Monja Alférez 1 Catalina de Erauso miró con rencor a la monja recién profesa, Catalina de Aliri, viuda de un acaudalado comerciante donostiarra. Arrodillada en una silla acolchada que había traído al convento para su uso exclusivo, la nueva monja tenía un aspecto impresionante. Alta, dura de carnes y mirada de halcón, ademanes de grandeza... Además, estaba claro que no le caían bien las niñas, la mejilla encendida de la jovencita a causa del bofetón que le había propinado la viuda lo demostraba. Catalina se arrebujó en un rincón de la capilla tratando de conciliarse con el mundo injusto. No sabía qué le dolía más, si la bofetada o el tener que levantarse a las doce de la noche para maitines. A pesar de llevar ingresada en el convento desde los cuatro años, todavía no se había acostumbrado a los interminables rezos que las sometían los rígidos estatutos de las dominicas: maitines a medianoche; a las 3, laudes; a las 6 prima, cuando se daban tres toques de campana; a las 9, tercia; a las 12 era el mediodía, sexta, una campanada; a las 15 nonas, dos campanadas; a las 18, vísperas, tres campanadas; y a las 21 completas, cuatro campanadas. La vida en un convento se componía de largos y tediosos rezos que constituían como una larga escalera hacia el cielo. Catalina, y muchas de las niñas no podían opinar sobre aquello pues eran demasiado jóvenes para poder comparar su rutina diaria con la vida en el exterior de aquellos muros. Además, de hecho, la mayoría de ellas jamás había estado fuera de aquel lugar. Catalina subió ágilmente hasta el coro donde se solían reunir quince jóvenes novicias en la oscuridad del recinto. A la débil luz parpadeante de dos cirios que crepitaban a ambos lados del altar, la joven atisbó a su amiga Susan. Quinceañera, como ella, Susana llevaba ocho años encerrada en aquel presidio del que no tenían esperanza alguna de salir. Su vida entera transcurriría exclusivamente al servicio de Dios. Las dos amigas se sentaron juntas en el suelo. Se cogieron por el brazo y se arrebujaron la una contra la otra. Susana acercó sus labios al oído de su amiga mientras las demás cantaban los maitines. -¿Qué te ha pasado con la viuda? Catalina apretó los labios con rabia. -Me ha pegado una bofetada. -¿Por qué? -Quería que le llevase el reclinatorio a la capilla. -¿Y tú qué le has dicho? -Que se lo llevase ella. Susana abrió los ojos asustada. -Pero..., pero nosotras tenemos que ser obedientes..., si no, no entraremos en el cielo. Catalina miró a su amiga en la oscuridad. Su rostro blanco, ovalado resplandecía débilmente. -Estoy harta de ser obediente. ¿Por qué las mujeres tenemos que ser siempre sumisas? Me gustaría ser hombre, como los curas que vienen a celebrar la misa. A ellos nadie les dice lo que tienen que hacer. Ellos nos confiesan y nos dicen a nosotras lo que está bien y lo que está mal. Yo quiero ser como ellos. Susana miró a su amiga horrorizada de sus palabras. -Te vas a condenar. Las mujeres debemos ser sumisas y obedientes -insistió. Catalina hizo un gesto despectivo. -¿Crees todas esas paparruchas que nos cuentan desde el púlpito?, ¿por qué las mujeres no pueden dar misa? ¿O confesar? Sabes... -dijo entrecerrando los ojos-, me encantaría saber qué dicen las monjas en el confesionario. ¿De qué se confiesan esas brujas? Susana se llevó la mano a la boca para contener una risita. -El otro día me contó una de las novicias mayores que los hombres tienen una especie de colita que se mete por aquí -dijo tocándose entre las piernas-, y que da mucho gusto. Catalina se encogió de hombros en la oscuridad. -Eso ya lo sabía yo. Al parecer así es cómo vienen los niños. -dijo-. Pero yo no quiero tener niños nunca. Tampoco me gustaría que me metieran eso por aquí. En realidad -dijo, pensativamente-, no quisiera que ningún hombre me tocara. A mí lo que me gustaría de verdad es estar así, como estamos ahora..., muy juntitas, en la cama. Susan la miró asustada. -Pero..., pero eso debe de estar mal... será pecado, ¿no? -No lo sé -dijo Catalina-, pero siempre se puede una confesar. Para eso están los curas. Las dos jóvenes permanecieron en silencio, arrimadas, mientras sus compañeras terminaban los cánticos. Cuando llegó la hora de retirarse, Catalina notó de pronto, que la mano de su amiga se introducía debajo del hábito. Fue sólo un segundo, pero aquello le hizo sentir una humedad repentina entre sus piernas, al tiempo que deseaba que aquella mano no se retirara de su entrepierna. Era una sensación que nunca había experimentado antes. La suavidad de aquellos dedos acariciando su pubis había disparado una sensación agobiante que no la dejaba respirar. ¡Tenía que estar con Susana a solas! Sin embargo, sabía que aquello no iba a ser fácil. Todas las novicias dormían en camas separadas, en una larga habitación vigiladas por dos monjas ancianas. Incluso para dormir tenían que tener las manos sobre las mantas. Pero a partir de ese momento, todo fue cuestión de tiempo. Las dos amigas no tardaron en encontrar momentos en los rezos nocturnos en los que sus manos se entrelazaban y sus dedos acariciaban con disimulo los puntos más sensibles de sus cuerpos. Las dos jóvenes se sentían si no felices, al menos satisfechas de dar un poco de felicidad a su compañera. Pero estaba visto, que el destino tenía otros planes para ellas. Unos meses más tarde, Susan enfermó. Al principio no parecía que serían más que unas fiebres pasajeras, pero poco a poco, su estado fue empeorando. Y como si se tratase de un castigo enviado por el cielo, Susana murió antes de cumplir los dieciséis años. Tres curas celebraron las exequias con casullas moradas. La iglesia estaba iluminada con un centenar de grandes cirios. Aquellos enormes velones se encendían sólo en las grandes ocasiones, y la muerte de una novicia a punto de profesar era, sin duda, una gran ocasión. Una tras otra, sus jóvenes compañeras desfilaron ante el cadáver de Susana. Catalina contempló el rostro amarillento de su amiga. Se sentía desolada. Era la única persona en el mundo que la había querido. Ahora se encontraba sola rodeada de personas hostiles, como la arpía, Catalina de Aliri, que con sus aires de gran señora, no hacía más que humillarla en cuanto tenía ocasión. Catalina dejó vagar la mirada por el cuerpo de Susana. Tenía puesto su hábito blanco y entre sus manos entrelazadas habían colocado un pequeño crucifijo de madera. De pronto sintió una rabia sorda contra las monjas, contra el convento y contra la Iglesia. Todo el mundo estaba en su contra, nadie la quería. Decidió que no podía soportar más aquella vida. Estaba decidida a salir de aquellos muros que la ahogaban y buscarse la vida en el mundo exterior. La cara encerada de su amiga parecía animarla a ello. -¡Decídete! -parecía decirle-. La vida fuera no es tan mala como aquí dentro. ¡Respira un aire de libertad! Catalina rumió la idea de escaparse durante varios semanas. Con cada día que pasaba su decisión crecía en su mente. De pronto, se dio cuenta de que ya no podía aguantar por más tiempo el aire emponzoñado de aquella 'prisión'. Quería salir de allí y enfrentarse con la vida. Pero, ¿cómo enfrentarse con la vida vestida de novicia? Tenía que conseguir ropa como la que usaban las gentes afuera. Catalina sabía que no iba a encontrar esa clase de ropa en el convento. Tendría que hacerse un vestido ella misma. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea: ya que tenía que hacerse ropa, ¿por qué no hacerse ropa de hombre? ¿No había deseado siempre ser varón? La oportunidad se presentó la víspera de San José, el 18 de marzo de 1600. Catalina entró en la iglesia a medianoche a maitines. Allí, arrodillada, estaba su tía, la priora del convento, sor Úrsula de Unza y Sagasti. La monja le hizo una seña. -Catalina -susurró buscando en sus bolsillos-. Hazme un favor, ¿quieres? -Sí, Reverenda Madre. -Ve a mi celda y tráeme el breviario. Toma la llave. Catalina asintió al mismo tiempo que su corazón brincaba en su pecho. ¡Aquella podía ser su oportunidad! Sabía que colgando de un clavo en la pared había un manojo de llaves que abrían las puertas del convento. ¡Las puertas de la libertad! Catalina bajó la cabeza como en señal de obediencia, cuando en realidad intentaba disimular el brillo de sus ojos y ocultar los latidos de su corazón que parecían tambores anunciando un pregón. -Sí, Madre -asintió, tomando la llave y disimulando su nerviosismo-, enseguida vuelvo. Retrocedió por el oscuro pasillo, apenas iluminado por un candil de aceite y entró en la celda de su tía. Tal como recordaba, allí estaban colgando junto a un cilicio de delgados aros de hierro, las llaves de todas las puertas del convento. Cogió el breviario que estaba en el reclinatorio y retrocedió hasta la capilla para dar el libro a la priora, dejando la puerta de la celda abierta. -Tomad, Reverenda Madre. Quisiera pediros licencia para retirarme porque me encuentro mal. Su tía le tocó la frente con la mano y le dijo: -Anda, acuéstate, hija mía. Tienes un poco de fiebre. Catalina, salió de la capilla, tomó una luz y fue a la celda de su tía. Una vez allá, segura de que nadie le iba a molestar en los próximos quince minutos, registró la habitación. No tardó en encontrar lo que buscaba: una caja con agujas, tijeras e hilo, además de un par de prendas de vestir: una basquiña de paño azul y un faldellín verde de perpetuán. En un cajón halló varias monedas. Dudó un momento, pero al fin se decidió. Las cogió con la mano y se las metió en el bolsillo. Sabía que aquello era robar, pero no le importaba. Descolgó el manojo de llaves y salió de la celda con una última mirada al cilicio que llevaban muchas monjas de manera voluntaria. Abrió la puerta del refectorio y luego la de la cocina donde cogió un pedazo de pan que había sobrado de la cena. Siguió abriendo puertas hasta llegar a la del jardín. En la noche oscura, los pequeños arbustos se asemejaban a hombres encapuchados que extendían sus brazos para atraparla. Catalina apretó los labios y desechó los miedos. ¡Nadie le iba a hacer daño! Abrió la puerta exterior y con un crujido ésta se abrió. Catalina salió a la calle dejando la llave metida en la cerradura y colgando de ella su escapulario. La joven novicia nunca había visto el exterior y de todas formas, todo estaba oscuro y apenas se divisaban las paredes encaladas de una casa a una cierta distancia. Miró a derecha e izquierda. No sabía qué dirección tomar, se decidió por el camino de la izquierda. Al cabo de una hora dio con un castañar, en el que se internó. Durmió unas horas sobre el musgo verdoso de un grueso tronco, hasta que la tenue luz de un amanecer fresco la despertó. Miró a su alrededor. Estaba completamente sola a excepción de una ardilla que la contemplaba con curiosidad desde la rama de un árbol. Sacó el botín que había escondido en el interior de su hábito y lo contempló. Allí estaban las agujas, el hilo y la tela que necesitaba para convertirse en un joven trotamundos. Afortunadamente, la costura era una de las cosas que se aprendían en un convento de monjas, aparte del latín para seguir la misa. Los siguientes tres días, Catalina los dedicó a trazar, acomodar y cortar la ropa que había traído. De la basquiña de paño azul se hizo unos calzones y del