A nadie se le ocultaba que la posición en que se encontraban era sumamente delicada.

Por fin alguien se ofreció.

—Yo estoy dispuesto a ir andando a Gao. ¿Quién me acompaña?

Resultaba evidente que todos los emigrantes sopesaban en su mentes cuáles eran las mejores posibilidades de sobrevivir. Quedarse allí, esperando a que pasara alguien, o andar cien kilómetros cruzando el desierto.

Cuatro hombres decidieron ir con él. Todos eran delgados, enjutos, de la etnia ibo. Hablaban entre sí un dialecto que Laura no conocía. Si alguien podía llegar a su destino serían ellos, acostumbrados a recorrer grandes distancias en su nativa región de Biafra.

El conductor les dio el mapa de la región.

—Decid a las autoridades que estamos aquí —dijo trazando una cruz en el mapa— Y que no tarden. Hay seis mujeres entre nosotros, una de ellas encinta.

Laura miró a las mujeres. Ninguna de ellas parecía estar embarazada. Volvió la mirada inquisitiva hacia el chofer.

—Siempre surte efecto —dijo éste encogiéndose de hombros—. A todo el mundo le da pena una mujer encinta.

El chofer se volvió al primer hombre que se había ofrecido a viajar.

—Tratad de conseguir una junta de culata para un Chevrolet de tres toneladas del año 1980.

—Bien —se limitó a decir el hombre.

Los cinco hombres que habían decidido marchar no perdieron tiempo. Cogieron sus escasas pertenencias, bolsas y maletas, donde llevaban toda el agua y la comida que tenían, y se pusieron en camino hacia el oeste sin dirigir una mirada atrás.

 

 

 

José Aguilar miró hacia atrás desde la proa de la pequeña embarcación. A lo lejos centelleaban todavía las luces de Matanzas, más a la derecha, a sesenta kilómetros, se adivinaban, más que se veían, las de La Habana.

Los ojos de los tres jóvenes que manejaban el pequeño y destartalado velero, estaban fijos en la tierra que les había visto nacer.

—¡Adiós Cuba! —musitó Antonio Rodriguez—. ¡Adiós para siempre!

—Siempre es mucho tiempo —dijo Luis Cárdenas—. Yo algún día volveré y me hospedaré en el Hilton. Haré que me sirvan un enorme refresco de Coca Cola con ginebra, mientras estoy tumbado en una hamaca junto a la piscina, tal como yo he tenido que hacerlo los últimos dos años.

—Tendrá que llover mucho para entonces —rió Antonio—. ¿Cuánto tiempo crees que te llevará hacerte rico en Miami?

—Pongamos cinco años.

—Pero también tendrás que esperar a que Fidel Castro ya no exista.

—Ese hombre está hecho un guiñapo. Cualquier día la diña.

—Eso te lo crees tú —exclamó José desde la proa—. Castro es indestructible. Ha sobrevivido a una docena de presidentes norteamericanos y ha salido con vida de un montón de atentados contra su vida. Dicen que está protegido por no sé qué ente celestial.

—Más bien, diría yo, que ese ente es del campo contrario —masculló Luis.

—En el fondo es un buen tipo —bromeó José—. ¿En qué otro país podrías haber terminado tu carrera de economista sin pagar un peso?

—Sí, para dedicarme luego a servir cubatas a los turistas europeos por un sueldo que no me llega para vivir —dijo Luis.

—Piensa que ahora esos estudios te vendrán muy bien en los Estados Unidos.

—Esa es la idea —asintió Luis—. ¿Y tú, qué piensas hacer?, ¿seguir acarreando carcasas de vacas en el mercado a las cinco de la mañana?

—Pues, creo que de momento sería una buena salida, mientras hago el quinto de medicina.

—¿Vas a especializarte en algo? —preguntó Antonio.

—Me gustaría ser naturópata.

—¡Naturópata!, ¿quieres decir, curar a la gente con hierbas?

—Algo así.

—Pues el acarrear a hombros toneladas de carne mientras te alimentas de verduras no deja de ser paradójico.

José se encogió de hombros.

