Capítulo 1Diana abrió los ojos sobresaltada y con un movimiento brusco los fijó en el despertador. La esfera luminosa mostraba nítidamente los números fluorescentes en la oscuridad: 4:30. ¡Era raro que no hubiera oído llegar a Julia…! A su lado, su marido dormía profundamente. Con gesto nervioso, tiró a un lado la ropa de la cama y puso los pies en el suelo. Una repentina sensación de pánico le hizo despertarse por completo. Descalza, se apresuró a lo largo del pasillo hasta el cuarto de su hija. La puerta estaba cerrada. Giró el pomo y la entreabrió, atisbando por la apertura con la respiración agitada. ¡La cama estaba intacta! Nerviosa, encendió la luz, esperando, en un estado de profunda ansiedad, que la bombilla produjera un milagro y, que, al mirar otra vez, viera a su hija durmiendo plácidamente en su cama. ¡Pero no hubo milagro! Durante varios segundos, Diana no reaccionó. Su mente se negaba a aceptar lo que sus ojos le transmitían. ¡Julia debía estar en la cama! ¡Y, sin embargo, no estaba! Diana trató de auto convencerse de que la joven volvería de un momento a otro. Pero una voz interna le repetía que algo le había ocurrido a su hija. Su hora de volver a casa los sábados era medianoche. Un agudo pinchazo en el estómago le hizo sentarse en la butaca, respirando afanosamente. Contempló, con una mirada perdida, la cama intacta. Sobre el edredón que ella misma le había regalado para su cumpleaños, yacía el osito de peluche favorito de la niña. La voz de su marido la sobresaltó. —¿Qué pasa, Diana? —¡Julia no está en la cama! —Diana oyó su propia voz, como si fuera otra persona la que hablaba. —¡Por todos los santos! ¡Cómo que no está, si son las cuatro y media…! Diana acurrucada en la butaca levantó unos ojos atemorizados hacia su marido. —¡Algo le ha pasado a la niña, Juan! —dijo—. Hay… hay que llamar a la Ertzaintza. Juan se adentró en la vacía habitación, como si él mismo quisiera convencerse de que su hija no estaba escondida en algún rincón. —No podemos llamar a la Ertzaintza un sábado a las cuatro de la madrugada, cuando las calles están a rebosar de jóvenes que hacen gaupasa. —Pero, nuestra hija nunca vuelve a casa los sábados más tarde de medianoche. —Yo lo sé, y tú lo sabes, pero los ertzainas no. Lo único que nos dirán es que no pueden hacer nada hasta mañana, por lo menos. Diana se retorció las manos nerviosa. —No podemos esperar. Tenemos que hacer algo. —Llamaremos a alguna de sus amigas. ¿Con quién salió ayer noche?, ¿con Ana? —Sí. Julia me dijo que iba a salir con ella y que se juntarían con una cuadrilla del instituto. —¿Sabes el teléfono? —Está anotado en el directorio. Juan marcó el número, y con el aparato inalámbrico volvió a la habitación de su hija donde Diana no apartaba los ojos de la cama. El teléfono sonó durante un buen rato hasta que una voz adormilada respondió al otro lado de la línea. —¡Diga…! —Hola, buenas noches. ¿Es la madre de Ana? —preguntó Juan. —Sí… —Mira, soy el padre de Julia… Perdona que os moleste a estas horas, pero estamos preocupados porque la niña no ha vuelto todavía. Queríamos saber si Ana ha ido a casa. —Sí. Está durmiendo. —¿A qué hora volvió? —Pues, a las doce, como siempre. Juan sintió que las piernas le temblaban. —¿Puedes…, puedes preguntarle qué sabe de Julia? —La despertaré. Juan empezaba a ponerse nervioso. Sentía la boca seca y el corazón le latía violentamente. Fijó la mirada en la ventana para no tener que encontrarse con los ojos angustiados de su mujer. Pero, fue ella la que se dirigió a él. —¿Qué dice? —Va…, va a despertar a Ana. —Y… y ¿a qué hora volvió? —A las doce. Diana se echó a llorar, nerviosa. —¡Algo le ha ocurrido! ¡Oh, Dios mío! En ese