El Franciscano 1 Nada hacía suponer que aquel 12 de agosto de 1713 iba a ser un día diferente a los demás. La llamada Guerra de la Secesión entre Inglaterra, Austria, Holanda y Portugal por un lado y España y Francia por otro estaba llegando a su fin después de trece años de luchas. El tratado de Utrecht acababa de ser firmado por Felipe V cediendo los enclaves de Gibraltar y Menorca que pasaban así a manos inglesas, y las tropas austriacas evacuaban Cataluña. Pero nada de esto preocupaba al cantero Antonio Serra y mucho menos a su mujer, Margarita Ferrer que tenían otras cosas más importantes en mente. Como todos los días, el cantero se acercó a su esposa que todavía estaba en la cama, para despedirse con un beso fugaz en la mejilla. -¿Crees que falta mucho -preguntó. Margarita se acarició el abultado vientre. -No sé -dijo-, no hace nada más darme patadas. No puede tardar mucho. -¿Tienes todo preparado? Margarita asintió con un suspiro. Todos los mañanas, su marido le hacía la misma pregunta. -Ve tranquilo. Todo está listo: la cuna, la ropa, una medalla de la Virgen...; mi madre está aquí y todas las vecinas deseando ayudarme con las dos niñas. No te preocupes, nuestro tercer hijo vendrá al mundo sin problemas. Antonio se retorció las manos, intentando disimular su nerviosismo. -Bueno -farfulló-, pero mándame un aviso cuando sientas los primeros síntomas. -Te mandaré al chico de la vecina, estate tranquilo. Y, de todas formas, poco podéis hacer los hombres. Esto es cosa de mujeres. Antonio asintió. Sabía que lo único que hacían los maridos en el momento crítico era molestar, pero no podía evitar estar nervioso. Por otra parte, la incertidumbre le tenía sobre ascuas. Deseaba con toda el alma que el recién llegado fuese niño. Vendrían bien a la familia unas manos varoniles y fuertes para cuidar de las tierras que tenía que cultivar él después de una larga jornada en la cantera. Antonio ya había decidido el nombre. Se llamaría Miguel. Un nombre sonoro y robusto, como sin duda sería su hijo. Con aquellos pensamientos en la cabeza, se dirigió al trabajo. El chico de la vecina apareció corriendo en la cantera a media mañana. Con la vista, buscó a Antonio Serra. -¡Antonio! -gritó jadeando-. ¡vuestra mujer!, ¡está de parto...! He oído decir que ha roto... -Que ha roto, ¿qué? -No sé, no me acuerdo. Antonio recorrió a la carrera las dos millas que le separaban de su casa. Cuando llegó y entró en la cocina, encontró a Margarita incorporada en la cama, agarrándose el vientre con las dos manos. Su cara estaba crispada por el dolor. Revoloteando por la habitación había media docena de mujeres. La parturienta respiró profundamente cuando la punzada de dolor se pasó. Más relajada tranquilizó a su marido. -Estoy..., estoy bien -aseguró con su rostro cubierto en sudor-, el niño... está a punto de salir... Una de las mujeres se encaró con el padre. -Mejor que vuestra merced espere fuera -farfulló con aire de superioridad-. Ya le avisaremos. A pesar de los síntomas eminentes de parto, el niño tardó todavía varias horas en nacer. De hecho, eran ya casi las doce de la noche cuando, por fin, se oyó un fuerte llanto. Poco después, una de las mujeres salió del dormitorio. Estaba remangada y mostraba las manos cubiertas de sangre. Su rostro estaba resplandeciente de sudor. Se dirigió al ansioso Antonio que paseaba por el vestíbulo hecho un manojo de nervios. -Ya está -dijo-. Vuestra merced tiene un hijo -¡Un hijo! -Antonio se apresuró a entrar en la habitación con la alegría en el semblante. Un candelabro con seis velas iluminaba la escena. La madre tenía al recién nacido en brazos y alrededor de la cama cuatro mujeres se afanaban en ser útiles, aunque lo único que hacían era estorbarse mutuamente. Antonio se abrió paso entre ellas y se acercó a su mujer. El bebé lloraba con una fuerza increíble. -¡Dios mío! -exclamó su padre-, ¡qué pulmones tiene! -¡Por fin tienes el hijo que querías! -musitó Margarita acariciando