—No son sólo verduras de lo que debe alimentarse una persona, pero, bueno, creo que por ahí van los tiros.

—Deja las hierbas y verduras para las vacas —dijo Antonio— A mí dame un buen bistec en cualquier momento.

—Como los que servías en el restaurante de tu tío.

—Sí, pero sólo a los que podían pagarlos.

—Claro, los de siempre, los asquerosos turistas —dijo Luis con un rictus de amargura—. Primero se zampan los tíos, una cena pantagruélica que alimentaría a una docena de cubanos durante dos días, y luego se follan a una niña de diez años por un jodido puñado de pesos.

Antonio asintió.

—Y nosotros poniéndoles buena cara. ¡Me da náuseas, esa gente!

José fijó la mirada en las tintineantes luces que se iban quedando atrás, paulatinamente. También quedaban atrás viejos fantasmas.

—Ya está amaneciendo —dijo—. Desde hace seis horas todo eso ya es historia, pertenece al pasado.

—Y lo que hagamos en los Estados Unidos al futuro —filosofó Antonio.

—El presente es lo que cuenta, ¿no? —dijo Luis cambiando de amura la pequeña vela—. ¿Os habéis fijado que el viento está rolando Este?

—¿Y eso que quiere decir? —inquirió Antonio.

—Pues que está soplando de otra dirección —explicó José—. Ya no sopla del Sur como hasta ahora.

Antonio torció el gesto, con preocupación.

—¡La puta leche!, ¿y tanto tiempo esperando a que soplara el viento favorable, para esto?, ¿pero no decíais que tendríamos viento de popa toda la travesía?

—Eso decían los partes meteorológicos —dijo José—, pero, por lo visto, estaban equivocados.

—¡A ver si terminamos en Honduras! —masculló Antonio.

—¡No seríamos los primeros! —dijo José—. ¿Recordáis aquello cincos tíos, en marzo del año pasado?

—Oí la historia —dijo Luis—. Cinco balseros llegaron a la isla de Roatán. Era una lancha de motor, propiedad del gobierno cubano. Desde Roatán les llevaron a Honduras.

—¿Y qué fue de ellos?

—Les retuvieron unas semanas. Después les dejaron en libertad.

José oteó el horizonte inquieto. La noche era oscura, las nubes tapaban completamente cualquier luz que pudiera venir de la luna o las estrellas. Un viento fresco había empezado a levantar olas que hacían que la pequeña embarcación se bamboleara como un corcho.

—Mientras no terminemos todos en el fondo del mar… —dijo Antonio entre dientes.

Sus dos jóvenes compañeros no respondieron, pero en la mente de todos y cada uno de ellos revivían los cientos de historias que habían oído relatar a lo largo de toda su vida en la isla.

Los denominados “balseros cubanos” representaban una de las mayores tragedias del continente en los últimos cincuenta años. Desde mediados de los años 50 y durante veinte años, los cubanos que llegaban a Florida habían sido recibidos con los brazos abiertos por las autoridades estadounidenses. Era una manera de mostrar al mundo que el comunismo no funcionaba, pero una vez que el fantasma del comunismo fue gradualmente desapareciendo, los Estados Unidos no veían ya ningún provecho en rescatar a tantos balseros, y empezaron a devolverlos a la isla. Primero los llevaban a Gantánamo, y desde allí los entregaban a Castro.

Pero esas historias eran de los que sobrevivían. Muchos, muchísimos otros, desaparecían en el mar y nunca más se sabía de ellos.

—¿Cuántos días creéis que tardaremos? —preguntó Antonio, de repente.

José le miró sorprendido.

—¡Otra vez!, ¡hemos hablado sobre este tema un millón de veces!

—Decían una semana, ¿no? —insistió Antonio con voz un tanto insegura.

—Con vientos alíseos tardaríamos sólo cuatro días. —dijo José—. Si cambia el viento…, no lo sé. Todo dependerá de la dirección y de la intensidad con que sople.

—Podría devolvernos a Cuba —dijo Luis.

—Podría —asintió José.

—¿Y para cuantos días tenemos agua y comida?

José hizo un gesto de irritación.