momento, la voz de la joven se oyó apagada, al otro lado del teléfono. —Hola, soy Ana. —Ana —dijo Juan—. ¿Qué sabes de Julia? —Nada. ¿No ha ido a casa? —No. ¿Dónde os separasteis? —Pues a la altura del puente de Gros. Yo crucé el río hacia la calle Miracruz y ella siguió por los Fueros para coger la calle Prim. —¿A qué hora? —Estaban dando en ese momento las campanadas de las doce. —¿Iba sola? —Sí. —¿No quedaría con algún chico? La voz de la niña sonaba apenas audible en el auricular. —No. Estuvimos con un grupo de chicos y chicas en la Parte Vieja, pero no nos separamos en ningún momento. Además, quedamos en vernos a las diez de la mañana para ir a ver jugar a unos chicos un partido en la Concha. Juan no sabía qué más preguntar. Estaba claro que Julia tenía que haber vuelto a las doce de la noche y algo se lo había impedido. Quizá le había atropellado un coche… —Gracias, Ana —dijo—. Llámanos si sabes algo. Diana le miró angustiada. —¿Qué dice Ana? Juan movió la cabeza negativamente. —No sabe nada. Se separaron en el puente a las doce en punto. Ella se fue hacia su casa y Julia vino hacia aquí. La mujer se secó unas manos húmedas de sudor en la bata. —¡Llama a la Ertzaintza! —dijo—. ¡Date prisa! —Voy a llamar a Urgencias, primero —dijo Juan, levantando el auricular. No tardó en contestar una voz femenina. —Urgencias, dígame… —Perdone —dijo Juan con nerviosismo—. Pero mi hija no ha vuelto a casa y pensamos que quizá haya podido tener algún accidente… —¿Nombre? —Julia Aguirre. —¿Qué edad tiene su hija? —preguntó la voz. —Quince años… y es pelirroja. —No —contestó la enfermera—. No ha habido ningún ingreso de esas características esta noche. Llamen al Hospital Provincial, a la Cruz Roja o a la policía municipal, quizá ellos sepan algo. —¿Me da los teléfonos, por favor. —Sí, anote. Juan tomó nota de los números. —Gracias —dijo, colgando el teléfono. Marcó los tres números, pero el resultado fue igualmente negativo. Juan se volvió hacia su mujer que había estado escuchando con ansiedad. —Voy a llamar a la Ertzaintza. —¡Sí. Date prisa…! Juan marcó el 112 y casi inmediatamente le respondió la voz del agente de guardia. —S.O.S. Deiak, dígame. —Póngame con la Ertzaintza. Un segundo más tarde le respondió una voz. —Ertzaintza, dígame. El angustiado padre trató de humedecerse los labios. —Es…, es mi hija. Ha desaparecido. —¿Qué edad tiene? —Quince años. —¿A qué hora debería haber vuelto a casa? —A las doce. El ertzaina no pareció tomar el asunto muy en serio. —¿Se da usted cuenta que en este momento hay en la Parte Vieja cientos de jóvenes que no volverán a casa hasta que se haga de día? Una rabia sorda, mezclada con un profundo nerviosismo, se apoderó de Juan. —No me importa lo que hagan los demás jóvenes —bramó—. Yo sólo sé que mi hija tenía que estar en casa a las doce, y son ya casi las cinco de la madrugada y no está aquí. —¿Han llamado a sus amigas? —Sí. Una de sus amigas se despidió de ella a las doce en punto en el puente de Gros. Las dos se dirigieron a sus casas. El agente de guardia pareció cobrar un cierto interés por la denuncia. —¿Dónde viven ustedes? —En San Sebastián, calle Prim 61, 4º izquierda. —¿Sus nombres? —Juan Aguirre y Diana Jones. —¿Nombre de su hija? —Julia —¿Descripción? —Pelirroja, uno setenta y dos de altura. —¿Cómo iba vestida? Juan miró a su mujer. —¿Te acuerdas lo que llevaba puesto? Diana asintió como una autómata sin apartar los ojos de la cama vacía de su hija. Describió las ropas de su hija tal como aparecían ante sus ojos en ese momento. —Pantalones ceñidos, blancos; blusa estampada y jersey marrón claro. Al hombro llevaba un bolso pequeño de cuero negro y calzaba zapatos negros sin tacón. —¿Su