al bebé con la punta de los dedos-. ¿Contento? Antonio examinó a su hijo. -No parece gran cosa -masculló un poco desilusionado-. ¿No es algo enclenque? -La fuerza muchas veces está en el interior -profetizó la comadrona, secándose las manos con un trapo-. Escuche vuestra merced si no, la potencia de su voz. Es como si estuviera destinado a que ésta se oiga a gran distancia. Nunca había oído a un crío chillar tanto... Antonio se sentó al borde de la cama. -¿Me lo dejas tener un poco? -pidió. Margarita le dio al niño, frunciendo el ceño. -¡Ten cuidado! -dijo-. No se te vaya a caer. El nuevo padre tomó en sus brazos al recién nacido evidenciando escasa destreza. -¡Es mi hijo! -exclamó con orgullo-. ¡Por fin tengo un hijo! -¿Has pensado en algún nombre? -preguntó Margarita. -Me gustaría darle un nombre sonoro como Miguel. -Yo había pensado en José -dijo la madre. -¿Y por qué no Miguel José? -sugirió la comadrona-. Así los dos estarían contentos. Margarita alargó los brazos para recuperar a su hijo. -No está mal -concedió-. De todas formas, habrá que ponerle dos nombres. -Le bautizaremos en la parroquia en cuanto puedas levantarte -declaró Antonio. El pequeño Miguel, que se había mantenido en silencio unos segundos, volvió a prorrumpir en un fuerte llanto como para dar su aprobación. En esos momentos, ajenos a lo que estaba teniendo lugar en la pequeña población isleña de Petra, las cancillerías de media Europa tomaban disposiciones que iban a cambiar la fisonomía de España. Tras una guerra de casi catorce años, por fin, Felipe había sido reconocido como rey legítimo de España por todos los países, con excepción de Austria, que seguía reclamando el trono español. Las reformas que marcarían el reinado más largo de la historia fueron los Decretos de Nueva Planta. Estos Decretos impusieron el modelo jurídico, político y administrativo castellano en los territorios de la antigua Corona de Aragón, que habían tendido a apoyar las pretensiones del candidato austriaco. Sólo las Provincias Vascongadas y Navarra conservaron sus fueros. El Estado se organizó en provincias gobernadas por un Capitán General y una audiencia, que se encargaron de la administración con total lealtad al gobierno de Madrid. Además, para la administración económica se establecieron las Intendencias Provinciales, siguiendo el modelo francés. Para el gobierno central se crearon las secretarías de Estado, con cargos ocupados por funcionarios nombrados por el rey. Felipe V se tuvo que enfrentar a la ruinosa situación económica y financiera del Estado, luchando contra la corrupción y estableciendo nuevos impuestos para hacer más equitativa la carga fiscal. Fomentó la intervención del Estado en la economía, favoreciendo la agricultura y creando las llamadas manufacturas reales. Siguiendo el ejemplo de su abuelo Luis XIV, quien consideraba la cultura y el arte como medios para demostrar la grandeza de un país, Felipe V impulsó el desarrollo cultural y artístico. Así, ordenó la construcción del Palacio Real de la Granja de San Idelfonso, inspirado en el estilo francés. Allí se retiraba a menudo para cazar y recuperarse de su depresión. Su otro gran proyecto artístico fue el Palacio Real de Madrid, que ordenó construir tras el incendio del antiguo Alcázar. Mientras esto ocurría en la capital, en el pequeño pueblo de Petra, de dos mil trescientos habitantes, el joven Miguel José crecía débil y enfermizo lejos de ser el varón fuerte y robusto que habría ilusionado a su padre. Pronto, el jovencísimo Miguel tuvo sus primeros contactos con los franciscanos con los que aprendió a leer y escribir, aprendiendo las Florecillas de San Francisco, de memoria. La orden franciscana llevaba en la isla desde 1281, fecha en la que iniciaron la construcción del convento de San Francisco en Palma, y había tenido figuras de gran relieve como el beato Raimundo Lulio, en el año 1315. Los habitantes de la isla de Mallorca eran profundamente religiosos. Sus