—Mira, Antonio —dijo—. Llevamos meses planeando este asunto. Hemos vendido todo los que teníamos para comprar esta cachucha con vela por ochocientos dólares…, hemos comprado alimentos…, hemos aprendido a manejar la vela…, más o menos… Todo esto durante los últimos tres meses, y ¿ahora saltas con que no sabes cuánto tiempo nos durarán los víveres?

—¿Diez días?

José asintió.

—Eso es lo que calculamos, racionándolos.

Luis señaló la pequeña despensa construida debajo del asiento de popa. En ella había tres botellones de agua, uno para cada uno; seis holgazas de pan casero endurecido para que aguantar más y envuelto en plásticos para mantenerlos secos, un recipiente de dulce de coco, que habían comprado a precio de oro, una bolsa de leche en polvo; un kilo de aguacates, otro tanto de ciruelas, una docena de mangos, puré de papas con calabaza que había hecho la tía de José antes de salir, y media docena de tortas de maíz.

—Tendremos que tener mucho cuidado para que no entre agua —dijo—. Y por lo que veo, eso va a ser muy difícil.

Efectivamente, las ondulaciones parecían ser cada vez más profundas según pasaban las horas.

Otra de las preocupaciones de José era la “brújula”, si es que tal se le podía llamar a aquel engendro. Consistía en un pedazo de madera que el viejo Pedro había clavado en la proa del bote, con una varilla de metal al lado derecho. En el lado izquierdo estaba grabada la letra N, por, noche, pero que, en realidad, quería decir atardecer; luego estaba la M, por, mediodía, y otra “m” minúscula, por, mañana o amanecer. Según sus instrucciones, mientras la sombra de la varilla estuviera entre esos puntos la embarcación seguiría rumbo Norte-Noreste.

Para la navegación nocturna, el viejo Pedro había tratado de darles un curso acelerado en cómo guiarse por las estrellas, pero a José, al menos, le costaba mucho diferenciar entre la Osa Mayor de la Menor, y si el cielo estaba cubierto, como ocurría en ese momento, la cosa todavía era peor. Así que la embarcación avanzaba completamente a ciegas, dando tumbos en zigzag, con los jóvenes turnándose cada hora en el timón.

La luz del día no trajo consigo mucho alivio a la situación. El sol estaba oculto por gruesas capas de nubes grises que amenazaban una fuerte tormenta tropical y el viento soplaba cada vez más racheado del Este. En esta situación la “brújula”, acoplada burdamente en la proa, no servía absolutamente para nada.

—¿Alguna idea sobre el rumbo, chicos? —preguntó Luis, que iba al timón.

Los otros dos se miraron.

—Lo único que se me ocurre —dijo José—, es que mantengamos el viento a la derecha. Así iremos hacia el Norte, al menos, si sigue soplando del Este.

—Tengo hambre —dijo Antonio—. Comamos algo.

José asintió, dirigiéndose hacia la popa. Abrió la despensa y repartió una torta de maíz y un par de ciruelas a cada uno

—Masticad todo bien —sugirió—. Quizá tengamos que estar bastante tiempo en el mar.

—Deberíamos intentar pescar algo —dijo Luis—. Al fin y al cabo, para eso hemos traído el sedal.

José movió la cabeza negativamente.

—Se acerca una tormenta. No creo que sea el mejor momento para pescar.

—Acaso tenemos suerte y pasa de largo —masculló Luis atisbando el firmamento.

—¡Ojalá! —respondió Luis—. Al Este parece que las nubes han desaparecido. Se ve un gran trozo de cielo azul.

Increíblemente, tal como habían aparecido durante la noche, las nubes desaparecieron a media tarde. La tormenta tropical había pasado de largo apenas tocándoles de refilón. El cielo gris oscuro dio, casi repentinamente, paso a un azul intenso.

La sombra de la varilla de proa caía sobre la M.

—Vamos bien —suspiró aliviado José—. Ahora sí que podemos pescar.