teléfono? Después de anotar el número, el agente le tranquilizó. —Dentro de un rato una patrulla irá a visitarles. Quizá tenga más preguntas que hacerles. Pero les aconsejo que, mientras tanto, descansen un poco… —¡Cómo diablos quiere que descansemos cuando nuestra hija ha desaparecido…! —interrumpió Juan. El agente no se alteró. —Le aseguro que haremos todo lo posible por encontrarla. Pero, por otro lado, les puedo adelantar para su tranquilidad, que todos los sábados recibimos media docena de llamadas como la suya, y las chiquillas siempre aparecen al amanecer. —¡Pero yo conozco a mi hija y sé que ella no es capaz de hacer nada así! —Quizá éste no sea su caso —dijo el ertzaina—, pero, se quedaría usted sorprendido de cómo las jóvenes se hacen mayores y… —¡Mi hija, no…! —Juan apretó rabioso el botón y la comunicación quedó interrumpida. Diana levantó unos ojos húmedos hacia su esposo. —¿Qué dicen? —Mandarán un coche patrulla dentro de un rato, pero el tío ése insiste que todos los sábados hay casos como éste y que casi siempre aparecen las chicas sanas y salvas. Ella negó con la cabeza. —Julia no —dijo con un hilito de voz—. Julia no… Es una buena chica. Ella no nos haría una cosa así… Algo le ha pasado… Juan intentó consolarla tratando de encontrar alguna respuesta, pero no pudo hallar nada que le pareciera plausible. —Se habrá encontrado con algún conocido y se habrán entretenido… Lo que se oía decir a sí mismo sonaba tan poco convincente que Juan movió la cabeza con desesperación. Él conocía perfectamente a su hija. Diana tenía razón. La niña no era como las demás. Increíblemente responsable, jamás les había dado el menor disgusto. Más bien, todo lo contrario. Su paso por los colegios y el instituto estaba lleno de alabanzas de los profesores. Sus boletines estaban plagados de matrículas de honor. Algo o alguien le había impedido llegar a su casa. Juan sintió un escalofrío al pensar en que alguien pudiera estar abusando sexualmente de la niña. ¿Por qué trance estaría pasando su hija en ese momento? Por su mente pasaron los famosos crímenes de Alcacer; las tres niñas violadas y asesinadas brutalmente… La jovencita asesinada en Mijas ... No hacía mucho habían encontrado el cuerpo de otra niña en Archanda, Bilbao… La niña que había desaparecido en Salou y luego la encontraron… Sacudió la cabeza para quitarse de la mente tan siniestros pensamientos. De repente, se incorporó, incapaz de soportar por más tiempo aquella inactividad. —Iré a dar una vuelta por los alrededores. Preguntaré en los bares. Miraré en el río… Diana sufrió un estremecimiento al oír las palabras de su marido. Blanca como el papel se imaginó el cuerpo de su niña flotando en el Urumea. —¿Y… y si vienen los ertzainas? —balbuceó. —Me llevaré el móvil. Llámame en cuanto lleguen. Juan cogió una zamarra e, ignorando el ascensor, bajó las escaleras mientras conectaba el móvil. Tecleó el PIN y se lo metió en el bolsillo. En primer lugar, se acercó a la calle Reyes Católicos, donde la mayoría de los bares de la zona estaban ya cerrados. A pesar de que eran ya las cinco y media de la madrugada, todavía había jóvenes sentados en las aceras, bebiendo litronas de cerveza y mezclas de Coca-Cola o Pepsi con ginebra. Un par de vómitos recientes indicaban que alguien no había sido capaz de aguantar aquellas mezclas explosivas. Preguntó a varios si habían visto a una joven pelirroja. Todos ellos negaron con la cabeza con indiferencia. Juan volvió a la calle Prim y, mientras miraba en rincones y portales, se dirigió a paso rápido, hacia el Puente de Sta. Catalina, que unía el centro de la ciudad con el barrio de Gros. Según Ana, éste era el sitio donde las dos chicas