ciento cuarenta mil habitantes estaban atendidos por más de quinientos sacerdotes, en trescientas quince iglesias. A ellas había que añadir quince monasterios franciscanos, más once de otras órdenes religiosas, y veinte conventos de monjas. Fray Anastasio Seguer a sus sesenta años, tenía el pelo completamente blanco alrededor de una gran tonsura que le ocupaba la mayor parte de la cabeza. Aquella afeitada parte de su cráneo tenía una marcada continuidad en una generosa nariz rojiza que venteaba con dos orificios peludos. Por debajo de ellos crecía, alborotada, una barba blanca que jamás había sentido los beneficios de un peine. Pero dentro de aquella apariencia desordenada existía una mente despierta y una inteligencia preclara. Hombre observador, no tardó en verter sus conocimientos y su tiempo en aquel pequeño lugareño llamado Miguel José. Había algo en él que había atraído la atención del franciscano. -San Francisco hablaba a los pajaritos -fray Anastasio le contó un día-. Le gustaba pararse en el camino y hablarles. -¿Y los pájaros le respondían? -preguntó el niño con los ojos abiertos. -Claro -dijo fray Anastasio-, a su manera. Desde las ramas de los árboles se dirigían a él con sus trinos. San Francisco les acariciaba y los pajaritos se posaban en sus brazos y hombros. -¿Y qué le decían? -Que le amaban. También le pedían que les diera su bendición. -¿Y San Francisco se la daba? -Por supuesto. Les decía que él también les quería mucho y que Dios estaba con ellos. El niño se quedó pensativo. -A mí también me gustaría hablar con los pájaros..., y con los animales -dijo por fin. Fray Anastasio sonrió. -Pues hazlo. Tú háblales y ellos te contestarán. Mándales mensajes de amor y ellos te responderán con amor. Lo que nunca debes hacer es enviar mensajes de odio o rencor, pues eso será lo que recibas a cambio. El niño se frotó la nariz con el dorso de la mano. No entendía muy bien qué era aquello de rencor y odio. -¿Y eso qué es? -preguntó. Fray Anastasio hizo un gesto con la mano como rechazando la idea. -Olvídate de lo que he dicho. Tú sólo piensa en que te gustaría abrazar y acariciar a todos los animales del mundo, como hacía San Francisco. Aquella noche, el pequeño Miguel José soñó que vivía rodeado de pajaritos que trinaban en sus oídos contándole historias maravillosas. Las ardillas, los conejos y los búhos del bosque también acudían a él para contarle cosas de sus mundos encantados en los que todos vivían felices con sus papás y mamás. Un día, Miguel José, lloroso, acudió a fray Anastasio con un pájaro muerto en la mano. -Ayer un niño mató a este pájaro de una pedrada. ¿Por qué lo haría? El fraile tomó el pájaro muerto en sus manos y le acarició la cabecita. -Hay niños que no se dan cuenta del mal que hacen. Ven al jardín, enterraremos al pajarito en un rincón. Hazlo tú mismo con esa azada. El niño tomó la pesada herramienta y cavó un pequeño hoyo bajo un ciprés. -Toma -dijo el fraile dándole el pájaro muerto-, ponlo en el agujero y cúbrelo con tierra. Cuando terminó Miguel José rompió dos ramitas y fabricó una pequeña crucecita que clavó sobre la tumba del pájaro. -Así Jesús le llevará al cielo, ¿verdad, fray Anastasio?, porque los animales también van al cielo, ¿no? El fraile se rascó el cráneo tonsurado. -Bueno..., -empezó a decir-, en realidad, los animales no tienen alma, y no pueden ir al cielo... Aquello le resultó difícil de entender al niño. -¿Y no hay animales en el cielo? -Pues verás, el cielo es sólo para las personas, que son las que tienen alma inmortal. Miguel José frunció el ceño preocupado. -¿Sólo los hombres tienen alma? Entonces, ¿no puede estar este pajarito con Jesús en el cielo? Fray Anastasio se volvió a rascar el cráneo. Tendría que revisar sus libros de teología. -Pues, verás, es algo difícil de explicar, pero Dios ha dado un alma sólo a los seres humanos. Y sólo nosotros podemos acceder al reino de los cielos. -¿Y entonces cuando muramos no veremos a los