El joven sacó el sedal de la despensa, cogió un gusano de un frasco cerrado y lo puso en el anzuelo. Mientras dejaba caer el hilo por la borda sus pensamientos volvieron a La Habana, a aquella ocasión en que también había estado pescando en el malecón del puerto. Aquel día Maite había estado ayudándole con los aparejos de pescar. ¡Maite! ¡Qué guapa era!, ¡aquella cabellera negra, enmarañada, azotada por el viento!, ¡aquellos ojazos negros!, ¡aquel tipazo tan impresionante…! Durante casi dos años, José se había considerado el hombre más afortunado del mundo. Habían disfrutado el uno del otro. Se habían amado apasionadamente en las cálidas noches, sobre las doradas arenas de las playas.

Los dos habían sido felices hasta que empezaron a hacer proyectos para su futuro. ¡Proyectos!, ¡futuro!

Entonces se dieron plena cuenta de la realidad.

¡No había futuro en Cuba!

¡No se podían hacer proyectos!

Él había comenzado su cuarto año de medicina. Pero el sistema médico, único en el mundo, el gran orgullo de los cubanos había comenzado a decaer. Escaseaban las medicinas y los equipos. La tasa de mortalidad aumentaba de día en día. No había penicilina en las farmacias, ni otros medicamentos importantes. Los hospitales presentaban escasez en muchas de las cosas más esenciales, incluso en el detergente con el que se lavaban las sábanas. Los medicamentos suministrados en los hospitales, así como los aparatos, jabón, papel higiénico, habían dejado de ser de origen cubano. Ahora eran donaciones de ONGs europeas y norteamericanas.

Los médicos de Varadero usaban jeringas con tinte para poder escribir, mientras que los alumnos de las escuelas tomaban agua con azúcar, en vez de leche.

En la capital la situación era dramática. Apenas había qué comer, ni qué vestir. Debido a la escasez de combustible habían dejado de funcionar las guaguas (autobuses). Si alguien tenía que trasladarse fuera de la ciudad, tenía que caminar hacia las afueras y esperar que un camionero le levantase. No había tiendas de ropa, las góndolas del mercado estaban vacías. La gente criaba chanchos en las bajeras, bajo llave para que no se los robaran. Sólo eran rescatables la educación y la atención médica, aunque no había dinero para útiles ni para anestesias.

Y, curiosamente, todos los jóvenes seguían siendo adoctrinados en la idea que Fidel era un gran comandante y una buena persona a la que había que respetar. Sin embargo, no podían hacer comentarios de ningún tipo político ya que siempre había alguien escuchando y abundaban los chivateos para obtener algún beneficio personal.

Cada familia recibía mensualmente un poco de arroz, algo de sal y azúcar, frijoles, un pocillo de café, chicharro (legumbres) y un jabón cada ocho meses.

En cuanto a los medios de comunicación, había dos canales de televisión que transmitían —cuando no se cortaba la luz—, desde las seis de la tarde hasta las once de la noche. El programa consistía en dibujos animados, telenovelas y un noticiero que aportaba poco. Sólo se alteraba la programación en ocasión del algún mundial de fútbol o similar.

En la calle se vendían dos diarios del partido gobernante: Juventud Rebelde y Granma Trabajadores, pero leyéndolos, uno no se enteraba de nada.

Con aquel telón de fondo no era de extrañar que ocurriera lo que tenía que ocurrir.

Algo que cambiaría la vida de José para siempre.

Cuando permitieron comprar con dólares en las diplotiendas y abrieron los shoppings, empezaron a aparecer misteriosamente diversos objetos en casa de los viejos de Maite; un día un televisor, otro día dos ventiladores, otro una batidora. Ella empezó a lucir unas pitusas que alborotaban a todos los hombres del barrio.

Estaba bastante claro de dónde venía todo aquello.

Un día José decidió seguir a Maite y a Marisela, que era una niña de dieciséis años con fama de alocada. Los dos chicas fueron a La Rampa, y desde la misma esquina del Habana Libre, empezaron a sonsacar a los turistas.

¡Estaban jineteando!

José, furioso, les armó un escándalo allá mismo a las dos, pero lo único que consiguió fue que le llevaran arrestado.