se habían separado. Una vez allí, siguió el Paseo de los Fueros, caminando junto al pretil del Urumea. La marea debía estar alta porque las ondas de la marea se reflejaban a un par de metros del borde. Con el corazón en un puño, Juan atisbó las negras aguas que reflejaban caprichosamente las luces de las farolas. Tenía miedo de ver algún bulto que pudiera convertirse en un cuerpo…, el cuerpo de su hija. Al tiempo que avanzaba con paso ligero, casi a la carrera, miraba también, a lo ancho del paseo, entre los árboles y arbustos. No tardó en llegar a la altura de su casa. Podía, incluso, ver la luz de la habitación de Julia. Diana no parecía que se hubiera movido del cuarto de su hija. Sintió, repentinamente, una profunda ansiedad por su mujer. Julia era para ella la niña de su ojo, la razón de su existencia. Si se la quitaban, no sobreviviría. Los problemas de depresión, que tenía actualmente, terminarían con ella. Estaba Jorge, claro, pero éste era dos años mayor, y se había independizado en cierta manera al entrar en la Universidad de Deusto. Cuando llegaba al puente nuevo, que unía Amara con el colegio de Mundaiz, oyó sonar el móvil. —¿Sí? —dijo. —Están aquí. —Ahora mismo voy. Juan guardó el pequeño aparato en el cinturón y se dirigió a su casa, corriendo. Apenas habían transcurrido tres minutos cuando llegó al portal. Jadeando, abrió la puerta y llamó al ascensor. Mientras subía al cuarto piso trató de recobrar un tanto su agitada respiración. Entró en el piso y se dirigió al salón. Los dos ertzainas, vestidos con sus gruesos jerseys rojos y pantalones azules, estaban sentados, uno en el sofá, junto a Diana, y el otro en un sillón con un libro de notas en las rodillas. Ambos se había quitado la txapela. —Kaixo —saludó Juan. —Egun on —respondió uno de ellos. Juan arrojó la zamarra en una silla y se sentó al borde del otro sillón, apoyando los codos en las rodillas. —Preguntábamos a su esposa datos sobre su hija y de ustedes mismos —dijo uno de los ertzainas— Tenemos ya los nombres y queríamos obtener más datos. Usted es Juan Aguirre, ¿verdad? —Sí. —Me dice su esposa que ya han llamado a Urgencias y a la policía municipal. —Así es. —Y no hay nada… —No. —¿De dónde es usted, Sr. Aguirre? —De aquí, de Donosti. —¿A qué se dedica? —Soy administrador de fincas. —¿Dirección y teléfono de su negocio? Cuando terminó de tomar nota, el agente se volvió hacia Diana. —¿Y usted, señora? Diana respiró profundamente e hizo un esfuerzo para responder. La palidez de su rostro indicaba claramente el infierno por el que estaba pasando. —Déjalo, darling —interrumpió Juan—. Yo les daré los datos. Se volvió hacia el Ertzaintza que estaba tomando nota. —Es inglesa, nació en Reading, no muy lejos de Londres. —¿Nombre? —Diana Jones. —¿Trabajo? —Es profesora de inglés en el colegio de San Bartolomé. —¿Otros hijos, aparte de Julia? —Sí, Jorge. Ha empezado este año en la Universidad de Deusto. Hace empresariales. —¿Dónde está, en este momento? —En Bilbao. —¿Con quién estaba su hija en el momento de la desaparición?, o, mejor dicho, ¿quién la vio por última vez? —Salió con su amiga Ana López. Según dice ella, se despidieron en el puente de Gros. Ana lo cruzó para ir a su casa, en la calle Miracruz, y Julia siguió por el río hacia el puente de la Estación. Es de suponer que desde ahí se metería en la Plaza de Bilbao y cogería ya la calle Prim. —¿A qué hora era eso? —A las doce en punto. —Déme, por favor, la dirección y teléfono de esta Ana. Juan se la dio y el agente la apuntó en su block. —¿A qué hora tenía Julia por costumbre volver a casa? —Los sábados a las doce. El agente meneó la cabeza. —No muchas jóvenes hacen eso hoy en día. —Lo acabo