faldellín verde, una ropilla y unas polainas. Se despojó del hábito y lo dejó tirado, por no saber qué hacer con él y se puso la ropa recién confeccionada. Catalina era delgada y nunca había tenido mucho pecho, por lo que no tendría problema para disimularlo. Además, las monjas se habían ocupado de aplastar su anatomía con una ancha franja de tela burda Terminó de comer el último trozo de pan que había cogido en la cocina y se cortó el pelo con la tijera. -Creo que nadie me conocerá ahora -masculló para sí-. Ya he dejado de ser Catalina la novicia. A partir de ahora me llamo Antonio..., eso es... Antonio de Erauso, un joven varón de veinte años. Un poco de barro en las mejillas disimulará mi falta de barba. Ya caían las sombras de la noche cuando el joven Antonio partió en busca de un futuro incierto. Siguió el camino real. Sabía que si lo seguía, tarde o temprano daría con Vitoria que estaba a veinte leguas hacia el sur. Dos días más tarde Catalina entró en Vitoria a pie, cansada y sin haber comido más que hierbas y raíces que había encontrado en el camino. Entró en Vitoria sin saber dónde acogerse. La ciudad tenía unos diez mil habitantes y consistía en una aglomeración de casas construidas según el gusto de sus propietarios. La mayoría eran de madera y de un solo piso. Solamente de vez en cuando había casas sólidas de piedra con un escudo en la fachada y largos alerones que protegían a los caminantes de la lluvia. Las calles, polvorientas o embarradas, según la estación del año, seguían el rumbo caprichoso y zigzagueante que les habían impuesto sus habitantes. Como era habitual, los gremios se habían unido formando barrios o zonas: carpinteros, herreros, albañiles, sastres, serradores, alfareros, curtidores... Catalina caminó entre los vitorianos sin que nadie prestase alguna al joven que deambulaba por las calles sin rumbo fijo. En la plaza mayor se detuvo ante un tenderete en el que un hombre obeso vendía tortas de maíz que llamaban 'talos'. Éstos envolvían unos trozos grasientos de chistorra en el interior. El olor del emparedado hizo que la joven decidiera que era hora de buscar un destino a las monedas que llevaba en una bolsa en la cintura. -Sírvase vuestra merced darme uno de esos -dijo señalando la bandeja que rezumaba grasa. -¿Quieres un talo, chico? -dijo el hombre espantando media docena de moscas-, dame una blanca. Catalina no tenía ni idea del valor de las monedas que llevaba en el bolsillo. Cogió una de plata que tenía una efigie de Felipe IV en un lado y la palabra maravedí en el otro. Se la alargó esperando que con aquello bastara. Al parecer sí bastaba porque el hombre guardó el maravedí y le devolvió otra moneda diferente. Probablemente era lo que llamaban una 'blanca'. Catalina supuso, por lo tanto, que un maravedí equivalía a dos 'blancas'. Cuando el hombre tuvo a salvo la moneda, cogió el talo con la mano, espantó a las moscas de nuevo, y se lo alargó a la joven. -Aquí tienes, chico. Verás cómo te gusta. Los hace mi mujer. Catalina asintió temerosa de hablar demasiado. Todavía no sabía si la gente adivinaría por su voz que era una mujer. Tendría que tratar de hablar con voz gruesa de hombre. Se metió un bocado de talo en la boca y farfulló al tiempo que masticaba. -Está muy bueno... El hombre sonrió satisfecho, ofreciendo su mercancía a otro viandante. -¿Desea un talo vuestra merced? Son los mejores de Vitoria. Los hace mi mujer... Catalina se alejó masticando ruidosamente al tiempo que espantaba las moscas que querían compartir su banquete. Caminó por la calle principal de la ciudad mirando con curiosidad a herreros, orfebres y curtidores ejerciendo sus oficios. ¡Así que..., de esa forma era como se ganaba la gente la vida! Hasta ese día, todos los