Le echaron una descarga de madre, pero los policías entendieron la cosa y, bajo promesa de no acercarse a ella, le soltaron.

¡Aquello había sido el fin de su gran amor, del gran romance de su juventud!

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la picada de un pez.

—¡Creo que has cogido uno! —gritó Luis.

José asintió, volviendo a la realidad.

—Sí —dijo—, habrá que tener mucho cuidado para que no se escape.

Aquella noche comieron pescado crudo.

¡Fue durante la mañana del tercer día cuando lo vieron!

—¡Eh! —exclamó Luis—, ¿no es eso un barco?

Todas las miradas se dirigieron hacia el lugar adonde apuntaba el joven economista.

Efectivamente, a lo lejos se percibía claramente la proa de un barco, que, si bien, no se dirigía directamente hacia ellos, pronto les verían.

José se precipitó hacia el pequeño mástil.

—Ayudadme a bajar la vela —dijo— De prisa. Si nos ven, estamos perdidos.

Tal como habían acordado de antemano si se producía aquel evento, los tres jóvenes bajaron la vela y se tumbaron en el suelo de la embarcación.

—Es blanco y tiene rayas rojas —masculló José—. No hay duda de que es un guardacostas norteamericano.

Todos sabían lo que les había ocurrido a los hermanos Jiménez no hacía mucho tiempo.

Eran dos hermanos, se metieron en un bote con sus mujeres e hijos, casi sin agua ni comida y al cabo de varios días vieron un barco blanco con rayas rojas. Muy contentos, les hicieron señas. El barco fue hacia ellos. Era un guardacostas norteamericano. Los llevaron a Guantánamo, la base militar estadounidense en Cuba. Los americanos, los muy hipócritas, les trataron bien, les dieron ropa, comida, refrescos e incluso dulces para los niños.

Les hicieron unas entrevistas que, a juzgar por las preguntas, pensaron que eran para darles asilo. Les preguntaron por qué querían ir a Estados Unidos, qué familiares tenían allá, qué estudios habían cursado, dónde vivían en Cuba y muchas preguntas más.

Una semana más tarde los entregaron, sin más explicaciones, al Ministerio del Interior cubano, junto con todos los papeles de los interrogatorios durante la famosa entrevista. Eso había ocurrido hacía un año. Oficialmente, el gobierno cubano les comunicó que no podían trabajar en ninguna dependencia del estado, por haber tratado de salir ilegalmente del país. Tampoco les permitieron trabajar por cuenta propia y ni siquiera vender frituras de maíz. La mujer de Quico Jiménez vendió unas pocas a un par de vecinas y una de ellas lo chivateó al comité y la llevaron arrestada.

Tan pronto como Quico llegó, la soltaron, pero el responsable del partido le dijo advirtió que él y su hermano debían pedir dólares a sus parientes en Miami, para dárselos a él si no querían acabar todos en la cárcel.

—¡Parece que pasa de largo! —dijo Luis asomando la cabeza por la borda.

—¡Menos mal! —exclamó José aliviado—. No quisiera terminar en Guantámano.

El vivir como refugiado en Guantánamo era otra de las alternativas posibles para los balseros capturados. En la inmensa base americana de la isla, habían instalado los estadounidenses a treinta mil haitianos y cubanos en una zona desértica, aislada de la inmensa base. Allí vivían en carpas provisionales.

Al principio, los refugiados consideraban una bendición haber llegado allí y contar con atención médica, mientras finalizaban el ayuno que habían comenzado en el mar. Pero no pasaba mucho tiempo antes de que se empezaran a hartar. Su único pasatiempo era jugar a cartas durante largas horas del día, comer insípidas raciones de arroz con legumbres y mirar al mar mientras se contaban mutuamente, la historia de su vida. Todo aquello, con temperaturas que no bajaban de los treinta y cinco grados durante el día.

Y hacía unos meses la cosa había empeorado. A algún brillante ejecutivo del gobierno estadounidense se le había ocurrido la idea de llevar a la base de Guantánamo a los prisioneros talibanes, supervivientes de la guerra de Afganistán, y, según decían, los tenían atados con cadenas como a perros…