de ver ahí fuera —asintió Juan señalando vagamente hacia la calle—. Pero nuestra hija es muy responsable. Os aseguro que si no ha vuelto es porque algo le ha ocurrido. El ertzaina asintió. —Es muy posible que así sea —dijo—. No obstante, todos los sábados tenemos casos como éste y siempre aparecen al final. —Eso me ha dicho vuestro compañero, por teléfono —dijo Juan—. Pero vuelvo a insistir que Julia no es así. —Bueno —dijo el otro agente que había permanecido callado hasta entonces—, por eso, hemos venido, pero, de todas formas, poco podemos hacer hasta que hayan pasado veinticuatro horas. —¡Veinticuatro horas! —dijo Diana angustiada—. ¡No pueden esperar veinticuatro horas! ¡Alguien tiene a mi hija y estará abusando de ella…! —en tono de voz que rayaba la histeria, añadió—. ¡Por favor!, ¡hagan algo!, ¡encuentren a mi hijita antes de que la maten! Los dos agentes se levantaron y se pusieron la txapela. —Trate de calmarse, señora —dijo el que llevaba la voz cantante—. Haremos lo que podamos. Diana rompió en sollozos, cubriéndose la cara con las manos. —¡My God! —interrumpió—. ¡Por favor! ¡Encuéntrenla…! Juan se acercó a ella, y sentándose en el brazo del sillón, la atrajo hacia sí. —Tranquila, darling, la encontrarán. No te preocupes. —Daremos aviso a todos los coches patrulla de la Ertzaina y de la policía municipal —dijo uno de los Ertzaintzas—. Es todo lo que podemos hacer, por el momento. —Y, por favor —dijo el otro—, si aparece, llámennos inmediatamente —Claro —asintió Juan como un autómata. Juan se quedó mirando durante algunos segundos a los ertzainas que bajaban ágilmente por las escaleras. Después, lentamente, como si el hacerlo le costara un gran esfuerzo, cerró la puerta tras sí con un suave clic. El angustiado padre se dio cuenta, de repente, que un silencio sepulcral había caído sobre la casa, un silencio que pesaba como una losa y que sólo se veía roto por el lejano y apagado rumor del tráfico. Durante algún tiempo, Juan permaneció apoyado en la puerta con los ojos cerrados, esperando oír, en cualquier momento, las pisadas de su hija al otro lado de la puerta. Pero, a sus oídos sólo llegaba el tic tac del reloj, un tic tac monótono, impasible, que desgranaba los segundos de forma impersonal. Lentamente, con un gran esfuerzo, Juan se dirigió al salón. Allí se encontraba Diana, con la cara todavía entre las manos, sollozando quedamente. —¡My God!, ¡my God! Juan se dejó caer a su lado. Cogió una de sus manos y la retuvo entre las suyas. La mano estaba fría y sudorosa; algo característico en Diana cuando atravesaba momentos de gran estrés. Quiso decir algo, pero no se le ocurría nada apropiado. Se mordió los labios y miró al reloj. Las cinco y veinte. Los ertzainas habían estado con ellos casi media hora. La voz de su mujer, llegó a sus oídos, apagada e intercalada en sollozos. —¿What are we going to do? Qué… qué vamos a hacer, Juan?, ¿qué podemos hacer…? Juan respiró profundamente y se humedeció los labios antes de contestar. —No lo sé, Diana. No lo sé —dijo—. Yo voy a salir otra vez, pero me temo que es como dar palos de ciego. —Voy contigo. —Alguien se tiene que quedar aquí por si llama la Ertzaintza con algo nuevo… —dijo Juan poniéndose en pie. Diana asintió de mala gana. —Llama…, llama a tus padres —dijo—. Tu padre puede ayudarte a buscar. Juan asintió. —Es buena idea —dijo—, y le diré a mi madre que venga aquí para que no estés sola. Juan volvió a coger el teléfono y marcó el número. No tardó en contestar una voz soñolienta. —¡Dígame…! —Papá —dijo Juan—, siento llamarte a estas horas, pero Julia no ha vuelto a casa… —¿¡Qué…!? —la voz pareció despertarse de repente—. ¡Son las cinco y media de la