conocimientos que Catalina tenía los había adquirido de los libros del convento. Ahora, por primera vez en su vida veía con sus propios ojos cómo se herraban los caballos, se engarzaba una joya o se encalaba una pared. Su deambular le llevó al barrio de los curtidores, el más apartado de la ciudad a causa de los malos olores. Allí contempló atónita cómo unos hombres abatanaban el cuero metidos en cubas hasta la cintura en un líquido repugnante. Estaba claro que había formas muy diferentes de ganarse la vida. Catalina consideró la posibilidad de trabajar en aquel oficio que probablemente poca gente quería. Se acercó a unas mujeres que limpiaban unas pieles de pelos, grasa y suciedad y señaló a los hombres en las cubas. -¿Cuánto pagan por hacer ese trabajo? -preguntó. Una de las mujeres, de carnes prietas y pechos exuberantes, rió. -¿Te gustaría hacerlo tú? -Bueno, sí -dijo Catalina titubeante. La mujer se volvió a sus compañeras. -¿Qué os parece el jovencito?, ¿le explico un poco cómo es el trabajo? Una de las otras mujeres dejó oír una risita que recordó a Catalina el cacareo de las gallinas del convento cuando iban a poner un huevo. -Venga -dijo la mujer-, díselo al niñato. Seguro que sale corriendo. -Pues verás -dijo la mujer con cuerpo de armario y ubres de vaca lechera-, hay que empezar por remojar las pieles durante un día para ablandarlas. Después se golpean y restregan para quitar los pelos, grasa y suciedad. Luego se introducen en orina para ablandarlas. Así se tienen durante varios meses. Entonces se bañan en una solución salina y se raspan con un cuchillo. Cuando el pelo está completamente eliminado, se ablanda el cuero más todavía, machacando estiércol sobre las pieles o mojándolas en una solución de sesos de animales. Aunque muchos prefieren las mierda de perro para ese fin. Quizá hayas visto a varios niños recogiendo las cagadas... Catalina sintió que su estómago se revelaba y estaba a punto de devolver el talo con la chistorra. -Gracias -dijo-, creo que trataré de encontrar algo más liviano. -¿Te has escapado de casa, chico? -preguntó una mujer dejando escapar una risotada. Catalina no respondió y dio media vuelta. Ahora que sabía de dónde provenía aquel olor nauseabundo, empezó a considerarlo todavía mucho más asqueroso. Se alejó de aquel lugar todo lo de prisa que las piernas le llevaban entre las carcajadas de las mujeres. El resto del día lo pasó contemplando atentamente el trabajo de diferentes gremios, muchos de los cuales, los artesanos ejercían delante mismo de sus casas. En varias ocasiones se ofreció como ayudante, pero en todos los casos, la respuesta fue una mirada indiferente seguida de una sacudida de cabeza. El segundo día el resultado fue muy parecido. Sólo al final de la jornada un orfebre levantó la cabeza, cansino. -¿Por qué no buscas trabajo en alguna casa importante? -¿Casa importante? -Sí, claro. Los señores siempre tienen sitio para otro lacayo, palafrenero o chico de establos. -¿Y sabe vuestra merced de algún caballero así en la ciudad? -Hay muchos -dijo el artesano-, sólo tienes que ver sus casas, pequeños palacetes de piedras y con bonitos jardines. ¿Por qué no pruebas la casa del doctor don Francisco de Cerralta? De pronto, Catalina levantó la cabeza, conocía aquel nombre: el catedrático, doctor en medicina Francisco de Cerralta estaba casado con una prima hermana de su madre. Le pasó por la mente la idea de revelarle quién era, pero si lo hacía sus correrías se verían cortadas en seco. No, no podría revelarle su verdadera identidad. -Gracias -dijo-, vuestra merced ha sido muy amable. Iré ahora mismo para ver si me da trabajo. -Te aconsejo que no vayas a la puerta principal. Llama a la puerta del servicio, está en la parte de atrás. 6