animales nunca más? El fraile tragó saliva. -La verdad es que posiblemente no. Pero no te preocupes. Allí viviremos felices en compañía de Jesús, la Virgen y los Santos. Pero el niño no podía evitar preocuparse. No podía concebir un lugar en el que no hubiera animalitos. A los pocos días, otra inquietud vino a ocupar sus pensamientos. -He oído decir a mi mamá que una vecina ha tenido un niño y que le tenían que bautizar enseguida porque estaba en peligro de muerte. Fray Anastasio puso la mano en la cabeza del niño. -Así es, hijo. A los niños hay que bautizarlos enseguida por si mueren. Así entran en el cielo sin demoras. -¿Y qué pasa si no se les bautiza? -Pues que van al Limbo. -¿Limbo?, ¿y qué es eso? -Es un lugar al que van todos los niños no bautizados. -¿Y qué hacen allí? Fray Anastasio se humedeció los labios. Ésa era una buena pregunta. -Pues estar... Afortunadamente, el niño no insistió en el tema de las actividades en el Limbo. -¿Es por eso que los pájaros no pueden ir al cielo?, ¿y si se les bautiza? Fray Anastasio sonrió. -No, a un animal no se le puede bautizar. No tiene alma. -¿Y todos los hombres la tienen? -Sí, claro. -¿Incluso aunque sean esclavos y tengan la piel negra? -Incluso ellos, hijo. -Oí decir a mi padre que en las Indias hay muchos indios y muy pocos frailes. -Y tiene razón. Allí hay muy pocos frailes. -¿Y qué pasa si a los niños no se les bautiza? -Ya te he dicho. Van al Limbo. -¿Así que si no reciben el bautismo no pueden ir al cielo? -Exactamente. -Pues el Limbo debe de estar lleno de gente. -Sí. La cara de Miguel José se mostraba preocupada. -¿Y qué hay que hacer para que vayan al cielo? -Pues bautizarlos. -Pero ¿y si no se puede? Fray Anastasio asintió gravemente. -Jesús nos encargó por medio de sus apóstoles que fuéramos por todo el mundo esparciendo su fe y bautizando en su nombre a todo el mundo. -¿Aunque sean indios? -Aunque sean indios. -¿Y si no quieren ser bautizados? -Hay que decirles lo que significa el bautismo y convencerles para que acepten recibir las aguas. Sólo así podrán entrar en el Reino de los Cielos. Miguel José reflexionó un momento. -Eso me parece difícil. A mí me gustaría ir a tierras de indios cuando sea mayor y bautizarles. -Magnífico, Miguel José. Espero que algún día seas franciscano. El niño asintió, pensativo. -Creo que lo seré. Se lo diré a mi padre. -Seguro que se alegrará. Podrás ser un novicio en el convento hasta que seas mayor y profeses. -¿Y cuándo podré ir a bautizar por ahí? El fraile hizo un gesto elusivo con las manos. -Primero tienes que prepararte. Estudiar mucho y saber muchas cosas. -Ya sé leer y escribir. -Claro que sabes. Pero tienes que aprender muchas cosas más: matemáticas, latín, teología... El niño se rascó la cabeza. -¿Y eso es muy difícil? El fraile sacudió la cabeza. -No. Cuando seas mayor te resultará fácil. Tú eres un niño inteligente. -Mi padre dice que aunque soy enclenque tengo mucha cabeza. Dice que valgo más para estudiar y ayudar en la misa que para trabajar en el campo. -Y tiene razón -asintió fray Anastasio-. No todos los hombres son corpulentos y fuertes como él. También los hay pequeños y de poca fuerza física. No te sientas humillado por eso. Quizá algún día le demuestres que en la viña del Señor hay operarios de toda clase. Aquella conversación, junto con otras muchas que tuvo con los franciscanos, marcó la vida del joven Miguel José. En su mente se iba germinando la idea de contribuir a sembrar la mies en los campos de las Indias, donde oía que miles de nativos morían sin conocer a Jesús. Él haría que le conociesen muchos más. Él los bautizaría a todos. Dedicaría su vida a recorrer aquellos países desconocidos e iría bautizando a la gente para que pudiera entrar en el reino de los cielos y así vivir con Jesús. Solamente sentía una pena profunda en el fondo de su corazón: al parecer no podía bautizar a los animales. Pero, dentro de sí todavía dudaba. ¿Verdaderamente los animales no tenían alma? 6