madrugada! ¿Habéis llamado a Urgencias? —Sí —contestó Juan—, y a la Policía Municipal y a la Ertzaintza. Los ertzainas ya han estado aquí. Han prometido buscarla, pero parece ser que hasta que no pasen veinticuatro horas no lo toman muy en serio. Yo voy a dar una vuelta por la Parte Vieja. —Te acompaño. —Quizá sería mejor si vamos separados. Podríamos cubrir más espacio. —Bien —dijo la voz—. Iré por el Paseo Nuevo y la Zurriola. —Dile, por favor, a mamá que venga a estar con Diana. —Ahora mismo la llevo, hijo. Y no te preocupes, no tardará en aparecer la niña. Juan dejó el inalámbrico sobre la mesita. —Ya vienen —dijo—. Yo me voy. Llámame al móvil en cuanto sepas algo. Diana asintió en silencio. Tal como había supuesto Juan, la búsqueda de una joven a las seis de la mañana de un domingo, era como buscar una aguja en un pajar. La Parte Vieja estaba casi tan concurrida como a las seis de la tarde. Grupos de ruidosos jóvenes recorrían sus estrechas calles, recién adoquinadas, y en algunos bares la gente todavía se agolpaba en la barra para tomar la “última copa”. Las primeras luces del alba empezaban a romper a través de unas nubes grises que presagiaban un día, si no lluvioso, al menos nublado. Juan zigzagueó entre la gente mirando en rincones y callejones oscuros. En la plaza de la Constitución había varios jóvenes tumbados bajo los arcos. Comprobó que ninguno de ellos era Julia y siguió hacia el puerto. Registró minuciosamente entre las cajas vacías de pescado, redes de pesca y coches. En el agua, los pequeños barcos pesqueros se mecían suavemente en una marea que estaba ya bajando. A la altura del Aquarium, dos figuras se abrazaban apasionadamente en el asiento trasero de un coche. Poco más allá, había otro coche con otra pareja. ¿Y si Julia estaba con algún chico…? Juan sacudió la cabeza, desechando aquel pensamiento. ¡Ojalá fuera así, pues eso significaría que estaba viva, pero, él sabía que la niña no era así…! ¡La niña!, ¡quince años, casi tan alta como él y todavía todos en casa le llamaban, “la niña”! Echó una última mirada a las furtivas parejas que se arrullaban en los coches y se dirigió de vuelta hacia La Concha. Miró a su reloj. Las siete y media. Pasó por delante del Club Náutico y poco después bajó a la playa por la rampa. Caminó unos pasos por la arena y, enseguida subió por unos escalones al largo pasillo que se alargaba por debajo del paseo de La Concha. Allá estaban situadas las cabinas, protegidas de miradas indiscretas desde arriba. Aquí y allá todavía había pequeños grupos de jóvenes que se resistían a dar por terminada la gaupasa, y, en los rincones, todavía oscuros, algunas parejas se prodigaban las últimas caricias antes de que el alba les pusiera al descubierto. Juan recorrió el pasadizo, escudriñando, todo lo que alcanzaba la vista. Su mirada abarcó la bahía. La marea había bajado mucho y ya era visible una ancha franja de arena. En el medio de la bahía se divisaba una isla, la isla de Santa Clara, a la que tantas veces había llevado a su familia a pasar la tarde de algún domingo veraniego. En ambos extremos del enorme semi círculo que formaba la playa, se levantaban los montes Igueldo y Urgull. El primero, un parque de atracciones, con su característica torre que era como un distintivo propio de la ciudad, y el segundo, la antigua fortaleza que defendió la villa ante los ataques de las tropas napoleónicas. En su punto más alto se levantaba, desde los tiempos de Franco, un gigantesco Corazón de Jesús. San Sebastián —siempre había pensado—, era como Río de Janeiro, en pequeño. Juan levantó la mirada hacia Urgull. En cuanto terminara con la playa subiría a recorrer los innumerables paseos y meandros que atravesaban el monte en todas direcciones. Aunque sabía que haría falta un regimiento de personas para registrar todos sus recovecos y covachas medio ocultas por la maleza. A media mañana sonó su móvil. —¿Sí…? —Juan, ¿dónde estás? —preguntó la voz de su madre. —En el monte Urgull. ¿Hay algo nuevo? —Los ertzainas están aquí. Les pongo contigo. Juan esperó un momento con el aparato pegado al oído. Enseguida oyó una voz. —¿Sr. Aguirre? La voz no pertenecía a ninguno de los dos ertzainas que habían ido a su casa a la madrugada. —Sí, hola —dijo— ¿Saben algo de mi hija? —No. Todavía no hay noticias. Hemos venido para ver si ustedes sabían algo, pero según parece, tampoco saben nada. —No. —¿Dónde está usted ahora? —En el monte Urgull. Hubo un pequeño silencio. —Es una tarea imposible para un hombre sólo… —Lo sé, pero no puedo quedarme en casa con los brazos cruzados —respondió Juan. —Entiendo —dijo la voz—. Si no aparece para mediodía, daremos parte a la televisión local y la prensa. Podríamos organizar la búsqueda con Protección Civil. —Sí… —dijo Juan con la mirada perdida en el azul del mar—, con Protección Civil —repitió mecánicamente. A las dos de la tarde, la televisión local dio la noticia. Una presentadora leyó la nota de la Ertzaintza con una voz que a Juan le sonó un tanto impersonal. —Nos acaba de informar la Ertzaintza —dijo mirando a la cámara—, que una joven donostiarra falta de su domicilio desde la pasada noche. Se trata de Julia Aguirre, de quince años. Es pelirroja y mide uno setenta y dos de estatura. Protección Civil va a llevar a cabo una búsqueda por los montes de los alrededores. En casa de los Aguirre, la sopa hecha por la madre de Juan, se enfriaba en los platos, mientras los cuatro ponían los cinco sentidos en la pantalla. El padre de Juan suspiró. —Menos mal que no han esperado las veinticuatro horas que dijeron… En ese momento sonó el teléfono. Juan lo cogió rápidamente. —Sí, diga… —Aitá, soy Jorge. Acabo de ver en las noticias de la ETB que Julia ha desaparecido… Juan se mordió los labios para controlar las lágrimas. —Sí, hijo, no queríamos decirte nada todavía —dijo—. Esta tarde Protección Civil va a montar una búsqueda por los alrededores… —¡Dios! —dijo la voz—, ¿pero qué ha pasado…? Juan jugueteó con la cuchara en la sopa. —Lo único que sabemos es que ayer noche no vino a casa cuando debía. Su amiga, Ana, la vio por última vez a las doce, las dos se despidieron en el puente de Gros a esa hora. Hubo un silencio. —Cojo el autobús, Aita. Estaré ahí dentro de un par de horas. —Bien, hijo… Espera, Ama quiere hablarte… Una nerviosa Diana cogió el inalámbrico. —Hijo…, Jorge…, es tu hermana —sollozó—, no ha venido… —Tranquila, Ama. Ya verás como aparece. —¿Vas… vas a venir? —Sí, Ama. Estaré ahí a media tarde. Ahora mismo voy a coger el autobús. —Jorge…, hijo…, tus estudios… —la voz de la angustiada madre se quebró— ¡Dios mío…! ¡Mi niña…! Juan cogió el auricular. —Te esperamos, Jorge. Ven cuando puedas. Tu Aitona y yo no estaremos en casa cuando llegues, pues nos uniremos a los grupos de búsqueda. —Bien, Aita, hasta luego. Centenares de voluntarios, pertenecientes a Protección Civil, de todas las edades se reunieron en la plaza de la Constitución. Un mando de la Ertzaintza los dividió en grupos. Cien peinarían el monte Urgull, otros tantos harían lo mismo con el monte Ulía y los demás rastrearían el monte Igueldo. —Mirad bien, sobre todo, en las rocas —recomendó el ertzaina. Juan se dirigió a su padre. —Será mejor que vayamos en grupos diferentes —dijo—.Yo iré con el grupo del monte Urgull. Tú podrías ir con cualquiera de los otros dos. —Iré con los de Ulía —dijo el hombre mayor escuetamente. |